Capítulo 19 #3
Isabel sonrió y volvió a mirar arriba. Él siguió señalándole estrellas durante un rato, sin convertirlo en una lección, deteniéndose solo cuando reconocía algo que quería enseñarle. Isabel escuchaba su voz y notaba el roce de su pulgar sobre los dedos entrelazados.
Al cabo de un momento, Raúl dejó de mirar el cielo y se volvió hacia ella.
—Me haces muy feliz, Isabel.
Ella giró también la cabeza.
—Tú a mí también.
Raúl sostuvo su mirada.
—No recuerdo haberme sentido así nunca. Tan bien con alguien y, al mismo tiempo, tan expuesto.
Isabel apretó sus dedos.
—¿Expuesto?
—Sí. Porque no sé qué va a pasar cuando terminen estas semanas. No sé si vas a volver a Madrid, si esto va a cambiar o si dentro de un mes estaremos intentando averiguar cómo encajar dos vidas que estaban en sitios distintos.
Isabel se incorporó un poco para mirarlo mejor.
—Raúl…
Él negó despacio.
—No quiero que me contestes ahora. Esta noche no. Llevo demasiado tiempo pensando en lo que puede pasar después y hoy quiero estar aquí contigo.
Isabel le acarició la mejilla.
—Entonces quédate aquí conmigo.
Raúl la besó. Empezó despacio, con la misma ternura de la cena, pero el beso fue cambiando a medida que Isabel se acercaba más. Él le rodeó la cintura y ella apoyó una mano en su pecho.
Cuando se separaron, Raúl pasó los dedos por la tela blanca de su vestido.
—Llevo toda la cena intentando no mirar demasiado este vestido.
Isabel sonrió muy cerca de su boca.
—No lo has conseguido.
—Ni de lejos. Es precioso. Y llevo toda la noche pensando en quitártelo.
Isabel le acarició la nuca.
—Quítamelo.
Raúl volvió a besarla antes de hacerlo. Fue despacio, deslizando la tela con cuidado mientras iba dejando besos en su cuello y en sus hombros. Cuando el vestido quedó a un lado, se detuvo un instante al ver el encaje que Isabel había elegido antes de bajar.
La miró y volvió a buscar sus ojos.
—Llevas encaje para mí.
Isabel lo atrajo hacia ella.
—Ven aquí.
Raúl obedeció. La ropa fue quedando a un lado de la manta mientras se besaban y se acariciaban sin prisa.
Él recorría su espalda, su cintura y sus caderas con las manos, deteniéndose cada vez que Isabel reaccionaba a una caricia.
Ella le respondía acercándose más y besándolo con más fuerza, con la respiración cada vez menos tranquila.
El deseo fue creciendo entre los dos sin borrar la ternura.
Raúl empezó acariciándole el pecho y se detuvo en sus pezones hasta que Isabel se estremeció y la respiración se le volvió más rápida.
Después dejó que la mano bajara por su vientre y se deslizó entre sus piernas.
La acarició allí con los dedos, despacio al principio, buscando el ritmo que la hacía arquearse hacia él.
De vez en cuando volvía al pecho, rozaba de nuevo sus pezones y regresaba entre sus piernas sin perder el ritmo que ya había encontrado.
Isabel cerró los ojos y dejó escapar un gemido. El placer fue creciendo poco a poco mientras Raúl seguía tocándola, atento a cada cambio de su respiración y a la forma en que su cuerpo respondía bajo sus manos.
—No dejes de tocarme.
—No quiero dejar de hacerlo.
Isabel le agarró la nuca y lo besó con una urgencia nueva. Raúl mantuvo las caricias entre sus piernas hasta que ella dejó de poder quedarse quieta y terminó aferrándose a sus hombros.
—Raúl…
Él levantó la vista.
Isabel respiraba deprisa y tenía los dedos aferrados a sus hombros.
—Te quiero dentro.
Raúl la besó, pero ella volvió a pedírselo, casi contra su boca.
—Ahora, Raúl. No me hagas esperar más.
Él le acarició la cara con una mano mientras la otra seguía recorriéndola.
—Ahora ven conmigo.
Cuando hicieron el amor, empezaron todavía mirándose, pero la intensidad fue aumentando poco a poco. Raúl no dejó de tocarla: sus manos volvían a sus pechos, bajaban por su vientre y regresaban después a su cintura mientras seguían besándose.
Isabel se aferró a él.
—Te quiero, Raúl.
—Y yo a ti.
El ritmo fue creciendo mientras seguían buscándose con las manos y con la boca. Cada vez que Isabel decía su nombre, Raúl parecía perder un poco más el control. Ella dejó de intentar contener lo que sentía y respondió al ritmo, al calor de su cuerpo y a la voz de Raúl pegada a su oído.
Cuando la intensidad estuvo a punto de arrastrar a Raúl, pronunció su nombre con la voz rota.
—Isabel…
Ella abrió los ojos.
Raúl la miró como si necesitara que escuchara lo que iba a decir.
—Quiero estar contigo el resto de mi vida.
Isabel lo abrazó con más fuerza.
—Yo también quiero estar contigo.
Se besaron hasta que los dos alcanzaron el orgasmo. Después permanecieron abrazados sobre la manta, todavía recuperando el aliento, con la última luz encendida a unos metros y el cielo abierto sobre ellos.
Raúl le acarició el pelo y le besó la frente.
Isabel se acomodó contra su pecho.
Se quedaron allí todavía un rato. Raúl volvió a señalarle alguna estrella cuando Isabel levantaba la vista y ella siguió con los dedos entrelazados con los suyos, sin ninguna prisa por regresar.
Cuando el aire empezó a enfriarse de verdad, se vistieron despacio. Raúl dobló la manta, apagó por fin la última luz y emprendieron el camino de vuelta cogidos de la mano.
Al llegar al patio, Isabel se detuvo y lo besó otra vez.
—Gracias por esta noche.
Raúl le acarició la cara.
—Quería que fueras feliz.
—Lo he sido.
Subieron juntos. Ya en la cama, Isabel se acurrucó contra su pecho y Raúl la rodeó con los brazos. No tardó mucho en quedarse dormida.
Raúl esperó hasta notar que su respiración se había vuelto lenta y regular. Le besó el pelo y habló tan bajo que ella no pudo oírlo.
—Creo que llevo enamorado de ti toda mi vida.