La cosecha que nos quedaba Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Había una mesa para dos en un pequeño claro de la parcela alta, entre las cepas más viejas.

Raúl había extendido un mantel claro y había puesto los platos de la casa, dos copas y cubiertos.

A ambos lados de la mesa, varias luces pequeñas de batería iluminaban el camino sin tocar las plantas.

En el centro había un tarro con romero y unas pocas flores del jardín.

Junto a ellas esperaba una botella del vino de su padre.

Isabel se detuvo.

No dijo nada al principio. Miró las luces, la mesa, las cepas todavía cargadas y aquella botella que reconoció en cuanto la vio.

Después miró a Raúl.

—¿Has hecho todo esto?

Él asintió.

—Con ayuda de Mercedes. A mediodía dejé la mesa preparada y puse las luces. Ella ha traído la cena mientras te duchabas.

Isabel volvió a mirar alrededor.

—Es precioso.

Raúl se acercó.

—No quería llevarte fuera ni hacer algo que no tuviera nada que ver contigo. Quería que fuera aquí.

Isabel sintió un nudo en la garganta al oírlo. Le puso una mano en la mejilla y lo besó.

Fue un beso lento. Raúl le rodeó la cintura y la acercó con suavidad. Cuando se separaron, Isabel mantuvo la frente contra la suya.

—Gracias.

—Esta noche no quiero que pienses en el banco, en Andreu ni en lo que vas a hacer dentro de unas semanas. No tienes que solucionar nada.

Isabel lo miró.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Cenar conmigo.

Ella sonrió apenas y volvió a besarlo.

Raúl sacó entonces un pequeño altavoz Bluetooth que había dejado junto a la mesa y lo conectó al teléfono. Empezó a sonar música muy baja, suficiente para acompañarlos sin imponerse al ruido de las hojas y a los sonidos de la finca al caer la noche.

—También has pensado en la música.

—He intentado elegir cosas que pudiéramos escuchar sin tener que hablar por encima.

Isabel volvió a mirar la mesa y después a él.

—Has pensado en todo.

Raúl negó despacio.

—He pensado en ti.

Isabel bajó la mirada un instante y respiró hondo antes de sentarse.

Se sentaron. Mercedes había preparado pimientos asados, pollo frío con hierbas, pan recién cortado, queso y una tarta pequeña para después. Raúl abrió la botella del padre de Isabel con cuidado y sirvió un poco en cada copa.

Isabel sostuvo la suya sin beber.

—Hace mucho que no bebo uno de los vinos de mi padre así.

—Lo sé. Por eso he querido traer este.

Ella levantó los ojos.

—¿Por él?

—Por él y por ti.

Isabel acercó la copa a la nariz y respiró antes de probar el vino. Lo dejó unos segundos en la boca y tragó despacio.

—Todavía puedo imaginarlo explicándome lo que tendría que estar buscando al probarlo.

Raúl sonrió con tristeza.

—A mí me corregía incluso cuando no le preguntaba.

Isabel acarició el borde de la copa.

—Todavía estoy enfadada con él por muchas cosas. Y, aun así, hay momentos en que me gustaría poder hablar con él.

Raúl acarició su mano.

—A mí también.

Raúl dejó su mano abierta sobre la mesa. Isabel puso la suya encima.

—Cuando llegué —dijo ella—, solo quería ordenar papeles, entender las deudas y decidir qué hacer con la finca. No pensé que iba a volver a sentir todo esto.

—¿Todo esto qué es?

Isabel miró las cepas alrededor, las luces y por último a Raúl.

—Las ganas de quedarme un poco más cada día.

Raúl entrelazó los dedos con los suyos.

—Entonces quédate mientras quieras.

—No quiero que pienses que depende de ti.

—No lo pienso. Y no quiero que decidas por mí. Pero tampoco voy a fingir que me da igual que estés aquí.

Isabel apretó su mano.

—A mí tampoco me da igual estar contigo.

Raúl levantó los dedos de Isabel y los besó.

Comieron despacio. Hablaron de su padre, de las primeras vendimias de Raúl, de las veces que Isabel había llamado desde Madrid y había estado a punto de decir que volvería unos días, y de cómo siempre terminaba posponiéndolo.

También recordaron cosas pequeñas de la finca que Isabel creía olvidadas: el olor de las cajas de madera antiguas, el polvo de los caminos en septiembre y el silencio que quedaba después de que la cuadrilla se marchara.

En varios momentos dejaron de hablar. No era incómodo. Raúl le acariciaba los dedos con el pulgar y ella lo miraba sin sentir que tuviera que llenar cada silencio.

En una de esas pausas, Isabel se levantó y rodeó la mesa.

Raúl alzó la vista.

—¿Qué pasa?

—Nada. Quiero besarte.

Se sentó en el borde de su silla y le rodeó el cuello con los brazos. Raúl le sostuvo la cara entre las manos antes de besarla.

Isabel cerró los ojos. No había prisa ni hambre en aquel beso. Era simplemente la necesidad de estar cerca de él. Cuando se separaron, siguió unos segundos con la mano apoyada en su pecho.

—Me gusta mucho estar así contigo.

—A mí también.

Isabel volvió a su silla, pero Raúl la acercó a la suya para que ya no quedaran uno frente al otro. Siguieron cenando hombro con hombro, compartiendo el pan y el vino.

Más tarde empezó una canción que Isabel reconoció enseguida. Había sonado muchas veces en los veranos de hacía años, cuando los dos eran mucho más jóvenes y todo parecía estar todavía por decidir.

Raúl se levantó y le tendió la mano.

—¿Bailas conmigo?

Isabel la aceptó.

Se quedaron entre dos hileras, a pocos pasos de la mesa. Raúl le rodeó la cintura y ella apoyó los brazos sobre sus hombros. Durante unos segundos apenas se movieron. Después encontraron el ritmo de la canción y empezaron a balancearse despacio.

Isabel apoyó la cabeza en su pecho.

Desde allí veía las pequeñas luces junto a la mesa y, detrás, la oscuridad de la parcela alta. Todavía quedaba uva en las cepas. Al día siguiente volverían las muestras, las decisiones, el trabajo y las cuentas. Pero aquella noche no había nada más que hacer.

Raúl le besó el pelo.

—Me alegro de que hayas vuelto.

Isabel levantó la cabeza.

—Yo también.

Él le acarició la mejilla.

—Aunque todavía no sepas qué vas a hacer.

—Aunque todavía no lo sepa.

Raúl la besó.

Isabel respondió con los brazos alrededor de su cuello.

Cuando el beso terminó, no se apartó. Se quedó mirándolo desde muy cerca y entonces volvió a fijarse en todo lo que había alrededor: las luces que él había colocado, la botella de su padre, la música, las flores, la cena que Mercedes había preparado porque Raúl se lo había pedido.

Notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Raúl frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa?

Isabel negó con la cabeza, pero la primera lágrima ya había caído.

—Nada malo.

Él la secó con el pulgar.

—Entonces dímelo.

Isabel respiró hondo.

—Nunca nadie había hecho algo así por mí.

Raúl no respondió. Esperó.

—Y no hablo de pagar una cena o de llevarme a un sitio bonito. Hablo de esto. De pensar qué me iba a emocionar. De traer el vino de mi padre. De elegir este sitio. De estar trabajando todo el día y aun así encontrar tiempo para prepararlo.

La voz se le quebró y tuvo que parar.

Raúl la abrazó.

Isabel apoyó la cara en su cuello y dejó que las lágrimas salieran.

—No sabía que me iba a afectar tanto.

—No tienes que dejar de llorar.

Ella lo abrazó con más fuerza.

—Estoy muy feliz.

Raúl le besó la sien.

—Entonces ha merecido la pena.

Isabel se apartó un poco y lo miró.

—No sabes lo que significa para mí.

—Dímelo.

Isabel volvió a emocionarse. Le puso una mano en la cara y lo besó una vez, muy despacio.

Cuando se separó, mantuvo los ojos en los suyos.

Había intentado durante días distinguir cuánto de aquello era deseo, cuánto tenía que ver con el pasado y cuánto con el miedo a volver a marcharse. Allí ya no necesitó seguir haciéndolo.

—Te quiero, Raúl.

Él se quedó inmóvil.

Isabel sintió que otra lágrima le bajaba por la mejilla.

Raúl cerró los ojos un instante, como si necesitara unos segundos antes de contestar. Cuando volvió a mirarla, tenía la emoción escrita en la cara.

—Yo también te quiero, Isabel.

Ella soltó el aire y se abrazó a él.

Raúl la sostuvo contra su pecho y después le buscó la boca. El beso fue largo y tranquilo. Isabel lo besó con las lágrimas todavía en la cara, sin importarle.

Cuando se separaron, Raúl le acarició el pelo.

Ella volvió a besarlo.

Regresaron a la mesa y terminaron la cena sentados juntos. Compartieron la tarta y el último poco de vino. A veces hablaban; otras veces se quedaban mirando las luces o las cepas sin decir nada. Isabel apoyó varias veces la cabeza en el hombro de Raúl y él le besó el pelo cada vez.

Cuando empezó a refrescar, ninguno tuvo ganas de levantarse enseguida.

—No quiero que se termine —dijo Isabel.

Raúl giró la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

—Yo tampoco.

Isabel lo miró y volvió a besarle.

Al final recogieron juntos. Isabel dobló el mantel y guardó las copas mientras Raúl apagaba las luces una por una. Cuando solo quedó encendida la última, él regresó junto a ella.

Se quedaron un momento mirando la mesa ya vacía y las cepas alrededor.

Raúl le rodeó la cintura.

—Mañana todo esto volverá a llenarse de trabajo.

—Lo sé.

—Pero esta noche es nuestra.

Isabel lo besó.

Raúl fue a apagar la última luz, pero dejó la mano suspendida junto al interruptor.

—Espera.

Isabel lo vio agacharse junto al murete y sacar una manta doblada que había dejado allí antes de la cena.

—¿También tenías esto preparado?

Raúl sonrió.

—Tenía la esperanza de que no quisieras volver enseguida a la casa.

Extendió la manta sobre la hierba, en una zona despejada entre las cepas, y se tumbó boca arriba. Después le tendió la mano.

—Ven.

Isabel se acostó a su lado. Raúl entrelazó los dedos con los suyos y durante unos segundos se quedaron mirando el cielo sin hablar. La última luz quedaba a unos metros y apenas iluminaba el borde de la manta. Por encima de ellos, el cielo estaba lleno de estrellas.

Raúl levantó la mano libre y señaló hacia lo alto.

—¿Ves aquella tan brillante?

Isabel siguió la dirección de su dedo.

—Creo que sí.

—Vega. Y aquella de allí es Deneb. Forma parte del Cisne que te enseñé el otro día.

—Esa vez tuve que fingir que lo veía antes de encontrarlo.

Raúl giró la cabeza hacia ella.

—Lo sospechaba.