La cosecha que nos quedaba Capítulo 19
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Capítulo 19

Isabel se despertó antes de que sonara el despertador. Raúl seguía a su lado, tumbado boca abajo, con un brazo cruzado sobre su cintura y la cara hundida en la almohada. Durante unos segundos se quedó quieta, escuchando su respiración y el silencio de la casa.

El día anterior había empezado con Raúl intentando salir de la habitación sin que Mercedes lo viera. Aquella mañana ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por fingir que él no había dormido allí.

Raúl abrió los ojos cuando Isabel intentó apartarle el brazo.

—¿Ya?

—Ya.

Él miró el reloj de la mesilla y dejó caer la cabeza otra vez sobre la almohada.

—Cinco minutos.

—Dentro de cinco minutos vas a pedir otros cinco.

—Es posible.

Isabel se rio y le dio un beso en la mejilla.

—Tenemos una vendimia.

Raúl levantó la cabeza.

—Sí, tienes razón.

Se vistieron y bajaron juntos. Al entrar en la cocina encontraron dos tazas de café servidas, una cesta de pan, tomate rallado, aceite, fruta cortada y una tortilla todavía templada en el centro de la mesa. Mercedes estaba junto a la encimera terminando de llenar una botella grande de agua.

Isabel miró la mesa y después a ella.

—¿Esto es para nosotros?

Raúl cogió una de las tazas y se la llevó a la boca.

—No. Lo he preparado para dos desconocidos que iban a bajar juntos de tu habitación.

La respuesta lo pilló en pleno sorbo y se atragantó.

—Buenos días, Mercedes.

—Buenos días, Raúl.

Isabel se sentó todavía riéndose.

—Ayer por lo menos disimulaste un poco.

—Ayer os pareció buena idea montar una operación para bajar una escalera. Hoy prefiero que desayunéis.

Raúl cortó un trozo de tortilla.

—Me parece una mejora.

Mercedes dejó la botella sobre la mesa y miró hacia el patio.

—Ginés ya ha ido a buscar el tractor del vecino. Nuria ha llamado hace diez minutos. Dice que quiere repetir una muestra de la parcela sur antes de que entre la cuadrilla.

Raúl asintió.

—Ayer la ladera podía esperar. Si esta mañana confirma que está en punto, yo la cogería hoy.

—¿Y la parcela alta? —preguntó Isabel.

—Esa no. Sigue esperando.

Mercedes miró a Raúl un instante.

—¿Y a qué hora calculas que terminaréis?

—Si no nos da problemas nada más, antes de que anochezca.

—Bien.

La respuesta fue demasiado rápida. Isabel levantó la vista, pero Mercedes ya se había dado la vuelta para guardar el cuchillo y Raúl estaba concentrado en el plato.

—¿Qué pasa?

—Nada —contestaron los dos casi a la vez.

Isabel entrecerró los ojos.

—Eso ha sido sospechoso.

Mercedes abrió un armario.

—Termina el desayuno.

Media hora después estaban todos en marcha. El tractor prestado llegó poco antes de las siete, conducido por Ginés, que se bajó de él diciendo que sonaba mejor que el suyo pero que tampoco pensaba devolverlo convertido en chatarra.

Nuria apareció desde la parcela sur con una bolsa de muestras y fue directa a la pequeña mesa de trabajo de la nave. Había repetido los controles en varios puntos de la ladera que el día anterior habían decidido dejar un día más.

—Yo la cogería hoy —dijo después de revisar los datos—. Está donde queríamos y la previsión da más calor esta tarde.

Raúl miró las anotaciones y asintió.

—Entonces entramos ahí.

Isabel ya estaba poniéndose los guantes.

—¿Cómo repartimos a la gente?

Raúl señaló hacia la parcela sur.

—Ginés con el tractor y la cuadrilla allí. Nuria controla entradas y yo empiezo con ellos. Cuando llegue la primera carga, vuelvo a bodega.

—Yo me quedo con Nuria en la entrada.

—Vas a acabar cubierta de polvo.

—Eso no es un problema.

La mañana se volvió intensa enseguida. La ladera obligaba a trabajar más despacio que en la parcela baja y la uva tardaba más en llegar hasta el remolque.

Isabel pasó de ayudar en la descarga a comprobar pesos con Nuria, revisar las fichas de entrada y volver a salir cuando faltaban manos.

El tractor prestado aguantó sin protestar y Ginés lo trató con un cuidado que no había tenido con el suyo en años.

La primera remesa entró en bodega a media mañana.

Nuria comprobó temperatura y estado de la uva antes de dar paso al procesado, mientras Isabel repasaba con ella la identificación de la partida y el depósito al que iba destinada.

Ya no necesitaba que le explicaran cada movimiento.

Preguntaba cuando algo no le cuadraba, anotaba lo importante y seguía trabajando.

Raúl entró detrás de la segunda carga con la camisa pegada a la espalda y tierra hasta media pantorrilla.

—¿Cómo vamos?

—Bien. La primera entrada está registrada y Nuria está con la segunda.

—¿Y tú?

—También registrada.

Raúl sonrió.

—Eso me tranquiliza.

Isabel le dio un empujón con el hombro al pasar.

—Vuelve a trabajar.

Él la agarró un segundo por la mano antes de soltarla.

—Sí, jefa.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

A media mañana Mercedes apareció con agua fría, fruta y bocadillos para la cuadrilla. No se quedó mucho tiempo. Dejó las bandejas, preguntó cuántas horas calculaban todavía y regresó a la casa con más prisa de la habitual.

Isabel la siguió con la mirada.

—Hoy está rara.

Nuria mordió una manzana sin mirarla.

—Mercedes siempre está rara cuando tiene cosas que hacer.

—Tú también estás rara.

—Yo llevo desde las seis midiendo azúcar. Mi rareza está justificada.

Isabel soltó una carcajada.

Nuria la miró de reojo.

—Raúl y tú, ¿qué os lleváis entre manos?

—Nada.

Nuria arqueó una ceja.

—Venga ya.

Isabel intentó aguantar la expresión seria, pero terminó riéndose y Nuria se rio con ella.

Después volvió a las fichas.

Después del descanso, Raúl y Nuria subieron un momento a la parcela alta para repetir dos controles. Isabel fue con ellos. Las cepas viejas seguían cargadas y los racimos estaban sanos. Nuria tomó muestras en distintos puntos, las etiquetó y las llevó de vuelta a la nave.

—Todavía puede esperar —dijo cuando terminó de revisarlas—. Está avanzando, pero yo no la tocaría hoy.

Raúl estuvo de acuerdo.

Isabel miró las hileras que descendían delante de ellos.

—Entonces hoy toda la presión está en la parcela sur.

—Hoy sí —contestó Raúl—. Mañana veremos qué dicen estas.

Volvieron al trabajo y apenas tuvieron tiempo para sentarse a comer. Mercedes había dejado una comida sencilla preparada y la cuadrilla se repartió por la sombra de la nave. Raúl terminó antes que los demás y desapareció hacia la casa.

Isabel lo vio cruzar el patio.

—¿Adónde vas?

—Ahora vuelvo.

—Eso no responde.

Raúl siguió andando de espaldas durante dos pasos.

—Tengo que hacer una cosa.

—Muy convincente.

Él levantó una mano y desapareció por la puerta de la cocina.

Regresó casi media hora después con la misma expresión de no haber hecho nada especial.

Isabel estaba demasiado ocupada para insistir.

La tarde se complicó cuando una de las cajas llegó dañada y tuvieron que revisar la uva antes de incorporarla al resto de la partida.

Poco después se atascó una rueda del remolque pequeño y Ginés pasó casi media hora debajo del eje mientras los demás reorganizaban los traslados.

A las cinco, Isabel tenía los brazos cansados, polvo en el pelo y la sensación de llevar muchas más horas despierta de las que marcaba el reloj.

Sin embargo, cuando Nuria cerró la última ficha de la jornada y confirmó que la partida de la parcela sur había entrado bien, sintió una satisfacción que unas semanas antes no habría sabido explicar.

—Mañana seguimos con las hileras más tardías —dijo Nuria, guardando la libreta—. Hoy ya no merece la pena empezar otra tanda.

Raúl miró el cielo y después el reloj.

—De acuerdo. Recogemos y cerramos.

La cuadrilla tardó todavía casi una hora en dejar herramientas, remolques y el resto del material preparados para el día siguiente. Cuando el último vehículo salió de la finca, Isabel apoyó las manos en la cintura y soltó el aire.

—No siento los brazos.

—Normal. No has parado en todo el día.

Raúl se acercó y le apartó una hoja seca que se le había quedado enganchada en el pelo.

—Sube a ducharte.

—Eso pensaba hacer.

—Y ponte algo que te guste.

Isabel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Raúl.

—Hazme caso.

Ella señaló su camisa, tan sucia como la suya.

—Tú también necesitas una ducha.

—Voy a casa y vuelvo.

Isabel observó cómo se alejaba hacia el coche. Cuando entró en la cocina encontró a Mercedes colocando algo dentro de una cesta grande de mimbre. En cuanto la vio, cerró la tapa.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Otra vez.

Mercedes señaló hacia la escalera.

—Dúchate.

—Estáis compinchados.

—No sé de qué hablas.

—Lleváis todo el día contestándome exactamente eso.

Mercedes sonrió mientras empujaba la cesta hacia el otro extremo de la encimera.

—Pues será que no hay nada que contar.

Isabel subió sin conseguir sacarle una palabra más.

Se duchó, se lavó el pelo y escogió un vestido ligero, blanco y algo semitransparente, que había traído de Madrid casi sin saber por qué.

Como la tela dejaba entrever la ropa interior, eligió el conjunto de encaje más bonito que llevaba en la maleta.

Cuando bajó, Mercedes ya no estaba en la cocina y la cesta había desaparecido.

Raúl la esperaba en el patio con ropa limpia.

Se había afeitado, llevaba el pelo todavía húmedo de la ducha y los primeros botones de la camisa desabrochados.

Olía a jabón. Isabel se quedó mirándolo al bajar los últimos escalones.

Estaba guapísimo. Al verla, Raúl también se quedó mirándola un momento.

—Estás preciosa.

Isabel sonrió.

—Más te vale haber preparado algo bueno después de todo este misterio.

—Ven conmigo.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—De momento.

Raúl le tendió la mano y ella la aceptó. Cruzaron el patio, pasaron junto a la nave y tomaron el camino de la parcela alta. Isabel lo miró de lado.

—Aquí no hemos trabajado hoy.

—Ya lo sé.

—Nuria ha dicho que todavía puede esperar.

—También lo sé.

—Entonces…

—Isabel.

Ella se rio.

—Vale. Me callo.

El sol estaba ya muy bajo cuando entraron entre las hileras. Raúl la llevó hacia la zona de las cepas más viejas y, al doblar la última fila, Isabel se detuvo.