Capítulo 18 #2
—Le daría un rango de producción y le diría que la reserva se fijará después de fermentar. Si luego sale menos, no tenemos que empezar la relación explicando por qué no cumplimos una previsión nuestra.
Raúl señaló a Nuria con el tenedor.
—Eso.
—No pongas esa cara de haber ganado —dijo Isabel.
—No he puesto ninguna cara.
—La tienes puesta desde antes de que hablara Nuria.
Ginés ya se estaba riendo mientras Isabel volvía a leer el mensaje. Lo que proponían tenía sentido. Ella estaba pensando en dar al banco una señal comercial clara; Raúl y Nuria estaban pensando en no vender vino que todavía no existía.
—Vale —dijo al fin—. Le mandamos las ventas históricas, el coste estimado y un rango de producción. Nada de porcentaje comprometido hasta que sepamos lo que tenemos. Pero le digo que nuestra intención es reservarle una parte si la cata sale bien.
—Eso sí —contestó Raúl.
—Y necesito que hoy me deis los rendimientos reales de todo lo que ya hemos recogido. No estimaciones de memoria.
Nuria respondió antes de que Raúl pudiera hacerlo.
—Los tengo yo. Los paso a limpio después de comer.
—Perfecto. Los necesito para el banco y para Andreu.
La conversación se desvió hacia el tractor, pero Isabel siguió pensando en el desacuerdo. No le había molestado que Raúl le llevara la contraria. Le había molestado que tuviera razón antes de que ella terminara de defender su propuesta.
Después de comer regresó a la oficina con Nuria. Revisaron las fichas de entrada, pasaron los pesos a una hoja de cálculo y prepararon el correo para Andreu. Raúl entró casi una hora después con la camisa manchada de polvo y una llave inglesa en la mano.
—El embrague está peor. Ginés tenía razón. Si forzamos el tractor hoy, podemos quedarnos sin él varios días.
Isabel giró el portátil para enseñarle el correo.
—Léelo antes de que lo mande.
Raúl dejó la llave sobre la mesa y leyó despacio.
—Está bien.
—Quiero que compruebes que no prometo nada que no podamos producir.
Raúl volvió al principio y lo leyó otra vez.
—Así sí. Y pon que la parcela alta todavía no está vendimiada. Que no parezca que estamos escondiendo esa parte.
Isabel añadió una línea y le giró el portátil.
—¿Algo más?
—No.
—Entonces lo mando.
Isabel pulsó enviar mientras Nuria cerraba su libreta.
—Voy a dejar estas fichas en la nave —dijo Nuria—. Luego revisamos las últimas entradas.
Cuando se quedaron solos, Raúl apoyó las manos en el respaldo de la silla de Isabel.
—¿Estás molesta por lo de Andreu?
—No. Estaba intentando resolver dos problemas a la vez y me adelanté. Tenías razón.
Raúl se quedó mirándola mientras ella se levantaba y se ponía frente a él. Ninguno de los dos habló hasta que Isabel le agarró la camisa y lo besó.
Raúl respondió de inmediato. Le puso una mano en la cintura y la acercó hasta pegarla a su cuerpo.
Isabel le pasó los brazos por el cuello y lo besó con más ganas.
Cuando Raúl la apretó más contra él, Isabel recordó sus manos y su boca de la noche anterior.
Cuando desde la nave llegó una voz llamando a Raúl, ninguno se separó al primer aviso.
La segunda llamada los obligó a hacerlo. Isabel mantuvo la mano en su pecho y Raúl no la soltó de inmediato.
—Tenemos que seguir trabajando —dijo ella, sin apartarse del todo.
—Lo sé.
Raúl salió de la oficina solo después de soltarla. Antes de cruzar la puerta volvió la cabeza hacia Isabel, y ella pasó el resto de la tarde recordando el beso.
A media tarde, el tractor quedó parado definitivamente junto a la nave.
Ginés apareció con las manos negras de grasa y anunció que necesitaban una pieza que no podrían conseguir ese mismo día.
Dos de los temporeros se quedaron más tiempo para recoger el material y dejar preparado el remolque, y Nuria llamó a una finca vecina para preguntar si podían prestarles un tractor por la mañana.
Colgó menos de un minuto después: se lo dejarían, igual que ellos habían prestado una sulfatadora la primavera anterior.
En menos de media hora habían cambiado el plan del día siguiente sin que Isabel tuviera que preguntar qué podía hacer.
Con la referencia que le dio Ginés, llamó al proveedor, encargó la pieza y dejó preparada la transferencia. Después reunió la documentación que ya tenía y se la envió al banco. Cuando cerró el portátil ya eran más de las ocho.
Mercedes la encontró sola en la cocina bebiendo agua.
—Raúl ha ido a ducharse a su casa —dijo Mercedes, abriendo la nevera—. Me ha pedido que te diga que vuelve para cenar.
—Podía haberme escrito.
—Podía. Pero me lo ha dicho a mí.
Isabel negó con la cabeza, sonriendo, y dejó el vaso en el fregadero.
El móvil seguía sobre la mesa. Antes de subir a cambiarse, Isabel miró la pantalla y vio que Andreu había contestado: las cifras le servían y hablarían de cantidades cuando volviera a catar el vino. Guardó el teléfono y subió a cambiarse.
Raúl regresó media hora después con ropa limpia y una botella de vino del año anterior.
Cenaron los tres en la cocina y hablaron del tractor, del correo de Andreu y de la prórroga que Isabel esperaba conseguir del banco.
Mercedes preguntó cuánto dinero les faltaba realmente y, por primera vez, Isabel le enseñó las cifras sin intentar resumirlas para tranquilizarla.
—Pues todavía falta bastante —dijo Mercedes cuando terminó.
—Sí.
—Mejor saberlo.
Raúl miró a Isabel al oírla. Ella sostuvo su mirada y retomó las cifras.
Cuando terminaron de hablar de números, Mercedes recogió su plato y miró a Raúl con más seriedad.
—¿Y tú estás bien?
Raúl entendió enseguida a qué se refería.
—Por Teresa, dices.
—Sí.
Él tardó un poco en responder.
—Terminar nunca es fácil. Y menos después de tres años. Me sabe mal haberle hecho daño.
Mercedes asintió despacio.
—A mí también me sabe mal. Le tengo mucho cariño a Teresa. Siempre se ha portado bien conmigo y con todos aquí.
—Lo sé.
Isabel permaneció callada. No le molestaba oírlo. Al contrario, agradecía que ninguno de los dos necesitara hablar mal de Teresa para justificar lo que estaba pasando.
Mercedes pasó la mirada de Raúl a Isabel.
—Pero una cosa no quita la otra. Isabel es especial.
Raúl sonrió apenas.
—Sí.
—Y tú estás distinto con ella.
Raúl volvió la cabeza hacia Isabel. Esta vez no apartó la mirada.
—Es que me encanta estar con ella. Me encanta hablar con ella, trabajar con ella, tenerla cerca y cómo me siento cuando estamos juntos. —Hizo una pausa—. Estar con Isabel es lo mejor que me ha pasado.
Isabel sintió que se le apretaba el pecho y bajó la vista un instante.
Mercedes sonrió, emocionada.
—Pues yo estoy muy contenta por los dos. De verdad. Me duele por Teresa porque la quiero, pero también sé reconocer cuando dos personas se hacen bien.
Raúl alargó la mano sobre la mesa y rozó los dedos de Isabel.
—Gracias.
Mercedes negó con la cabeza.
—No me des las gracias. Solo procura no estropearlo.
Raúl sonrió un poco más.
—No entra en mis planes.
Después de cenar, Raúl ayudó a recoger y acompañó a Isabel hasta el patio. Mercedes había subido ya y la casa quedó en silencio detrás de ellos.
Se sentaron en el banco de piedra. Isabel lo miró y sonrió sin poder evitarlo.
—¿Qué?
—Que todavía me parece raro.
—¿El qué?
—Esto. Tú aquí. Yo aquí. Que podamos estar juntos sin estar pendientes de quién puede aparecer.
Raúl sonrió también.
Él se inclinó hacia ella y la besó.
El beso perdió la calma casi desde el principio.
Isabel llevaba todo el día mirándolo sin poder tocarlo como quería: agachado junto al tractor, inclinado sobre el portátil, sentado frente a ella durante la cena mientras Mercedes hablaba de cuentas.
En cuanto Raúl le puso una mano en la cintura, todo ese deseo volvió de golpe.
Isabel se acercó más y lo besó con hambre. Raúl respondió sujetándola por la nuca mientras la otra mano le recorría la espalda. Ella le agarró la camisa y tiró de él hasta que apenas quedó espacio entre los dos.
Cuando se separaron para respirar, Raúl apoyó la frente contra la suya.
—Llevo toda la tarde pensando en esto.
—Yo también.
Isabel volvió a buscar su boca. Esta vez Raúl la besó con más fuerza y ella sintió cómo le cambiaba la respiración. La mano de él bajó hasta su cadera y la acercó todavía más. Isabel hundió los dedos en su pelo y dejó que la boca de Raúl descendiera por su cuello.
—Sube conmigo —dijo.
Raúl la miró apenas un segundo.
—Llevo horas esperando que me lo pidas.
Entraron en la casa sin soltarse. A mitad de la escalera Raúl volvió a alcanzarla por la cintura y la besó contra la pared. Isabel le rodeó el cuello con los brazos y, cuando consiguieron separarse, los dos respiraban más deprisa.
Llegaron a la habitación todavía besándose.
Isabel cerró la puerta y Raúl volvió hacia ella antes de que pudiera dar dos pasos.
Aquella noche no había la calma de la anterior.
Ya conocían un poco sus cuerpos, algunas de las caricias que hacían estremecerse al otro y llevaban demasiadas horas esperando volver a estar solos.
Isabel le abrió la camisa deprisa. Raúl le quitó la camiseta y siguió besándola mientras sus manos recorrían la piel que acababa de descubrir. Ella se pegó a él, sintiendo el calor de su cuerpo, y le besó el cuello antes de volver a su boca.
—Me moría de ganas de volver a tocarte —murmuró Raúl.
Isabel sonrió contra su boca y lo atrajo hacia sí.
Raúl la besó de nuevo y la llevó hacia la cama sin separarse de ella. La ropa fue quedando por el camino, entre besos cada vez más largos y caricias menos contenidas. Isabel lo tocaba con la misma impaciencia con la que él la buscaba a ella, fascinada por poder hacerlo sin detenerse.
Cuando estuvieron en la cama, Raúl no fue directamente a buscar su boca. Besó su cuello, bajó por sus hombros y siguió recorriéndola con los labios, cada vez más abajo, atento a cada cambio en su respiración. Isabel cerró los ojos al sentir cómo el calor le iba subiendo por el cuerpo.
Raúl se detuvo un instante y levantó la mirada hacia ella.
—¿Así?
Isabel asintió y Raúl mantuvo la mirada en ella.