La cosecha que nos quedaba Capítulo 18
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Capítulo 18

El despertador sonó a las seis y cuarto.

Isabel abrió los ojos con Raúl abrazado a ella por detrás, los dos todavía desnudos bajo el edredón. Durante unos segundos no recordó ni la hora ni la vendimia ni que en unos minutos empezaría a llegar gente y Raúl tendría que salir de su habitación.

Raúl se movió contra su espalda y le dio un beso somnoliento en el hombro.

—Buenos días.

Isabel sonrió sin darse la vuelta.

—Buenos días.

El móvil volvió a vibrar sobre la mesilla.

Raúl abrió un ojo.

—¿Qué hora es?

Isabel cogió el teléfono y miró la pantalla.

—Las seis y cuarto.

Raúl tardó un segundo en reaccionar.

—¿Las seis y cuarto?

—Sí.

—Nuria llega a las seis y media.

—Más o menos.

Raúl abrió también el otro ojo y miró hacia la puerta.

—¿Y ahora qué hago?

Isabel empezó a sonreír.

—Vestirte sería un buen principio.

—Eso ya lo había pensado. Me refiero a cómo salgo de aquí.

—Por la puerta.

Raúl la miró.

—Gracias. Me estás ayudando muchísimo.

Isabel se giró hacia él, cada vez más divertida.

—Mercedes lleva despierta desde antes de las seis.

Raúl cerró los ojos un instante.

—Perfecto.

—Y seguramente esté en la cocina.

—Todavía mejor.

Se incorporó y miró hacia el suelo buscando su ropa.

—¿Dónde están mis pantalones?

Isabel señaló con la barbilla hacia el otro lado de la cama.

—Ahí.

Raúl los recogió.

—Anoche no pensé en esta parte.

—Ya me había dado cuenta.

Isabel se echó a reír y él la miró mientras se vestía.

—No te rías, ¡me van a ver!

Raúl terminó de ponerse la camisa y señaló la puerta.

—Entonces, ¿cómo salgo de aquí?

—Podrías esperar a que Mercedes salga al patio.

—Bien. Eso ya es una idea.

Isabel se envolvió en el edredón, abrió la puerta apenas unos centímetros y asomó la cabeza. El pasillo estaba vacío, pero desde abajo llegaba el ruido de una taza contra la encimera.

Cerró otra vez.

—Confirmado, está en la cocina.

Raúl miró hacia la ventana.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Estamos en un primer piso.

—Exacto. Por eso no.

Los dos tuvieron que contener la risa.

Un momento después se oyó abrirse la puerta de la cocina y los pasos de Mercedes cruzando hacia el patio.

Isabel levantó un dedo.

—Ahora.

Raúl abrió la puerta y asomó la cabeza al pasillo.

—Esto es absurdo.

—Date prisa antes de que vuelva.

Salió de la habitación y avanzó hacia la escalera mientras Isabel vigilaba desde la puerta. Había llegado al primer peldaño cuando desde abajo se oyó la voz de Mercedes.

—El café está hecho, Raúl.

Él se quedó inmóvil.

Isabel apoyó la frente contra el marco para no soltar una carcajada.

Raúl miró hacia la cocina.

—Buenos días, Mercedes.

—Buenos días.

No hubo ninguna pregunta. Eso lo empeoró.

Cuando Isabel bajó ya vestida, encontró la taza de Raúl vacía junto al fregadero y oyó cerrarse la puerta del patio.

—Se ha ido con Ginés a mirar el tractor —dijo Mercedes mientras le servía café—. Ha considerado que era un buen momento para desaparecer.

Isabel se sentó y escondió la sonrisa detrás de la taza.

—No empieces.

—No he empezado nada.

Mercedes dejó dos tostadas delante de ella y siguió colocando cosas en la encimera con una tranquilidad que solo consiguió que Isabel se riera más.

—El plan para que no lo viera nadie ha salido bastante mal —admitió Isabel.

—Eso sí puedo confirmártelo.

Isabel bebió un poco de café.

Mercedes se apoyó en la encimera.

—¿Estás bien?

Mercedes la miró sin bromear. Isabel asintió.

—Sí. Muy bien.

—Entonces me alegro.

Isabel pasó un dedo por el borde de la taza.

—Fue una noche muy bonita.

—Con eso me basta. Los detalles te los guardas.

Isabel soltó una carcajada.

—No pensaba contártelos.

—Más te vale.

Desayunaron en silencio. Desde el patio llegaban voces y el ruido metálico de las herramientas de Ginés.

—No es solo Raúl —dijo Isabel al cabo de un momento.

Mercedes levantó la vista.

—¿Qué no es solo Raúl?

—Lo que me está pasando aquí. Cada vez me gusta más la finca.

Mercedes no respondió enseguida.

—Y la bodega —continuó Isabel—. El trabajo, la gente, saber qué está pasando en las parcelas… Ayer salimos a caminar y nos quedamos mirando las estrellas. Hacía años que no veía un cielo así.

—Eso en Madrid lo tienes complicado.

—Bastante.

Isabel sonrió y miró hacia la ventana.

—Cuando llegué solo pensaba en cuánto tiempo me quedaba para decidir qué hacer con todo esto. Ahora me descubro pensando en lo que tenemos que hacer mañana, en si la parcela alta estará lista, en lo que hay que mandar a Andreu o en cómo vamos a sacar adelante la vendimia.

Mercedes arqueó una ceja.

—Has dicho «tenemos».

Isabel volvió la cabeza hacia ella.

—¿Sí?

—Y no es la primera vez.

Isabel bajó la mirada hacia el café.

—Supongo que eso también significa algo.

—Significa que ya no estás mirando la finca desde fuera.

Isabel dejó pasar unos segundos antes de hablar.

—Cada vez me cuesta más imaginar que dentro de unas semanas haga la maleta y vuelva a Madrid como si aquí no hubiera pasado nada.

Mercedes se sentó frente a ella.

—No tienes que resolver eso esta mañana.

—Ya.

—Ni porque estés con Raúl ni porque te guste la bodega. Cuando toque decidir, decides con todo lo que sepas entonces.

Isabel asintió.

—Gracias.

—¿Por el consejo o por el café?

—Por estar.

Mercedes sonrió, esta vez sin bromear.

—Para eso sí puedes contar conmigo.

La puerta del patio se abrió antes de que Isabel pudiera responder. Nuria entró con las llaves del almacén y una carpeta bajo el brazo.

—Buenos días. ¿Raúl?

—Con Ginés, peleándose con el tractor —respondió Mercedes.

Isabel terminó el café y se levantó.

—Vamos.

Diez minutos después, los cuatro estaban junto a la nave. Nuria había medido la uva de la ladera de la parcela sur al amanecer y opinaba que podía esperar un día más, mientras Raúl prefería dividir la cuadrilla y Ginés defendía terminar primero la parcela baja.

Isabel escuchó las tres posiciones antes de intervenir.

—Si las muestras de esa ladera aguantan un día más, acabamos hoy la parcela baja y mañana entramos allí con todo el mundo. No dejamos dos trabajos a medias.

Raúl miró a Nuria.

—¿Estás segura de las muestras?

—Las he hecho dos veces.

—Entonces hacemos eso.

A las siete estaban todos fuera.

La mañana avanzó deprisa. Isabel pasó la primera hora con Nuria comprobando las entradas del día anterior y después bajó a la parcela con la cuadrilla.

El sol todavía no apretaba demasiado y estaban terminando las últimas filas cuando Isabel acabó una de ellas y sacó el móvil del bolsillo para mirar la hora.

Al desbloquearlo vio un correo sin leer del director de la oficina.

—Es del banco.

Se apartó hacia la sombra de una encina. El correo había llegado a última hora del viernes y ella no lo había visto. Había vuelto a hablar con el director dos días antes y le había mandado las cuentas que había ordenado con el gestor.

El banco podía estudiar una refinanciación, pero necesitaba algo que demostrara ingresos futuros.

Una carta de intención de un comprador ayudaría; un contrato, todavía más.

El director añadía que podía solicitar una prórroga corta para el vencimiento pendiente, aunque no podía prometer nada hasta que la petición pasara por riesgos.

Isabel leyó el correo dos veces y respondió desde el móvil. Pidió la prórroga y una lista concreta de la documentación que necesitaban. También explicó que el comprador volvería después de la vendimia y que no pensaba cerrar una venta deprisa antes de tener el vino.

Cuando guardó el teléfono, Raúl ya se acercaba.

—¿Qué han dicho?

—Que pueden estudiar la refinanciación si demostramos ingresos futuros y que podemos pedir una prórroga corta para el próximo vencimiento.

—¿Eso es bueno?

—Significa que todavía tenemos margen para negociar.

Nuria se acercó con un cubo vacío en una mano.

—¿El banco?

Isabel asintió.

—Nos piden documentación que demuestre ingresos futuros.

—Entonces seguimos reuniendo lo que pidan.

Volvieron al trabajo y consiguieron terminar las últimas filas antes de las once.

Ginés llevó el remolque a la bodega y volvió diciendo que el embrague había hecho un ruido peor que el día anterior.

Raúl fue con él hasta el tractor, probó el embrague y comprobó que el problema había empeorado.

Decidieron vigilarlo y no cargar más de lo necesario hasta poder revisarlo con calma.

A la hora de comer, Mercedes había preparado ensalada de tomate, pollo frío y una fuente de patatas que desapareció en pocos minutos. Isabel apenas se había sentado cuando le llegó un correo de Andreu.

—Ha escrito —dijo.

Raúl dejó el tenedor al verla mirar la pantalla.

—¿Qué quiere?

Isabel leyó en silencio y después pasó el móvil a Raúl.

Andreu pedía las cifras que habían quedado pendientes: producción de las tres últimas campañas, coste aproximado por botella y una estimación de la nueva añada. También quería saber qué porcentaje estarían dispuestos a reservarle para su distribuidora, siempre condicionado a la cata final.

—La mitad —dijo Isabel—. Podemos plantearle hasta la mitad y dejar el resto para venta directa y otros clientes.

Raúl negó con la cabeza antes de que terminara.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque todavía no sabemos cuánto vino bueno vamos a tener.

—Por eso he dicho «hasta» la mitad y condicionado a la cata.

—Y yo digo que no me gusta comprometer ni la mitad ni un porcentaje antes de tener la parcela alta dentro y ver cómo fermenta todo.

Isabel apoyó los cubiertos en el plato.

—Raúl, Andreu no nos está pidiendo una cifra cerrada de botellas. Quiere saber si estamos dispuestos a reservarle una parte.

—Y yo estoy dispuesto a reservarle una parte cuando sepa cuál es esa parte.

Ginés siguió comiendo sin intervenir. Mercedes miró a Isabel y a Raúl, pero tampoco dijo nada. Nuria continuó leyendo el correo por encima del hombro de Raúl.

—Yo tampoco pondría un porcentaje todavía —dijo—. Las muestras de la parcela alta van bien, pero quedan días y el tiempo puede cambiar.

Isabel se volvió hacia ella.

—¿Ni siquiera como orientación?