Capítulo 17
El viernes empezó antes de las seis y media.
Isabel había dormido poco después del mensaje de Raúl y bajó a la cocina cuando Mercedes ya preparaba café y Nuria repasaba las entradas del día anterior.
Raúl llegó unos minutos después con la cara cansada y los ojos enrojecidos, pero no buscó excusas ni intentó acercarse a Isabel delante de los demás; se limitaron a saludarse y a ponerse a trabajar.
La cuadrilla volvió a la parcela baja junto al camino a primera hora.
Durante toda la mañana Isabel y Raúl apenas hablaron de nada que no fuera trabajo.
Se cruzaban de una hilera a otra, coincidían junto al remolque, se pasaban herramientas y se apartaban para dejar paso a los demás.
Cada vez que quedaban a menos de un metro, Isabel notaba la mirada de Raúl antes de levantar la suya. Ninguno de los dos hacía nada.
A media mañana él se acercó mientras Isabel comprobaba los pesos con Nuria.
—Cuando puedas, necesito hablar contigo.
Isabel cerró la libreta.
—Ahora no.
Raúl miró alrededor. Había demasiada gente entrando y saliendo de la nave.
—Cuando acabemos.
—Sí.
La jornada continuó hasta que cayó la tarde.
Entró toda la uva prevista para ese día y el tractor aguantó, aunque Ginés comentó un par de veces que el embrague empezaba a hacer un ruido que no le gustaba.
Nuria dejó preparado el material para tomar las muestras a primera hora.
Ginés se marchó el último de la cuadrilla y Mercedes cerró la cocina después de cenar.
Isabel había tenido a Raúl delante durante todo el día y, aun así, apenas habían estado juntos.
Lo había visto trabajar con el cansancio metido en la cara, hablar con Ginés, ayudar con la carga, revisar entradas y responder preguntas como si nada hubiera ocurrido la noche anterior.
Solo cuando la casa empezó a quedarse en silencio comprendió que no quería encerrarse con él en una habitación para hablar de Teresa ni preguntarle cómo se sentía mientras ambos estaban agotados.
Raúl se levantó de la mesa cuando Mercedes subió.
—¿Damos una vuelta? —preguntó Isabel.
Él pareció sorprendido.
—¿Ahora?
—Sí. Necesito aire. Y tú también tienes cara de necesitarlo.
Raúl miró hacia la puerta del patio y asintió.
Salieron sin llevar nada. La noche estaba despejada y todavía quedaba algo de calor en el camino que bordeaba las viñas.
Caminaron despacio, primero hablando de cosas pequeñas: del tractor que Ginés quería revisar a primera hora, del material que Nuria había dejado preparado para las muestras y de lo rápido que se estaba llenando la nave desde que la vendimia había empezado de verdad.
Isabel no intentó llevar la conversación a Teresa. Esperó.
Fue Raúl quien terminó haciéndolo.
—No estoy bien —dijo después de un rato.
Isabel lo miró.
—Ya lo sé.
—Y tampoco quiero que pienses que me arrepiento de haber terminado con ella.
—No lo pienso.
Raúl metió las manos en los bolsillos y siguió andando.
—He hecho daño a Teresa y no voy a fingir que no duele solo porque ahora pueda tocarte sin mentirle.
Isabel tardó un momento en responder.
—No tienes que estar bien hoy.
—Lo sé.
—Y tampoco tienes que demostrarme nada.
Raúl giró la cabeza hacia ella.
—Eso es lo que más me gusta de estar contigo ahora mismo. Que no me estás pidiendo nada.
—Te he pedido que caminaras.
Él sonrió por primera vez en todo el día.
—Eso sí.
Siguieron hasta alejarse lo suficiente de la casa para que apenas llegara la luz del patio.
Se sentaron en el borde bajo de un muro de piedra desde el que se veían las hileras extendiéndose en la oscuridad.
El aire olía a tierra seca y a viña, y desde allí la finca parecía mucho más silenciosa que durante el día.
Isabel levantó la cabeza.
—En Madrid nunca se ve así.
Raúl miró también hacia arriba.
—Aquí te acostumbras y luego dejas de mirarlo.
—Pues es una pena.
Él sonrió ligeramente.
—¿Ves aquella que parece una uve doble?
Isabel siguió la dirección de su dedo.
—Sí.
—Casiopea.
—Esa me la sé.
—Entonces no tiene mérito.
—Sí, porque yo no sabría encontrarla.
Raúl buscó otro punto en el cielo.
—Y allí, más arriba, esa forma alargada es el Cisne.
Isabel tardó un momento en distinguirlo.
—Ahora sí.
Se quedó mirando el cielo unos segundos más y después dejó caer la vista sobre las viñas.
—Cada vez me gusta más estar aquí.
Raúl la miró.
—¿Aquí conmigo o aquí en la finca?
Isabel sonrió.
—¿Tú qué crees? Pero también hablo de la finca.
—Ah.
—Y de la bodega. Incluso de levantarme cuando todavía no ha amanecido, aunque eso no pienso admitirlo muchas veces. Me gusta saber qué está pasando en cada parcela, entrar en la nave y reconocer lo que huele distinto, sentarme a comer con todos… Y esto también.
Volvió a mirar las estrellas.
—Poder salir y ver el cielo así.
Raúl no respondió enseguida. Isabel tampoco necesitaba que lo hiciera. Durante el día lo había visto trabajar con la tristeza todavía encima, y allí, apartado de la casa y de la bodega, parecía estar aflojando poco a poco.
Se quedaron un rato sin hablar. Raúl apoyó los antebrazos sobre las piernas y miró hacia las viñas. Isabel permaneció a su lado, sin preguntarle qué pensaba ni intentar llenar el silencio. Notó que respiraba más despacio que cuando habían salido de la casa.
Al cabo de un momento, Raúl rozó su mano con la de ella.
Isabel entrelazó los dedos con los suyos.
Él bajó la mirada hacia sus manos.
—Gracias por no hacerme hablar todo el rato.
—No tienes que hacerlo.
—Necesitaba ordenar un poco la cabeza.
—Lo sé.
Raúl volvió a mirar el cielo.
—Contigo al lado es más fácil.
Isabel apretó suavemente sus dedos.
—Entonces me quedo aquí.
No se besaron todavía. Permanecieron juntos, cogidos de la mano, mirando las viñas y las estrellas.
Raúl no necesitó contarle cada detalle de la noche anterior y ella tampoco se los pidió.
De vez en cuando él decía algo, una frase suelta sobre Teresa, sobre la culpa o sobre lo raro que le resultaba que tres años pudieran terminar en una conversación tan breve.
Isabel escuchaba y respondía cuando tenía algo que decir; el resto del tiempo simplemente estaba a su lado.
Cuando emprendieron el camino de vuelta, Raúl seguía sin soltarle la mano. Ya no caminaba con la misma tensión con la que había salido de la casa. Isabel lo notó en los hombros, en la forma de respirar y en que, de vez en cuando, apretaba sus dedos sin decir nada.
Al llegar a la casa, Mercedes ya había apagado la luz de la cocina. Subieron despacio para no hacer ruido. Frente a la habitación de Isabel, Raúl se detuvo.
—Buenas noches.
Isabel apoyó una mano en el pomo, pero no abrió.
—¿Te vas?
Raúl la miró con atención.
—No quiero dar por hecho nada.
Isabel se acercó un poco más.
—No quiero que te vayas.
Él permaneció quieto unos segundos.
—Yo tampoco quiero irme.
Isabel abrió la puerta y entró. Raúl la siguió y cerró detrás de él.
Durante unos segundos simplemente se miraron.
Raúl se acercó despacio y le sostuvo la cara entre las manos antes de besarla. El beso fue suave, largo, sin la urgencia de las veces anteriores. Isabel le rodeó el cuello con los brazos y respondió del mismo modo, dejando que sus labios se encontraran una y otra vez.
Cuando se separaron, apenas había espacio entre los dos.
—Quiero mirarte —murmuró Raúl.
Isabel sonrió.
Le apartó el pelo de la cara, recorrió con los dedos su mejilla y volvió a besarla, esta vez más despacio todavía.
Isabel abrió la camisa de Raúl botón a botón y fue dejando las manos sobre su pecho conforme aparecía la piel.
Cuando soltó el último botón, se permitió mirarlo sin disimular, desde el pecho hasta el vientre.
Le gustaba poder hacerlo sin apartar la vista.
—No sabes cuánto he deseado estar así contigo —dijo él.
—Sí lo sé.
—¿Sí?
—Porque a mí me ha pasado lo mismo.
Raúl apoyó la frente contra la suya y sonrió.
—Entonces no tenemos ninguna prisa.
—Ninguna.
Se besaron otra vez.
Isabel lo llevó hacia la cama sin soltarlo.
Raúl se sentó junto a ella y durante un rato no hicieron más que besarse y tocarse, aprendiendo la forma del cuerpo del otro con una lentitud que ninguno quiso romper.
Él deslizó las manos bajo la camiseta y después la ayudó a quitársela.
Se quedó mirándola con una expresión que hizo que Isabel empezara a sentirse deseada de una manera distinta.
—No te tapes —dijo Raúl—. Déjame mirarte con luz.
Isabel le pasó los dedos por la mandíbula.
—Me gusta cuando me miras así.
—No sé mirarte de otra forma ahora mismo.
Ella lo besó antes de que pudiera añadir nada más.
Raúl recorrió su cuello con los labios, después los hombros, el pecho y volvió a subir hasta su boca.
Isabel cerró los ojos mientras sus manos iban conociéndola poco a poco.
Cuando ella quería que siguiera en un sitio, se lo hacía saber acercándolo más; cuando Raúl encontraba algo que la hacía estremecerse, volvía a hacerlo despacio, atento a cada reacción.
Isabel hizo lo mismo con él. Le recorrió el pecho, la espalda, los brazos, deteniéndose en lugares que durante semanas solo había imaginado tocar. Lo besó en el cuello y sintió cómo Raúl soltaba el aire junto a su oído.
—Me encanta tocarte —susurró ella.
Él volvió a buscar su boca.
—No pares.
Isabel sonrió contra sus labios.
—No quiero parar.
Terminaron de desnudarse con la misma calma, entre besos, caricias y pequeñas pausas en las que simplemente se miraban.
Raúl se tumbó junto a ella y volvió a besarla. Isabel le acarició la nuca mientras él recorría su cuerpo con las manos. Se quedaron así un rato más, alargando cada caricia antes de pasar a la siguiente.
Raúl volvió a besarla y dejó la boca junto a la suya unos segundos antes de seguir.
Cuando Isabel lo sintió dentro de ella por primera vez, cerró los ojos y se aferró a él, sobrecogida por la intimidad de aquel momento. Raúl se quedó quieto unos segundos, respirando junto a su boca, sintiendo también el calor de Isabel.
—Voy a ir despacio —murmuró—. Quiero notar cómo me recibes.
Un estremecimiento recorrió a Isabel al oírlo. Lo abrazó con más fuerza y volvió a besarlo.
Empezaron a moverse juntos, despacio, manteniendo esa misma calma.
Isabel lo mantuvo cerca, abrazándolo, buscando su boca una y otra vez. Raúl le besaba los labios, la mejilla, el cuello, volvía a mirarla y después la besaba de nuevo. Se tomaron su tiempo, atentos a cada gesto y a la forma en que el otro respondía.
—Mírame —le pidió Isabel.
Raúl levantó la cabeza.
—Te estoy mirando.
—No apartes los ojos.
—No quiero apartarlos.
Se movieron juntos con calma, encontrando poco a poco un ritmo cómodo para los dos. Isabel le acariciaba la espalda mientras Raúl le recorría el rostro con una mano, y cada vez que el placer empezaba a crecer demasiado deprisa, alguno de los dos reducía el ritmo y volvía a besar al otro.
Era distinto de todo lo que habían imaginado.
Habían pasado semanas deseándose con una urgencia casi dolorosa, pero aquella noche no necesitaban demostrar nada.
Se estaban entregando el uno al otro con una ternura que ninguno había previsto: besándose, tocándose despacio, aprendiendo cómo respiraba el otro, qué caricia hacía que cerrara los ojos, qué gesto conseguía que sonriera en mitad de todo.
Isabel comprendió que aquello iba mucho más allá de acostarse con Raúl. La forma en que él la sostenía, la miraba y esperaba cada una de sus respuestas la hacía sentirse conocida, no solo deseada.
—Me gusta estar así contigo —susurró Raúl.
Isabel le acarició la cara.
—A mí también. Mucho.
Raúl la besó otra vez y apoyó la frente contra la suya.
—No quiero estar en ningún otro sitio ahora mismo.
Isabel sintió que aquellas palabras le llegaban más hondo que cualquier declaración que pudiera haber esperado.
—Entonces quédate aquí.
—Aquí estoy.
Siguieron moviéndose despacio. El placer fue creciendo sin romper aquella calma, cada vez más intenso pero todavía unido a los besos, a las manos y a la manera en que no dejaban de mirarse.
Isabel notó que Raúl empezaba a perder el control al mismo tiempo que ella. Lo abrazó con más fuerza.
—Raúl…
—Estoy contigo.
Ella lo besó.
El orgasmo llegó para los dos casi en el mismo instante. Isabel se aferró a él mientras Raúl la estrechaba contra su cuerpo, y durante unos segundos ninguno pudo hacer otra cosa que quedarse así, respirando juntos, todavía besándose entrecortadamente mientras el placer les recorría el cuerpo.
Raúl no se apartó enseguida. Se quedó abrazándola, acariciándole la espalda con lentitud.
Isabel apoyó la cabeza en su hombro.
—Ha sido precioso —dijo ella.
Raúl le besó el pelo.
—Sí.
Después levantó su cara para volver a besarla.
—Y tú también.
Isabel sonrió.
Raúl sonrió por primera vez sin cansancio en toda la noche y volvió a besarla.
No durmieron enseguida. Se quedaron abrazados, hablando en voz baja y besándose de vez en cuando. A veces hablaban de la finca y otras de recuerdos que todavía no se habían contado. No hablaron de qué significaba aquello ni de lo que vendría después.
Cuando Isabel apagó la luz, se quedaron desnudos bajo el edredón.
Raúl la rodeó con un brazo y ella se acomodó contra su pecho, con una pierna entrelazada con las suyas.
Todavía se dieron algún beso más en la oscuridad, ya medio dormidos, y después se limitaron a quedarse así, sintiendo la piel del otro y el calor de sus cuerpos juntos.
Raúl terminó quedándose dormido con la cara hundida junto al pelo de Isabel y una mano apoyada en su cintura. Ella escuchó cómo su respiración se volvía más lenta y cerró los ojos. Estaba tranquila. Le bastaba con tenerlo allí, abrazado a ella.