La cosecha que nos quedaba Capítulo 16
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Capítulo 16

Raúl llegó al restaurante a las nueve menos cuarto. Había elegido uno a las afueras de Barbastro porque Teresa se lo había pedido así cuando hicieron la reserva. Ninguno de los dos tenía ganas de encontrarse con conocidos en mitad de aquella conversación.

Se sentó a esperar con un vaso de agua delante y el móvil boca abajo sobre la mesa.

Durante el trayecto había ensayado varias maneras de empezar, pero todas le sonaban cobardes en cuanto las decía en voz alta dentro del coche.

No quería culpar al trabajo ni a los horarios.

Y tampoco quería hacer ver que Isabel tenía toda la culpa.

Teresa llegó puntual, directamente de la farmacia, y todavía llevaba el pelo recogido como lo usaba para trabajar. Se sentó frente a él, dejó el bolso junto a la silla y lo miró antes de abrir la carta.

—Tienes una cara horrible.

—Lo sé.

—Y llevas toda la semana raro. Más raro de lo habitual.

Raúl apartó la carta sin leerla.

—No quiero esperar a que pidamos.

Teresa dejó la suya también sobre la mesa.

—Entonces habla.

Raúl apoyó los antebrazos en la mesa. Le costó empezar incluso después de haber pasado todo el día pensando en aquello.

—Te he estado ocultando algo.

Teresa no preguntó qué. Lo miró durante unos segundos, bajó la vista hacia el vaso y pronunció el nombre sin tono de pregunta.

—Es Isabel.

—Sí.

Teresa apretó los labios y volvió a mirarlo.

—¿Desde cuándo?

—No sé darte un día. Al principio discutíamos por todo. Después empezamos a trabajar juntos y…

—No te he preguntado cómo ha sido. Te he preguntado desde cuándo sabes que te pasa algo con ella.

Raúl tardó un momento en responder.

—Desde hace semanas.

—¿Semanas? —Teresa apoyó la espalda en la silla—. ¿Y yo he seguido llevándote comida a la finca, preguntándote por la vendimia y escuchándote hablar de ella todas las noches mientras tú ya sabías esto?

Raúl no intentó defenderse y respondió simplemente:

—Sí.

Teresa soltó una risa corta, sin humor.

—Qué bien.

El camarero se acercó a preguntar si querían beber algo. Teresa pidió vino y Raúl, que conducía, se quedó con agua; esperaron a que el hombre se alejara antes de continuar.

—¿Ha pasado algo entre vosotros? —preguntó Teresa.

Raúl sostuvo su mirada.

—Sí. Nos hemos besado.

Teresa se quedó inmóvil.

—¿Una vez?

—Dos.

—¿Os habéis acostado?

—No.

Teresa cerró los ojos un segundo y tomó aire despacio.

—¿Y desde cuándo pensabas contármelo?

—Hoy. Por eso estoy aquí. Y sé que tendría que habértelo dicho antes.

—Mucho antes.

—Sí.

Teresa apoyó las manos sobre la mesa.

—Has esperado, has comprobado si lo de Isabel iba en serio y has seguido conmigo mientras os acercabais. Y al final os habéis besado dos veces. Mientras tanto yo estaba en casa pensando que estabas agotado por la vendimia.

—Tienes razón.

—Ya lo sé.

El camarero dejó la copa delante de Teresa y volvió a preguntar si querían pedir. Ella negó con la cabeza y le pidió unos minutos antes de que se alejara.

Cuando se quedaron solos, Teresa bebió un trago y apoyó la copa con cuidado.

—El día que fui a llevarte la comida estaba ella allí.

Raúl recordó la bicicleta apoyada contra la pared, la fiambrera, Teresa saludando a Isabel con la misma naturalidad con la que saludaba a cualquiera.

—Sí.

—¿Ya te gustaba entonces?

Raúl tardó demasiado en contestar.

—Sí.

Teresa apartó la cara y miró hacia la ventana.

—Eso es lo que más rabia me da ahora mismo. Yo hablando con ella con total normalidad, diciéndole que tú me contabas cosas de la finca por la noche… y tú allí sabiendo que la mirabas de otra manera.

—Lo siento.

—No me digas todavía que lo sientes porque me vas a enfadar más.

Raúl guardó silencio mientras Teresa bebía otro poco. Cuando volvió a hablar, tenía la voz más firme.

—¿Quieres seguir conmigo?

La pregunta le dolió porque ya sabía qué iba a contestar.

—No puedo seguir contigo como si esto no hubiera pasado.

—Eso tampoco es una respuesta.

—No. No quiero seguir contigo sabiendo lo que siento por ella.

Teresa bajó la mirada y tardó en levantarla.

—Tres años.

—Lo sé.

—No, ahora mismo no creo que lo sepas. Tres años no son solo decir que llevamos tres años.

Son domingos con tu madre, cumpleaños, vacaciones, turnos que yo he cambiado para poder verte, cenas que tú has dejado enfriar porque había un problema en la bodega y yo he esperado sin montar una escena.

Son tus cosas en mi casa y mis cosas en la tuya.

Todo eso seguía ahí cuando Isabel volvió y ahora te has enamorado de otra persona.

Raúl notó que se le cerraba la garganta.

—No quiero quitarle valor a nada de lo que hemos tenido.

—Pues no se lo quites diciendo que llevábamos mal mucho tiempo, porque no es verdad.

—No iba a decir eso.

Teresa lo miró como si esperara que continuara.

—No éramos una pareja desgraciada —dijo Raúl—. No necesito decir que lo nuestro iba mal para explicar lo que me ha pasado. Estábamos bien en muchas cosas. Te quiero y has sido una parte enorme de mi vida. Por eso tendría que haberte hablado antes.

Teresa se secó una lágrima con el dedo y soltó el aire con fuerza.

—Eso por lo menos se parece más a la verdad.

Raúl dejó las manos quietas sobre la mesa. Quiso tocarla, pero no sabía si sería para consolarla o para aliviarse él, así que no se movió.

—¿La quieres? —preguntó Teresa.

Raúl no respondió enseguida.

—Creo que sí.

—Qué rápido.

Raúl bajó la mirada.

—Sí.

—Y qué mierda.

—También.

Teresa se rio otra vez, esta vez entre lágrimas, y se limpió la cara con la servilleta.

—No quiero conocer los detalles. No quiero saber qué te gusta de ella ni cuándo te diste cuenta ni ninguna de esas cosas.

—No te voy a contar nada que no me preguntes.

—Y tampoco quiero que vengas mañana a la farmacia a ver si estoy bien.

—De acuerdo.

—Ni mensajes cada dos horas.

—De acuerdo.

—Y no me digas que podemos ser amigos. Como me digas eso ahora mismo, te tiro el vino encima.

Raúl negó con la cabeza.

—No te lo voy a decir.

Teresa lo sostuvo con la mirada antes de tomar el bolso del suelo y sacar de él un juego de llaves.

—Tengo una copia de las de tu casa.

Las dejó sobre la mesa.

—Puedes guardar mis cosas en una caja. Ya iré a buscarlas cuando me dé la gana verte la cara.

Raúl miró las llaves antes de responder.

—No hace falta que tengas prisa.

—No la tengo. Por eso te digo que ya iré yo.

Teresa se levantó y Raúl hizo lo mismo.

—Teresa.

—No me pidas que te diga que lo entiendo.

—No iba a pedírtelo.

—Bien.

Raúl tragó saliva antes de hablar.

—Lo siento.

Teresa cerró los ojos y, cuando los abrió, seguía llorando, pero ya no apartó la mirada.

—Espero que algún día pueda escuchar eso sin querer darte una bofetada. Hoy no.

—Lo entiendo.

—Y otra cosa. —Teresa se colgó el bolso al hombro—.

No hagas conmigo lo que hace la gente cuando deja a alguien por otra persona.

No empieces a contar que nosotros ya estábamos acabados, que yo nunca entendí la finca o que llevábamos meses distanciados.

No conviertas estos tres años en un error para que lo siguiente te quede más limpio.

—No lo haré.

—Más te vale.

Teresa dio dos pasos hacia la salida y se detuvo.

—¿Ella sabe que venías a hablar conmigo?

—Sí.

Teresa sostuvo su mirada un instante y asintió una sola vez.

Se marchó antes de que él pudiera añadir nada.

Raúl pagó las dos bebidas y salió unos minutos después.

Teresa ya no estaba en el aparcamiento. Raúl se quedó un rato dentro del coche con las manos apoyadas en el volante, sin arrancar, y comprobó que el final de la relación no le producía alivio.

Sentía pena y culpa. Sabía que acababa de hacer daño a una persona a la que todavía quería, aunque ya no quisiera seguir siendo su pareja.

Cuando cogió el móvil encontró un mensaje de Ginés preguntando si al día siguiente empezaban a las seis y media o a las siete y otro de Nuria con una foto de las fichas de entrada que habían dejado pendientes; Isabel no le había escrito.

Contestó primero a Ginés, después a Nuria y solo entonces abrió el chat de Isabel.

Raúl: He hablado con Teresa. Hemos terminado. No voy a ir a la finca esta noche. Mañana hablamos.

La respuesta de Isabel llegó menos de un minuto después.

Isabel: De acuerdo. No hace falta que me cuentes nada ahora. Descansa si puedes.

Raúl leyó el mensaje dos veces antes de guardar el teléfono y arrancar.

* * *

En la finca, Isabel dejó el móvil sobre la mesa de la cocina. Mercedes estaba terminando de guardar unos platos y Nuria acababa de marcharse después de revisar con ella las fichas de la tarde.

—¿Ha terminado? —preguntó Mercedes.

—Sí.

Mercedes cerró un cajón antes de contestar.

—Entonces mañana será mañana. Hoy ya habéis tenido bastante todos.

Isabel no discutió con ella; ayudó a apagar las luces del patio, subió a su habitación y dejó el teléfono en la mesilla sin volver a escribirle a Raúl.