Capítulo 15 #3
—Y mi madre me riñó después porque me quedé sin comer.
—¿Te acuerdas de eso?
—De más cosas de las que pensaba. —Raúl bajó la voz—. Durante años, cada vez que veía el banco de piedra, el lagar o esa vajilla de flores azules, me acordaba de ti. No todos los días, claro, pero estabas aquí más de lo que yo mismo sabía.
Isabel lo miró sin responder enseguida.
—Yo hice justo lo contrario. Procuré no acordarme de nada de esto.
—Ya.
—Cada vez que me acordaba, me dolía demasiado. Por eso dejé de hacerlo.
Raúl sostuvo su mirada unos segundos y después volvió a incorporarse cuando Ginés pidió otra botella desde la otra punta de la mesa.
La mesa se quedó todavía un rato ocupada. Nadie tenía muchas ganas de levantarse, pero quedaba trabajo y Raúl fue el primero en mirar el reloj.
—En veinte minutos quiero a todo el mundo otra vez fuera. Esta tarde avanzamos todo lo que podamos con la parcela baja.
—Mira quién manda ahora —dijo Ginés.
—Llevas toda la mañana quejándote de que manda Nuria. Decide a quién quieres criticar.
—Me da tiempo a los dos.
La cuadrilla empezó a dispersarse. Unos llevaron platos a la cocina, otros recogieron botellas y dos de los temporeros se quedaron ayudando a plegar una de las mesas. Isabel estaba apilando vasos cuando el móvil de Raúl vibró sobre el banco.
Él lo miró y, antes de que dijera nada, Isabel vio el nombre de Teresa en la pantalla y apartó la vista.
Raúl leyó el mensaje y guardó el teléfono en el bolsillo.
—Teresa me ha confirmado la cena —dijo en voz baja—. A las nueve.
Isabel asintió y siguió con los vasos.
Mercedes salió de la cocina con un paño en la mano y miró de uno a otro.
—Si habéis terminado de tener conversaciones enteras con tres palabras, faltan tres bandejas dentro.
Isabel no pudo evitar sonreír.
—Voy.
Raúl cogió dos de las bandejas antes que ella.
—Yo llevo estas.
Mercedes se apartó para dejarlo pasar, todavía observándolos de reojo.
Trabajaron toda la tarde en la parcela baja.
La comida larga les había dado media hora de descanso, pero el calor seguía apretando y a las seis casi todos llevaban la camiseta pegada a la espalda.
Nuria controlaba las cargas que iban saliendo, Ginés conducía el tractor y Raúl iba de una hilera a otra comprobando qué quedaba por cortar.
Raúl e Isabel siguieron evitando coincidir a solas sin hablar de ello.
Si él se acercaba a una hilera, ella encontraba trabajo un poco más allá; si Isabel volvía hacia la nave, Raúl se quedaba con Ginés o con Nuria.
No era distancia de verdad. Cada vez que levantaban la cabeza acababan encontrándose con la mirada.
Isabel trabajó con dos temporeras a las que al principio apenas conocía y que ahora ya se permitían meterse con ella porque tardaba demasiado en llenar un recipiente cuando se entretenía revisando racimos.
—Abogada, menos mirar y más cortar —le dijo una de ellas.
—Como me cortes una mano, luego no te quejes cuando te facture la consulta.
—Eso sí que lo ha aprendido en Madrid —dijo Nuria desde la hilera de al lado.
A las siete y cuarto dieron por terminada la jornada. Todavía quedaba una parte de la parcela baja por recoger, pero Raúl no podía retrasarse más si quería ducharse y llegar al restaurante a las nueve.
Ginés se fue con uno de los temporeros porque su coche seguía en el taller. Nuria entró en la nave con las fichas de la tarde y Mercedes había subido a la casa para empezar la cena.
Durante unos minutos, el patio quedó en silencio.
Raúl se lavó las manos en el grifo y se quedó mirando el agua morada que corría hacia el desagüe. Isabel estaba limpiando unas tijeras junto a la nave.
—Me voy —dijo él.
—Ya.
Raúl cerró el grifo y se acercó.
Ninguno dijo nada más.
Isabel supo lo que iba a pasar cuando él le tocó la cara. Esta vez el beso fue breve, pero no tranquilo. Raúl la besó con la misma necesidad que el martes e Isabel respondió enseguida, agarrándose un instante a su camiseta antes de obligarse a soltarlo.
Se separaron antes de que el beso pudiera convertirse en otra cosa.
Raúl mantuvo la frente cerca de la suya, respirando todavía deprisa.
—No veo el momento de poder estar contigo sin tener que parar.
Isabel sintió que el corazón volvía a acelerársele.
—Yo tampoco.
Raúl cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta hiciera todavía más difícil marcharse.
Él le rozó la mejilla con el pulgar y dio un paso atrás.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Isabel lo vio cruzar el patio y subir al coche. Cuando arrancó, Mercedes apareció en la puerta de la casa con una fuente vacía entre las manos. Miró el coche, después a Isabel y, al verla todavía con las mejillas encendidas, arqueó una ceja.
—Ni una palabra —dijo Isabel.
Mercedes sonrió.
—No he dicho nada.
Nuria salió de la nave en ese momento con una carpeta bajo el brazo.
—Isabel, ven un segundo. Hay una entrada apuntada dos veces y no sé si es un error mío o del registro.
Isabel dejó las tijeras limpias sobre la mesa y fue hacia ella.
—Enséñame.
El coche de Raúl desapareció por el camino mientras las dos revisaban juntas las cifras de la tarde.