Capítulo 15 #2
Cuando la cuadrilla empezó a marcharse, Isabel se quedó ayudando a Nuria a ordenar los registros del día. Raúl permaneció al otro lado de la nave hasta que Ginés terminó de recoger sus herramientas.
Ninguno buscó una excusa para quedarse a solas.
Cuando finalmente coincidieron junto a la puerta, ya casi había oscurecido.
Se miraron desde varios metros de distancia.
Raúl respiró hondo.
—Me estoy muriendo de ganas de estar contigo.
Isabel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Yo también.
Raúl dio medio paso hacia ella y se detuvo.
Isabel tampoco se movió.
Era casi cómico después de todo un día evitándose, pero los dos sabían que acercarse en ese momento sería dejar de fingir que todavía podían parar.
—Buenas noches —dijo Raúl al final.
—Buenas noches.
Se fueron en direcciones opuestas sin dejar de mirarse hasta que ya no pudieron hacerlo.
* * *
El jueves Mercedes empezó a sacar mesas al patio antes de las once.
No había ninguna celebración especial, pero la parte más intensa de la vendimia acababa de empezar y, según ella, eso bastaba para que una vez por semana la cuadrilla se sentara a comer junta en vez de hacerlo por turnos junto a la nave.
—Dos mesas no van a bastar —dijo Isabel mientras arrastraba un banco hasta la sombra de la morera.
—Añadimos otro banco al final —respondió Mercedes—. Hoy come toda la cuadrilla junta.
Ginés llegó con una caja vacía bajo el brazo y la dejó junto a la pared antes de ayudarles con la segunda mesa.
Nuria apareció detrás de él con las manos todavía mojadas de haberse lavado en el grifo de la nave.
—A mí ponme lejos de este, que lleva toda la mañana diciendo que mis mediciones están mal.
—He dicho que no me gusta que una máquina decida cuándo vendimiamos.
—La máquina no decide nada. Mide azúcar.
—Pues eso. Antes se probaba la uva y punto.
Raúl salió de la bodega justo a tiempo para oírlo.
—Antes también se perdían cosechas enteras por esperar dos días de más.
Ginés levantó las manos.
—Hoy estáis todos contra mí.
—No —dijo Mercedes—. Hoy estamos todos esperando a que te calles y te sientes.
A las dos, las mesas estaban llenas. Había dieciséis personas entre los temporeros, Mercedes, Raúl, Nuria, Ginés e Isabel.
El gazpacho pasó de mano en mano, después llegaron dos fuentes de pollo guisado, pan, ensalada y varias botellas del vino del año anterior.
Nadie necesitó que Mercedes dijera que el vino nuevo no se tocaba.
A esas alturas hasta Isabel sabía que aquello habría sido casi un delito.
La conversación empezó por el calor y acabó diez minutos después en una discusión sobre una boda del pueblo, el coche de Ginés y la hija de uno de los temporeros, que se marchaba a Zaragoza para empezar la universidad.
Dos hombres discutían sobre fútbol en una punta de la mesa mientras Nuria intentaba convencer a Mercedes de que necesitaban comprar más guantes antes del lunes.
—Los pedí ayer —dijo Mercedes.
—¿Cuántos?
—Ocho cajas.
Nuria apuntó la cantidad en la libreta que había dejado junto a su plato.
Isabel podía seguir la conversación sin preguntar: sabía que el coche de Ginés seguía en el taller, que uno de los temporeros tenía una hija a punto de empezar la universidad y que Nuria llevaba tres días intentando cambiar un turno para ir el sábado por la noche al cumpleaños de su hermana.
Mercedes le llenó el plato otra vez sin preguntarle.
—No quiero más.
—Sí quieres.
—Mercedes, tengo treinta y ocho años.
—Y llevas desde las seis y media cargando cajas. Come.
Isabel miró a Raúl al otro lado de la mesa. Él sonreía sin intervenir.
—No te rías.
—Yo ya he aprendido a no discutir con ella.
—Mentira —dijo Mercedes—. Discutes todos los días. Otra cosa es que luego hagas lo que te digo.
Mercedes miró primero a Raúl y después a Isabel. Se entretuvo un segundo más de la cuenta.
—¿Qué? —preguntó Isabel.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
Mercedes volvió a coger la fuente.
—Solo estaba pensando que lleváis dos días haciendo un esfuerzo enorme por no miraros.
Isabel bajó los ojos hacia el plato. Raúl cogió un trozo de pan.
—Será el cansancio —dijo él.
—Claro —respondió Mercedes, y siguió sirviendo como si se lo hubiera creído.
Ginés levantó su copa.
—Eso hacemos todos.
Mercedes le apartó la botella antes de que pudiera servirse otra vez.
—Tú más que nadie.
Cuando llegaron las tortillas, uno de los trabajadores preguntó si aquellas comidas se hacían también cuando vivía la madre de Isabel. Mercedes apoyó la fuente sobre la mesa antes de contestar.
—Las empezó ella. Yo llevaba poco tiempo viniendo a ayudar en la casa y ya montaba una cada semana de vendimia. A veces acabábamos comiendo a las cuatro porque se empeñaba en esperar a que entrara hasta la última caja de la mañana.
Isabel dejó el tenedor.
—No sabía que las hubiera empezado ella.
—Era cabezota con estas cosas. Decía que si la gente trabajaba junta, también tenía que sentarse junta de vez en cuando. Tu padre protestaba porque ella sacaba la vajilla buena al patio.
—¿La vajilla buena?
—La de flores azules. Una vez Ginés rompió dos platos.
Ginés hizo un gesto de protesta.
—Fue uno.
—Fueron dos.
—Uno se rajó solo.
Mercedes lo miró por encima de las gafas.
—Claro. El plato decidió rajarse justo cuando se te cayó al suelo.
Las dos mesas estallaron en risas. Isabel también se rio, pero se quedó mirando un momento los platos blancos que tenían delante. Recordaba vagamente una vajilla con flores azules guardada en el aparador del comedor. Nunca había sabido por qué Mercedes se negaba a tirarla aunque casi no se usara.
—¿Todavía está? —preguntó.
Mercedes entendió enseguida a qué se refería.
—Casi entera. A Ginés no le dejo tocarla.
—Veinte años pagando por dos platos —murmuró él.
—Uno se rajó solo —repitió Nuria, y volvió a empezar la risa.
Después alguien pidió que cantaran algo.
Nuria se negó dos veces y a la tercera empezó una jota con otra de las temporeras.
Ginés golpeó la mesa con la palma para marcar el ritmo y Mercedes acabó acompañándolas en el estribillo, aunque había jurado que no pensaba cantar.
Isabel no conocía toda la letra, pero sí una parte.
La recordó después de escuchar los primeros versos y terminó cantando lo que sabía.
Raúl la miró desde enfrente.
—Te acuerdas.
—Un poco.
—De pequeña la cantabas fatal.
—Y tú eras insoportable.
—Eso no ha cambiado —dijo Nuria sin dejar de cantar.
Cuando terminaron, Raúl se inclinó hacia Isabel mientras los demás seguían hablando.
—¿Te acuerdas de una comida en la que se te cayó la tortilla al suelo?
Isabel no respondió enseguida.
—Tú me diste la tuya.