La cosecha que nos quedaba Capítulo 15
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Capítulo 15

El miércoles empezó antes de que amaneciera del todo. Isabel bajó a la bodega convencida de que, si se mantenían ocupados y rodeados de gente, podrían comportarse como dos adultos sensatos.

La idea le duró hasta que vio a Raúl junto a uno de los depósitos.

Él estaba hablando con Nuria mientras revisaban las anotaciones de temperatura y densidad.

Isabel llevaba un top de tirantes que se había puesto sin pensarlo demasiado y que, en cuanto empezó a moverse entre la oficina y la nave, demostró ser una pésima elección para un día de trabajo: uno de los tirantes se le deslizaba del hombro cada dos por tres y el escote se abría un poco más de lo que a ella le habría gustado.

Raúl levantó la vista justo cuando Isabel volvía a colocárselo.

Se quedó callado en mitad de una frase.

Nuria miró primero a él y después a Isabel.

—¿Qué?

Raúl bajó los ojos a la hoja.

—Nada. Sigue.

—Estabas hablando tú.

—Pues sigo.

Isabel tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír. Entró en la oficina sin volver a mirarlo, aunque sabía perfectamente que Raúl no había dejado de verla.

Durante la primera hora apenas se dirigieron la palabra. No porque estuvieran enfadados ni incómodos, sino porque ambos parecían haber llegado a la misma conclusión: cuanto menos tiempo pasaran solos, mejor.

La finca, por supuesto, no colaboró.

A media mañana coincidieron junto a la mesa de selección. Raúl llegó por un lado y ella por el otro, y los dos se detuvieron al mismo tiempo para dejar pasar a un trabajador con un cubo de uva descartada.

—Pasa tú —dijo Isabel.

—No, pasa.

—Raúl.

—Isabel.

Nuria levantó la cabeza desde el otro extremo de la mesa.

—¿Vais a seguir toda la mañana cediéndoos el paso o llamo a tráfico?

Isabel soltó una carcajada y pasó primero. Consiguió hacerlo sin rozarlo por apenas unos centímetros.

—Muy bien —murmuró Raúl.

—Gracias.

—Casi me rozas.

—Ya.

Mercedes, que llegaba con una jarra de agua, los miró a los dos.

—No sé qué estáis haciendo, pero os está saliendo fatal.

Ninguno preguntó a qué se refería.

Después del almuerzo tuvieron que encerrarse en la oficina para revisar la propuesta de precio que estaban preparando para Andreu. Isabel dejó las hojas sobre la mesa y, por pura prudencia, eligió la silla más alejada.

Raúl se quedó de pie mirándola.

—¿En serio?

—Sí.

—Hay tres metros entre nosotros.

—Me parecen pocos.

Él soltó una risa breve y terminó sentándose en el extremo opuesto.

Durante casi veinte minutos consiguieron comportarse como si delante solo hubiera números: Isabel repasó vidrio, etiquetado, transporte y mantenimiento; Raúl corrigió una estimación de rendimiento y añadió una partida que ella no había incluido.

Funcionó mientras ninguno levantó demasiado la cabeza.

El tirante volvió a caérsele.

Isabel fue a subírselo por costumbre, pero se detuvo. Notó la mirada de Raúl clavada en ella y, en vez de arreglarlo enseguida, siguió leyendo como si no hubiera pasado nada. El escote había cedido un poco y la forma en que él dejó de leer le confirmó que se había dado cuenta.

—Te has perdido —dijo Isabel.

—No.

—Llevas demasiado rato en la misma línea.

Raúl miró la hoja.

—Estoy comprobando una cifra.

—¿Cuál?

Él señaló una al azar.

—Esa.

Isabel se inclinó hacia delante, dejando que el tirante siguiera caído, y con ayuda del bolígrafo se bajó un poco más el escote mientras buscaba la cifra que él acababa de señalar.

Raúl tragó saliva.

—Treinta y ocho céntimos —dijo.

Isabel levantó los ojos.

—Treinta y ocho euros.

Él parpadeó una vez.

—Eso quería decir.

—Claro.

Isabel deslizó despacio el bolígrafo entre los dedos y, sin dejar de mirarlo, lo pasó a lo largo de su escote con una lentitud que ya no tenía nada de inocente. Vio cómo Raúl apretaba la mandíbula.

—Lo estás haciendo aposta.

—¿El qué?

—Isabel.

Ella sonrió.

—Estamos trabajando.

—Tú ahora mismo estás haciendo cualquier cosa menos trabajar.

—Yo sigo sabiendo cuánto son treinta y ocho euros.

Raúl se levantó. No dijo nada durante unos segundos.

Isabel lo observó y sintió una satisfacción intensa al comprobar cuánto le estaba afectando. No necesitaba que él dijera nada. Lo veía en la rigidez de sus hombros, en la forma en que evitaba mirarla y en lo deprisa que había abandonado la silla.

—No te rías —dijo Raúl sin volverse.

—No me estoy riendo.

—Mentira.

—Un poco.

Él se volvió entonces.

La expresión había cambiado.

—Vale.

Isabel dejó de sonreír.

Raúl regresó despacio hacia la mesa. No se sentó. Rodeó el extremo y se colocó a su lado, lo bastante cerca para que Isabel notara el calor de su cuerpo sin que llegaran a tocarse.

—Ahora seguimos con los números —dijo él en voz baja.

—Eso estaba haciendo.

—No. Estabas jugando.

Isabel levantó la cara hacia él.

—¿Y si estaba jugando?

Raúl sostuvo su mirada y se inclinó para señalar una de las hojas. Su brazo pasó muy cerca del de Isabel, pero evitó rozarla.

—Entonces ahora me toca a mí.

Isabel sintió un escalofrío.

Raúl se inclinó un poco más, hasta que su boca quedó junto a su oído.

—¿Quieres saber lo que estoy pensando?

Isabel dejó de mirar las cifras.

—No deberías decírmelo.

—Probablemente no.

Su voz bajó todavía más.

—Estoy pensando en besarte despacio. En recorrer tu cuerpo con la boca, acariciarte hasta que no puedas pensar en otra cosa y hacerte temblar hasta que no sepas cuánto son treinta y ocho euros.

Isabel cerró los ojos un instante. El deseo le subió de golpe y tuvo que apretar los dedos alrededor del bolígrafo para no girarse y besarlo allí mismo.

Raúl se apartó apenas unos centímetros.

—Ahora intenta seguir con los números.

Isabel abrió los ojos y lo miró.

—Eres un cabrón.

Raúl sonrió.

—Estamos empatados.

Después empezó a explicarle una partida de transporte con una calma exagerada, casi absurda, mientras seguía inclinado junto a ella.

Hablaba de costes y de márgenes, pero lo hacía tan cerca que Isabel apenas escuchaba las palabras.

Cada vez que él bajaba la voz, ella tenía que concentrarse para no mirar su boca.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Raúl.

—Perfectamente.

—Entonces dime qué acabo de decir.

Isabel miró la hoja.

—Algo sobre transporte.

Raúl sonrió.

—Muy preciso.

Ella apretó el bolígrafo entre los dedos.

—Te estás vengando.

—Un poco.

Raúl se enderezó, pero no se apartó. Isabel notó que necesitaba tocarlo con una intensidad que empezaba a ponerla nerviosa. Quería entregarse a él por completo.

Él debió de leer algo en su cara porque la sonrisa desapareció.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras pensando lo mismo que yo.

Isabel bajó la voz.

—¿Y qué estás pensando?

Raúl respiró hondo y se obligó a apartarse un paso.

—Que si no salimos de aquí en cinco minutos, los números de Andreu van a dejar de importarme bastante.

Isabel sintió otra oleada de calor.

—Entonces terminamos.

—Sí.

—Y salimos por separado.

—Creo que es lo mejor.

Acabaron los cálculos con una concentración casi heroica y salieron de la oficina con treinta segundos de diferencia.

Mercedes estaba en el pasillo.

Miró primero a Isabel, después a Raúl, y arqueó una ceja.

—No preguntes —dijo Isabel.

—No pensaba hacerlo.

—Mentira.

—Bueno, sí.

La tarde fue peor.

El calor apretó y Raúl pasó buena parte del tiempo con Ginés revisando una bomba que estaba dando problemas. En algún momento acabó empapado de sudor y se quitó la camiseta para seguir trabajando.

Isabel lo vio desde la puerta de la nave.

Y se quedó quieta.

Raúl estaba de espaldas, inclinado sobre la bomba, con los músculos de los hombros y la espalda tensándose cada vez que hacía fuerza.

Cuando se incorporó y se volvió, Isabel vio el pecho húmedo de sudor, el abdomen marcado y los brazos todavía tensos por el esfuerzo.

Él la descubrió mirándolo y, esta vez, no sonrió; se limitó a sostener su mirada.

Isabel sintió cómo el deseo le bajaba por el cuerpo de una forma tan inmediata que tuvo que apretar la carpeta contra el pecho.

Quería tocarlo. Quería volver a besarlo. Quería pasar las manos por aquella espalda y averiguar cuánto tardarían en olvidar por completo que estaban en mitad de una jornada de trabajo.

Raúl debió de leerle algo parecido en la cara porque tragó saliva y se agachó a recoger la camiseta.

Ginés apareció desde detrás del tractor.

—Déjatela quitada, hombre, que todavía te queda un rato.

Raúl se la puso de inmediato.

Ginés lo miró sorprendido.

—Pues ahora sí que no entiendo nada.

Isabel entró en la nave antes de echarse a reír.

Mercedes la encontró dos minutos después junto al fregadero, bebiendo agua.

—¿Tanto calor hace?

Isabel la miró.

Mercedes levantó las manos.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Tú también.

Isabel casi se atragantó con el agua.

El resto de la tarde se convirtió en una sucesión de pequeñas maniobras para no quedarse solos.

Si Raúl entraba en la bodega, Isabel encontraba algo urgente que hacer en la oficina.

Si ella salía al patio, él se quedaba hablando con Nuria.

Cuando Mercedes mandó a Isabel a buscar unas fichas y Raúl apareció por la puerta contraria, ambos se dieron media vuelta al mismo tiempo.

Mercedes, que los vio desde la cocina, se apoyó en el marco.

—Esto empieza a ser ridículo.

Raúl señaló hacia la bodega.

—Voy por allí.

—Ya lo veo.

Isabel tomó el camino contrario.

—Y yo por aquí.

—También lo veo.

Mercedes esperó a que cada uno desapareciera por un lado y murmuró algo sobre adultos de casi cuarenta años.

Sin embargo, evitarse no significaba dejar de buscarse.

Cada vez que Isabel levantaba la cabeza encontraba a Raúl mirándola desde algún punto de la nave, de las hileras o del patio.

A veces era solo un segundo. Otras veces ninguno apartaba la vista y el resto de la finca parecía desaparecer alrededor.

Al caer la tarde, la tensión ya tenía algo de absurdo. Se deseaban tanto que habían convertido media finca en un sistema de rutas alternativas para no cruzarse a menos de un metro.