Capítulo 14 #3
Isabel no respondió enseguida. Se quedó mirándolo con el pulso acelerado.
Raúl apoyó una mano en su cintura.
—Y si seguimos así, voy a olvidarme de todos los motivos por los que ahora mismo no debo hacerlo.
Isabel sabía exactamente de qué estaba hablando.
Aun así, volvió a besarlo.
Lo hicieron más despacio al principio, como si ambos intentaran convencerse de que podían bajar la intensidad sin separarse. No funcionó. Cada vez que sus bocas se encontraban volvían a apretarse el uno contra el otro y las manos regresaban a donde acababan de obligarlas a apartarse.
Tardaron en conseguir quedarse quietos.
Raúl acabó apoyando las manos a ambos lados de Isabel sobre la mesa mientras respiraba con la frente pegada a la de ella.
—Si seguimos, no vamos a parar.
—Ya lo sé.
Isabel seguía deseándolo exactamente igual. Quería volver a meter las manos bajo su camisa, sentir su cuerpo contra el suyo y dejar que aquella noche terminara de una forma muy distinta.
Raúl levantó la cabeza.
—El jueves hablo con Teresa. Hemos quedado para cenar.
Isabel asintió.
Aquello devolvió a la habitación todo lo que el deseo había conseguido apartar durante unos minutos.
Raúl la ayudó a bajar de la mesa, pero ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por separarse enseguida. Después sí tuvieron que hacerlo.
Terminaron de recoger hablando poco. Isabel era consciente de Raúl cada vez que pasaba a su lado y también de que él la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta.
Cuando por fin subió a su habitación, llevaba el corazón todavía acelerado. Se quitó la ropa y entró en la ducha con la esperanza absurda de que el agua caliente le despejara la cabeza después de la vendimia, de Teresa, de los celos y, sobre todo, de aquel beso.
No funcionó.
En cuanto cerró los ojos volvió a sentir las manos de Raúl en su cintura, su boca descendiendo por el cuello y el cuerpo de él entre sus piernas mientras estaba sentada sobre la mesa. Recordó cada cosa que le había dicho.
Había pasado noches imaginándola.
Había pensado en quitarle la ropa.
En tocarla.
En hacerle el amor.
Isabel apoyó una mano en la pared de la ducha y cerró los ojos.
Esta vez no intentó frenar lo que vino después. Dejó que la imaginación siguiera y volvió a aquella mesa, pero Raúl ya no se detenía.
Raúl la besaba mientras sus manos buscaban el borde de su camiseta y se la quitaban. Ella hacía lo mismo con la camisa de él, impaciente por volver a sentir bajo las manos el pecho y el abdomen que apenas había alcanzado a tocar unos minutos antes.
Raúl la miraba desnuda de cintura para arriba sin decir nada.
Después volvía a acercarse.
—Esto es lo que llevo noches imaginando.
Isabel sintió que el deseo regresaba con toda su fuerza.
La boca de Raúl descendía otra vez hacia su cuello y continuaba bajando. Sus manos ya no encontraban ropa que las detuviera. La acariciaba como acababa de confesar que deseaba hacerlo y ella lo atraía contra sí, incapaz de conformarse con nada que no fuera tenerlo todavía más cerca.
—Ábrete. Quiero verte cuando te toco —le susurraba.
Isabel cerró los ojos bajo el agua.
Raúl volvía a besarla y sus manos recorrían su cuerpo con una seguridad que en la realidad todavía no habían podido permitirse. Ella le quitaba el resto de la ropa, lo atraía entre sus piernas y sentía cómo él dejaba de intentar contenerse.
—No pares.
—No pienso hacerlo.
Raúl la besaba mientras la acariciaba. Isabel hundía los dedos en su espalda, lo sentía pegado a ella y escuchaba su respiración cada vez que volvía a decirle al oído cuánto la deseaba.
—Llevo demasiado tiempo queriendo hacerte esto.
Ella lo besaba.
—Pues hazlo.
Y Raúl hacía el amor con ella allí mismo, sobre aquella mesa, todavía rodeados por el olor a uva, madera y mosto. Isabel sentía el cuerpo de él contra el suyo, sus brazos sujetándola y la boca buscándola cada vez que el placer les cortaba la respiración.
No había prisa y, al mismo tiempo, parecía que ninguno podía esperar.
Raúl volvía a decir su nombre.
Isabel respondía con el suyo.
Sus cuerpos perdían poco a poco cualquier coordinación que no fuera buscar al otro, las manos de Raúl se aferraban a su cintura, sus labios quedaban junto a su oído y aquella voz que había escuchado minutos antes se convertía ahora en un susurro entrecortado.
—Así. Muévete así para mí.
Isabel sintió que el placer seguía creciendo.
—Yo también.
Raúl la besaba otra vez. Ya no había teléfonos, conversaciones pendientes ni nadie que los obligara a recordar por qué tenían que parar.
Solo estaban ellos.
El deseo acumulado durante aquellas semanas.
Y todo lo que acababan de reconocer que querían hacerse.
Isabel se aferraba a Raúl cuando él empezó a perder el control. Lo sintió decir su nombre contra su cuello y el orgasmo los alcanzaba casi al mismo tiempo, todavía abrazados, todavía besándose.
Abrió los ojos bajo el agua con la respiración acelerada.
Durante unos segundos no se movió.
Después apoyó las dos manos en la pared de la ducha y dejó que el agua le cayera por la espalda.
Lo peor ya no era saber cuánto deseaba a Raúl.
Ahora sabía cuánto la deseaba él.