La cosecha que nos quedaba Capítulo 14
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Capítulo 14

La primera remesa grande de uva llegó tres días después de la visita de Andreu.

La pequeña partida adelantada de la parcela baja había confirmado que aquel rincón maduraba antes que el resto, así que ahora podían entrar en las siguientes hileras con datos propios de ese mismo año.

A las siete de la mañana ya había dos remolques esperando junto a la nave, Ginés discutía con uno de los trabajadores que Isabel llevaba semanas viendo por la finca porque alguien había apilado mal media docena de cajas y Nuria iba de un lado a otro con una libreta, apuntando de qué hilera salía cada carga.

—Las de la parcela baja, a la izquierda —dijo Raúl desde la puerta de la bodega—. Y no mezcléis las cajas de la ladera de la parcela sur con estas, que todavía vienen un poco más verdes.

—Ya están separadas —contestó Nuria, sin dejar de escribir—. Si alguien las mezcla ahora, lo mato yo antes de que llegues tú.

Ginés soltó una carcajada.

—Esta chica cada año manda más.

—Porque cada año me hacéis menos caso.

Isabel salió de la oficina con varias hojas grapadas en la mano.

Había pasado parte de la noche anterior preparando la documentación para responder a Andreu: las ventas de las últimas campañas y una estimación prudente de producción.

Aparte, estaba reuniendo costes, deudas pendientes y datos de transporte para calcular qué precio podían ofrecer por botella.

Ya podía seguir de dónde salía cada cifra y qué problema había detrás de ella.

Al levantar la vista hacia Raúl, perdió el hilo durante un segundo.

Llevaba la camisa remangada, el pelo algo revuelto y una barba de un par de días que le oscurecía la mandíbula.

Tenía ese aspecto cansado de las mañanas de trabajo que, por algún motivo, le sentaba demasiado bien.

Isabel notó un golpe de calor en las mejillas y bajó de nuevo los ojos hacia las hojas antes de que él pudiera darse cuenta.

—Luego necesito que mires conmigo el coste por botella —le dijo a Raúl—. Hay dos partidas de mantenimiento que no sé dónde meter.

—Después de descargar esto.

—Eso llevo oyendo desde las seis y media.

—Y seguirás oyéndolo hasta que acabemos.

Isabel volvió a dejar las hojas en la oficina antes de acercarse a la descarga.

Mercedes apareció con una bandeja de cafés y pan tostado.

—Antes de que acabéis, coméis. No pienso tener a nadie desmayado encima de una despalilladora porque os haya entrado prisa de repente.

—Yo ya he desayunado —dijo Raúl.

Mercedes lo miró.

—Un café de pie no es desayunar.

Ginés levantó el suyo como si brindara.

—Hazle caso. Llevo treinta años sobreviviendo a vendimias gracias a mujeres que me obligan a comer.

Cuando terminó el café, Ginés se estiró la espalda antes de regresar a la nave. No dijo nada y nadie le preguntó; llevaban horas de pie y todavía quedaba media jornada.

La mañana se fue entre cajas, mangueras y cubas.

Isabel ayudó primero a descargar y después se quedó con Nuria junto a la mesa de selección, apartando racimos dañados y comprobando que las cajas llegaran identificadas.

De allí la uva pasaba por la despalilladora-estrujadora: quitaban el raspón y abrían el grano sin machacar pepitas antes de enviar mosto y hollejos al depósito correspondiente.

Ya no tenía que preguntar dónde iba cada cosa ni esperaba a que Raúl le dijera qué hacer.

Cuando faltaban manos, entraba; cuando surgía una duda sobre las cuentas o una entrega, volvía un momento a la oficina y la resolvía.

A media mañana, Raúl abrió uno de los depósitos que habían dejado preparados días antes. Nuria tomó la muestra inicial para dejar registrados Brix, pH y acidez total antes de que arrancara la fermentación.

—Esta partida va aquí. Cuando empiece a fermentar, temperatura y densidad al menos dos veces al día. Y los remontados se deciden viendo el sombrero, la temperatura y cómo va la extracción, no por cumplir un horario.

—Lo tengo apuntado —dijo Nuria.

—No te lo estaba diciendo a ti.

Isabel levantó la cabeza.

—Pues yo también lo tengo apuntado.

Raúl sonrió.

—Entonces ya puedo jubilarme.

—Ni se te ocurra —dijo Ginés desde el otro lado de la nave—. Bastante tengo con aguantar a estas dos.

Nuria le lanzó un guante de trabajo y le dio en el hombro.

A la una, Mercedes consiguió sentarlos veinte minutos a la sombra.

La tortilla la había traído la mujer de Ginés a media mañana, junto con una cesta de tomates, y Mercedes añadió pan, queso y todo lo que encontró en la cocina.

La conversación saltó de la cosecha a una avería del tractor de Ginés, de ahí a la hija de uno de los temporeros, que empezaba la universidad, y terminó con Mercedes y Nuria discutiendo sobre todo lo que todavía quedaba por preparar para la semana siguiente.

Isabel apenas habló durante unos minutos y se dedicó a escuchar.

Ya sabía quién tenía un hijo trabajando en Huesca, quién llevaba vendimiando allí desde adolescente y quién se marchaba dos días después porque empezaba otra campaña en una finca vecina.

Tres semanas antes no habría sabido distinguir a la mitad de aquellas personas, mientras que ahora notaba enseguida si alguien faltaba.

Teresa apareció poco después de las cuatro en bicicleta, con unos vaqueros viejos, una camiseta, el pelo recogido y una mochila al hombro. Había salido del turno de mañana en la farmacia y, antes de que Raúl pudiera preguntarle qué hacía allí, levantó las manos.

—Dije que algún día vendría a vendimiar. Me quedan unas horas antes de arrepentirme.

Nuria le lanzó un par de guantes desde la mesa de selección.

—Aquí no cortas nada hasta que yo te diga. El año pasado mezclaste unas cajas.

—Fue una vez.

—Fueron dos.

Ginés intervino desde la puerta de la nave.

—Fueron tres, pero dejamos de contar por no hacer sangre.

Teresa le enseñó el dedo corazón sin perder la sonrisa. Antes de ponerse los guantes, se acercó a Raúl, le pasó una mano por el brazo y le dio un beso breve en la boca. Él la recibió con naturalidad y después le señaló la mesa donde estaba trabajando Nuria.

Isabel bajó la vista hacia la uva. Sabía que no tenía ningún derecho a molestarse. Teresa era la pareja de Raúl y besarle al llegar era lo más normal del mundo, pero saberlo no evitó que sintiera una punzada desagradable en el estómago.

No hubo presentación ni explicaciones: Teresa sabía dónde lavarse, dónde dejar la mochila y qué bandeja usar para los racimos descartados.

Durante casi dos horas trabajó junto a Nuria e Isabel.

No sabía lo mismo que ellas sobre maduración o registros, pero reconocía un racimo podrido, preguntaba cuando dudaba y no necesitaba que nadie le explicara cómo se organizaba una jornada de vendimia.

Habló con Mercedes de un cambio de medicación de su hermana, le recordó a Ginés que seguía debiéndole una receta y discutió con Nuria sobre cuántas veces se había equivocado el año anterior.

La primera vez que Raúl pasó junto a la mesa, Teresa le rozó la espalda con la mano al dejarle sitio. Fue un gesto mínimo, casi automático, pero Isabel lo siguió con la mirada más de lo que quería.

Un rato después, Teresa llamó a Raúl para preguntarle algo sobre una de las bandejas. Cuando él se inclinó a su lado para mirar, ella apoyó una mano en su antebrazo mientras hablaban y la mantuvo allí unos segundos. Raúl respondió, señaló lo que tenía que retirar y siguió trabajando.

Isabel intentó concentrarse en lo que tenía delante.

Cada gesto le molestaba un poco más, precisamente porque ninguno tenía nada de extraordinario.

Teresa no estaba marcando territorio ni intentando provocar a nadie.

Tocaba a Raúl como lo hacía una mujer acostumbrada a estar con él, con una confianza que solo podía venir de casi tres años compartidos.

Y eso era lo que peor llevaba Isabel.

Cuando Raúl volvió a pasar junto a ellas, Teresa le agarró un segundo de la camiseta para limpiarle con el pulgar una mancha de mosto de la barbilla.

—Mira cómo vas.

Raúl sonrió y Teresa volvió al trabajo como si nada.

A Isabel aquel gesto le dolió más que el beso de la llegada.

Recordó que Teresa seguía siendo su pareja y que ella no podía esperar que dejara de tocarlo solo porque ahora sabía cuánto deseaba hacerlo también.

Aun así, tuvo que apretar los labios y bajar la cabeza para que nadie notara lo mucho que le estaba costando tenerlos delante.

Antes de marcharse, Teresa se acercó a Raúl mientras él revisaba unas fichas junto a la nave. Le apoyó una mano en la espalda para llamar su atención y le dijo algo que Isabel no alcanzó a oír. Raúl respondió en voz baja. Teresa sonrió, le dio otro beso corto y fue a despedirse de los demás.

Isabel sintió los celos con tanta claridad que esta vez ni siquiera intentó llamarlos de otra manera. No tenía ningún derecho sobre Raúl y lo sabía, pero eso no hacía más fácil verlo con Teresa.

Teresa se marchó antes de las siete porque al día siguiente entraba temprano en la farmacia.

Le dijo a Nuria que el próximo año no pensaba cometer ni un solo error y se llevó una bolsa de tomates que Mercedes le obligó a aceptar.

Raúl la acompañó hasta la bicicleta y volvió a la bodega pocos minutos después.

Después de que Teresa se marchara, terminaron la última descarga. Ginés se llevó el tractor, Nuria guardó las fichas de entrada y Mercedes se fue a preparar la cena después de ordenarles dos veces que no se quedaran hasta las tantas.

Isabel estaba limpiando una mesa de trabajo cuando Raúl se acercó con dos botellas de agua.

—Toma.

—Gracias.

Bebió casi media botella de una vez. Tenía los brazos pegajosos, las manos moradas y un mechón de pelo manchado de mosto pegado a la frente.

Raúl abrió la suya y se sentó a su lado, más cerca de lo necesario.

La miró un momento antes de beber.

—Estás enfadada.

—No contigo.

Raúl esperó.

Isabel dejó la botella sobre la mesa.