Capítulo 13
A la mañana siguiente, Raúl dejó una tarjeta encima de la mesa mientras Isabel revisaba con Mercedes las últimas facturas de gasóleo.
Al verlo, a Isabel se le aceleró el corazón. La fantasía de la noche anterior volvió de golpe: Raúl solo en su casa, pensando en ella, deseándola con la misma intensidad con la que ella lo había deseado a él.
Tuvo que obligarse a mirar la tarjeta.
—Se llama Andreu Ferrando. Tiene una distribuidora en Barcelona y trabaja también con tiendas especializadas de Madrid. Conoció a tu padre.
Isabel cogió la tarjeta. El cartón estaba doblado por una esquina y tenía una mancha antigua de vino junto al número de teléfono.
—¿Desde cuándo tienes esto?
—Años. Vino una vez a probar los vinos de la finca y volvió a llamar después. Tu padre y él no llegaron a ponerse de acuerdo.
Mercedes cerró la libreta con un dedo dentro para no perder la página.
—Porque tu padre quería cobrar como una bodega grande sin poder asegurarle ni la mitad de las botellas que pedía.
—Mercedes —dijo Raúl.
—¿Qué? Fue así.
Isabel miró de uno a otro.
—¿Y ahora qué ha cambiado?
—Que Andreu trabaja cada vez más con bodegas pequeñas —contestó Raúl—. Y que nosotros necesitamos un distribuidor que valore lo que podemos ofrecer: poca producción, cepas viejas y un vino que no se pueda comprar en cualquier supermercado.
—¿Sabes si sigue interesado?
—No. Por eso hay que llamarlo.
Isabel dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Llámalo.
Raúl arqueó una ceja.
—Pensaba que ibas a pedirme primero un informe de riesgos.
—El informe de riesgos lo haré cuando sepamos si quiere venir.
Mercedes resopló mientras sumaba una columna.
—Por fin habláis los dos en un idioma que entiendo.
Raúl salió al patio para llamar mientras Isabel seguía con las facturas. En cuanto lo oyó hablar por teléfono con Andreu, dejó de leer. La conversación duró menos de diez minutos y Raúl volvió con el móvil todavía en la mano.
—Viene pasado mañana.
—¿Así de fácil?
—Le he dicho que la parcela alta está cerca, que tenemos una pequeña partida adelantada de la parcela baja todavía en fermentación y que todavía conservamos botellas de la última añada que hizo tu padre.
Isabel dejó de mirar las facturas.
—¿Y qué le has prometido?
—Que podrá probar lo que tenemos y ver la finca.
—Nada de precios, cantidades ni exclusividad.
Raúl sonrió.
—Sabía que iba a salir la abogada.
—Más te vale que salga antes de firmar nada.
Hasta que llegó Andreu apenas tuvieron tiempo de hablar de él.
Nuria siguió llevando muestras de la parcela alta, Ginés tuvo que cambiar una pieza del tractor y Mercedes descubrió que el proveedor de botellas había enviado un palé con un formato distinto al pedido.
Isabel pasó una mañana entera entre llamadas, primero con el gestor y después con el banco, intentando poner números concretos a algo que hasta entonces habían llamado simplemente «salvar la finca».
Cuando terminó, tenía anotadas tres cifras en una hoja: lo que debían, lo que necesitaban ingresar antes de final de campaña y lo que costaría mantener la explotación el año siguiente sin volver a pedir otro préstamo.
—Esto es lo que tenemos que cubrir —le dijo a Raúl esa tarde.
Él estudió la hoja.
—No lo vamos a sacar solo con la venta de esta cosecha.
—No. Pero si conseguimos un comprador estable, el banco puede aceptar refinanciar una parte. Eso nos da tiempo.
—Nos.
Isabel dejó de escribir.
—¿Qué?
—Has dicho «nos da tiempo».
—Raúl.
—No he dicho nada.
Sí lo había dicho, pero Isabel decidió no entrar.
Desde la noche de su regreso procuraban mantener cierta distancia.
Se tocaban cuando el trabajo lo exigía y ninguno fingía que no se deseaban.
Aun así, no habían vuelto a acercarse tanto como la noche del generador.
Raúl seguía con Teresa y todavía no había resuelto nada.
Andreu llegó el sábado poco antes de las once en un coche cubierto de polvo. Tendría unos cincuenta años y, antes de entrar en la casa, se agachó junto a una cepa del camino para mirar un racimo.
—Eso me gusta —dijo Ginés, que estaba descargando cajas cerca de la nave—. Los que miran primero la uva y luego preguntan por el precio suelen dar menos guerra.
—No le hagas caso —dijo Raúl mientras se acercaba a recibirlo—. Lleva toda la mañana opinando de todo.
—Y aún me queda tarde.
Andreu se rió y estrechó la mano de Raúl.
—Sigues rodeado de la misma gente.
—Algunos no hay manera de echarlos.
—Ni lo intentes —contestó Ginés antes de volver al tractor.
Andreu saludó a Mercedes con la familiaridad de quien ya la conocía y Raúl le presentó a Isabel.
—Isabel, Andreu Ferrando.
Andreu reconoció el apellido de inmediato.
—Conocí a tu padre hace muchos años. Era difícil hacer negocios con él.
—Eso me han dicho esta mañana.
—También era difícil engañarlo. Supongo que una cosa tenía bastante que ver con la otra.
Andreu lo dijo sin reproche. A Isabel le gustó.
Empezaron por la parcela alta. Raúl explicó la edad de las cepas, el rendimiento bajo y el suelo pedregoso. Nuria apareció a mitad del recorrido con una caja pequeña de muestras y se la tendió sin ceremonia.
—La hilera ocho ha subido otra décima. La doce sigue igual.
Raúl abrió una uva, miró la pepita y se la llevó a la boca.
—Mañana repetimos.
Andreu observó el intercambio.
—¿Quién lleva las muestras?
—Nuria —contestó Raúl—. Desde este año se encarga también de registrar maduración y tratamientos.
—¿Y antes?
—Antes lo hacía yo casi todo.
Nuria sonrió.
—Y por eso no encontraba nunca sus propios papeles.
Raúl la miró de reojo.
—Puedes volver al trabajo cuando quieras.
—Eso hago.
Isabel vio alejarse a Nuria entre las hileras y se alegró de que Andreu hubiera visto aquella escena. En la finca ya nadie esperaba que Raúl resolviera todo.
En la bodega probaron primero uno de los vinos del año anterior. Andreu no dijo nada mientras cataba. Olió dos veces, tomó un sorbo pequeño y dejó la copa sobre la mesa.
—Esto sí me interesa.
Raúl no sonrió todavía.
—¿Cuánto?
—Depende de lo que salga este año y del precio.
—Eso ya suena más a distribuidor —dijo Isabel.
Andreu la miró y sonrió.
—Y tú ya suenas a abogada.
—Lo soy.
—Entonces ahorraremos tiempo.
Mercedes había dejado sobre la mesa otra de las botellas del último año del padre de Isabel. Raúl la descorchó y sirvió apenas un fondo en tres copas limpias.
—Este fue el último que hizo tu padre —dijo.
Andreu lo probó y tardó más en hablar.
—Me acuerdo de esta añada. Me llamó para decirme que tenía algo mejor que la vez anterior, pero para entonces yo ya había cerrado compras. Luego supe que estaba enfermo.
Isabel dejó la copa en la mesa.
—¿Lo llamó él?
—Sí. Quería retomar la conversación. No llegamos a hacerlo.
Isabel no sabía que su padre hubiera intentado retomar el contacto con Andreu. No preguntó más en ese momento: Andreu había venido a hablar de negocio y ella quería aprovechar la reunión.
Sacó la hoja con las preguntas que llevaba preparadas.
—Antes de que hablemos de un posible acuerdo, necesito saber qué planteas exactamente.
Andreu apoyó los antebrazos en la mesa.
—Si la añada nueva mantiene este nivel, me interesaría reservar una parte de la producción. No toda. Prefiero que conservéis venta directa y clientes propios. Yo movería el vino en restauración y tiendas especializadas.
—¿Con exclusividad territorial?
—Podría pedirla para determinados clientes, no para toda Cataluña ni para Madrid entero.
—¿Compra en firme o depósito?
—Compra en firme. Para una finca de vuestro tamaño no tiene sentido cargaros con devoluciones de restaurantes seis meses después.
Isabel anotó.
—¿Plazo de pago?
—Treinta días desde entrega para la primera operación. Si trabajamos bien, podemos hablar de anticipos en campañas siguientes.
—¿Cantidad mínima?
Andreu miró a Raúl.
—Eso depende de lo que tengáis.
—No voy a comprometer una cifra antes de vendimiar la parcela alta —dijo Raúl—. Puedo darte una estimación, nada más.
—Me sirve.
—Y no quiero que el vino salga con otra marca —añadió Isabel.
—No he venido a comprar vino a granel. Me interesa vuestra etiqueta y me interesa poder contar de dónde sale.
—Contarlo sí. Inventarlo no.
Andreu soltó una carcajada.
—Definitivamente eres hija de tu padre.
Isabel no sabía si parecerse a su padre en una negociación era buena señal, pero esta vez no le molestó.
Durante casi una hora hablaron de cifras, botellas, márgenes y transporte.
Cuando la conversación entraba en producción y calidad, Raúl tomaba la palabra; cuando aparecían condiciones, plazos o compromisos que podían dejarles atados, intervenía Isabel.
Esta vez sabía perfectamente qué hacer. Llevaba años negociando, revisando condiciones y detectando problemas antes de firmar.
Antes de marcharse, Andreu pidió que le enviaran en los días siguientes las ventas de las tres últimas campañas, la producción estimada y una propuesta de precio por botella.
—Y cuando terminéis la vendimia, vuelvo —dijo—. Quiero catar esta añada antes de poner una oferta por escrito.
—Eso es razonable —contestó Isabel.
—No me digas eso con tono de abogada, que parece que acabo de superar un examen.
—Todavía no.
Andreu se rió, estrechó la mano de Raúl y después la de Isabel.
—No os prometo un contrato hoy. Sí os digo que me interesa. Si lo que salga de esa parcela está a la altura de lo que he probado, habrá algo que negociar.
El coche desapareció por el camino unos minutos después. Mercedes salió de la cocina antes de que terminara de asentarse el polvo.
—Bueno.
—Bueno, ¿qué? —preguntó Isabel.
—Llevo dos horas sin preguntar para no dar mala suerte. Ahora ya puedo.
Raúl apoyó las manos en las caderas.
—Le interesa.
—¿Compra?
—Todavía no —dijo Isabel—. Quiere volver después de la vendimia, probar el vino nuevo y ver números.
Mercedes hizo una mueca.
—Entonces todavía hay que convencerlo.
—Exacto.
—Pues mejor. Las cosas demasiado fáciles suelen salir caras después.
Ginés pasó con el tractor al fondo y tocó el claxon dos veces al verlos reunidos. Mercedes levantó una mano sin saber siquiera si la estaba saludando a ella.
Raúl esperó a que Mercedes entrara en la casa antes de mirar a Isabel.
—Ha ido bien.
—Todavía no tenemos nada firmado.
—Ya, pero ha ido bien.
Isabel sonrió. Después de tantas semanas mirando números, midiendo uvas y hablando de todo lo que podía salir mal, por una vez tenían delante una posibilidad real.
Raúl abrió los brazos casi sin pensarlo e Isabel se acercó a él.
El abrazo empezó como una celebración, pero dejó de parecerlo enseguida.
Isabel sintió las manos de Raúl cerrarse sobre su espalda y su cuerpo pegarse al de ella. Lo rodeó con los brazos y durante unos segundos ninguno hizo intención de separarse. Tenerlo así, después de haberlo imaginado aquellas dos noches, hizo que el deseo regresara con una fuerza que casi le dolió.
Raúl respiró junto a su pelo.
Isabel levantó la cara y quedaron demasiado cerca. Raúl bajó los ojos hacia su boca y ella supo exactamente lo que estaba pensando porque estaba pensando lo mismo. Notó su respiración sobre los labios y el calor de una de sus manos bajando despacio hasta su cintura.
Isabel se estremeció y él lo notó.
—No hagas eso —murmuró ella.
—¿Qué?
—Mirarme así.
—No sé mirarte de otra manera ahora mismo.
Aquello le recorrió el cuerpo.
Isabel acercó un poco más la cara. Sus frentes se tocaron y después quedaron a apenas unos milímetros. Ninguno llegó a besar al otro.
Raúl apretó los dedos sobre su cintura.
—Isabel…
Ella cerró los ojos un instante. Aquellas dos noches habían dejado de parecer una fantasía lejana: ahora tenía a Raúl delante, con el cuerpo temblándole casi tanto como a ella.
—Tengo muchas ganas de besarte —dijo él.
Isabel abrió los ojos.
—Yo también.
Raúl acercó la boca a la suya otra vez, sin llegar a tocarla.
—Llevo días intentando no pensar en esto.
—Pues no está funcionando.
Él sonrió apenas.
—Nada. Me acuesto pensando en ti y me levanto pensando en verte.
La mano de Raúl recorrió lentamente su espalda y volvió a atraerla contra él. Esta vez sus cuerpos se rozaron con más intención. Isabel lo agarró por la camisa y tuvo que contener el impulso de cerrar de una vez la distancia entre los dos.
Raúl respiró hondo, pero no se apartó.
—Y ya no es solo besarte.
Isabel sintió que la respiración se le cortaba.
—¿Qué quieres?
—Tocarte. Tenerte entre mis brazos sin estar pensando que tengo que soltarte dentro de diez segundos. Estar contigo sin mirar alrededor. Dejar de estar todo el tiempo frenándome contigo.
Isabel pasó las manos por sus brazos y sintió cómo se tensaban bajo sus dedos. Raúl la atrajo un poco más y el roce entre los dos dejó de tener nada de accidental.
—Raúl…
Él volvió a inclinarse hacia ella. Isabel podía sentir su respiración y la presión de su cuerpo contra el suyo. Durante un segundo estuvo a punto de dejar que ocurriera.
Entonces apoyó las manos en el pecho de Raúl, pero no lo apartó todavía.
—No.
Raúl abrió los ojos.
—Lo sé.
—Antes tienes que hablar con Teresa.
Él asintió, aunque seguía sin soltarla.
—Voy a hablar con ella. Te lo prometo.
Isabel lo miró unos segundos.
—¿Cuándo?
—Cuanto antes. No puedo seguir así, Isabel. No puedo seguir fingiendo que esto no está pasando ni aplazando una conversación que sé que tengo que tener.
—Y quiero que estés seguro.
—Lo estoy.
—No, Raúl. Seguro de verdad.
Él esperó.
—Si lo vuestro se ha terminado, tiene que ser porque tú ya no quieres seguir con ella. No porque yo haya vuelto ni porque ahora mismo los dos estemos deseando hacer mucho más que esto.
Raúl tragó saliva.
Isabel continuó:
—Aunque mañana yo cogiera el coche y me fuera a Madrid para no volver, tu decisión tendría que ser la misma.
Esta vez Raúl tardó en responder.
—Sí.
—Piénsalo.
—Lo he pensado.
—Pues vuelve a pensarlo antes de hablar con ella.
Raúl se quedó mirándola un momento, pero esta vez ninguno volvió a acercarse.
Permanecieron abrazados unos segundos más, conscientes de lo que acababan de decidir. Raúl fue el primero en aflojar los brazos e Isabel tuvo que obligarse a hacer lo mismo.
—Habla con ella por ti —dijo Isabel—. No por mí.
—Lo haré.
Raúl empezó a alejarse hacia la bodega, pero se volvió antes de entrar.
Isabel seguía mirándolo.
Ninguno dijo nada.
Los dos sabían perfectamente cuánto se deseaban.