Capítulo 12
El coche de alquiler todavía olía a ambientador cuando Isabel tomó el último tramo del camino.
Poco más de dos semanas antes lo había recorrido a pie, tirando de una maleta que se enganchaba en cada piedra.
Esta vez supo dónde reducir antes de la curva cerrada, reconoció la entrada de la parcela baja y apartó el coche a tiempo para dejar pasar el tractor que venía de frente.
Nuria iba sentada junto al conductor y levantó una mano al verla.
—¡Bienvenida! —gritó por la ventanilla.
Isabel levantó la mano en respuesta antes de seguir hasta la casa.
Aparcó junto a la casa. En el patio había cajas vacías apiladas contra la pared, un palé de botellas recién descargado y Ginés discutiendo con Mercedes porque alguien había dejado unas tijeras de vendimia donde no debía.
Raúl estaba al fondo, junto a la puerta de la bodega, anotando algo en una carpeta.
Levantó la cabeza en cuanto oyó el coche.
Isabel abrió el maletero, pero no llegó a sacar la bolsa.
Raúl ya venía hacia ella con una camiseta de trabajo pegada al torso por el calor, marcándole el pecho y los hombros.
Isabel se quedó mirándolo más de lo que había pretendido y pensó que aquellos dos días fuera habían hecho que lo deseara todavía más.
Raúl tampoco apartó la mirada enseguida: sus ojos bajaron un instante por el cuerpo de Isabel, y ella entendió que aquellos dos días también le habían pesado a él.
—Te he echado de menos —dijo él.
Isabel dio el último paso y lo abrazó.
El abrazo empezó torpe; después Raúl la rodeó con los brazos, ella apoyó la cara contra su hombro y ninguno tuvo prisa por separarse.
—Yo también —dijo Isabel—. Más de lo que pensaba.
Raúl se apartó lo justo para mirarla sin soltarla del todo.
—Han sido dos días.
—Ya.
—No parecen dos.
Isabel sostuvo su mirada sin que ninguno intentara besar al otro, y eso hizo que los dos fueran todavía más conscientes de la cercanía.
Mercedes apareció en la puerta y esperó a que se separaran antes de bajar los dos escalones. Abrazó a Isabel con una naturalidad que habría sido imposible el día de su llegada.
—Bienvenida, cariño. ¿Has comido?
—Sí.
Ginés pasó detrás de ellas cargando una caja y señaló el maletero.
—¿Te ayudo con eso?
—No hace falta. Tengo más cosas en Madrid, pero hoy solo he traído esta bolsa.
Isabel la cogió antes de que alguien decidiera hacerlo por ella y cerró el maletero. Al entrar en la casa vio que sobre la mesa del recibidor había facturas, un sobre del proveedor de vidrio y una libreta con la letra de Mercedes. Dos días fuera habían bastado para que se acumulara trabajo.
—Después de cenar quiero ver esto —dijo Isabel, señalando los papeles.
Mercedes la miró.
—Acabas de llegar.
—Y he pedido seis semanas más sin sueldo para estar aquí. Tendré que aprovecharlas.
—Así me gusta más.
Cenaron en el patio los tres. Ginés y Nuria se habían marchado poco antes porque al día siguiente tenían que empezar temprano con los controles de maduración de la parcela sur.
Mercedes había hecho tortilla, tomate aliñado y unas judías verdes que, según ella, había que gastar antes de que se pusieran feas.
La conversación pasó de las muestras de la parcela alta a una factura de gasóleo y después al permiso sin sueldo de Isabel.
—¿Seis semanas enteras? —preguntó Mercedes.
—Sí. Y no quiero gastarlas solo esperando a ver qué pasa con la vendimia. Mañana voy a llamar al gestor y al banco. Quiero saber cuánto necesitamos exactamente para dejar de ir con el agua al cuello y cuánto tendría que producir la finca para sostenerse sin volver a endeudarse el año que viene.
Raúl dejó el tenedor sobre el plato.
—Eso no suena a alguien que esté preparando una venta rápida.
—Porque no voy a vender antes de saber si esto tiene salida.
Mercedes no dijo nada, pero sonrió antes de beber un poco de agua.
—No sé qué voy a hacer dentro de un año —continuó Isabel—. Ni siquiera dentro de tres meses. Pero ya no estoy contando las ocho semanas para marcharme. Voy a sacar esta cosecha, buscar un comprador serio para el vino y sentarme con el banco. Cuando tenga esas cifras, decidiré.
—Con eso me conformo por ahora —dijo Raúl.
—No lo hago para tranquilizarte.
—Ya lo sé.
Mercedes los miró a los dos y volvió al plato sin intervenir.
Después de cenar, Isabel y Mercedes revisaron durante casi una hora las facturas de proveedores.
Raúl entró y salió varias veces de la bodega hasta que terminó de comprobar las temperaturas de la pequeña partida que seguía fermentando.
Cuando Mercedes cerró la libreta y anunció que se iba a dormir, eran casi las once.
—No os quedéis hasta las tantas —dijo mientras recogía sus gafas—. Mañana a las seis y media hay gente aquí.
—Buenas noches, Mercedes.
—Buenas noches.
Raúl esperó a que la puerta se cerrara. Isabel llevó su vaso y el de Mercedes a la cocina y volvió al patio. Él seguía sentado con los antebrazos apoyados en la mesa.
—Hay algo que sí tengo claro —dijo Isabel.
Raúl dejó de mirar los papeles que habían quedado sobre la mesa.
—Estos dos días en Madrid me han servido para darme cuenta de una cosa: quería volver a la finca. Y también quería verte a ti.
Raúl tardó un momento en responder.
—Me alegro mucho.
—No estoy diciendo que vaya a quedarme aquí para siempre.
—No he dicho eso.
—Pero tú también formas parte de que quisiera volver.
Raúl no apartó la mirada.
—Esto se ha complicado bastante más de lo que imaginé cuando te pedí ocho semanas —continuó él—. Y está Teresa. La vi ayer. Pensaba hablar con ella, pero no encontré el momento.
—¿No pudiste?
—No. Y sé que no puedo seguir aplazándolo. No quiero fingir que eso no importa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Pero tampoco voy a fingir que tú no me importas.
Se quedaron un rato en silencio sin intentar acercarse. Raúl sostuvo su mirada unos segundos y después bajó los ojos al vaso. Isabel seguía pensando en lo que acababan de reconocer: Raúl había influido en sus ganas de volver y él también quería que ella estuviera allí.
Raúl cruzó el patio hacia la bodega para recoger sus cosas. Isabel subió a su habitación, sacó del bolso la carpeta del banco y la abrió sobre el escritorio, pero durante varios minutos leyó la misma cifra sin enterarse.
Terminó cerrando la carpeta. Aquella noche no iba a sacar nada útil de los números.
Se metió en la cama cansada, convencida de que aquella noche dormiría en cuanto apoyara la cabeza en la almohada.
No ocurrió.
Apagó la luz, se acomodó de lado y cerró los ojos. Raúl apareció casi de inmediato.
No junto al generador ni inclinándose hacia ella como la otra noche. Esta vez lo imaginó en la casa de él.
Solo.
Pensó en él entrando después de trabajar, dejando las llaves, duchándose y acostándose en una cama que ella todavía no había visto. Quizá estuviera despierto. Quizá también hubiera repasado demasiadas veces lo cerca que habían estado de besarse.
Isabel abrió los ojos.
No tenía ninguna manera de saber qué estaba haciendo.
Volvió a cerrarlos.
Raúl estaba tumbado boca arriba, mirando el techo. Se pasaba una mano por el pelo todavía húmedo de la ducha y, después de unos segundos, cerraba los ojos.
Pensaba en ella.
La certeza inventada le provocó una oleada de calor.
Isabel deslizó una mano bajo las sábanas.
Quiso imaginar qué veía Raúl cuando pensaba en ella.
Tal vez la recordaba inclinada sobre una mesa de la bodega, concentrada en unos papeles mientras él fingía atender a otra cosa.
Tal vez recordaba su cintura al pasar a su lado, sus piernas, su boca.
Tal vez volvía a aquel instante junto al generador y esta vez tampoco permitía que nada los interrumpiera.
Raúl la atraía hacia él.
La besaba.
Isabel empezó a acariciarse, pero esta vez no quiso imaginar qué hacía él con ella.
Quiso imaginar qué hacía él estando solo.
Lo vio bajar una mano por su propio cuerpo mientras recordaba su boca. La respiración de Raúl cambiaba y su mandíbula se tensaba ligeramente.
—Isabel…
Escuchar su nombre con aquella voz que ella conocía tan bien hizo que aumentara el ritmo.
Raúl pensaba en besarla, en tenerla pegada a él, en quitarle la ropa despacio y en verla por fin sin tener que apartar los ojos cuando ella levantara la mirada y lo sorprendiera observándola.
Isabel apretó los muslos.
Ella también lo veía: los hombros desnudos, el pecho, los brazos que tantas veces había intentado no mirar mientras trabajaba y las manos recorriéndola como llevaba días deseando que hicieran.
Y Raúl la veía a ella.
Desnuda.
Debajo de él.
Agarrándolo por los hombros mientras lo atraía hacia su cuerpo.
Isabel dejó escapar el aire lentamente.
La distancia entre las dos habitaciones empezó a desaparecer.
Él se tocaba pensando en ella.
Ella se acariciaba pensando en él.
Raúl imaginaba su boca abierta al besarlo, sus manos desabrochándole la camisa, sus piernas alrededor de su cuerpo.
Isabel lo imaginaba perdiendo por fin aquella contención que tanto la desesperaba. Ya no apartaba las manos. Ya no se detenía. La besaba como si llevara semanas pensando en hacerlo.
—Joder… —murmuró ella.
Raúl decía lo mismo.
Aquello la excitó todavía más.
Lo veía con los ojos cerrados y la respiración cada vez más rápida, deseándola sin tener que fingir que no lo hacía.
—No consigo dejar de pensar en ti.
Isabel tragó saliva.
—Yo tampoco.
No importaba que él no pudiera oírla.
Raúl pensaba en tenerla en su cama.
En besarle el cuello mientras ella se arqueaba contra él.
En recorrer su cuerpo con las manos hasta hacerla gemir.
En escucharla decir su nombre.
Isabel se estremeció.
Ahora era ella quien lo imaginaba sobre su cuerpo, sujetándola por la cintura, besándola y diciéndole al oído todo aquello que nunca se atrevería a decirle despierto.
—Quiero tocarte.
Isabel aceleró la mano.
—Hazlo.
—Quiero saber cómo suenas cuando te hago perder el control.
Ella apretó los ojos.
En su imaginación, Raúl también estaba cada vez más cerca. Isabel podía decidirlo: podía imaginar su respiración rota, el cuerpo tenso y su mano moviéndose más deprisa mientras pensaba en ella.
Y podía decidir qué veía él.
Isabel encima de él, con el pelo cayéndole alrededor de la cara y las manos apoyadas en su pecho mientras se inclinaba para besarlo.
Raúl agarrándola por las caderas.
Mirándola como si no existiera nada fuera de aquella cama.
Isabel soltó un pequeño gemido e imaginó que él hacía lo mismo.
Los dos se deseaban al mismo tiempo.
Los dos estaban solos, sin conseguir conformarse con recordar un beso que ni siquiera había ocurrido.
Raúl quería más.
Ella también.
—Quiero hacerte el amor —decía él.
La frase le recorrió el cuerpo.
Isabel lo veía incorporarse para besarla, sujetarla contra él y susurrarle junto a su boca:
—Quiero que seas tú quien me toque así, Isabel.
Ella ya respiraba con dificultad e imaginó que Raúl también.
Lo imaginó llegando al límite mientras pensaba en ella y, por un instante, quiso creer que aquello podía estar ocurriendo de verdad: que en algún lugar no demasiado lejos Raúl estaba despierto, solo, pronunciando su nombre y deseando exactamente lo mismo.
El orgasmo la alcanzó con esa idea.
Isabel apretó los labios contra la almohada mientras el placer la atravesaba y durante unos segundos siguió viendo a Raúl en la cama de él, llegando al mismo tiempo, con los ojos cerrados y su nombre todavía en la boca.
Después todo se quedó quieto.
Isabel permaneció tumbada, respirando despacio.
Cuando abrió los ojos, la habitación estaba en silencio.
No sabía si Raúl dormía, si estaba leyendo, si miraba el techo o si había pensado en ella una sola vez aquella noche.
Pero deseaba con una intensidad bastante incómoda que alguna parte de lo que acababa de imaginar hubiera sido verdad.