Capítulo 11
Isabel llegó a Madrid con tráfico, calor y una bandeja de entrada que había seguido creciendo mientras ella estaba fuera.
Entró en el despacho poco después de las nueve, saludó a recepción y subió a la planta donde llevaba años trabajando.
Todo seguía en su sitio: las mamparas de cristal, el ruido de teclados, el café de máquina y las voces que salían de las salas de reuniones.
No le molestó volver. Conocía aquel trabajo, le gustaba y seguía sintiéndose cómoda allí.
Lo que había cambiado era que ya no podía pensar en la finca como una herencia que liquidar deprisa antes de regresar a su vida.
Dos semanas atrás habría querido resolverlo cuanto antes; ahora necesitaba entender qué estaba dejando atrás antes de vender.
La responsable de personal la recibió a media mañana con el calendario abierto en la pantalla.
—El permiso de dos semanas que pediste al principio termina esta semana. Si necesitas más tiempo, podemos autorizarte seis semanas más sin sueldo, pero necesito dejarlo firmado hoy para reorganizar tus asuntos.
—Seis semanas me sirven.
—Piénsatelo bien, Isabel. Pierdes el bonus del trimestre y algunos clientes tendrán que pasar a otros abogados. No te estoy diciendo que no lo hagas, solo que sepas lo que implica.
Isabel ya lo sabía. Había hecho las cuentas antes de entrar en el bufete y las llevaba apuntadas en una hoja doblada dentro del bolso.
—Lo sé. Quiero pedirlo.
Firmó y pasó casi dos horas con el socio que asumiría los asuntos más urgentes, dejó instrucciones sobre dos procedimientos y llamó personalmente a un cliente con el que trabajaba desde hacía cuatro años. Cuando terminó, volvió a su mesa y miró unos segundos la pantalla apagada.
—Pensaba que ibas a durar una semana —dijo Beatriz desde la mesa de enfrente.
Isabel apartó los ojos de la pantalla. Beatriz llevaba seis años trabajando con ella y era una de las pocas personas del despacho que sabía algo más de su vida que el número de horas que facturaba cada mes.
—Yo también.
—Y ahora pides seis semanas.
—Sí.
Beatriz se acercó con la taza de café en la mano y se sentó en la esquina de la mesa.
—¿La finca o alguien de la finca?
Isabel soltó una risa.
—La finca me está complicando todo bastante más de lo que esperaba. Y Raúl tampoco ayuda.
—Eso no suena precisamente a un no.
—Porque no lo es. Hay alguien, sí. Pero no estoy pidiendo el permiso por él.
Beatriz se reclinó en la silla.
—Mejor. Sería una faena dejar este despacho por un hombre y descubrir después que no sabes qué hacer con cien hectáreas de viña.
—No son cien hectáreas.
—Ya estás corrigiéndome las hectáreas. Esto va peor de lo que pensaba.
Isabel volvió a reírse. Después le contó lo justo: la deuda, las ocho semanas, la parcela alta, la gente que trabajaba allí y el contrato que todavía no existía pero que necesitaban conseguir.
No habló del lagar ni de la noche del generador.
Tampoco de lo que Raúl le había dicho la víspera, junto a una botella del último vino de su padre.
—Entonces no has decidido quedarte —dijo Beatriz cuando terminó.
—No. He decidido no vender antes de saber qué estoy vendiendo.
—Eso suena bastante más a ti.
Beatriz tenía razón. Isabel no quería dejar Madrid ni abandonar una profesión que había elegido; necesitaba esas seis semanas para decidir qué hacer con la finca antes de venderla simplemente para quitársela de encima.
Salió del despacho a media tarde, pasó por su piso y dejó la carpeta de personal encima de la mesa del salón.
La casa estaba igual que siempre. Había una planta medio seca junto a la ventana, dos cartas sin abrir y una chaqueta que había dejado sobre una silla antes de marcharse.
Puso una lavadora, bajó a comprar comida y llamó a su casero para resolver una avería pequeña que llevaba semanas aplazando.
A las diez y media se sentó en el sofá con el móvil en la mano.
No había escrito a Raúl desde que salió de la finca.
La noche anterior habían acordado que esos dos días les vendrían bien para pensar y rebajar un poco la intensidad de lo que estaba pasando entre ellos.
Pero, cuando se acostó, Isabel no había conseguido contenerse.
Había terminado acariciándose mientras pensaba en Raúl, en sus labios, en sus brazos y en todo lo que deseaba que ocurriera entre ellos.
Cada vez le costaba más controlar aquel deseo.
Solo esperaba que esos dos días, con unos cuantos kilómetros de por medio, consiguieran rebajarlo un poco antes de volver a verlo.
Abrió el chat, lo cerró y volvió a abrirlo unos segundos después.
El mensaje llegó antes de que ella se decidiera.
Raúl: ¿Ya has terminado con el despacho?
Isabel contestó enseguida.
Isabel: Sí. He firmado seis semanas más.
Raúl: Entonces vuelves.
Isabel: Pasado mañana.
La respuesta no llegó enseguida.
Raúl: Hoy se ha notado que no estabas.
Isabel apoyó la cabeza en el respaldo antes de escribir.
Isabel: Yo también he notado no estar allí.
Raúl: Te he echado de menos.
Isabel dejó el teléfono sobre la pierna, pero volvió a cogerlo de inmediato.
Isabel: Yo también.
Permaneció mirando la pantalla antes de escribir la siguiente pregunta.
Isabel: ¿Has hablado con Teresa?
Esta vez la pausa fue larga.
Raúl: Todavía no. La veo mañana.
Isabel: Entonces no quiero que nos digamos por mensaje lo que ninguno de los dos puede hacer todavía.
Raúl: Lo entiendo.
Pasó casi un minuto.
Raúl: Pero lo que te dije anoche sigue siendo verdad.
Isabel: Lo sé. Lo que te dije yo también.
Hubo otra pausa.
Raúl: Buenas noches, Isabel.
Isabel: Buenas noches, Raúl.
Isabel dejó el móvil sobre la mesa.
A la mañana siguiente, Raúl llamó cuando Isabel acababa de servirse el café. Respondió con el móvil en una mano y cogió la taza con la otra.
—Buenos días.
—Buenos días.
Ninguno dijo nada al principio. Isabel oyó ruido de máquinas al otro lado y la respiración de Raúl muy cerca del teléfono.
—¿Vuelves mañana? —preguntó él.
—Por la tarde.
—Bien.
Isabel esperó un segundo.
—¿Solo bien?
Al otro lado hubo un silencio breve.
—No. Quiero que vuelvas.
Isabel apretó los dedos alrededor de la taza.
—Yo también quiero volver.
—Nuria ha tomado muestras esta mañana. La parcela alta sigue bien.
—Me alegro.
—Y está un día más cerca de que vuelvas a verla en persona.
Isabel apretó el móvil contra la oreja. La distancia no había aclarado nada; solo le había hecho notar cuánto echaba de menos estar allí y cuánto le costaba no pensar en Raúl.
—Mañana —dijo.
—Ya lo sé.
Colgaron sin añadir nada más. Isabel se quedó con la taza entre las manos antes de abrir la carpeta del banco. A media tarde tenía una lista de preguntas para el gestor, otra para Raúl y una tercera con gastos que quería revisar cuando regresara.
Dos días antes habría aprovechado el viaje a Madrid para no pensar en la finca. Ahora estaba usando el despacho para ordenar cuentas y volver con preguntas concretas.