Capítulo 10
Ginés había aparecido a primera hora con una batería nueva para el generador y no se marchó hasta comprobar que arrancaba sin fallos.
A última hora de la tarde, cuando él y Nuria terminaron de guardar las cajas y Mercedes empezó a cerrar las ventanas de la casa, Raúl apareció en la cocina con una botella en la mano.
—Hoy toca catar.
Mercedes, que estaba cortando pan, lo miró por encima de las gafas.
—Primero cenáis. Lleváis todo el día trabajando.
—Son muestras pequeñas.
—Por eso. Comed antes.
Dejó sobre la mesa un plato de queso, pan y tomate y señaló a Isabel con el cuchillo.
—Come.
Isabel obedeció sin discutir. Después de dos semanas en la finca ya había aprendido que discutir una orden de Mercedes servía de poco.
Media hora más tarde, Isabel y Raúl estaban en la bodega con cinco copas alineadas sobre la mesa.
Tres estaban ya servidas: dos con vinos de años anteriores y otra con una muestra de la pequeña partida de la parcela baja que seguía fermentando.
Las dos últimas estaban vacías. Junto a ellas, Raúl había dejado cerrada la botella que había traído de la cocina.
—No hace falta beberse todo —dijo él—. Oler, probar y, si quieres, escupir.
—He comido. Podemos empezar.
Raúl empujó la primera copa hacia ella.
—Nariz primero.
Isabel la cogió y olió con cuidado.
—Uva.
Raúl apoyó las dos manos en la mesa.
—Vuelve a intentarlo. No busques la palabra exacta todavía.
Isabel cerró los ojos y respiró otra vez.
—Fruta. Pero no sé cuál.
—¿Fresca o madura?
—Madura.
—Bien.
—Ciruela. Creo.
—Ahora sí.
Isabel volvió a oler.
—Y algo especiado. No sé decirte qué.
Raúl la miró con atención.
—Esa es la garnacha de la parcela sur. Lo importante es que has notado que la copa cambia, no que adivines la variedad por un aroma.
Isabel volvió a oler la copa, esta vez más despacio, y Raúl siguió observándola sin decir nada.
Pasaron a la segunda copa. Isabel falló el regaliz, confundió una nota tostada con café y acertó una fruta roja que hizo que Raúl levantara las cejas.
Entre una y otra, él le explicaba por qué el mismo vino cambiaba con el tiempo y por qué una barrica podía mejorar una elaboración o estropearla si se utilizaba sin medida.
La muestra de la parcela baja era otra cosa. Todavía estaba turbia y olía a fermentación.
—Esto no se parece a lo demás —dijo Isabel después de probar apenas un sorbo.
—Porque todavía no es un vino terminado. Lo probamos para ver cómo va, no para decidir si nos gusta. Le quedan días de fermentación y luego mucho trabajo.
—¿Y tú ya sabes cómo va a quedar?
—No. Sé si va bien. Que es bastante distinto.
Desde el patio llegó la voz de Nuria despidiéndose de Mercedes y, poco después, el motor de su coche alejándose por el camino. La bodega quedó más tranquila.
Raúl retiró las tres primeras copas y acercó la botella cerrada que había dejado junto a las otras dos.
—Esta sí quiero que la pruebes despacio.
La etiqueta era de la finca, pero de una añada anterior. Isabel comprobó el año dos veces.
—Es el último que hizo mi padre.
—Sí.
—Pensaba que ya no quedaban botellas.
—Quedan seis.
—¿Seis nada más?
—Tu padre guardó una caja. No quiso venderla.
Isabel pasó el pulgar por el borde de la etiqueta.
—¿Por qué?
Raúl tardó un poco en contestar.
—Nunca me lo explicó. Solo dijo que algunas botellas había que guardarlas aunque pudiera venderlas.
—Muy propio de él, teniendo en cuenta las cuentas que hemos visto.
Raúl no intentó defenderlo.
—Sí. También muy propio de él.
Isabel agradeció que Raúl no intentara embellecer el recuerdo. Le resultaba más fácil escucharlo cuando no trataba de corregir al padre que ella recordaba.
Raúl descorchó la botella y sirvió muy poco en las dos copas vacías.
—Llevo semanas queriendo abrir una —dijo—. Desde que murió. Pero hacerlo solo me parecía una mierda.
Isabel lo miró.
—Podrías haberla abierto con Mercedes. O con Ginés.
—Podría.
—Pero has esperado a que yo volviera.
—Sí.
Esta vez Raúl no añadió nada más e Isabel levantó la copa; bebieron en silencio, sin brindar.
El vino era más suave que los anteriores, con fruta madura y un sabor tostado que Isabel no habría sabido reconocer unas semanas atrás. Dio otro sorbo antes de hablar.
—Está muy bueno.
—Lo está.
—Mi padre estaría convencido de que tenía razón con este vino.
—Lo estuvo. Durante tres meses después de embotellarlo decía que era el mejor vino que había hecho en su vida.
—Eso sí me lo creo.
—Luego pasó otros tres diciendo que había cometido cuatro errores y que el año siguiente los corregiría.
Isabel sonrió. Podía imaginarlo perfectamente pasando tres meses presumiendo del vino y otros tres buscándole defectos.
—¿Estaba ya enfermo?
La pregunta cambió el gesto de Raúl.
—Sí. Aunque todavía venía casi todos los días.
—A mí me decía que estaba bien.
—A nosotros también.
—¿Y lo estaba?
Raúl negó con la cabeza.
—No siempre. Había días en que se cansaba con nada. Se sentaba en el banco del patio y fingía que estaba revisando papeles para que nadie le dijera que se fuera a casa.
Isabel bajó la copa.
—Podía haberme llamado.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que Isabel dejó la copa sobre la mesa.
—Gracias por no decirme que seguramente no quería preocuparme.
—No sé por qué no te llamó. Y tú tampoco. No voy a inventarme una razón para que duela menos.
Isabel no respondió enseguida.
—Yo tampoco lo llamaba mucho.
—Eso ya lo sabes.
—Lo sé.
Raúl acercó la botella para servirle algo más, pero Isabel tapó la copa con la mano.
—Quiero acordarme mañana de esta conversación.
—Buena decisión.
—Además, todavía tengo que hacerte una pregunta.
Raúl dejó la botella.
—Dime.
—¿Has pensado en lo de anoche?
Isabel hablaba de lo ocurrido junto al generador. Raúl se apoyó en el borde de la mesa.
—Sí.
—¿Mucho?
—Desde anoche, demasiado.
Isabel mantuvo la mirada.
—Yo también.
Durante unos segundos ninguno tocó las copas. Raúl miró la boca de Isabel y después apartó los ojos.
—Esto no está bien.
—Lo sé.
—Tengo que hablar con Teresa antes de que pase algo que ya no pueda llamar casi beso.
Isabel hizo girar un poco la copa entre los dedos.
—¿Y quieres que pase?
Raúl no respondió enseguida.
—Querer no es el problema.
Isabel dejó la copa sobre la mesa.
—Mañana me voy a Madrid. Estaré dos días.
Raúl levantó la vista.
—¿Por el despacho?
—El permiso de dos semanas que pedí para ocuparme de la herencia termina esta semana. Tengo que ir, cerrar lo que queda pendiente y decidir qué hago después.
Raúl asintió despacio.
—Quizá nos vengan bien esos dos días.
—Sí. Para pensar.
—Y para aclarar un poco qué está pasando entre nosotros.
Raúl recogió una de las copas y la dejó junto al fregadero.
—Tengo que irme.
—Sí.
Ninguno se movió al principio. Cuando Raúl pasó junto a ella para salir, lo hizo lo bastante cerca para que Isabel notara el calor de su cuerpo, pero no la tocó.
—Buenas noches, Isabel.
—Buenas noches, Raúl.
Isabel se quedó sola en la bodega con las copas y la botella abierta sobre la mesa. Puso un tapón de conservación a la botella del vino de su padre y la dejó en la nevera de muestras.
Después recogió las copas, apagó las luces y subió a la casa pensando en lo cerca que habían estado la noche anterior y en que Raúl acababa de admitir, aunque no hubiera querido decirlo con todas las letras, que seguía deseando besarla.
Se metió en la cama poco después, pero dormir resultó imposible.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo apoyado en la mesa de la bodega, mirándole la boca antes de apartar los ojos.
Recordaba también el calor de su cuerpo cuando había pasado junto a ella para marcharse y aquella cercanía junto al generador, cuando durante unos segundos había creído que iba a besarla.
Se giró hacia un lado y trató de pensar en Madrid, en el despacho, en cualquier cosa que no fuera Raúl. No consiguió concentrarse ni un minuto.
Se dejó llevar por la imaginación y volvió a aquella noche. Esta vez, el teléfono no sonaba.
Raúl no se apartaba.
Se acercaba hasta que ella podía sentir su respiración y le rodeaba la cintura con una mano antes de besarla.
Al principio lo hacía despacio, casi con cautela, como si ninguno de los dos terminara de creer que por fin estaba ocurriendo.
Después él volvía a besarla y ya no había prudencia en su boca ni distancia entre sus cuerpos.
Isabel apretó los muslos bajo las sábanas.
Raúl la atraía contra él, con una mano firme en su cintura y la otra subiendo por su espalda. Ella le rodeaba el cuello con los brazos y notaba su cuerpo pegado al suyo, el pecho de Raúl contra ella y sus brazos sujetándola con una fuerza que llevaba días intentando no imaginar.
El deseo le recorrió el cuerpo y su propia mano empezó a bajar despacio.
—Joder, Raúl… —murmuró.
Cerró los ojos y dejó de intentar contenerse.
Raúl volvía a besarla. Su boca se apartaba de la de ella para recorrerle la mandíbula y bajar después hacia el cuello. Isabel notaba la presión de sus labios, la respiración caliente contra su piel y una mano deslizándose desde su cintura hacia arriba.
Se arqueó ligeramente en la cama.
Raúl sonrió contra su cuello.
—No sabes las ganas que tenía de besarte.
Ella le agarraba la camisa con las dos manos.
—Entonces sigue.
Raúl obedecía. La besaba otra vez en el cuello y descendía despacio, sin dejar de tocarla. Sus dedos recorrían su costado mientras su boca bajaba hacia el pecho y la respiración de Isabel se volvía cada vez más rápida.
—Llevo días imaginando cómo sería tocarte —le susurraba.
Isabel aumentó lentamente el ritmo de sus caricias.
Raúl levantaba la cabeza para mirarla y ella podía ver en sus ojos lo mismo que llevaba días creyendo descubrir cuando él apartaba la mirada demasiado tarde.
—¿Días?
—Demasiados.
Volvía a besarla antes de que pudiera responder. Esta vez sus manos no se detenían en su cintura. Subían despacio, reconociendo su cuerpo como si tuviera todo el tiempo del mundo y como si llevara semanas deseando comprobar con las manos aquello que hasta entonces solo había mirado.
Isabel dejó escapar un gemido.
Raúl le besaba la clavícula y seguía bajando. No había teléfonos, trabajo, bodega ni nada que pudiera hacer que él se apartara. Raúl seguía con ella, sin interrupciones.
Su boca alcanzaba su pecho y la respiración de Isabel se quebraba.
—Raúl…
Él levantaba apenas la cabeza.
—Tócame. Mira lo que me haces.
La frase le aceleró todavía más el pulso.
—No pares.
Raúl volvía a besarla y sus manos continuaban recorriéndola. Isabel notaba sus dedos sobre la piel, el modo en que la sujetaba por la cintura para acercarla todavía más y cómo su boca iba de sus pechos a sus labios una y otra vez.
Su propia mano se movía ya con más rapidez.
Raúl la besaba mientras le quitaba la ropa despacio, sin prisas, como si quisiera mirar cada parte de ella antes de tocarla.
—Tengo tantas ganas de hacer esto contigo…
Isabel respiró hondo.
—¿El qué?
Él la miraba sin apartarse.
—Todo.
La palabra le arrancó otro gemido.
Raúl pasaba los dedos por su cintura y bajaba después por su cadera. La besaba mientras la acariciaba y volvía a murmurar junto a su boca:
—Tengo ganas de tocarte desde que volviste.
Isabel se aferraba a sus hombros.
—Pues tócame.
Raúl soltaba una risa muy baja antes de besarla otra vez. Isabel podía sentirlo sobre ella, la presión de su cuerpo, sus manos recorriéndola y aquella voz hablándole tan cerca que parecía estar realmente en la habitación.
—Quiero saber cómo reaccionas cuando te acaricio.
Isabel apretó los ojos.
—Raúl…
—Quiero saber dónde te gusta que te bese.
Su respiración se hizo más rápida.
—Sigue.
Raúl bajaba otra vez al cuello y al pecho, deteniéndose justo donde Isabel quería que se detuviera, y después regresaba a su boca.
—Quiero tocarte sin tener que apartarme.
Isabel gimió su nombre.
Aquel beso que no llegó a ocurrir junto al generador había quedado muy atrás. Raúl ya no se limitaba a besarla: la recorría con las manos, le quitaba la ropa y la miraba como si hubiera pasado semanas conteniéndose.
—Me tienes ardiendo —le susurraba.
Isabel aumentó el ritmo.
Raúl la estrechaba contra él y la besaba con más hambre. Sus manos volvían a su cintura, bajaban por sus caderas y regresaban después hacia su pecho.
—No sabes cuántas veces he pensado en tocarte.
—Dímelo.
Él apoyaba la frente contra la de ella.
—Cuando estás cerca intento no mirarte demasiado. Intento pensar en cualquier otra cosa. Y no me sirve de nada.
Isabel sintió que el placer crecía con cada palabra que ponía en la boca de Raúl.
—¿Y qué quieres hacer?
Raúl no apartaba los ojos.
—Besarte.
La besaba.
—Tocarte.
Sus manos volvían a recorrerla.
—Seguir bajando y no tener que parar.
La boca de Raúl descendía otra vez por su cuello y por su pecho mientras Isabel se aferraba a sus hombros.
—Y después…
Isabel casi no podía respirar.
—¿Después qué?
Raúl volvía a subir hasta su boca. La besaba despacio, demorándose, antes de susurrar:
—Quiero estar dentro de ti y que no pienses en nada más.
El cuerpo de Isabel reaccionó antes de que pudiera pensar.
Gimió su nombre y siguió acariciándose. Raúl volvía a besarla, con las manos sobre su cuerpo y aquella voz repitiéndole que quería tocarla, besarla y tenerla con él.
Ya no pensaba en nada más.
Raúl se inclinaba sobre ella, su boca descendía por su piel, sus brazos la rodeaban y sus manos la recorrían sin aquella prudencia que llevaba días desesperándola.
—Isabel…
Raúl pronunciaba su nombre contra su cuello.
—Te deseo.
El placer siguió creciendo hasta que dejó de poder sostener ninguna otra idea. Raúl la besaba, la acariciaba y volvía a decirle al oído que quería estar dentro de ella.
Isabel cerró los ojos con fuerza y se dejó llevar hasta que el orgasmo la alcanzó y la obligó a contener un gemido contra la almohada, con el nombre de Raúl todavía en los labios.
Permaneció tumbada después, respirando despacio, hasta que volvió a ser consciente del silencio de la habitación.
Cuando abrió los ojos estaba sola.
Raúl no estaba allí, por supuesto, pero la sensación de tenerlo tan cerca todavía no se había ido.
Isabel se tapó hasta el pecho y se quedó mirando el techo.
Dos días en Madrid.
Unas horas antes le habían parecido una buena idea.
Ahora no tenía ningunas ganas de irse.