La cosecha que nos quedaba Capítulo 9
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Capítulo 9

Esa misma noche, poco antes de las diez, Isabel estaba en la oficina de la bodega repasando con Mercedes unas facturas atrasadas cuando todo quedó a oscuras. El zumbido de los equipos se cortó de golpe.

—Joder —dijo Mercedes desde la puerta.

Desde la nave llegó enseguida la voz de Raúl.

—¡No toquéis nada!

Isabel encendió la linterna del móvil y salió. Raúl estaba frente al cuadro de control del depósito donde fermentaba la pequeña partida de la parcela baja. La pantalla se había apagado.

—¿Es grave? —preguntó Isabel.

—De momento, no. Si vuelve la corriente pronto, no pasa nada. Lo que me preocupa es que el generador tendría que haber arrancado solo.

Mercedes apareció con una linterna grande.

—Ya dio problemas en junio.

Raúl miró hacia el cuarto del generador.

—Sí. Ginés me avisó de que la batería estaba baja, pero pensé que aguantaría hasta después de vendimia.

Fue hasta el cuarto situado junto a la nave y probó el arranque manual. El motor hizo un intento y se paró. La segunda vez ocurrió lo mismo.

Mercedes sacó el móvil.

—Llamo a Ginés. Él estuvo aquí cuando falló en junio.

—Sí, mejor.

Isabel enfocó el interior del cuarto mientras Raúl revisaba la batería y las conexiones.

Allí dentro hacía más calor que en la nave y el sudor le había oscurecido la camiseta entre los omóplatos.

Cuando levantó un brazo para alcanzar un cable, el músculo se marcó bajo la manga.

Isabel se sorprendió mirándolo y movió la luz hacia la batería.

—Dime qué puedo hacer.

—En la oficina hay una carpeta azul de mantenimiento. Busca la revisión de junio y mira qué tocaron.

Isabel regresó con la carpeta abierta y la sostuvo bajo la luz.

—Cambio de filtro, limpieza del depósito de combustible y batería baja. Recomendaban sustituirla antes de la vendimia.

Raúl asintió.

—Lo sé. Decidí esperar y no debería haberlo hecho.

Volvió al depósito y comprobó la temperatura con un termómetro manual.

—Veintiséis con ocho. Tenemos margen, pero sin refrigeración la fermentación puede seguir calentándose.

—¿Cuánto tardaría? —preguntó Isabel.

—No lo sé. Depende de cómo avance esta noche. Prefiero recuperar el frío cuanto antes.

Diez minutos después se oyeron unas ruedas sobre la grava. Ginés entró en la nave con el pelo revuelto, una camiseta vieja y un maletín de herramientas.

—¿Qué ha pasado?

—El generador no ha arrancado —respondió Raúl.

Mercedes se quedó junto al depósito mientras los otros tres fueron al cuarto. Ginés comprobó el combustible y después la batería.

—Alúmbrame aquí —le pidió a Isabel.

Ella acercó la luz del móvil. Ginés movió uno de los bornes y frunció el ceño.

—Está flojo.

—¿Puede ser eso? —preguntó Raúl.

—Puede estar dando problemas. Lo aprieto y probamos.

Isabel sostuvo la luz mientras Ginés limpiaba la conexión y ajustaba el borne. Raúl intentó arrancar de nuevo. El motor se puso en marcha durante un par de segundos y volvió a apagarse.

—Otra vez —dijo Ginés.

A la siguiente arrancó con un ruido áspero, pero se mantuvo. Las luces de la bodega volvieron unos segundos después y Raúl comprobó que el equipo de refrigeración del depósito empezaba a funcionar.

Ginés escuchó el motor antes de cerrar la tapa.

—Mañana cambia la batería. El borne puede haber influido, pero en junio ya estaba baja.

—La cambio —respondió Raúl.

Al volver a la nave, Isabel dejó la carpeta azul abierta sobre la mesa de trabajo. Mercedes esperó hasta comprobar que todo seguía funcionando y después regresó a la casa. Ginés se marchó cuando estuvo seguro de que el generador se mantenía estable.

Isabel se quedó con Raúl. La corriente de la red todavía no había vuelto y él quería esperar hasta ver que la temperatura del depósito empezaba a bajar.

—Puedes irte a dormir —dijo Raúl.

—Me quedo hasta que baje.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

Raúl miró la pantalla unos minutos después.

—Veintiséis con seis. Está bajando.

Isabel se acercó para comprobarlo. Al volverse hacia él vio una mancha oscura en su mejilla.

—Te has manchado.

Le pasó el pulgar por la piel antes de pensar lo que hacía. Raúl se quedó quieto y ella tardó un segundo en retirar la mano.

—Perdón.

—No pasa nada.

Cuando Isabel bajó la mano, los dedos de Raúl le rozaron la muñeca. El contacto fue breve, pero ninguno de los dos se apartó de inmediato.

Raúl la miró. Isabel tampoco retrocedió.

—Raúl…

Él bajó la vista hacia su boca y se acercó despacio. Isabel sintió que iba a besarla y no se movió.

El móvil de Raúl empezó a sonar.

Ninguno reaccionó al primer timbrazo. Al segundo, Raúl cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Isabel durante un instante antes de sacar el teléfono.

En la pantalla aparecía el nombre de Teresa.

Raúl se apartó.

—Es ella.

—Cógelo.

Contestó y se alejó hacia la puerta que daba al patio. Isabel no intentó escuchar, aunque en el silencio alcanzó a oír que le explicaba que seguía en la finca, que había fallado el generador y que todo estaba ya controlado.

Mientras Raúl hablaba, Isabel miró la pantalla del depósito. Marcaba veintiséis con cuatro.

Cuando terminó la llamada, Raúl volvió despacio.

—Esto es justo lo que no quería que pasara.

Isabel sostuvo su mirada.

—No has sido tú solo.

—Lo sé. Pero hace unas horas te dije que no quería hacerle esto a Teresa y, aun así, casi te beso.

Isabel bajó la vista un instante. Cuando volvió a mirarlo, no intentó quitarle importancia.

—Entonces no podemos seguir poniéndonos en situaciones así.

—No. Porque luego hablo con ella como si aquí no estuviera pasando nada.

—Mientras sigas con Teresa, tenemos que parar.

—Sí.

Isabel asintió. No era lo que quería oír, pero tampoco podía discutirlo.

Poco después volvió la corriente de la red. Raúl esperó a que el cuadro recuperara la alimentación normal, fue al cuarto del generador, lo apagó y dejó otra vez el sistema en automático. Cuando regresó, la temperatura había bajado a veintiséis con tres.

—Ya está estable.

—Bien.

Raúl cerró la carpeta de mantenimiento y caminó hacia la puerta. Antes de salir se volvió.

—Isabel.

—¿Sí?

—Si no hubiera sonado el teléfono, te habría besado.

Ella no apartó la mirada.

—Y yo no me habría apartado.

Raúl asintió despacio y salió al patio.

Isabel esperó hasta oír arrancar su coche. Antes de cerrar la bodega comprobó una vez más el depósito: veintiséis con uno. Apagó la luz y subió a la casa todavía con la sensación de la frente de Raúl apoyada contra la suya.