Capítulo 8
Aquella misma tarde, Nuria entró en la bodega con dos cajas pequeñas de uva y las dejó sobre la mesa de trabajo.
—Parcela alta. Una muestra compuesta de la parte de arriba y otra de la zona que da al camino —dijo—. He cogido racimos de varias cepas y posiciones para no fiarnos de una sola hilera. Raúl quiere comparar.
Isabel se acercó mientras Nuria sacaba los racimos y los colocaba en dos bandejas distintas.
—¿Ya están para vendimiar?
—Todavía no. Pero ya empezamos a medir cada día. Si esperas demasiado, te pasas; si cortas antes, pierdes lo que llevas todo el año esperando.
Raúl apareció por la puerta con el refractómetro en la mano.
—Y por eso no quiero que nadie toque esa parcela hasta que estemos seguros.
Nuria lo miró de reojo.
—Lo sabemos. Nos lo has dicho unas quince veces hoy.
—Por si acaso.
—Créeme, ha quedado claro.
Nuria cogió las dos cajas vacías y salió hacia la nave. Desde fuera llegaban las voces de Ginés y otros dos trabajadores descargando material, además del ruido del tractor que acababa de ponerse en marcha.
Isabel señaló el aparato que Raúl llevaba en la mano.
Raúl levantó el refractómetro.
—A ver. Examen de hoy.
—¿No era mañana?
—He decidido adelantarlo.
Se lo tendió.
—Hazlo tú.
Isabel tomó bayas de varios racimos de la primera bandeja, las aplastó en una bolsa limpia y mezcló el zumo antes de poner una gota en el prisma. Miró por la lente.
—Veintidós coma cuatro.
Limpió el prisma como Raúl le había enseñado y repitió el proceso con otra bolsa limpia y la muestra de la zona del camino.
—Veintidós coma uno.
—Bien.
—¿Y para decidir cuándo cortar, qué te dicen estas cifras?
—Que está cerca, pero el Brix no decide la vendimia por sí solo. Quiero probar piel y pepita y comparar esto con el pH y la acidez total que saque Nuria. Con calor puede cambiar rápido.
Raúl probó una baya de cada bandeja, masticó la piel y mordió una pepita. Las pepitas aún conservaban algo de verdor, así que no dio la parcela por lista.
Isabel anotó las dos cifras en la hoja de seguimiento de la parcela, colgada junto a uno de los depósitos vacíos: «Zona superior: 22,4 °Brix. Zona del camino: 22,1 °Brix». Debajo había mediciones de los días anteriores.
—¿Este depósito será para esa parcela? —preguntó Isabel.
—Si no tenemos que cambiar nada, sí. La estamos reservando para ella.
Isabel pasó la mano por el acero.
—La tratas como si fuera la joya de la corona.
—Porque lo es. Esas cepas tienen casi ochenta años y producen poco. Si hacemos las cosas bien, de ahí puede salir el mejor vino de la finca.
—Y si las hacemos mal.
—Habré echado a perder un año entero de trabajo.
Isabel se acercó a la hoja para comparar las cifras con las mediciones anteriores.
Raúl estaba anotando la hora del muestreo y, sin darse cuenta, acabaron los dos inclinados sobre el mismo papel.
El cuello de la camiseta de Isabel se abrió un poco al inclinarse y la mirada de Raúl bajó un instante antes de volver a las cifras.
Al rozarle apenas el brazo, levantó la cabeza y se encontró con él mucho más cerca de lo que esperaba.
Ninguno se movió enseguida.
—Perdón —dijo ella, aunque tampoco se apartó.
Raúl bajó la vista a la hoja otra vez, pero tardó unos segundos en volver a escribir.
—Así me cuesta un poco concentrarme.
Isabel sintió que se le calentaban las mejillas.
—¿Así cómo?
Raúl la miró y a él también se le había subido algo el color a la cara.
—Contigo tan cerca.
Esta vez Isabel sí se apartó un poco, sonriendo mientras fingía interesarse por las cifras de la hoja. Desde lo del lagar era demasiado consciente de cada vez que se acercaban, y empezaba a sospechar que a Raúl le ocurría exactamente lo mismo.
Raúl dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Y eso es lo que me preocupa. Tengo pareja, Isabel. Teresa no tiene ninguna culpa.
La sonrisa de Isabel desapareció.
—Lo sé.
—Desde que estuvimos en el lagar noto cada vez que te acercas. No quiero fingir que no pasa nada.
—A mí tampoco me da igual.
Raúl sostuvo su mirada unos segundos sin acercarse.
Desde el patio, Ginés gritó su nombre.
—¡Raúl! Te necesito en la nave.
Raúl no apartó la mirada de Isabel de inmediato.
—Ahora voy.
Recogió el refractómetro y salió hacia el patio. Las dos bandejas quedaron sobre la mesa para que Nuria completara el pH y la acidez total. Isabel se quedó sola junto a la mesa y tardó unos segundos en seguirlo.