Capítulo 6
El plan de ir a la parcela sur cambió a primera hora.
Nuria había revisado las muestras de la parcela baja y uno de los rincones estaba más adelantado de lo previsto, así que decidieron recoger una pequeña cantidad para probarla por separado.
Ginés y Nuria fueron a cortar una pequeña cantidad de uva mientras Isabel se quedó con Raúl en la bodega preparando el material que iban a utilizar.
A media mañana, Ginés entró en el patio con el tractor y un remolque mucho más vacío de lo que Isabel esperaba. Llevaba apenas una docena de cajas.
Nuria bajó del remolque con una de ellas entre los brazos.
—Un rincón de la parcela baja se nos ha adelantado. Le da más sol por la mañana y siempre madura antes.
—¿Y con esto qué hacéis? —preguntó Isabel.
—Una partida pequeña —respondió Raúl—. Nos sirve para probar cómo viene el año y para enseñarte algo que todavía no has hecho.
Ginés terminó de descargar junto a la puerta de la bodega.
Entre los cuatro pasaron aquella pequeña partida por la despalilladora, la máquina que separaba las uvas del raspón.
Cuando terminaron, Ginés y Nuria se marcharon hacia la nave y Raúl señaló el lagar de piedra del fondo.
Isabel lo recordaba de niña, aunque entonces casi siempre estaba vacío y ella lo veía como una parte más de la bodega vieja.
—Hoy toca pisar.
—¿Pisar la uva?
—Con los pies.
Isabel miró el lagar y después la uva.
—¿Va en serio?
—Completamente. Con tan poca cantidad no merece la pena poner en marcha la estrujadora y así seguimos haciendo una pequeña partida todos los años. No cambia el resto de la elaboración, pero mantenemos la costumbre.
Raúl empezó a volcar la uva despalillada en el lagar.
Lo habían lavado, enjuagado y desinfectado aquella mañana, como el resto del material que iba a estar en contacto con la uva.
Isabel observó cómo se acumulaba en el fondo y cómo el olor fresco de la fruta recién rota empezaba a llenar la parte vieja de la bodega.
—Quítate las botas. Y antes de entrar, lávate bien los pies y acláralos.
Isabel lo miró un segundo antes de obedecer. Se quitó las botas y los calcetines, los dejó junto a la pared y pasó por el grifo hasta que no quedó jabón. Cuando volvió, Raúl ya estaba dentro del lagar, descalzo, con el pantalón remangado hasta media pantorrilla, tendiéndole la mano.
—Sube.
Ella se la cogió. El borde de piedra estaba más alto de lo que parecía y Raúl cerró los dedos con fuerza para ayudarla a entrar. Isabel puso el primer pie sobre la uva y notó el frío de las pieles bajo la planta.
—Está fría.
—En unos minutos dejarás de notarlo.
Las pieles cedían bajo sus pies y el jugo empezó a cubrirle los dedos.
Raúl avanzó despacio delante de ella, marcándole el ritmo.
Isabel lo imitó hasta que dejó de mirar al suelo y empezó a fijarse en cómo se movía dentro del lagar, seguro, acostumbrado al espacio y a la presión de la uva bajo los pies.
El olor cambió enseguida. La uva recién rota llenó el lagar y la parte vieja de la bodega con un aroma dulce y fresco que Isabel no había notado igual desde fuera.
—Ahora entiendo por qué decías que algunas cosas no se aprenden mirando —dijo.
—Esto, desde luego, no.
—¿Siempre lo haces tú?
—Casi siempre. Ginés ayuda cuando hay más cantidad. Nuria lo hizo el año pasado y dijo que una vez era suficiente para toda la vida.
—¿Y Teresa?
Raúl tardó un segundo en responder.
—Lo probó una vez.
—¿Y?
—No disfrutó nada y salió enseguida.
Isabel bajó la vista hacia la uva.
—Pensaba que me ibas a decir que no le gusta la bodega.
—Le gusta venir, probar el vino y ayudar cuando hace falta. Pero esto no es lo suyo. Tampoco tiene por qué serlo.
Raúl seguía pisando mientras hablaba e Isabel lo observó un momento. La camisa se le había pegado un poco a la espalda por el calor. Apartó la vista antes de que él pudiera notarlo.
—¿No te importa que no le guste algo que a ti te importa tanto?
—No. Teresa tiene su trabajo, sus cosas y su vida. Yo no necesito que esté aquí metida cada hora.
—Ya.
—Tampoco necesito que Teresa quiera esta finca como la quiero yo.
Isabel sostuvo su mirada unos segundos.
—Pero sí necesitas poder hablar con alguien de lo mucho que te importa.
Raúl cambió de dirección y ella hizo lo mismo. El lagar era lo bastante grande para que no tuvieran que acercarse, pero al girar los dos a la vez sus hombros se rozaron.
Fue un contacto breve. Aun así, los dos tardaron en apartarse.
—Perdón —dijo Isabel.
—No pasa nada.
Raúl la miró un momento y después volvió a mover los pies sobre la uva, esta vez con una concentración demasiado evidente.
Isabel siguió pisando. Después de aquel roce procuró no volver a acercarse tanto a Raúl.
Después de un rato, Nuria asomó la cabeza por la puerta.
—Mercedes dice que comáis en veinte minutos. Y que os lavéis antes de entrar.
—Ahora vamos —contestó Raúl.
Nuria desapareció hacia la nave. Isabel esperó a dejar de oír sus pasos antes de agacharse para comprobar cuánto líquido habían sacado.
—¿Y ahora qué pasa con esto?
Raúl se colocó al otro lado del lagar y se lo explicó: pasarían mosto y pieles a un depósito pequeño, tomarían una analítica de partida y controlarían densidad y temperatura durante la fermentación.
Mantendrían aquella partida separada para probarla después y decidir cuántos días antes convenía vendimiar ese rincón respecto al resto de la parcela.
Isabel hizo varias preguntas y él contestó mientras seguían trabajando. Durante un rato hablaron únicamente de la uva y de lo que tenían entre los pies.
Cuando terminaron, Raúl salió primero y le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Isabel la aceptó sin pensarlo. Él la sostuvo hasta que tuvo los dos pies en el suelo y la soltó en cuanto dejó de hacer falta.
Se lavaron los pies en el grifo exterior. Raúl terminó antes y entró en la nave para ayudar a Ginés con el remolque. Isabel se quedó junto al grifo, frotándose una mancha morada del tobillo que no terminaba de salir. Al final desistió, se secó los pies y volvió a ponerse los calcetines y las botas.
Al levantar la cabeza lo vio al otro lado del patio. Recordó el roce de sus hombros y aquel segundo de más en el que ninguno se había apartado.
Aquella noche volvió a pensar en ello al acostarse.