Capítulo 5
Para la segunda semana, Isabel ya sabía dónde se guardaban las tijeras de podar, qué puerta de la nave se atascaba si se cerraba de golpe y a qué hora Mercedes sacaba café al patio sin preguntar quién quería.
Seguía necesitando que Raúl le explicara casi todo lo relacionado con la viña, pero al menos había dejado de sentirse una visitante cada vez que alguien le pedía que llevara una herramienta, sujetara una manguera o apuntara una medición.
Aquella mañana llegó a la parcela baja y encontró a Ginés discutiendo con una chica que no había visto hasta entonces. Tendría poco más de treinta años, llevaba el pelo recogido bajo una gorra y estaba sentada en el borde del remolque, revisando los paquetes de guantes.
—Te digo que faltan dos paquetes —dijo ella.
—Y yo te digo que ayer había seis.
—Pues hoy hay cuatro. Si quieres, los contamos despacio para que no te canses.
Ginés miró a Isabel en busca de apoyo.
—Nuria. Segunda vendimia con nosotros y ya cree que manda más que yo.
—No hace falta llevar veinte años para saber contar hasta cuatro —contestó Nuria.
Isabel sonrió antes de darle la razón.
—En eso tiene razón.
—No la anime —dijo Ginés—. Bastante tenemos ya.
Nuria le tendió la mano al presentarse.
—Soy Nuria.
—Isabel.
—Ya sé quién eres. Aquí las noticias corren mucho.
Lo dijo sonriendo, sin burla, mientras ayudaba a Ginés a ordenar el remolque antes de saltar al suelo.
—Raúl está en la parcela alta. Ha dicho que, cuando llegues, vayas con él.
—¿Y cómo sabes que iba a venir?
Nuria señaló las botas que Isabel llevaba puestas.
—Mercedes ya da por hecho que vas a seguir usando esas botas. Eso significa que cuenta con encontrarte por aquí todos los días.
Ginés soltó una carcajada y echó a andar con el material. Isabel se quedó mirando sus botas un segundo. Mercedes no le había dicho nada sobre ellas desde la mañana en que se las dejó junto a la puerta.
Encontró a Raúl más arriba, comprobando varios racimos, y durante casi dos horas trabajaron juntos mientras él cortaba muestras y le pedía que comparara el sabor, la piel y el color de las pepitas con lo que había probado unos días antes.
Isabel se equivocó dos veces y acertó una tercera sin que Raúl tuviera que darle ninguna pista.
—Esta está más madura —dijo.
—¿Por qué?
—La piel cede más y la pepita ya no sabe tan verde.
Raúl tomó otra baya del racimo antes de responder.
—Bien.
—¿Eso es todo? ¿Después de una semana consigo acertar algo y solo me dices «bien»?
—No. Lo has hecho bien.
—Por lo menos un poco de entusiasmo.
—Me alegro de que lo hayas acertado.
Isabel iba a contestar cuando oyó a Nuria llamarlos desde dos hileras más abajo.
—Raúl, ven a mirar esto.
Bajaron hasta donde estaba agachada. Había separado varias hojas y señalaba un racimo con algunos granos dañados.
Raúl lo examinó y después revisó las cepas de alrededor.
—Solo están estos. Márcalos y esta tarde volvemos a mirar.
Nuria sacó una cinta del bolsillo y la ató en el alambre.
—Ya decía yo que no me gustaban.
—¿Qué tienen? —preguntó Isabel.
Raúl se lo explicó allí mismo y Nuria añadió qué había visto ella al pasar. Hasta entonces casi todo lo que Isabel sabía de la viña le había llegado por Raúl; aquella mañana fue Nuria quien había detectado el problema antes que nadie.
—¿Tú llevas también las muestras y los controles? —preguntó Isabel.
—Este año, sí. Estudié Enología. El año pasado vine para la vendimia y esta vez Raúl me llamó antes para empezar con maduración, analíticas y registros.
—Y porque se fija en cosas que a veces se nos escapan a los demás —añadió Raúl.
Nuria señaló el racimo marcado.
—Eso no hace falta ponerlo en el contrato. Con que me hagáis caso de vez en cuando, me conformo.
A media mañana Mercedes apareció por el camino con una bandeja, una jarra de agua y cinco vasos.
—Diez minutos —anunció—. Y no me discutáis porque he visto cómo está pegando ya el sol.
Nuria dejó las tijeras sobre el borde del remolque.
—Yo no discuto nunca con Mercedes.
—Has aprendido algo desde el año pasado —dijo Ginés.
Se sentaron a la sombra de una pequeña construcción de aperos. Mercedes había llevado pan con tomate y un plato de queso. Ginés cogió un trozo antes de que la bandeja tocara la mesa.
—Las manos —dijo Mercedes.
—Llevo sesenta años comiendo con estas manos.
—Y yo llevo veinte diciéndote que te las laves.
Ginés resopló, pero se levantó y fue hasta el grifo.
Isabel miró a Nuria mientras Ginés se alejaba hacia el grifo.
—¿Siempre son así?
—Peor cuando llueve y tienen tiempo para hablar.
Mercedes oyó el comentario y negó con la cabeza, aunque estaba sonriendo.
Durante unos minutos hablaron de cosas que no tenían nada que ver con Isabel: Ginés tenía que llevar el coche al taller, Nuria preguntó si alguien bajaría al pueblo porque necesitaba recoger un paquete, Mercedes se quejó del precio de los tomates y Raúl recordó que todavía faltaba material para cuando empezaran a cortar las primeras parcelas.
Isabel escuchó sin intervenir demasiado.
Le gustó que nadie le preguntara si iba a vender la finca.
Antes de volver al trabajo, Nuria recogió las tijeras. Mercedes recogió los vasos y señaló a Isabel con la barbilla.
—Tú, a las dos, a la cocina.
—¿He hecho algo?
—Sí. Comerás.
Nuria se rió al oírla.
—Eso significa que ya eres de confianza. A mí tardó tres meses en mandarme así.
—Porque tardaste tres meses en hacerme caso —dijo Mercedes.
—También es verdad.
* * *
A las dos, Isabel entró en la cocina y encontró una montaña de patatas sobre la mesa. Mercedes le dejó un cuchillo delante.
—Pela.
—Ahora entiendo lo de la confianza.
—No te emociones.
Isabel se sentó frente a ella. Desde la ventana se veía una parte del patio. Ginés estaba junto al tractor hablando con Nuria y, más allá, Raúl cargaba unas herramientas en la furgoneta.
Pelaron un rato sin hablar y a Isabel no le resultó incómodo.
—Tu madre odiaba pelar patatas —dijo Mercedes.
El cuchillo se detuvo en la mano de Isabel.
—¿Mi madre cocinaba aquí?
—Cuando le daba la gana. Y casi siempre dejaba la mitad de las cosas a medias. Tu padre acababa terminando lo que ella empezaba y protestaba todo el rato.
—Eso sí me cuesta imaginarlo.
—Porque tú lo conociste de otra manera.
Mercedes siguió pelando mientras hablaba.
—Cuando llegó aquí no sabía nada de campo. Nada. Era abogado, llevaba zapatos buenos hasta para venir a ver las viñas y preguntaba cosas que hacían reír a tu abuelo. Aprendió porque tu madre quería quedarse y él quería estar con ella.
Isabel dejó una patata limpia en el cuenco. Se había marchado de la finca para estudiar la misma carrera que su padre había dejado atrás y nunca habían hablado de eso.
—Sabía que la finca venía de la familia de mi madre. Lo que no sabía era que mi padre hubiera llegado aquí por ella.
—La finca venía de su familia. Después pasó a los dos y, cuando ella murió, tu padre se empeñó en mantenerla. Había gente que le decía que vendiera entonces.
—¿Y por qué no lo hizo?
Mercedes la miró por primera vez desde que había empezado a hablar.
—Porque no quiso.
—Eso ya lo he entendido. Pregunto por qué.
Mercedes dejó el cuchillo sobre la tabla antes de contestar.
—Porque aquí había vivido con ella. Porque tú habías crecido corriendo por este patio. Porque había trabajadores que llevaban media vida viniendo. Y porque tu padre era muy terco cuando decidía que algo merecía la pena.
Isabel volvió a mirar por la ventana. Ginés ya no estaba junto al tractor y Nuria cruzaba el patio hacia la nave, apartándose para dejar pasar la furgoneta. Pelaron dos patatas más antes de que Isabel volviera a hablar.
—¿Fue por eso por lo que se endeudó?
Mercedes tardó unos segundos en responder y apartó una piel con el dorso del cuchillo.
—No solo. Hubo años malos. Se perdió un comprador importante, hubo que cambiar parte del sistema de riego y tu padre siguió pagando a la gente incluso cuando habría podido recortar.
Luego enfermó, siguió intentando llevar demasiadas cosas solo y algunas decisiones se fueron retrasando.
La deuda no apareció de un día para otro.
Era la primera explicación concreta que Isabel recibía sobre aquellas cuentas desde que había llegado.
—¿Por qué nadie me contó esto?
—Porque no preguntaste.
Mercedes no lo dijo para herirla. Isabel bajó los ojos hacia la patata que tenía en la mano.
—Tampoco me lo pusieron fácil.
—No.
Mercedes no intentó defender a su padre.
—Él tenía mucho orgullo y tú estabas enfadada. Entre los dos hicisteis un buen trabajo para no hablar de nada durante años.
Isabel soltó una risa breve, sin ganas.
—Eso sí parece una descripción bastante exacta.
Mercedes volvió a coger el cuchillo.
—No fue una sola discusión. Cuando te fuiste a estudiar Derecho, él seguía convencido de que acabarías volviendo. Después os peleasteis porque querías hacer las prácticas en Madrid en vez de pasar agosto aquí, y cuando empezaste a trabajar allí siguió esperando que aquello fuera temporal.
Isabel pasó el cuchillo por una zona de la patata que todavía tenía piel.
—Y cada vez que hablábamos acabábamos en lo mismo.
—En cuándo volvías, sí. Él lo planteaba como si elegir Madrid significara rechazar la finca. Tú terminaste dejando de contarle cosas porque sabías adónde iba a llevar la conversación. Y después de que muriera tu madre, ya no supisteis salir de ahí.
Mercedes dejó la patata limpia en el cuenco antes de continuar.
—Tu padre tampoco nació sabiendo hacer esto. Ni llevar una finca, ni quedarse viudo, ni aceptar que Madrid no era una etapa para ti. Se equivocó en unas cuantas cosas.
—Muchas.
—Sí. Muchas.
Mercedes no intentó corregirla. Siguieron pelando unos segundos y, cuando terminó otra patata, añadió:
—Yo tampoco sabía nada cuando llegué aquí.
—¿Tú de dónde venías?
—De Barbastro. Trabajaba en una residencia.
Empecé viniendo unas horas a ayudar en la casa cuando tu madre todavía estaba aquí.
Después acabé haciendo también pedidos, mirando facturas y hablando con proveedores.
Cuando dejé la residencia, aquí ya tenía trabajo de sobra. Y aquí sigo, veinte años después.
—¿Por qué?
Mercedes se encogió de hombros antes de responder.
—Porque tenía trabajo, porque me gustaba la casa y porque al final mi vida estaba aquí. No hay mucho más que contar.
Isabel sonrió porque Raúl le había contestado casi lo mismo cuando le preguntó por qué seguía en la finca.
—Raúl me dijo algo parecido de la finca.
—Raúl lleva aquí desde muy joven. Él no sabe distinguir dónde termina el trabajo y empieza el resto.
—Ya me he dado cuenta.
Mercedes la miró un instante de más.
—También me he dado cuenta yo de alguna cosa.
Isabel supo enseguida a qué se refería y se concentró en una patata que ya estaba perfectamente pelada.
—No sé de qué hablas.
—Mejor. Así no tengo que opinar.
—Mercedes.
—He dicho que no voy a opinar.
Mercedes volvió a las patatas. Isabel notó calor en la cara, pensó en el beso de Teresa a Raúl el día anterior y decidió no darle ninguna oportunidad de seguir por ahí.
—¿Puedo ayudarte con algo más?
—Sí. Pon la mesa.
Cuando terminaron con las patatas, Mercedes empezó a sacar la comida y los demás fueron entrando poco a poco.
Comieron en la cocina Mercedes, Isabel, Ginés y Nuria.
Raúl entró tarde, se sirvió sin ceremonia y se sentó en la única silla libre.
La conversación saltó del tiempo a lo que faltaba por preparar para la vendimia, del taller de Ginés a una llamada que Mercedes tenía pendiente con su hermana.
Isabel habló poco, pero esta vez nadie tuvo que explicarle quién era quién ni por qué estaban discutiendo sobre una llave del almacén que siempre desaparecía.
Cuando terminó, Nuria recogió dos platos y se los llevó al fregadero.
—Mañana voy a la parcela sur. Si vienes, ponte algo que no te importe destrozar. Ahí acabamos todos llenos de polvo.
Isabel bajó la vista hacia sus pantalones, que ya tenían dos manchas de tierra seca en las rodillas.
—Creo que ya no me queda ropa a la que le tenga demasiado cariño.
—Entonces ya vas aprendiendo.
* * *
Por la noche, Isabel subió a la habitación que había sido suya de niña.
Abrió el armario buscando una camiseta limpia y encontró, en el estante de arriba, una caja.
La abrió. Dentro había cuadernos viejos del colegio, dos novelas juveniles y una fotografía en la que aparecía sentada en el banco del patio con su madre detrás.
No sacó la fotografía. Se quedó mirándola unos segundos y volvió a cerrar la caja.
Aquella mañana había conocido a Nuria, había escuchado a Ginés discutir por unos guantes, había comido con ellos y Mercedes le había contado cómo había empezado a crecer la deuda de la finca.
La carpeta del banco estaba sobre el escritorio.
La abrió y se detuvo en la página de gastos de personal.
Hasta esa mañana habría visto aquella partida como un gasto; ahora ya podía poner cara a algunas de las personas que cobraban de allí.
Antes de acostarse dejó junto a la puerta las botas que Mercedes le había prestado. A la mañana siguiente volvería a la viña. Las ocho semanas seguían en el calendario, pero esa noche no contó cuántos días quedaban.