La cosecha que nos quedaba Capítulo 4
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Capítulo 4

Al final de la primera semana, Teresa llegó poco después de las dos, cuando casi todos habían parado para comer.

Isabel estaba en una mesa junto a la bodega repasando las anotaciones de la mañana.

Raúl había entrado un momento en la bodega.

En el patio quedaban una manguera enrollada junto al desagüe y el tractor de Ginés, que acababa de apagar el motor y se limpiaba las manos con un trapo.

Teresa apoyó la bicicleta contra la pared y levantó una fiambrera.

—Te he traído comida. Como dependa de ti, vuelves a pasar el día con un bocadillo y un café.

Ginés la saludó desde el tractor.

—A ver si consigues educarlo de una vez. Nosotros ya hemos desistido.

—Llevo tres años intentándolo —contestó Teresa—. No tengo grandes esperanzas.

Raúl salió de la bodega secándose las manos. Al verla sonrió, y la sonrisa fue distinta de las que Isabel le había visto hasta entonces: fácil, sin ninguna prevención.

—No hacía falta que subieras.

—Eso dices siempre y luego me devuelves la fiambrera vacía.

Teresa le dio un beso en la boca. Fue breve, pero Isabel apartó la vista hacia sus papeles y se enfadó consigo misma por hacerlo. No sabía que Raúl tuviera pareja, aunque tampoco tenía ningún motivo para que la noticia le molestara.

—¿Y Mercedes? —preguntó Teresa.

—En la cocina —dijo Ginés—. Peleándose con unas judías que, por lo visto, tienen la culpa de todo.

—Normal.

Teresa se echó a reír y entonces miró hacia la mesa.

—Tú eres Isabel.

Isabel dejó el bolígrafo.

—Sí.

—Por fin te conozco. Soy Teresa.

Se acercó y le tendió la mano. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, llevaba unos pantalones cortos, una camiseta blanca y una goma del pelo en la muñeca. No parecía haber venido a comprobar nada. Solo la miraba con curiosidad.

—Encantada.

—Raúl lleva días hablando de la finca y, últimamente, cuando habla de la finca acabas saliendo tú también.

Isabel miró a Raúl.

—No sabía que hablaras de mí.

—Le he contado que estás aprendiendo rápido —respondió él.

Teresa siguió mirando a Isabel.

—Se nota que esto le importa. Cuando algo le importa, acaba hablando de ello aunque no se dé cuenta.

Mercedes apareció en la puerta.

—Teresa, ven un momento antes de irte. Tengo que preguntarte por unas pastillas que le han cambiado a mi hermana.

—Ahora voy.

Teresa dejó la fiambrera sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de una silla. Isabel la observó mientras hablaba con Raúl de la comida, del turno de tarde en la farmacia y de si él iba a bajar al pueblo esa noche.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —preguntó.

Teresa se volvió hacia ella.

—Tres años en octubre. Nos conocimos en las fiestas del pueblo.

Mientras Raúl abría la fiambrera, Teresa siguió hablando de la farmacia y de los días que podría subir a ayudar durante la vendimia. Casi tres años juntos hacían que la relación pareciera mucho más asentada de lo que Isabel había supuesto al verla llegar.

—¿Y tú? —preguntó Teresa—. ¿De verdad te vas a quedar las ocho semanas?

—De momento, sí.

—Entonces te tocará vendimia de verdad. No la parte bonita de probar uvas y pasear entre cepas.

—Eso intento explicarle —dijo Raúl.

—Pues explícaselo bien. El primer año que vine a ayudar acabé con agujetas hasta en sitios que no sabía que existían.

—¿Vienes a vendimiar?

—Cuando puedo. Este año lo tengo peor por la farmacia, pero algún día caerá. Aquí acaba viniendo medio pueblo cuando se complica la cosa.

Mercedes volvió a llamarla desde dentro y Teresa levantó una mano para indicar que iba antes de señalar a Raúl.

—Cómete todo.

—Vaaale.

—Tu madre me daría la razón.

La frase hizo que Raúl bajara la mirada un instante. Teresa no añadió nada; le rozó el hombro al pasar y entró en la casa.

Isabel volvió a sus notas, pero durante unos segundos leyó la misma línea sin enterarse. Había visto a Teresa tocarlo con la confianza de quien lo había hecho cientos de veces, y le había molestado de verdad.

Raúl cerró la fiambrera después de probar un bocado y miró la hoja que Isabel tenía delante.

—Llevas un rato en la misma línea.

Isabel levantó la cabeza.

—Estoy pensando.

Raúl sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.

—¿En Teresa?

Isabel dejó el bolígrafo.

—Acabo de enterarme de que tienes pareja. Es normal que me haya sorprendido.

—Tres años —dijo Raúl, sin apartar los ojos de ella.

—Ya me ha quedado claro.

Hubo un silencio breve. Isabel fue la primera en mirar de nuevo los papeles.

Teresa salió de la casa con Mercedes detrás y un papel doblado en la mano.

—Luego te digo qué me cuentan en la farmacia —le dijo a Mercedes—. Y tú —añadió, mirando a Raúl—, esta noche no me esperes para cenar. Salgo a las diez.

—Paso a buscarte.

—No hace falta.

—Ya lo sé. Paso igualmente.

Teresa sonrió, se acercó a él y esta vez el beso duró algo más. Era un beso normal entre una pareja, pero Isabel sintió algo raro al verlo: la mano de Teresa en la nuca de Raúl y la de él apoyándose un momento en su cintura.

Sintió calor en la cara y se agachó para recoger las hojas de la mesa aunque ninguna se había caído.

—Nos vemos —dijo Teresa cuando se separó—. Encantada, Isabel.

—Igualmente.

Teresa cogió la bicicleta y salió por el camino. Mercedes se quedó mirándola hasta que desapareció detrás de la primera hilera.

—Esa chica vale mucho —dijo.

—Sí —contestó Raúl.

No añadió nada más.

Mercedes volvió a la casa y el patio recuperó el ruido habitual: una puerta metálica cerrándose en la nave, Ginés arrancando de nuevo el tractor y alguien llamando desde la parcela baja. Raúl recogió la fiambrera y las notas.

—Tenemos que terminar de revisar los depósitos.

Isabel se levantó.

—Parece muy buena persona.

Raúl se detuvo.

—Lo es.

—Y os entendéis bien.

—Sí.

La respuesta fue tan simple que Isabel se arrepintió de haber seguido.

Raúl abrió la puerta de la bodega y esperó a que ella entrara.

—¿Algo más que quieras saber?

—No.

—Mejor.

Dentro hacía varios grados menos que en el patio. Isabel agradeció el cambio de temperatura y se acercó al primer depósito para mirar la hoja de mantenimiento que Raúl acababa de dejarle.

—¿Por dónde seguimos?

—Por aquí. Capacidad, válvulas y la última limpieza. Quiero dejarlo todo preparado antes de que empiece la vendimia.

Isabel se inclinó sobre la hoja. Raúl se colocó a su lado para señalarle una cifra y el antebrazo de él rozó el suyo. El contacto fue mínimo, pero Isabel dejó de escuchar durante un segundo lo que Raúl estaba diciendo.

Se obligó a mirar la hoja otra vez. El beso seguía demasiado reciente y, desde que Teresa había aparecido en el patio, Isabel era mucho más consciente de cada vez que Raúl se acercaba. No volvió a preguntar nada sobre Teresa, aunque tampoco consiguió dejar de pensar en ella.