La cosecha que nos quedaba Capítulo 3
5%

Capítulo 3

A las siete de la mañana todavía hacía fresco.

Isabel salió de la casa con unas botas de trabajo que Mercedes había dejado junto a la puerta y una botella de agua que encontró al lado, sin nota ni explicación.

Las botas le quedaban un poco grandes, pero eran mejores que cualquiera de los zapatos que había llevado desde Madrid.

Raúl ya estaba en la primera parcela cuando llegó. Unas hileras más abajo, Ginés revisaba una tubería de riego. Cerca del tractor, otros dos trabajadores que Isabel aún no conocía descargaban herramientas; todos llevaban ya un rato trabajando.

Raúl la vio acercarse. Isabel se había recogido el pelo para trabajar y llevaba una camiseta sencilla, algo ajustada a la cintura, con los pantalones de campo y las botas prestadas de Mercedes. Raúl la miró durante un segundo antes de bajar los ojos al reloj.

—Llegas tarde.

—Son las siete en punto.

—Aquí las siete son las siete menos diez.

Ginés levantó la cabeza desde la tubería.

—No le haga caso. Las siete son las siete. Lo que pasa es que él lleva toda la vida llegando antes y cree que los demás tenemos el mismo problema.

—Gracias —dijo Isabel.

—No le des confianza —contestó Raúl—. Luego no hay quien lo calle.

Ginés siguió con el riego mientras Isabel acompañaba a Raúl entre las cepas.

Él llevaba la camisa de trabajo abierta en el cuello y, al agacharse junto a un racimo, la tela se tensó sobre sus hombros.

Isabel reparó en ello un instante antes de bajar la vista a las hojas que Raúl apartaba para enseñarle la uva.

—Toca una uva. Sin arrancarla.

Isabel pasó los dedos por la piel.

—¿Qué tengo que notar?

—Hoy, casi nada. Quiero que te acuerdes de cómo está ahora. Dentro de unas semanas volverás a tocarla y la diferencia será evidente.

Raúl arrancó un grano, lo abrió con la uña y le enseñó la pepita antes de probarlo.

—La piel todavía ofrece resistencia y la pepita está verde. Pruébala.

Le tendió otro grano e Isabel se lo llevó a la boca.

—Está ácido.

—Y bastante verde. Cuando madure de verdad, cambiarán el sabor y la textura. No basta con mirar el color desde el camino.

—Eso sí lo recuerdo. Mi padre decía que no había que fiarse solo de la vista.

Raúl sonrió apenas.

—Con la uva tenía razón. Una puede estar preciosa por fuera y todavía no servir para vendimiar.

Siguieron avanzando por la hilera. Raúl le enseñó a reconocer las zonas donde el envero estaba más adelantado y a apartar hojas para comprobar si un racimo tenía algún daño.

Isabel preguntaba y él respondía sin alargar las explicaciones más de lo necesario.

En vez de repetir una explicación, muchas veces se lo hacía tocar, probar o comparar con otra cepa.

A media mañana, Ginés apareció por el extremo de la parcela con una llave inglesa en una mano.

—Ya está lo del riego. La unión de abajo estaba perdiendo agua.

—¿Mucho? —preguntó Raúl.

—Más de lo que me gusta y menos de lo que podía haber sido. Mañana le echo otro vistazo.

Ginés miró las botas de Isabel.

—Esas son de Mercedes.

Isabel miró las botas.

—Eso me temo.

—Las usaba cuando venía a la viña con tu padre. Hace años que no se las veía puestas.

—Pues podía haberme avisado de que pesan medio kilo cada una.

Ginés soltó una carcajada.

—Eso también forma parte del aprendizaje.

Siguió hacia la nave y Raúl esperó a que se alejara.

—Te ha caído bien.

—A diferencia de otros, no empezó acusándome de querer vender nada.

—Dale tiempo.

Isabel le dio un golpe suave con el dorso de la mano en el brazo sin pensarlo. Raúl la miró, sorprendido, y ella siguió andando.

Trabajaron otro rato hasta que el sol empezó a hacerse incómodo. Isabel ya tenía tierra en las rodillas y la espalda cargada de agacharse tantas veces. Cuando entraron en la bodega vieja para buscar unas tijeras, se detuvo delante del espacio donde años atrás había habido dos barricas grandes.

—Aquí había un hueco.

Raúl se giró.

—¿Qué hueco?

—Entre dos barricas. Tú me enseñaste a esconderme ahí un verano porque habíamos robado aceitunas del cesto de tu padre.

Raúl no contestó enseguida.

—Las barricas se cambiaron hace ocho años.

—Ya veo.

—No pensaba que te acordaras.

—Yo tampoco. Hasta que he entrado.

Raúl dejó las tijeras que acababa de coger sobre una mesa.

—Mi padre nos encontró igualmente.

Isabel lo miró.

—Eso no lo recordaba.

—Porque me llevé yo la bronca. Tú saliste corriendo.

—Eso sí suena a mí.

—Eso era muy tú con doce años, por lo menos.

Isabel se rió y volvió a mirar el rincón. En lugar de las barricas había ahora material de trabajo y una estantería con herramientas. El escondite había desaparecido, pero recordaba perfectamente dónde empezaba y dónde terminaba.

—¿Mi padre venía mucho por aquí los últimos años? —preguntó.

—Todos los días que podía. Menos cuando empezó a encontrarse peor.

Isabel no preguntó más y Raúl tampoco añadió nada. Antes de salir, él volvió a coger las tijeras de la mesa.

Cuando salieron otra vez al patio, Mercedes estaba colocando una cesta con tomates y pimientos junto a la puerta de la cocina.

—¿Has sobrevivido? —preguntó al ver a Isabel.

—Por poco. Y esas botas pesan una barbaridad.

—Pues mañana vuelves a ponértelas.

—Eso imaginaba.

Mercedes cogió la cesta y entró en la casa.

Isabel se sentó en el banco de piedra para quitarse una pequeña piedra que se le había metido en una bota.

Desde allí veía a Ginés cerca del tractor, a los otros dos hombres guardando herramientas y a Raúl comprobando algo en una libreta antes de volver a la bodega.

El día anterior apenas sabía quién era Ginés. Esa mañana ya conocía una avería del riego, había probado una uva todavía verde y había recordado un escondite que llevaba años sin aparecer en su memoria.

Seguía sin saber si acabaría vendiendo, pero la finca ya no era solo una deuda. Ya empezaba a conocer a la gente, el trabajo y los problemas.