Capítulo 2
El notario de Barbastro tenía un despacho parecido a muchos de los que Isabel visitaba por trabajo: estanterías llenas de códigos, carpetas con etiquetas antiguas y un ventilador que daba vueltas sin refrescar demasiado.
Sobre la mesa estaban la escritura de la finca, la documentación del préstamo y la carta del banco que Isabel llevaba tres semanas leyendo sin encontrar una salida que le gustara.
—Quiero saber exactamente qué pasa si vendo ahora —dijo.
El notario se quitó las gafas y abrió una de las carpetas.
—Que venderá con prisa, y eso siempre beneficia más al comprador que al vendedor. Una bodega grande puede interesarse por las tierras, por la marca o por las cepas viejas, pero sabe que usted necesita resolver la deuda. Le harán una oferta a la parcela baja.
—¿Y si espero a la vendimia?
—Si la finca demuestra que puede producir y, sobre todo, vender, cambia la negociación. No tiene que estar saneada en dos meses. Al banco le basta con ver que sigue funcionando y que puede generar ingresos.
Isabel volvió a mirar las cifras. Esta vez dejó de pensar en marcharse y se centró en los puntos que podía utilizar.
—¿Hay algún procedimiento iniciado contra la finca?
—No.
—¿Algún embargo?
—Tampoco.
—Entonces todavía tenemos margen para negociar con el banco.
—Poco, pero sí.
Seguía teniendo una deuda, pero al menos no estaba al borde de perder la finca al día siguiente. Había margen para hacer cuentas y volver al banco con cifras y una propuesta concreta, no solo a pedir más tiempo.
—¿Qué necesitaría llevarles dentro de unas semanas para que se sienten a hablar de verdad?
—Una previsión seria, no buenas intenciones. Producción, costes, posibles ventas. Si además consigue un comprador o un distribuidor interesado en el vino, mucho mejor.
Isabel cerró la carpeta.
—Eso ya me sirve.
—Su padre venía aquí haciendo las mismas preguntas —comentó el notario—. No siempre le gustaban las respuestas, pero preguntaba hasta que entendía cada número.
La referencia a su padre la hizo detenerse.
—¿Venía mucho?
—Los últimos años, bastante. La finca llevaba tiempo dándole problemas.
Quiso preguntarle qué problemas habían sido, pero no quiso abrir ese tema con el notario. Volvió a mirar los papeles que quedaban sobre la mesa.
Salió con una carpeta que contenía una copia de las cuentas. Había ido a Barbastro en taxi, así que antes de volver a la finca alquiló un coche. No pensaba depender de un taxi cada vez que tuviera que ir al pueblo, al banco o a Barbastro.
Cuando entró en el patio, Mercedes estaba junto a la furgoneta del día anterior comprobando un albarán. Ginés iba descargando la parte trasera de la furgoneta.
—¿Qué ha dicho el notario? —preguntó Mercedes sin dejar de comprobar el albarán.
—Que vender ahora sería vender barato.
Mercedes hizo una marca con el bolígrafo en el papel.
—Eso ya lo sabíamos.
—Empiezo a darme cuenta de que aquí todo el mundo sabía cosas antes que yo.
Ginés soltó una risa mientras cerraba una de las puertas de la furgoneta.
—En eso consiste llevar muchos años en el mismo sitio.
Isabel lo miró. Era el hombre que había visto el día anterior.
—Usted es Ginés.
—Desde hace bastante tiempo, sí.
Mercedes le tendió el albarán para que lo sujetara mientras ella terminaba de contar.
—Raúl está en la bodega. Lleva toda la mañana revisando los depósitos y de mal humor, así que supongo que todo está normal.
—Gracias por el aviso.
—No era un aviso. Era para que luego no digas que no sabías dónde te metías.
Ginés volvió a reírse y Mercedes siguió con el albarán. Isabel entró en la bodega con la carpeta del notario todavía bajo el brazo.
Raúl estaba junto a uno de los depósitos de acero, comprobando una válvula y tomando notas en una libreta.
—El notario dice que si conseguimos sacar la cosecha y demostrar que hay ventas posibles, la finca vale más y tengo más margen con el banco.
—Ya lo sabía. Te lo dije ayer. —Raúl siguió escribiendo—. No hacía falta pagarle a un notario para que te confirmara lo mismo que te dije gratis.
—Necesitaba oírlo de alguien que no tuviera motivos para convencerme.
Raúl levantó la cabeza.
—¿Crees que te he mentido?
—Creo que tienes motivos para querer que la finca siga abierta. Tu trabajo depende de ello.
Dejó la libreta sobre el depósito.
—Claro que depende de ello. También el de Ginés y el de más gente. Pero si pensara que esto no tiene salida, te lo diría. No voy a pedirte que metas dinero y tiempo en una finca perdida solo para conservar mi puesto unos meses más.
—Entonces dime qué ves tú que yo todavía no estoy viendo.
Raúl apoyó una mano en el depósito.
—Que las viñas están bien, que tenemos cepas que otras bodegas pagarían por tener y que esta finca ha funcionado durante muchos años. También sé dónde estamos fallando. Lo que no sé es si habrá tiempo y dinero para arreglarlo.
Isabel miró el depósito y después volvió a mirarlo a él.
—¿Y por qué sigues aquí? —preguntó—. Podrías trabajar en una finca mayor, con más dinero y sin esperar a que una heredera decida si vende.
Raúl tardó unos segundos en contestar.
—Mi padre fue el capataz antes que yo. Empecé ayudándolo y, durante una temporada, me fui a trabajar fuera. Me ofrecieron quedarme allí, pero volví. Conozco estas parcelas, sé qué da cada una y qué problemas tiene.
—Eso no explica por qué volviste.
—Porque me gusta estar aquí, Isabel. No hay mucho más que explicar.
Era la primera vez que utilizaba su nombre desde la discusión del patio sin que sonara a reproche.
—Está bien. Las ocho semanas siguen en pie. Pero quiero saber qué hacemos y por qué. No voy a limitarme a firmar papeles mientras tú decides todo lo demás.
Raúl cogió otra vez la libreta.
—Mañana a las siete.
—¿Para qué?
—Para empezar por lo básico. Cómo se sabe cuándo una uva está lista para vendimiar.
—¿A las siete hace falta?
—A las siete hace menos calor. Y a esa hora ya llevaremos un rato trabajando.
—Dijiste a las siete.
—Y deberías aprender pronto que aquí, cuando alguien dice a las siete, conviene llegar un poco antes.
Isabel miró el reloj por pura costumbre.
—Muy bien. A las siete.
—Y trae calzado que pueda manchar.
—Eso no estaba en el trato.
—Tampoco estaba alquilar un coche y ya lo has hecho.
Isabel miró hacia la puerta de la bodega.
En el patio, Ginés acababa de arrancar la furgoneta y Mercedes seguía revisando papeles sobre el capó.
Al día siguiente tendría que levantarse antes de las seis y media para aprender a mirar una uva, mientras en Madrid su despacho empezaba una jornada normal sin ella.
Sacó el móvil y puso una alarma para las seis y cuarto.