La cosecha que nos quedaba Capítulo 1
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La cosecha que nos quedaba

La cosecha que nos quedaba

Por Angela Arco

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Capítulo 1

El taxi la dejó al principio del camino porque el conductor se negó a meter el coche por aquel tramo de tierra y piedra suelta.

Isabel hizo el resto a pie, arrastrando una maleta de ruedas que no estaba hecha para salir del asfalto, y llegó a la casa con los zapatos llenos de polvo y bastante peor humor del que traía al bajar del tren.

No había pisado aquel patio en diecisiete años.

La fachada seguía encalada, la glicinia de su padre continuaba creciendo por encima del porche y el banco de piedra estaba en el mismo sitio donde ella se sentaba de niña a esperar que él terminara de trabajar.

Habían cambiado algunas ventanas y la puerta de la nave era nueva, pero lo demás seguía allí, demasiado reconocible para alguien que llevaba años procurando no pensar en aquel lugar.

Antes de llegar a la casa había oído un tractor al otro lado de las viñas.

En el patio había una furgoneta con las puertas abiertas y dos cajas de botellas junto a la entrada de la bodega.

Un hombre mayor salió de la nave, la miró y la saludó con la cabeza antes de seguir cargando la furgoneta.

Isabel respondió por educación, aunque no consiguió recordar quién era.

—Ya era hora.

La voz venía de la puerta de la bodega. Isabel se giró y reconoció a Mercedes. Tenía más canas y la cara algo más marcada que diecisiete años atrás, pero seguía llevando un trapo colgado de la cintura y mirándola de frente, sin disimular lo que pensaba.

—Mercedes.

—Todavía te acuerdas. Veinte años aquí dan para mucho. Si entra un proveedor, falta un papel o algo cambia de sitio, me entero. —Mercedes no dejó de mirarla—. Has tardado tres semanas en venir a ver lo que dejó tu padre.

—Tenía casos en el despacho que no podía dejar de un día para otro.

—Claro. —Mercedes miró la maleta—. ¿Y has venido con maleta grande o con maleta de quien ya sabe que se va a ir pronto?

Isabel iba a contestar cuando Mercedes levantó una mano hacia la furgoneta.

—Esas dos cajas no, Ginés. Las de la pared son las que salen mañana.

El hombre que estaba cargando se dio la vuelta, cambió de rumbo sin discutir y desapareció otra vez dentro de la nave. Mercedes volvió enseguida a Isabel.

—Decías.

—Que todavía no he decidido cuánto tiempo voy a quedarme.

En ese momento salió un hombre de la bodega, secándose las manos con otro trapo y con la camisa de trabajo pegada a la espalda por el calor.

Isabel lo reconoció enseguida. Habían pasado diecisiete años, pero seguía moviéndose de la misma manera y todavía tenía aquella costumbre de plantarse delante de alguien sin apartar la mirada.

—Raúl.

—Isabel. —No sonrió ni le tendió la mano—. Cuánto tiempo.

—Diecisiete años.

—Y yo llevo veinticinco años vinculado a esta finca. Soy el capataz. Imagino que ya sabrá por qué la hemos estado esperando con tantas ganas.

—Raúl, tutéame. Nos conocemos desde que éramos pequeños.

Raúl aceptó el tuteo sin comentar nada.

—Vengo a poner en orden lo de la herencia. Es lo que corresponde hacer.

—Poner en orden. —Raúl repitió las palabras y negó con la cabeza—. Qué forma tan elegante de decir «vender».

Isabel apretó la mandíbula. Esperaba preguntas, incluso algún reproche, pero no que la recibieran así antes de haber dejado la maleta.

—No he dicho que vaya a vender.

—No hace falta que lo digas. —Mercedes se cruzó de brazos—. Se te nota en la maleta y en ese «poner en orden». Has venido pensando en marcharte cuanto antes.

—Con todo el respeto, no me conocéis. Ni sabéis lo que he decidido.

—Con todo el respeto —contestó Raúl, copiándole el tono—, te conocíamos antes de que te fueras. Jugabas ahí mismo, entre esas barricas, mientras tu madre y la mía se sentaban en ese banco a hablar durante horas. Han pasado diecisiete años, pero aquí no eres una desconocida.

La mención de su madre la pilló desprevenida.

Recordó una tarde de verano, dos mujeres hablando en el banco y a Raúl corriendo detrás de ella entre las barricas.

El recuerdo desapareció casi tan rápido como había aparecido y la devolvió al patio, a la deuda y a la carta del banco que llevaba doblada en el bolso, con la fecha límite subrayada.

—Esa niña no tenía que pagar una deuda ni decidir el futuro de una finca. Yo sí.

—Entonces hablemos de la deuda. —Raúl se cruzó de brazos y se quedó al lado de Mercedes—.

Si lo único que te importa es el dinero, también hay que hacer bien las cuentas.

Puedes vender deprisa a la primera inmobiliaria o a una bodega grande que venga a comprar barato, o puedes intentar que esto vuelva a producir y negociar después desde otra posición.

—El banco no me ha dado tiempo para experimentos y yo tengo un despacho en Madrid esperándome.

Raúl la miró un momento, pero no insistió.

—Entonces entra, deja la maleta y mira las cuentas. Después hablamos.

La respuesta la sorprendió más que otra discusión. Mercedes señaló la casa con la cabeza.

—Tu habitación está como la dejamos cuando murió tu padre. Más limpia, eso sí.

Isabel cogió la maleta y la siguió. Al cruzar la puerta reconoció el recibidor, la escalera de madera y el aparador donde su madre dejaba las llaves. El olor era distinto, una mezcla de casa cerrada, café y productos de limpieza, pero no tanto como habría querido.

Mercedes subió delante de ella y abrió la habitación del fondo.

—He cambiado las sábanas esta mañana.

—Gracias.

—No me las des todavía. Primero decide cuántos días vas a usarlas.

Dejó a Isabel sola antes de que pudiera contestar.

Ella puso la maleta junto al armario y se sentó un momento en el borde de la cama.

Durante aquellas tres semanas había pensado en la finca casi siempre como un asunto que resolver.

En Madrid todo cabía dentro de una carpeta: préstamo, finca, valor de venta, impuestos.

Allí tenía una habitación preparada, trabajadores entrando y saliendo y el sonido de un tractor al otro lado de la ventana.

No deshizo la maleta. Bajó con el portátil y pidió a Mercedes que le enseñara dónde guardaban las cuentas.

—En el despacho de tu padre.

Isabel se detuvo al pie de la escalera.

—¿Sigue igual?

—Casi. Los papeles del último año están ordenados. Los demás tendrás que mirarlos tú.

El despacho estaba en la planta de arriba, al otro extremo del pasillo. La mesa seguía junto a la ventana y la silla de su padre conservaba una marca oscura en uno de los brazos. Isabel dejó el portátil sin sentarse y abrió la primera carpeta.

Pasó buena parte de la tarde revisando recibos, pagos a proveedores, nóminas, facturas pendientes y los movimientos del préstamo.

La deuda no era una sorpresa; las cantidades sí.

Había gastos que conocía por la documentación de la herencia y otros que no había visto con ese detalle: combustible, reparaciones, botellas, etiquetas, tratamientos, seguros, jornales.

Cada pocas páginas aparecía un nombre que no conocía o uno que recordaba de la infancia.

Mercedes entró una vez con café y un plato con pan y queso.

—No tengo hambre.

—No te he preguntado.

Dejó el plato junto al portátil y se marchó.

A través de la ventana, Isabel vio a Ginés mover la furgoneta y después entrar en la nave. Más tarde llegaron dos personas que no había visto al bajar del taxi. Una hizo una entrega y la otra habló unos minutos con Mercedes antes de marcharse. Raúl cruzó el patio varias veces sin subir al despacho.

Cerca de las ocho, Isabel cerró la última hoja de cálculo. Tenía la cabeza cargada de cifras y tres páginas de notas. Bajó a la cocina para buscar agua y encontró a Mercedes guardando unas tazas.

—¿Cuánta gente trabaja aquí?

Mercedes abrió un armario.

—Depende de la época.

—Ahora.

—Fijos, pocos. Luego están los que vienen para poda, tratamientos, vendimia, transporte y lo que haga falta. Y los proveedores, que también cobran de que esto siga funcionando.

Isabel apoyó las manos en la encimera.

—No te he preguntado cuánta gente vive de la finca.

—Ya. Pero es la pregunta que viene después.

Isabel cogió una botella de agua y salió al patio. El calor había bajado y la sombra de la casa cubría ya buena parte del suelo. Raúl estaba cerrando una de las puertas de la bodega.

—¿Has terminado? —preguntó él.

—Por hoy.

—¿Y?

—Que la deuda es peor cuando ves todo lo que hay detrás.

Raúl dejó las llaves en el bolsillo.

—También es peor vender deprisa cuando el comprador sabe que necesitas hacerlo.

—Mañana tengo cita con el notario.

—Bien.

—Quiero saber exactamente cuánto margen tengo antes de decidir nada.

Raúl se apoyó en el muro de piedra.

—Eso sí me parece sensato.

Isabel lo miró.

—Esta mañana estabas bastante menos amable.

—Esta mañana llevabas la maleta en la mano y hablabas como si ya hubieras puesto el cartel de se vende.

—Y tú hablabas como si pudieras decidir por mí.

—No puedo.

Por primera vez desde que había llegado, ninguno de los dos parecía dispuesto a seguir discutiendo solo por llevar la contraria.

Raúl miró hacia las viñas antes de continuar.

—Dame ocho semanas.

Isabel frunció el ceño.

—¿Ocho semanas para qué?

—Una cosecha. Para que veas qué hay de verdad aquí y qué podemos sacar adelante. Si al final de la vendimia sigues queriendo vender, vendes y no vuelvo a insistir. Pero decide después de conocer la finca, no después de leer una carta del banco en Madrid.

Isabel volvió a pensar en las carpetas que acababa de cerrar, en las nóminas, en Ginés entrando y saliendo de la nave y en las personas que había visto llegar durante la tarde.

—Es mucho tiempo.

—No hace falta que abandones tu despacho durante todo ese tiempo. Hace falta que estés aquí lo suficiente para entender qué estás vendiendo.

—¿Y tú estás seguro de que una cosecha puede cambiar algo?

—No. Estoy seguro de que vender ahora, sin intentarlo, te deja en la peor posición.

Aquello le resultó bastante más creíble que una promesa de salvar la finca.

Isabel miró la casa, la glicinia, el banco de piedra y la entrada de la bodega. Ese plazo no garantizaba nada, pero podía darle cifras mejores para negociar y tiempo para entender qué había heredado antes de desprenderse de ello.

—Ocho semanas —dijo—. Pero no prometo quedarme con la finca.

—Nadie te ha pedido eso.

—Y no pienso pasar ese tiempo encerrada con las cuentas.

Raúl asintió.

—Mejor.

Mercedes apareció en la puerta de la casa.

—Si habéis terminado de discutir, la cena lleva diez minutos en la mesa.

—No estábamos discutiendo —dijo Isabel.

Mercedes miró a Raúl y después a ella.

—Claro.

Raúl sonrió por primera vez desde que Isabel había llegado y entró en la bodega a apagar las últimas luces.

Isabel permaneció un momento en el patio. La maleta seguía arriba, cerrada, pero ya no estaba en su mano. Había llegado pensando que solo tenía que revisar unas cuentas, decidir si vendía y regresar a Madrid. Ahora, al menos, sabía que antes de decidir tendría que mirar algo más que una deuda.