Capítulo 39
El consejo que gobierna Marenthel mientras Aldric crece se reúne por primera vez en la sala de las cuadras, porque la Antecámara de Brasas es ahora un cráter de ceniza tibia que nadie se atreve a pisar todavía, y a mí me hace una gracia amarga que el reino se decida en el sitio donde Renko cantaba, entre el olor a paja y a caballo, en vez de bajo un dosel calcinado.
Es más honrado. Aquí no se quema a nadie. Aquí solo se trabaja.
Aldric preside desde un taburete porque es lo único de su tamaño, once años y un reino encima, y a su lado tiene a Hadiel, que el consejo nombró regente de palabra aunque el viejo no quiso ningún título, solo el de archivero, "que ya he corregido bastantes fechas en mi vida como para empezar a equivocarme con las de los vivos".
El niño firma los decretos que de verdad son buenos y rompe los que no, y cada vez que le ponen un papel delante pregunta "¿es verdad que esto ayuda a la gente?
", y solo firma si alguien le convence de que sí.
Es el mejor sistema de gobierno que ha tenido esta corte en cuarenta años: un crío que no se cree nada hasta que se lo prueban.
Hadiel huele entrar a cada consejero antes de que hable y le acierta el ánimo, lo cual desconcierta a los nobles, que no están acostumbrados a que les lean la cara sin verla.
A uno que llegó con un decreto torcido bajo el brazo lo paró nada más cruzar la puerta.
Hueles a favor que pides para ti y dices que es para el reino, le dijo, sin levantarse, y corrigió enseguida, obsesivo: el veintinueve del mes del deshielo, no, el treinta, ya es treinta, hoy empieza el deshielo de verdad.
El noble se fue con su decreto torcido sin que nadie lo desmintiera, porque a Hadiel no se le miente, no merece la pena.
Es lo que le faltaba a esta corte: alguien ciego que ve a la gente por dentro, sentado al lado de un crío que no firma sin pruebas.
Entre los dos no van a hacer un reino perfecto.
Pero van a hacer uno que no quema a nadie, y eso, en Marenthel, es empezar de cero.
La primera decisión del consejo fue qué hacer con los guantes.
Las veinte manos forradas de muertos. La gente quería quemarlas, claro, que es lo que esta corte sabe hacer con todo.
Pero Hadiel dijo que no, que dentro de cada mechón hay una persona que la corte dio por perdida y una familia que merece saber dónde acabó, y que se devolverían uno a uno a quien los reclamara, para enterrarlos con nombre.
Lo de Bedda ya lo hicieron. Su madre vino de su pueblo, que resulta que sí tenía pueblo, a recoger un mechón de pelo castaño con una cinta de criada todavía atada, y se lo llevó a enterrar bajo un árbol gris de Sarn, para que renaciera en algo.
No es justicia. Pero es nombre. Y a la gente que esta corte borró, devolverle el nombre es lo más cerca de la justicia que vamos a llegar.
— ¿Es verdad que ya no tengo que esconder el sello en la bota? — me pregunta, al acabar el consejo, mientras los demás salen.
— Es verdad. Ahora el sello es tuyo. Lo usas tú.
— ¿Y si firmo algo malo sin querer?
— Para eso está Hadiel. Y para eso estoy yo. — Le revuelvo el pelo—. No te vamos a dejar solo, Aldric. Nunca más vas a firmar nada con miedo.
Asiente, despacio, y se guarda el sello en el bolsillo en vez de en la bota, que es su manera de decir que se lo cree.
En los márgenes del decreto que tiene delante ya no hay mapas de huida.
Hay un dibujo del jardín de ceniza con brotes verdes.
El niño ha dejado de dibujar por dónde escapar y ha empezado a dibujar lo que crece.
No se lo digo, porque nombrarlo lo asustaría, pero lo guardo.
A Mira la encuentro en el ala de los sanadores, sentada en la cama, afilando su cuchillo de repuesto porque el suyo se lo dio a Theron y una cazadora sin cuchillo que afilar no sabe qué hacer con las manos.
Está pálida todavía, la rama ajena que asumió le cobró cuarenta días de obediencia de golpe y casi la mata, pero está sentada, y afila, y eso en Mira es estar bien.
— Doncella — dice, porque me llama por lo que fui, no por el nombre, nunca por el nombre—. Has venido a darme las gracias. No lo hagas. Las gracias me sobran.
— No venía a eso. — Me siento en el borde de la cama—. Venía a preguntarte qué vas a hacer ahora. Sin Orden. Sin Sibel.
Sibel huyó la Noche del Deshielo, cuando vio caer a la reina y supo que su tablero entero se había vuelto ceniza. Nadie la persigue. Un mentor con doble agenda que se queda sin las dos agendas ya no amenaza a nadie: es una vieja contando monedas viejas en algún camino del norte, y que las cuente.
Mira deja de afilar un momento.
— No lo sé — dice, y se la ve costarle admitirlo, porque Mira siempre sabe—.
Llevo veinte años obedeciendo. Liberé a tu cazador y de paso me liberé yo, solo que él tenía a alguien a quien quedarse y yo no.
— Vuelve a afilar—. A lo mejor me quedo.
Este reino va a necesitar a alguien que sepa cazar lo que queda suelto de la reina.
Hay cosas en esos guantes que conviene que no encuentre la gente equivocada.
— Me mira de reojo—. O a lo mejor me voy.
Aún no he elegido. Es la primera vez en mi vida que tengo que elegir algo, doncella, y resulta que cuesta más que obedecer.
Por eso afilo. Para no pensarlo todavía.
— Tómate el tiempo — digo—. Aquí ya nadie tiene prisa por nada.
Algo se le mueve en la comisura, no llega a sonrisa, y vuelve a su cuchillo, y la dejo afilando, que es como Mira dice gracias y adiós a la vez.
A Tassia la encuentro en lo que queda de la Botica del Tinte Verde, que la redada de la reina dejó medio desvalijada y que ella está rehaciendo a manotazos, con los dedos verdes a la vista por primera vez sin esconderlos de nadie, porque ya no hay nobles a quienes esconderlos ni reina que la queme por tener las manos del color de su oficio.
Cuando me ve entrar suelta el mortero y me jura por cuatro hierbas inventadas y me agarra las muñecas para verme las marcas, que ya están sanando, y solo cuando comprueba que voy a vivir me suelta y vuelve a su mortero, porque Tassia no abraza, Tassia comprueba.
— Enterramos a Renko en Sarn — dice, sin levantar la vista del mortero—.
Bajo un árbol gris. Theron y Orin lo bajaron.
Tú estabas haciéndote la muerta en una cámara, así que lo hicimos sin ti.
— Machaca algo verde con más fuerza de la que hace falta—.
El árbol ya tiene un brote. Lo fui a ver.
Por la ruda y la madre que la parió, el crío renace en algo, como dijo.
En un brote tonto de un árbol gris. — Le tiembla la voz, y la tapa machacando—.
Es lo que hay. En este reino lo que se quema vuelve verde. No es justicia. Pero es algo.
No le digo nada falso. Le pongo la mano fría sobre la suya verde, sobre el mortero, y se la sostengo un momento, y eso es lo que nos decimos.
A Velora la tienen en una celda del ala vieja, la misma de la que yo salí a fuego, solo que a ella no hace falta atarla con cuerda de ceniza porque ya no le queda don que atar.
Es una anciana ahora, de verdad, los cuarenta años que no pagó cobrados todos de golpe la Noche del Deshielo.
No reconoce a nadie. Pregunta por gente que lleva décadas muerta, llama a criadas con nombres de mujeres a las que ella misma redujo a ceniza, y a veces, en mitad de la noche, los guardias la oyen tararear una cantinela de cuna que no es suya, que le robó a alguien, y que ahora se le ha quedado pegada vacía, sin saber de quién era.
Fui a verla una vez. Una sola. Me miró sin reconocerme y me preguntó, con la dulzura intacta porque la dulzura era lo único de verdad suyo, si yo era su niña.
No le contesté. No por crueldad. Porque no había respuesta.
La mujer que me sembró la culpa ya no existe; en su sitio hay una anciana que tararea a mi madre sin saberlo.
No la perdono. No hay nada que perdonar a quien ya no es. La dejo tararear.
Orin Velmar sigue de capitán de la guardia, porque alguien tiene que serlo y porque un hombre que deja puertas sin trancar para que la gente buena escape es exactamente la clase de capitán que esta corte necesita ahora que ya no hay nadie a quien escapar.
Lo encontré arreglando la cerradura de la poterna de servicio, la que dejó sin trancar tantas noches, y le pregunté si por fin iba a echarle el cerrojo bueno.
Silbó bajo, esa nota de antes de mentir, y dijo que no, que una poterna que se atranca del todo es una corte que vuelve a encerrar gente, y que él la prefería floja, por si acaso, suele convenir.
Lo dijo mirando al frente, con la oreja partida ladeada hacia mí, fingiendo que no le importaba.
A Orin las gracias le sobran. Le toqué el codo al pasar, un instante, como en la plaza, y seguí.
Salgo de la botica al atardecer y cruzo el patio de las cuadras camino del ala vieja, y por una vez Vael Antir no me parece una corte traicionera de la que contar las salidas, me parece un sitio en obras, lleno de gente que rehace lo que la reina rompió, gris todavía pero con verde asomando por los bordes.
Theron me espera en el arco, con el cuchillo de Mira al cinto, esperando a que decida yo el primer paso porque eso sí lo aprendió, que conmigo el primer paso lo doy yo. Voy hacia él.
Y entonces entra el jinete por la poterna del norte.
No es de Hieln. La librea no la conozco, ni el blasón, una flor de hielo sobre campo gris que no he visto en ninguna corte de las que cuenta esta parte del mundo.
Viene reventado de camino, el caballo cubierto de barro del deshielo, y pregunta por el portador de ceniza de Vael Antir, por la mujer que derribó a una reina devolviéndole sus muertos, porque la historia ya ha cruzado fronteras, claro que ha cruzado, las historias que la gente no controla son las que se cuentan durante años y a leguas.
Desmonta. Se acerca. Trae un sello lacrado y una voz cansada de muchas leguas, y dice lo que ha venido a decir desde un reino cuyo nombre no me suena de nada, un reino lejano del que solo sé que existe porque acaba de llamar a mi puerta:
— Mi señora ha oído lo que hicisteis aquí — dice—.
Que una portadora de ceniza derribó a la que robaba memoria, sin volverse ella la que roba.
— Traga el polvo del camino—. Os busca porque tenemos el mismo problema y ninguna respuesta.
En mi corte hay otra. Otra como vos. Y nadie sabe enseñarle a pagar el precio sin perderse, ni a usarlo sin volverse el monstruo.
— Me tiende el sello lacrado—. Sois la única que ha encontrado el modo. ¿Vendréis?