Capítulo 38
La primera noche que paso entera en el cuarto del ala vieja sin esperar que nadie venga a quemarme, a entregarme o a contarme quién soy, no sé qué hacer con tanta quietud, así que me quedo sentada en el alféizar mirando cómo el deshielo gotea de los aleros y cuento las gotas en vez de las salidas, que es lo que hago ahora cuando el cuerpo necesita contar algo y ya no necesita huir.
Theron está dentro, encendiendo el brasero, y lo oigo moverse sin hacer crujir nada, como siempre, y por primera vez ese silencio suyo no me pone en guardia.
Me sosiega. Es el silencio de alguien que se ha quedado, no de alguien que acecha.
— Ven adentro — dice—. Hace frío en el alféizar.
— Me gusta el frío. Tengo las manos frías desde siempre. — Pero entro, porque entrar es lo que elijo, y cierro la ventana, y el cuarto se queda en penumbra naranja del brasero.
Esta noche es distinta a las otras dos. La de Renko fue de las que se hacen cuando el día rompe y solo quedan dos cuerpos en pie.
La de la celda no llegó a noche, fue una hora robada al miedo.
Esta no se la roba a nada. No hay reina que nos espere, no hay rama que le arda a él, no hay coste agazapado en el rincón del cuarto.
Por primera vez los dos estamos enteros y libres y sin nada que nos cobre estar juntos, y eso, que debería ser lo más fácil, me da un pudor nuevo, el de no tener ya ninguna urgencia detrás de la que esconderme.
Porque la urgencia era una tapa. Las dos veces anteriores había algo persiguiéndonos, y ese algo me servía de excusa: me dejaba ir hacia él como quien se tira a un río huyendo de un incendio, sin pararme a pensar que me estaba dejando ver.
El miedo de fuera me tapaba el miedo de dentro.
Y ahora no hay fuera. Ahora solo está esto, un cuarto en penumbra, un hombre que se quedó sin que nada lo obligara, y yo, que tengo que cruzar la habitación hacia él sabiendo que no me empuja nada, que si lo hago es porque quiero, y querer a la vista, sin excusa, es lo más desnudo que se puede estar.
Theron lo nota. Lo nota todo.
— No tenemos que — empieza.
— Quiero. — Le pongo la mano fría en el pecho, donde antes le ardía la rama y ahora solo le late el corazón—. Es que no sé hacerlo sin prisa. Las dos veces había algo persiguiéndonos. No sé cómo es cuando no nos persigue nada.
— Despacio — dice, y es lo más largo que dice en un rato.
Me desnuda como me desnudó la noche de Renko, capa por capa, dedo a dedo, como se quita el guante, pero esta vez no hay nada de duelo en sus manos, solo tiempo, todo el tiempo del mundo, el que esta corte usaba para esperar a sus víctimas y que ahora es nuestro para esto.
A cada capa que cae me mira la piel que aparece, y yo le sostengo la mirada porque ya aprendí que mirarse es lo más difícil y lo único que sirve.
Le veo las cicatrices blancas de los nudillos, los juramentos viejos sellados en la piel, y le tomo la mano y le beso uno por uno los nudillos partidos, igual que él me besa a mí los sitios donde el don me ha gastado, y le digo sin decirlo que sus marcas tampoco me dan miedo, que las quiero enteras, que un cuerpo marcado es un cuerpo que ha pagado por algo y los dos hemos pagado por todo.
La franja gris se me derrama sobre el hombro cuando me suelta la trenza.
Él la recoge entre los dedos, la mira, y esta vez no la besa como se besa la parte que duele, la besa como se besa lo que ya no duele, porque los dos sabemos lo que es: la cuenta de todo lo que he pagado, y la pagué eligiendo, y no la escondo bajo ninguna trenza nunca más.
— Ya no la escondes — dice, contra mi pelo de ceniza.
— Ya no. — Le hundo los dedos en el pelo corto—. Tú me enseñaste que esconder lo que pagas no quita el precio, solo te deja más sola con él.
Me lleva al jergón sin prisa, y la diferencia con las otras veces la noto en el cuerpo entero: no hay nada apretado, nada robado, nada que aguantar a dientes apretados para que el momento no se escape.
Me besa el cuello, la línea de la mandíbula, la sien gris, baja la boca por el pecho nombrando con los labios lo que no nombra con la voz, y yo me dejo nombrar, abierta, sin guardar una mano libre para huir, sin contar las salidas del cuarto, porque por primera vez no quiero ninguna salida, quiero quedarme exactamente aquí, debajo de él, vista entera, sin ceniza agazapada que vaya a cobrarme esto después.
Le recorro la espalda con las manos negras y él no se aparta, nunca se aparta, y eso sigue siendo lo que me deshace después de todo lo que hemos pasado: que las manos que reducen reinos a ceniza puedan posarse sobre la piel de un hombre y que el hombre no se encoja.
Le toco las cicatrices de los nudillos, los juramentos viejos, y él me toma una mano y se la lleva a la boca y me besa la palma agrietada, el sitio por donde me sube el don, como quien besa la herramienta y no le tiene miedo.
Toda la vida me dijeron que lo que tengo en las manos era un monstruo del que el mundo huiría.
Y aquí está un hombre besándomelo, despacio, a la luz del brasero, sin huir a ninguna parte.
Cuando me toca entre las piernas lo hace mirándome la cara, leyéndome el sí en los ojos antes de que el cuerpo se lo diga, y yo se lo digo con el cuerpo y con la boca a la vez, su nombre, despacio, no apretado entre los dientes como las otras veces sino entero, dado, Theron, y él me lo devuelve, Nieve, contra la piel, y los dos nombres se dicen en alto en la penumbra naranja como dos cosas que elegimos no soltar.
Me arquea contra su mano, un dedo cuidadoso, dos, y esta vez no aprieto los dientes ni aguanto ni me preparo para que me lo quiten, esta vez me dejo subir entera, despacio, con la boca abierta y los ojos en la suya, porque él me pidió hace dos noches que no cerrara los ojos y ya no los cierro, ya no me escondo ni de mí misma.
Cuando entra en mí lo hace sin prisa, llenándome, y nos quedamos un momento quietos los dos, mirándonos, sintiéndonos, antes de movernos, como si necesitáramos asegurarnos de que esto es de verdad, de que no nos persigue nada, de que tenemos permiso para tardar.
Y tardamos. Nos movemos despacio, el calor subiendo, y el calor esta vez no es el del don, no cobra nada, no me roba ningún recuerdo, me los da, me devuelve la sensación de que un cuerpo puede ser un sitio donde quedarse para siempre en vez de una salida que contar.
Le clavo los dedos en la espalda. Él apoya la frente en mi sien gris, el aliento roto en mi pelo de ceniza, y dice mi nombre cada vez más hondo, Nieve, Nieve, como quien repite lo único que no piensa olvidar.
Llego con su nombre en la boca, sin dientes apretados, dada del todo, y él se deshace conmigo un latido después, sosteniéndome la mirada hasta el final porque ya ninguno de los dos se esconde, y nos quedamos quietos, enredados, su mano desnuda sobre mi corazón, la mía sobre los nudillos cicatrizados de su brazo, dos cosas que alguien quemó de pequeñas y que han aprendido a arder juntas sin que el fuego cobre nada.
Me quedo escuchándole el pulso volver a la calma bajo mi oreja.
Es raro estar así, sin contar las salidas, sin guardar nada para huir, con todo el cuerpo entregado a un sitio del que no quiero saber por dónde se sale.
Toda la vida he dormido con un ojo en la puerta.
Esta noche tengo los dos cerrados y la puerta a la espalda y no me importa, porque por primera vez la habitación entera es la salida que elijo, la única, esta, la del cuerpo de un hombre que no aparta los ojos.
— ¿En qué piensas? — pregunta él, que ahora también pregunta, que se le ha pegado mi manera igual que a mí se me pegó la suya de callar.
— En que no estoy contando las salidas — digo—. Y en que no me da miedo no contarlas. Eso es nuevo.
— Lo sé. — Me aparta la franja gris de la cara—.
Llevas toda la noche sin contar. Lo he notado.
— Una pausa—. Yo las he contado por los dos.
Dos. Por si acaso. — Algo se le mueve en la comisura, no llega a sonrisa—.
Todavía no se me ha quitado del todo. Tú dejas de contar y yo empiezo. Nos turnamos.
Después, con la vela consumida y el deshielo goteando fuera, le cuento lo que no le he contado a nadie:
— Hay cosas que no van a volver — digo, contra su pecho—.
El taller de mi padre lo pagué por el retrato y no vuelve.
La cara de mi madre la pagué por reclamarla a ella de los guantes y solo me queda en pintura, ya no la tengo dentro.
Calles enteras donde viví son huecos. — Trago—.
Voy a vivir con huecos toda la vida, Theron.
El don no devuelve lo que cobra. Eso no se arregla.
Theron no me dice que sí volverán. No me miente. Me da la cosa por su nombre exacto, que es lo único que me sirve:
— No vuelven — dice—. Pero lo elegiste tú.
Eso cambia el hueco. Un hueco que te abrieron a la fuerza duele de una manera.
Un hueco que abriste tú para guardar otra cosa duele de otra.
— Me aprieta más fuerte—. El primero te deja víctima.
El segundo te deja dueña. Tú eres dueña de tus huecos, Nieve. Los elegiste uno a uno.
— Tú también tienes huecos — digo, contra su pecho—. Dieciséis años sin nombrar a nadie. Eso es un hueco. Todos los nombres que no dijiste por miedo a perderlos.
— Sí. — No lo esquiva—. Pero esos los abrió el miedo, no yo.
Tú me has enseñado la diferencia. — Una pausa—.
Mi hermana se llamaba Aenor. Llevo dieciséis años sin decir su nombre en alto porque decirlo me la devolvía y devolvérmela me la volvía a quitar.
— Lo dice despacio, y la voz no se le rompe pero se le pone fina—.
Aenor. Ya está. Lo he dicho. No se me ha muerto otra vez al decirlo.
Tú tenías razón en eso también: callarse el nombre no salva a nadie.
Solo te deja más solo cuando ya se han ido.
Me quedo callada contra su pecho, porque cuando algo me importa de verdad me callo, y esto me importa: que no me prometa que lo perdido vuelve, que me deje quedármelo perdido y elegido.
Fuera, el agua del deshielo corre por los canalones, soltando el invierno gota a gota, y en algún sitio del jardín de ceniza los brotes grises asoman verdes por la punta, porque en este reino lo único que renace es lo que ardió.
No todo vuelve. Mi madre no vuelve, ni el taller, ni las calles, ni Renko que cantaba descalzo. Eso se queda perdido y se queda doliendo, y voy a llevarlo encima como llevo la franja gris, a la vista, sin esconderlo.
Pero lo que elegí guardar se queda. Theron se queda.
La voz de mi madre se queda, la cantinela de cuna que aparté antes que nada.
Y un cuerpo que se ha quedado a mi lado sin que ninguna rama lo obligue se queda más fuerte que cualquier juramento, porque lo único de verdad mío es lo que alguien elige no soltar cuando podría.