La corte de las cenizas Capítulo 37
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Capítulo 37

El deshielo empieza al amanecer, tres días después de que la Antecámara ardiera, y lo sé porque me despierto en la cama de un cuarto del ala vieja con el sonido del agua corriendo por los canalones, el hielo del invierno soltándose de los aleros gota a gota, y a Nieve dormida contra mi costado con la franja gris derramada sobre mi brazo.

No tengo rama que me arda. No tengo orden que me llame.

No tengo nada que me diga qué hacer con la mañana, y eso, que debería ser lo más fácil del mundo, es lo que me tiene despierto desde antes de que cante el primer pájaro.

Llevo veinte años obedeciendo. A los nueve me vendieron a la Orden y desde entonces siempre ha habido una voz por encima de la mía diciéndome adónde ir, a quién cazar, cuándo volver.

Sibel me lo metió en el cuerpo a golpes: un cuchillo no decide, un cuchillo se empuña.

Y ahora no hay mano que me empuñe. Mira me liberó la rama, está convaleciente en el ala de los sanadores, viva y más dura que yo como prometió, y con ella se llevó la última correa que me ataba a algo.

Soy libre. Por primera vez en veinte años nadie me dice a quién pertenecer.

Y resulta que la libertad pesa más que cualquier juramento, porque un juramento al menos te dice quién eres. Quítale la orden a un cuchillo y ¿qué queda? Un trozo de hierro afilado que ya no sabe para qué se afiló.

Me incorporo despacio para no despertarla.

La miro dormir, que es algo que no me había permitido hacer hasta ahora, mirarla sin que me mire, sin medir, sin contar.

Tiene la cara distinta desde la Noche del Deshielo.

Más limpia. Como si al derribar a la reina se hubiera derribado también algo que llevaba puesto por dentro, la culpa que le sembraron de cría, el peso de creerse el monstruo.

Pero hay otra cosa en su cara, y esa me la miro con el miedo viejo de cazador, el de oler lo que no quiero encontrar: hay huecos.

Pagó mucho esa noche. Devolvió forma a cada muerto de los guantes de Velora, reclamó cuarenta años de memoria robada, y cada hilo que le arrancó a la reina le costó uno suyo.

La he visto buscar cosas estos tres días y encontrar el sitio vacío.

Una calle. Una receta. El nombre de una criada que la cuidó de niña.

La encontré sobre las ruinas del trono con las manos negras hasta el codo y el pelo de ceniza al aire, entera, lo peor de ella a la vista de los dos reinos, y la nombré.

En alto. Sobre la corona que había derribado.

Y ella me miró como nadie me ha mirado nunca, como se mira a quien no aparta los ojos, y por un instante no hubo huecos ni cuentas ni juramentos, solo dos personas a las que alguien quemó de pequeñas, mirándose a la cara sobre un montón de ceniza tibia.

Llevo tres noches viviendo de ese instante.

Y llevo tres noches con miedo de que ese instante haya costado el siguiente, de que ella se gastara, abriendo aquella corte, el recuerdo de cómo me miró al derribarla.

Y por eso no duermo. Porque tengo miedo de la pregunta que llevo tres días sin hacerme en alto: ¿cuánto de mí pagó?

Cuando devolvió a su madre, cuando quemó el trono, cuando reclamó a los muertos uno a uno, ¿qué soltó de lo nuestro?

¿Sigue entera la primera noche, la bodega, el beso con filo?

¿Sigue sabiendo por qué crucé una poterna sin trancar con el corazón ardiéndome?

Una mujer que paga en recuerdos puede querer a alguien y no acordarse de por qué, y eso, a un hombre que se pasó dieciséis años sin nombrar a nadie por miedo a perderlo, le da más pavor que cualquier rama clavada en el pecho.

Llevo toda la vida sin elegir porque elegir es arriesgarse a perder lo elegido.

Es lo que me enseñó la Orden sin querer: si no te quedas con nada, no pierdes nada.

Entregué a mi hermana porque me lo mandaron y durante años me dije que la culpa era de quien lo mandó, no mía, porque yo solo obedecí.

Mentira cómoda. La obedecí. Y luego pasé dieciséis años sin volver a quererme a nadie, no por castigo, por cobardía: querer es elegir y elegir es perder, y yo ya había perdido demasiado para volver a apostar.

Fui a ver a Mira ayer, al ala de los sanadores.

Está blanca, todavía, la rama ajena que asumió por mí la dejó hecha jirones por dentro, pero está sentada y afila un cuchillo nuevo porque el suyo me lo dejó a mí, y una cazadora sin cuchillo que afilar no sabe qué hacer con las manos.

Le pregunté por qué lo hizo. Me respondió con el rango, capitán, le dije, no me llames capitán, y ella, por una vez, lo dejó pasar.

Lo hice porque tú elegiste a la doncella y mírate, me dijo.

Roto, pero entero. Yo no he elegido nada en mi vida salvo a quién obedecer.

Y eso no es elegir, eso es escoger amo. Cuando me preguntó qué iba a hacer ahora con mi libertad, no supe responderle.

Sigo sin saberlo. Por eso estoy despierto antes del alba contando salidas de un cuarto del que no quiero salir.

Nieve abre los ojos.

No de golpe. Despacio, como se despierta quien por fin duerme sin una mano libre para huir.

Me mira. Y yo aguanto la respiración, porque este es el momento, el que llevo tres noches temiendo: la cara que pone cuando me ve.

Si me ha pagado, si soy un hueco para ella, lo voy a ver ahora, en el primer segundo, antes de que disimule.

— Estás despierto — dice. La voz de mañana, ronca—. Llevas despierto un rato. Lo noto.

— ¿Cómo lo notas?

— Porque cuentas. — Se estira, y la franja gris se le mueve sobre la almohada—. Te has pegado mi tic. Cuentas las salidas del cuarto cuando algo te preocupa. Llevas toda la noche contando. — Me mira—. ¿Cuántas hay?

— Dos.

— ¿Y qué te preocupa?

Y ahí está. La pregunta directa, la que ella siempre esquiva y que ahora me devuelve a mí.

Podría esquivarla. Llevo veinte años esquivando lo que siento porque sentir es de cuchillos malos.

Pero me liberaron la rama y con ella se fue la excusa, y un hombre libre no tiene dónde esconder lo que le pasa.

— Tengo miedo — digo. Por su nombre exacto, porque es lo único que me queda de honrado—.

De preguntarte una cosa y que la respuesta sea que pagaste algo nuestro.

Esa noche pagaste mucho. Te he visto buscar cosas y no encontrarlas.

— Aprieto la mandíbula—. Y no sé si sigo entero ahí dentro. No sé si te acuerdas de por qué.

Nieve se queda callada. Cuando algo le importa de verdad se queda callada, y se queda callada un rato largo, y por un instante terrible creo que es porque la respuesta es la que temo.

Pero entonces se incorpora, me coge la cara con las dos manos frías, las manos que reducen reinos a ceniza, y me dice, despacio, lo que llevo tres noches sin atreverme a preguntar:

— La noche del Deshielo elegí qué soltar — dice—.

Con los ojos abiertos. Por primera vez en mi vida no pagué a ciegas.

Y ¿sabes qué fue lo primero que aparté, lo primero que dije este no, este no se toca, antes incluso que el rostro de mi madre?

— Me sostiene la mirada—. Tú. La bodega.

La poterna. Cómo dijiste mi nombre en la celda.

Eso lo guardé con las dos manos antes de soltar nada más.

Solté una calle, una receta, una cara que ya tenía en un retrato.

— Aprieta—. Pero a ti te elegí no olvidar.

Eso es lo único que no he soltado en mi vida a propósito.

Lo demás el don me lo robó. A ti te guardo yo.

— Pero abriste la celda antes — digo, porque tengo que saberlo, porque la celda fue antes de que aprendiera a elegir—. A fuego. Asustada. Esa noche pagaste a ciegas. ¿Qué solté yo en esos barrotes?

Se queda quieta. Honesta. Nunca me miente, igual que yo no le miento a ella, y por eso esto vale.

— No lo sé del todo — dice—. Hay un borrón en la bodega.

Sé que pasó algo entre nosotros antes del primer beso y tengo el después y no el durante.

A lo mejor solté eso. — Me pone la mano fría en la cara—.

Pero ¿sabes qué? Da igual. Porque el durante lo podemos hacer otra vez.

Lo que el don me robó a ciegas, lo recupero contigo viviéndolo de nuevo.

La cara de mi madre no vuelve porque ella no está para devolvérmela.

Pero tú estás. Y lo que se me borró de ti, me lo vuelves a dar tú, vivo, las veces que haga falta.

— Algo se le mueve en la boca, esa sonrisa pequeña que heredó de su madre sin saberlo—.

Por eso no me das miedo, Theron. Eres el único recuerdo que se repone solo.

Y entiendo, de golpe, sentado en una cama del ala vieja con el agua del deshielo corriendo por los canalones, lo que llevo veinte años sin entender porque me criaron para no entenderlo.

El amor no es una rama clavada en el pecho que te mata si la rompes.

Eso es un juramento, y un juramento ata, y lo que ata no se elige, se sufre.

Llevo toda la vida creyendo que pertenecer a algo era estar atado a ello, porque es lo único que me enseñaron, la correa, la orden, la rama.

Y Nieve acaba de decirme lo contrario sin decirlo: el amor es lo único que eliges no olvidar cuando podrías soltarlo, lo que guardas a propósito cuando el precio te obliga a soltar lo demás.

No me ata a ella ninguna rama. Podría irme esta mañana, libre, y nadie me cobraría nada.

Y por eso quedarme vale algo. Porque no me obliga nada.

Porque por primera vez en veinte años no obedezco al quedarme: elijo.

— Entonces me quedo — digo.

— No te obliga nada — dice ella, y es medio pregunta, la única que le he oído hacer con miedo.

— Por eso me quedo. — Le aparto la franja gris de la sien, la prueba de lo que pagó, y la beso ahí, donde el don le sube—.

Si me obligara algo, no valdría. Me quedo porque no tengo ninguna rama que me lo mande y aun así no quiero estar en ningún otro sitio.

— Le sostengo la cara—. Eso es lo que tú me has enseñado y la Orden nunca pudo: que lo único que de verdad es tuyo es lo que eliges sin que nadie te lo cobre.

Fuera, el hielo se suelta de los aleros, gota a gota, y bajo la ventana, en el jardín de ceniza calcinado de Vael Antir, empieza a verse algo que no había visto en las semanas que llevo aquí: la ceniza, removida por el deshielo, asoma verde por los bordes.

Brotes. Grises todavía, casi negros, pero verdes en la punta.

En Marenthel los árboles renacen de la ceniza, me dijeron, renacen grises.

Y este reino entero es ahora ceniza removida, el trono y la corte y la mentira, todo reducido a polvo fértil del que algo va a salir.

No sé qué va a salir. No tengo orden que me lo diga ni juramento que me lo prometa. Por primera vez en veinte años no sé qué viene, y por primera vez en veinte años eso no me da miedo, porque sea lo que sea lo voy a elegir yo, y a ella la elijo no olvidar.