Capítulo 36
Despierto en la cámara de los muertos con el frío del mármol pegado a la espalda y la voz de mi madre cantándome por dentro, que es lo que elegí guardar y lo que el veneno de Tassia no ha podido tocar.
La cabeza me da vueltas. La lengua me sabe a hierba y a metal.
Por un instante de pánico no sé si he despertado o si me he muerto de verdad y esto es lo que hay al otro lado, una losa de piedra y un techo bajo y el olor dulzón de los que ya no respiran.
Pero las manos las tengo frías como siempre y el pulso me late en las muñecas en carne viva, y los muertos no tienen pulso.
Estoy viva. La gota fue exacta. Tassia me ha sacado del tablero sin matarme, por un filo.
No cuento las salidas. Esta noche no. Esta noche solo hay una dirección y es hacia arriba.
Me bajo de la losa. Las piernas no me sostienen al principio y me agarro al borde de mármol hasta que la sangre vuelve a circularme.
La cámara está a oscuras salvo por la rendija de luz bajo la puerta, y la puerta está sin trancar, porque Orin Velmar ha silbado bajo en algún relevo de guardia y ha dejado sin vigilar la cámara de los muertos por descuido, suele pasar.
Me palpo el pecho. El retrato de mi madre, ahí.
El libro de Hadiel, ahí. El frasco del veneno que mata de verdad, ahí, sin usar, porque esta noche no he venido a morirme, he venido a cobrar.
Subo por la poterna de servicio mientras toda la corte celebra la noche más larga.
La Antecámara de Brasas está llena. El suelo de ceniza prensada cruje bajo cientos de pies, nobles de Marenthel con sus mejores galas, emisarios de Hieln con las capas de viaje, la corte entera convocada a la Noche del Deshielo, la noche en que la ceniza recuerda.
Hay braseros encendidos en todas las esquinas, y el calor sube hasta las bóvedas calcinadas, y en el centro, en el estrado, bajo el dosel de los Aldecoa, está Velora.
Reina regente. Los guantes de seda puestos a la vista de los dos reinos.
Aldric a su lado en el trono pequeño, el niño títere, pálido, buscándome con los ojos entre la gente sin saber que ya estoy aquí.
Le dije que se escondiera. No me ha hecho caso.
Once años y ya ha decidido que esta noche se queda a ver.
Entro por el fondo del salón, entre la gente, con la capucha puesta, y voy abriéndome paso hacia el estrado sin prisa, como crucé la plaza hacia el cadalso, porque las cosas que se hacen despacio son las que la corte cuenta durante años.
Nadie me reconoce al principio. La doncella de las brasas está muerta; lo sabe toda la corte; me velaron esta tarde.
Una muerta caminando entre los vivos hacia el trono de la reina que la mató es la clase de historia que esta corte no controla, y por eso, cuando la primera noble me ve la cara bajo la capucha y ahoga un grito, el silencio se extiende desde ella como se extiende el agua a una piedra, fila a fila, hasta el estrado.
Velora me ve llegar. Y por primera vez desde que la conozco, la dulzura de manteca se le cae de la cara antes de que ella decida quitársela.
— Estabas muerta — dice, y la voz le sale sin el azahar, desnuda, y eso vale más que cualquier victoria, oírla descolocada por una vez—. Te velaron esta tarde.
— Me velasteis a la doncella que me criaste para ser — digo, y me bajo la capucha, y dejo que toda la corte me vea la franja gris ya media melena, el pelo de ceniza al aire, la marca de todo lo que he pagado—.
Esa sí está muerta. La maté yo anoche, en tu cuarto sin ventanas, cuando me contaste la verdad creyendo que me rompías.
— Subo el primer peldaño del estrado—. Gracias por contármela. No me rompiste. Me soltaste.
Velora se levanta del trono. Los guardias se mueven hacia mí y ella los para con un gesto de la mano enguantada, porque ella sabe, igual que sé yo, que esto no se resuelve con guardias, esto se resuelve entre las dos manos que portan el mismo fuego.
— Mi niña — dice, recobrando la manteca, porque es lo que hace, taparlo todo de azahar—.
No sé qué crees que vas a hacer delante de toda esta gente.
Eres una doncella con un don que no controlas y yo soy una reina con cuarenta años de práctica.
Si esto es un duelo a fuego, lo pierdes.
— Abre los brazos enguantados—. Vuelve a tu sitio.
Sírveme. Te ofrecí no pagar nunca más y la oferta sigue en pie.
Mírate el pelo. ¿Cuánto más vas a perder antes de aceptar lo único que te salva?
— No he venido a un duelo a fuego — digo.
Y subo el último peldaño, y me planto delante de ella, y le miro las manos.
Porque tiene razón en una cosa: a fuego con ella pierdo.
Velora lleva cuarenta años quemando y tiene memoria de sobra para pagar cada llama; si quemamos las dos, ella aguanta más, porque ella no paga con lo suyo.
Quien pelea a fuego con un ladrón de memoria pierde, porque el ladrón tiene una bolsa sin fondo de recuerdos ajenos con los que pagar.
Lo aprendí en el cajón de los guantes. Lo confirmó Hadiel. Y por eso no he venido a quemar más.
He venido a devolver.
— Tus guantes — digo, en voz alta, para que toda la corte lo oiga, para que los dos reinos lo cuenten—. Enseñadle a la corte de qué están hechos por dentro vuestros guantes, majestad.
— Cállate — dice, y por primera vez hay miedo debajo del azahar.
— Están forrados de pelo. — Lo digo despacio, claro, para todo el salón—.
Cabello humano. De los desaparecidos. De Bedda la lavandera, que la corte dijo que se había vuelto a su pueblo.
De docenas de criados, de pajes, de gente que esta reina redujo a ceniza y rehízo y guardó cosida en seda, para robarles la memoria y pagar con ella el coste de su don.
Por eso no envejece. Por eso quema el reino entero y no le sube una sola cana.
Paga con los muertos. — Levanto las manos negras—.
Y la memoria robada es prestada. Y lo prestado se puede reclamar.
El salón estalla en murmullos. Los emisarios de Hieln se yerguen. Aldric, en el trono pequeño, me mira con los ojos enormes y por una vez no pregunta si es verdad, porque ya lo sabe, lo oyó detrás del armario.
— ¡Bedda! — grita una voz desde el fondo, una criada vieja, y otra la corea, porque cada noble de este salón ha perdido a alguien que la corte dio por huido al norte o muerto de fiebre, y de pronto todos esos desaparecidos tienen un sitio, y el sitio son los guantes de la reina.
La sala que vino a celebrar la noche más larga se vuelve, fila a fila, contra el dosel, y no con armas, con algo peor para una reina: con la mirada.
Cuarenta años de miedo soltándose de golpe, igual que el hielo de los aleros antes del deshielo.
— Esto es traición — dice Velora, buscando a su guardia, pero la guardia es de Orin, y Orin Velmar está al pie del estrado con la oreja partida ladeada hacia la reina, fingiendo no oírla, silbando bajo esa nota de antes de mentir, y no mueve un dedo—.
¡Guardias! Es una doncella. Una bruja. Mató a su propia madre, lo sabe toda la corte...
— Mi madre la mató ella — digo, en voz alta, y el salón calla—. Y lleva su pelo cosido en ese guante para beber de él cada noche el recuerdo de haber sido querida. Que la corte juzgue quién es la bruja.
Velora alza las manos para quemarme. Lo veo subir el don a sus palmas enguantadas, la marea de ceniza viva, cuarenta años de práctica.
Pero yo no le tiro fuego. Le pongo las dos manos sobre los guantes de seda, palma contra palma, las mías negras sobre las suyas, y hago lo único que la deshace: en lugar de reducir, devuelvo forma.
A la ceniza de sus forros. A los muertos cosidos contra su piel.
Empiezo por el primero. El que lleva aparte. El que me enseñó, según ella, que se podía no pagar.
Mi madre.
Cierro los ojos y amo lo que toco, como Hadiel me enseñó, porque amar lo que se transforma deja elegir lo que se suelta, y yo ya he elegido.
Devuelvo forma a la ceniza del cabello de mi madre cosido en el guante de Velora, le reclamo a la reina ese recuerdo prestado, se lo arranco de las manos donde lo tenía secuestrado, y el coste me entra a mí —porque devolver forma cuesta y no hay magia gratis— pero esta vez sé exactamente qué suelto, lo elijo con los ojos abiertos: suelto el rostro de mi madre.
El que recuperé ayer en el retrato. Lo doy ahora, a conciencia, porque ya lo he visto, ya lo tengo guardado por dentro, ya no necesito el recuerdo para saber que tenía mi misma sonrisa.
Suelto la cara para reclamar a la madre entera. Es el precio. Lo pago mirándolo.
Y a Velora le cae encima la cuenta.
Lo veo en su cara. El primer recuerdo prestado que le reclamo le abre un boquete, y por ese boquete empieza a entrar el coste de cuarenta años, porque he roto el primer hilo y los demás van detrás.
Devuelvo forma al segundo mechón. Al tercero.
A Bedda, con su cinta de criada todavía atada.
Reclamo cada memoria robada, una tras otra, y cada una que le arranco le obliga a pagar de golpe lo que no pagó cuando la usó, y la reina que no envejecía empieza a envejecer en mitad del salón, ante los dos reinos, año a año, recuerdo a recuerdo.
El pelo se le encanece de raíz, todo de golpe, cuarenta años de canas que nunca pagó cayéndole encima en un latido.
La piel se le agrieta, se le marca, se le hunde.
Y la memoria —eso es lo terrible, lo que toda la corte ve— la memoria se le va por los ojos.
La reina que conocía a todos y no dejaba que nadie la conociera se queda mirando el salón sin reconocer una sola cara, porque le estoy devolviendo a sus muertos cada recuerdo que les robó, y un ladrón que devuelve todo lo robado se queda sin nada, ni siquiera con lo suyo, porque hace tanto que dejó de pagar con lo propio que ya no sabe distinguir qué era suyo y qué prestado.
— Para — me dice, y la voz le sale de vieja, de anciana, sin azahar, sin manteca, una mujer de ochenta años en el cuerpo de cuarenta y cuatro—. Para, mi niña. No sé... no sé quién eres. ¿Quién eres? ¿Por qué...?
No paro. Pero tampoco la quemo. Esa es la cosa que entiendo con las manos sobre las suyas, la diferencia entre ella y yo, la que me dijo Hadiel: ella habría matado.
Habría reducido a la reina a ceniza con odio, barato, un recuerdo pequeño por una vida que odia.
Y yo podría. Tengo la rabia subiéndome por las palmas, trece años de culpa sembrada, mi madre asesinada, Renko muerto en la paja.
Sería barato y sería fácil. Y me volvería ella.
Así que no la mato. Le quito todo lo que robó, que es quitarle el don y la memoria y los años, y la dejo viva.
Vieja, vacía, sin fuego, sin recuerdos robados ni propios, una anciana temblando en un trono que ya no entiende.
Vivir sin nada de lo que robó es peor castigo que la ceniza, y no lo elijo por crueldad: lo elijo porque matarla con odio sería pagar un recuerdo por rabia, y ese recuerdo no quiero soltarlo.
Quiero soltar lo que elija yo, por amor, no lo que me arranque el odio.
Le suelto las manos. Velora cae sentada en el trono, encogida, una vieja que pregunta quién es la gente que la rodea.
Y entonces, porque queda una cosa, la última, me vuelvo hacia el dosel de los Aldecoa, hacia el suelo de ceniza prensada, hacia el trono mismo, y pongo las manos sobre él.
No sobre Velora. Sobre lo que la hizo. Sobre el sitio desde el que se quema un reino para purificarlo, desde el que se ordena una hoguera con voz dulce, desde el que se cría a un arma asustada para que no levante la cabeza.
Y reduzco a ceniza el trono. El dosel. La Antecámara entera de las Brasas.
Elijo qué recuerdo suelto para hacerlo —una calle de mi infancia, lo suelto a propósito, lo veo irse— y devuelvo a polvo gris el sitio donde esta corte aprendió que el fuego era poder.
La gente retrocede. El salón se llena de ceniza tibia que cae como nieve que ha olvidado pesar.
Y en medio de la nevada gris, con las manos negras hasta el codo y el pelo de ceniza al aire, entera, monstruo y todo, la criatura que el reino entero temía, estoy yo, de pie sobre las ruinas humeantes del trono que me quería esconder.
Y por una vez, en mitad de toda esa gente que me mira con dos dedos cruzados contra el mal de ojo, no cuento las salidas.
Porque no quiero ninguna. He llegado adonde iba.
— Nieve.
La voz entra por el fondo del salón, entre la ceniza que cae, y la conozco antes de volverme porque la he elegido guardar.
Theron. Cruza la Antecámara hecha polvo con el cuchillo de Mira en la mano y la cara de quien creía velar a una muerta y se encuentra a una mujer en pie sobre la corona que ha derribado.
Llega hasta mí. No me pregunta si estoy bien.
No me dice que todo va a salir bien. Me mira el pelo, la franja gris que ya me llega a media melena, la prueba de todo lo que he pagado, y hace lo único que me sirve: me aparta el mechón de ceniza de la sien con la mano desnuda, despacio, sin apartarse, y lo nombra por lo que es.
— Esto es lo que has pagado — dice—. Lo veo. No es una mancha. Es la cuenta. — Me sostiene la cara entre las dos manos, la del cuchillo y la desnuda—. Y te quiero entera. Con esto sobre todo.
Y dice mi nombre otra vez, en alto, despacio, como se dice lo que se elige no soltar, delante de los dos reinos, sobre las cenizas del trono.
Velora cae, sin don, sin memoria, sin años que la sostengan, una anciana que pregunta quién es a una corte que ya no la teme.
El reino, por primera vez en cuarenta años, queda libre.
Y queda en ruinas humeantes, gris hasta las bóvedas, porque la libertad de esta corte ha costado el trono entero hecho ceniza, y la ceniza, en Marenthel, es lo único que renace.