Capítulo 35
Me dicen que ha muerto a media mañana, el día del Deshielo, y la primera cosa que hago es contar las salidas del cuarto donde me lo dicen, porque se me pegó de ella y ahora que ella no está el tic es lo único suyo que me queda en el cuerpo.
Tres salidas. Una ventana, dos puertas. Ninguna lleva a donde quiero ir, que es atrás, a la noche en que crucé la poterna sin trancar y la saqué de la celda con el nombre en la boca, a deshacer todo lo que vino después, a no haberla dejado sola con la reina ni una hora.
El que me lo dice es un criado de Velora con librea y hombros de soldado.
La doncella de las brasas, dice, lleva días sin comer, se apagó esta mañana, la han bajado a la cámara de los muertos del ala vieja.
La reina lamenta la pérdida. Y la maestra Sibel, que está a mi lado con las monedas pasándole entre los dedos, suelta una sola frase, y la frase es lo más cruel que me han dicho nunca, porque la dice sin crueldad, como quien comenta el tiempo:
— Bueno. Eso resuelve el problema de asegurarla. Si los dioses quieren, ya no hace falta.
No digo nada. Responder a Sibel es darle de comer.
Pero algo se me parte por dentro, despacio, sin ruido, igual que se parte el hielo de un río antes de que el agua se lo lleve todo: una grieta fina que cruza el centro y luego cede entero.
Nieve ha muerto. La mujer que cruzó el fuego dos veces, la que abrió media celda a pleno don, la que me hizo decir su nombre en alto cuando llevaba dieciséis años sin nombrar a nadie por miedo a esto exactamente, a esto, a perderlos cuando los nombras.
La nombré. Y la perdí. Como a mi hermana.
La nombro y se mueren; ese es el trato del mundo conmigo, y llevo toda la vida sabiéndolo y aun así la nombré, idiota, porque ella me enseñó que callarse el nombre no salva a nadie, solo te deja más solo cuando se van.
La rama nueva que Sibel me clavó en el pecho no me arde.
Eso es lo peor. La vieja me ardía porque dudaba, porque cada vez que elegía a Nieve el juramento me cobraba la traición, y el dolor era la prueba de que seguía eligiéndola.
Esta no duele. Esta está limpia, fría, obediente, porque ya no tengo a quién elegir contra la orden.
Sibel me apagó el dolor el día que me apagó la duda, y ahora que Nieve no está no hay nada que me haga dudar, y por eso el brazo no me arde, y por eso sé que estoy más muerto que ella, porque a un hombre lo que lo mantiene vivo es tener algo por lo que el juramento le queme.
— Recoge tus cosas — dice Sibel—. Salimos para Hieln al amanecer.
Misión cumplida, a su modo. La reina conserva su trono, la Orden conserva la tregua, y tú conservas la vida, que es más de lo que tenías hace una semana.
— Las monedas tintinean—. Deberías darme las gracias, cazador. Te he salvado de ti mismo otra vez.
Obedezco. Eso es lo que hace un cuchillo: obedece.
Voy a mi cuarto de huésped a recoger lo poco que traje, y me muevo como me enseñaron, midiendo, contando, sin gesticular, el cazador de siempre, el que entrega dones y vuelve a casa limpio.
Sibel tenía razón en una cosa toda mi vida: obedecer es fácil.
No tienes que elegir. No tienes que cargar con lo que elegiste.
La orden carga por ti. Por eso me vendieron de niño a una orden y no a un oficio: porque un oficio te hace dueño de tus manos y una orden te las quita, y unas manos que no son tuyas no tienen culpa de lo que hacen.
Paso por delante de la cámara de los muertos del ala vieja camino de mis cosas.
No entro. Me lo prohíbo. Un cazador no vela a sus presas y ella, para la Orden, fue una presa que se murió antes de entregarse, lo cual es un fastidio administrativo y nada más.
Eso es lo que tengo que ser ahora: el hombre para quien esto es un fastidio administrativo.
Y casi lo soy. Casi. Solo que al pasar por la puerta de la cámara me llega, débil, un rastro.
Ceniza fresca. El suyo. Lo conozco mejor que el mío.
Y entre el rastro de ceniza fresca hay otra cosa, una que no encaja, una que mi nariz de cazador registra sin que la cabeza la entienda: el rastro está demasiado vivo para venir de un cuerpo frío.
Pero estoy roto, y un cazador roto subestima lo que huele, así que sigo andando, y me digo que es el dolor, que el dolor le hace oler cosas a uno, y me equivoco, porque por una vez en mi vida quiero equivocarme.
Estoy doblando la pelliza cuando Mira entra en mi cuarto sin llamar.
Lleva el cuchillo en la mano. El que afila y nunca usa.
La conozco desde hace dieciséis años y nunca la he visto entrar a ningún sitio con el cuchillo desenvainado, porque Mira no amenaza, Mira ejecuta, y un cuchillo a la vista en la mano de Mira es un cuchillo que va a usarse.
Cierra la puerta con el pie. Tiene la cara de siempre, la que no dice nada, la que llama a todo el mundo por el rango para no tener que llamarlo por el nombre.
— Cazador — dice. A mí. Nunca Theron. Ocho años y nunca mi nombre—. La maestra te ha puesto una rama nueva.
— Sí.
— De las que matan si las rompes.
— De esas.
Mira mira el cuchillo en su mano. Luego me mira a mí. Y dice algo que no le he oído decir nunca, porque Mira no habla de lo que siente, Mira afila:
— Te he visto la cara cuando te han dicho que la doncella ha muerto.
— Una pausa—. No te había visto esa cara nunca.
Ni cuando entregaste a tu hermana. — Otra pausa, más larga—.
Aquella vez pusiste la cara de cuchillo.
Esta no. Esta es otra cara. — Aprieta la mandíbula—.
No me gusta lo que la vieja hace contigo.
Nunca me ha gustado. Lo de tu hermana lo obedecí porque era una cría y no sabía, y lo he cargado dieciséis años. No pienso cargar el tuyo también.
— Mira.
— Capitán Mira para ti, cazador — corrige, por costumbre, y luego, por una vez, lo deja caer—. Mira. — Le cuesta. Se le ve costarle, como si decir su propio nombre la desnudara—. Una maestra impone juramentos. Y un juramentado puede liberar a otro de uno, si asume el coste. ¿Lo sabes?
Lo sé. Lo sé como sé separar la ceniza vieja de la reciente.
Otro juramentado puede romperte la rama por ti, cargando él con lo que te mataría a ti.
No se hace nunca. Es como meter la mano en el fuego por sacar a otro: te quemas tú.
Por eso Sibel nunca lo teme. Sabe que nadie de la Orden quiere a nadie lo bastante como para asumir el coste de un juramento de sangre ajeno.
— ¿Por qué? — pregunto, porque respondo con preguntas cuando lo demás no me cabe en la boca—. Dieciséis años llamándome cazador. Dieciséis años sin mi nombre. ¿Por qué ahora?
— Porque tú entregaste a tu hermana y yo te obedecí ayudándote a entregarla.
— Lo dice sin levantar la voz, afilando—.
Éramos crías las dos, tu hermana y yo, casi de la misma edad.
La sujeté yo mientras tú la rastreabas, ¿lo sabías?
No. No lo sabías porque nunca te lo dije.
La sujeté yo. — El cuchillo se le para en la mano—.
Llevo dieciséis años afilando esto para no acordarme de cómo se le pusieron las manos cuando la atamos.
Y resulta que afilar no borra nada, solo te ocupa los dedos.
— Me mira—. No te suelto la rama por ti, cazador.
No del todo. Te la suelto por ella. Por la cría que sujeté.
Es lo más cerca que voy a estar nunca de deshacer aquello.
Tú al menos puedes salvar a esta. Yo a la mía ya no.
— No lo hagas — digo, y es lo más cerca que he estado de suplicar en mi vida—. Te mata. O te deja malherida. La rama es nueva, está entera, asumirla te cobra la cuenta completa.
— Lo sé. — Mira gira el cuchillo en la mano—.
Llevo dieciséis años afilando esto sin usarlo, cazador.
Lo afilo para no tener que pensar. Es lo que hago en vez de elegir.
— Me mira—. Tú elegiste a la doncella y mira cómo estás.
Roto. Pero elegiste. Yo no he elegido nada en mi vida.
— Aprieta los labios—. Voy a elegir esto.
Una vez. La rama es tuya y te ata a una mujer que ya está muerta, así que atarte no sirve para nada salvo para tenerte de correa de la vieja el resto de tu vida.
Eso no lo permito. Lo del rango lo permito.
Lo de las órdenes lo permito. Lo de hacerte cuchillo para siempre, no.
Y antes de que yo pueda pararla, se abre la palma con su propio cuchillo, la que afila, un corte limpio a través de la línea de la vida, y me agarra el brazo donde Sibel me clavó la rama nueva, y dice las palabras viejas de la Orden, las que liberan, las que ningún juramentado dice nunca porque ningún juramentado quiere a otro lo suficiente:
— Lo tuyo es mío. La rama es mía. Suéltalo a él.
El juramento salta de mi pecho al suyo como salta el fuego de una cortina a otra.
Lo siento irse, frío donde me ardía, y lo veo llegarle a ella, caliente donde le entra, y Mira se dobla, cae de rodillas, la cara blanca de golpe, la cuenta de cuarenta días de obediencia ajena cobrándose entera en su cuerpo en un latido.
Sangra por la nariz. Le tiemblan las manos.
Pero no grita. Mira no grita. Mira afila los dientes y aguanta, igual que aguantó dieciséis años cargando lo de mi hermana sin decirlo.
— Mira — digo, de rodillas a su lado, sosteniéndola—. Mira, qué has hecho.
— Lo que tenía que hacer una vez. — Le sale la voz fina, de hilo, pero entera—.
Vivo. Voy a vivir, cazador, no me mires así, soy más dura que tú.
— Me pone el cuchillo en la mano. El suyo.
El que afila y nunca usa. La sangre de su palma todavía en el filo—.
Toma. Te lo dejo. Lo afilé dieciséis años para nada.
Úsalo tú para algo. — Me cierra los dedos en torno al mango con la mano que le queda firme—.
Y ahora vete. Estás libre. Por primera vez en tu vida no tienes una rama que te diga a quién pertenecer.
Da miedo, ¿verdad? — Algo se le mueve en la comisura, no llega a sonrisa—. Bienvenido a elegir.
Le ayudo a tumbarse, a que se le pase el primer mareo, y la dejo en mi cama porque no la voy a necesitar, y ella protesta con el rango, cazador, no me trates como a una herida, y yo le digo, por una vez, lo que nunca le he dicho en dieciséis años:
— Gracias, Mira.
Y ella, que llama a todo el mundo por el rango para no tener que llamarlo por el nombre, que afila para no sentir, se queda mirando el techo y dice, fina, casi sin voz:
— De nada, Theron. — Mi nombre. El primero que me da en dieciséis años—. Ahora vete, anda. Que no afilé este cuchillo dieciséis años para que te lo quedes mirando.
Me quedo con el cuchillo de Mira en la mano, de rodillas en el cuarto, libre, y no sé qué hacer con la libertad porque nunca la he tenido.
Toda mi vida ha sido obedecer ramas, y ahora no tengo ninguna, y Nieve está muerta, y no hay orden que me diga adónde ir ni nadie a quien proteger, y por un instante la libertad es lo más parecido al vacío que he sentido nunca.
Y es entonces, en ese vacío, cuando la nariz me devuelve lo que el dolor me había hecho descartar al pasar por la cámara de los muertos: el rastro estaba demasiado vivo.
Una muerta no huele a ceniza fresca. Una muerta no respira bajo la sábana.
Lo olí y no lo creí porque no quería creerlo, porque un cazador roto subestima lo que huele.
Pero ya no estoy roto. Estoy libre, que es otra cosa. Y un cazador libre confía en su olfato.
Y entonces Tassia entra por la puerta que Mira dejó sin cerrar.
Los dedos verdes. La cara de boticaria que no ha dormido. Me mira de rodillas con el cuchillo ensangrentado, mira a Mira blanca en el suelo, y por una vez no jura por ninguna hierba. Dice una sola cosa, rápido, bajo, mirando atrás por si la siguen:
— Cazador. La doncella no está muerta. — Traga—.
Es veneno que imita. Lo hice yo. Está en la cámara de los muertos del ala vieja esperando a despertar, y va a subir a la Antecámara esta noche a derribar a la reina ella sola, y si nadie llega a tiempo lo hace ella sola, ¿me oyes?
— Me agarra del brazo con los dedos verdes—.
Te lo digo ahora porque ya no se puede deshacer y porque ella te necesita libre, no muerto. ¿Estás libre?
Miro el cuchillo de Mira en mi mano. La rama no me arde porque ya no la tengo. Por primera vez en veinte años nada me dice a quién pertenecer.
Así que lo elijo yo.
— Lo estoy — digo, y me levanto, y no cuento las salidas, porque solo hay una que me importa y es la que lleva a ella—. Llévame a la cámara de los muertos.