Capítulo 34
Tassia vuelve al palacio dos noches antes del Deshielo, que es lo último que debería hacer una mujer a la que casi queman, y se cuela en mi cuarto del ala vieja por la poterna de Orin con los dedos verdes manchados de algo que no es tinte y la cara de quien ha pasado dos días sin dormir preparando un veneno a medida.
No me abraza. Tassia no abraza; jura. Por la ruda y la madre que la parió, dice nada más verme, dame las manos, déjame verte las muñecas, y me las coge y las gira y maldice por seis hierbas inventadas al ver la carne viva, y solo cuando ha terminado de jurar me dice a qué ha venido.
— Tu cazador está atado — dice, sin preámbulo, sacando frascos del delantal—.
Lo sabe media corte de servicio porque la maestra esa lo pasea como a un perro con correa.
Le puso un juramento nuevo. La rama vieja se le apagó, la que lo estaba matando, y le clavó otra en su sitio, limpia, fuerte.
— Aprieta los labios—. Vive. Pero obedece.
Y ¿sabes qué le ha mandado obedecer la vieja?
— Asegurarme. — Lo sé sin que me lo diga. Es lo que pidió Sibel en la celda. Viva. Intacta. Para la Orden—. Entregarme.
— Peor. — Tassia deja el último frasco sobre la mesa, con cuidado, como se deja lo que mata—.
Vigilarte. La maestra te quiere viva porque viva eres su palanca.
Mientras tú respiras dentro de estos muros, Theron hace lo que ella diga, porque ella le ha dicho que como dé un paso en falso te asegura a ti antes.
Le ha dado a elegir entre obedecerla o que te coja la Orden.
Y un hombre que elige entre dos jaulas no es libre, Nieve.
Es un hombre con dos jaulas. — Me mira—.
Tú eres la correa. Tú viva eres lo que la vieja usa para tirar de él.
— ¿Lo has visto? — pregunto, y odio cómo me sale la pregunta, fina, de quien necesita la respuesta más de lo que quiere admitir—. ¿Está...?
— Está vivo. — Tassia no me ahorra el resto—.
Vivo y con la cara de un hombre al que han vaciado por dentro.
La vieja lo pasea por los corredores como prueba de que la Orden controla a su cazador, y él va detrás, midiendo, sin gesticular, igual que siempre, solo que ahora hay algo apagado donde antes le ardía la duda.
— Me mira—. Le apagaron la rama vieja, Nieve.
La que le ardía porque te elegía. Esa rama era lo único que le decía que seguía de tu lado, ¿te acuerdas?
, te lo dijo en la plaza, mientras me arda sé que sigo eligiéndote.
Pues ya no le arde. Y un hombre al que le han apagado el dolor de elegir es un hombre al que le han apagado la elección.
Me siento en el jergón con el retrato de mi madre contra el pecho.
Lo entiendo entero, de golpe, con la claridad fría de las cosas sin vuelta.
Sibel no me necesita entregada. Me necesita respirando.
Mientras Velora me tiene de un lado y Sibel del otro, las dos tiran de Theron desde extremos opuestos, y él, atado por la rama nueva, no puede mover un dedo por mí sin que una de las dos me cobre el movimiento.
Soy la moneda con la que las dos le pagan su obediencia.
Y mientras yo siga siendo esa moneda, él seguirá siendo un cuchillo en la mano de otro, igual que toda su vida, igual que el día que entregó a su hermana.
La única forma de soltarlo es dejar de ser una moneda que vale algo.
— Tassia — digo, despacio, porque la idea me va llegando entera mientras hablo—. ¿Qué le pusiste a este frasco? El que me colgaste en la plaza. El de "por si acaso".
Se queda muy quieta. Los dedos verdes se le crispan.
— Veneno — dice—. Del armario de la reina. Para morirte rápido si te cogían y querías evitarte lo que viene después de que te cojan. — Traga—. No lo pensé para esto que estás pensando. Lo pensé para que tuvieras una salida tuya. La última.
— ¿Cuánto de rápido?
— Nieve.
— ¿Cuánto?
Tassia coge el frasco con dos dedos, lo levanta a la luz del candil, y por primera vez desde que la conozco no esconde los dedos manchados, los deja a la vista, temblando.
— Esto que te di mata — dice—. Pero hay otra cosa.
— Saca del delantal un segundo frasco, más pequeño, el líquido más turbio—.
Llevo dos días en la botica haciendo esto.
Por si acaso. Porque te conozco y sabía que ibas a querer hacer una locura.
— Lo deja al lado del primero—. Esto no mata.
Imita. Para el pulso hasta que no se nota, enfría la piel, pone la cara de cera.
Dura unas horas. El que te tome el pulso te da por muerta, te tapan con una sábana y te bajan a la cámara de los muertos a esperar el entierro, y al rato despiertas helada y mareada y viva, en un sitio donde ya nadie te busca porque ya nadie busca a una muerta.
— Me mira con los ojos brillantes—. Es lo más peligroso que he hecho nunca.
La dosis es un filo. Una gota de más y no despiertas.
Una gota de menos y te despiertas en mitad del velatorio.
El cuarto se queda en silencio. El candil tiembla.
Una muerta no vale como palanca. Una muerta no tira de nadie.
Si me muero —si toda la corte me ve muerta, si Velora me da por muerta, si Sibel pierde la moneda con la que paga la obediencia de Theron— entonces la maestra ya no tiene con qué atarlo.
No del todo: la rama nueva sigue clavada, y un juramento de sangre no se rompe porque la palanca desaparezca.
Pero sí cambia el tablero. Sibel pierde la razón por la que lo retiene aquí.
Si yo muero, asegurarme ya no sirve de nada, y un cazador sin nada que asegurar es un cazador al que la maestra ya no tiene motivo para pasear con correa por la corte.
Lo deja de vigilar. Lo deja solo. Y un hombre solo, aunque siga atado, al menos puede empezar a buscar quién lo suelta.
Fingir. Lo aprendí antes que él. Llevo toda la vida fingiendo que nada me importa para que no me lo quiten. Ahora voy a fingir lo más grande: voy a fingir que me he ido del todo, para que dejen de tirar de él usándome.
Y hay una crueldad en el plan que tengo que mirar de frente antes de seguir, porque si no la miro me cae encima a mitad de camino: para soltar a Theron tengo que dejar que me crea muerta.
De verdad. Sin avisarlo. Tassia no puede decírselo hasta que el ardid esté tan en marcha que no se pueda deshacer, porque un hombre que sabe que su mujer finge no actúa como un hombre que la ha perdido, y la corte entera tiene que verle la cara del que la ha perdido o no se cree la muerte.
Voy a hacerle pasar a Theron, otra vez, por velar a alguien que quiere.
A él, que no nombra a nadie por miedo a esto exactamente, a perderlo.
Voy a darle la pérdida que más teme, a propósito, con mis manos, para liberarlo de las dos mujeres que tiran de él.
Es lo más parecido a lo que haría Velora que voy a hacer en mi vida: usar el amor de alguien como palanca.
La diferencia —me la repito, porque la diferencia es lo único que me separa de ella— es que Velora aprieta para tener y yo aprieto para soltar.
Ella miente para encadenar. Yo miento para liberar.
El gesto se parece. El destino no. Y un día, cuando todo esto pase, le contaré a Theron la diferencia, y él, que llama a las cosas por su nombre exacto, me dirá si me he engañado o no.
— Lo hago — digo.
— Nieve. — Tassia me coge la cara con las dos manos verdes—.
Si la reina sospecha, si manda comprobar el cuerpo, si a la vieja se le ocurre quemarte en vez de enterrarte para asegurarse...
— Le tiembla la voz—. En esta corte queman a los muertos, Nieve.
Es lo que hacen. Es lo que es esta corte.
Si te dan por muerta y deciden hacerte hoguera antes de que despiertes, te despiertas en el fuego o no te despiertas.
Esto solo funciona si te bajan a la cámara y te dejan ahí hasta el entierro.
Un paso en falso y te mueres de verdad, sola, en una cámara de piedra, sin que nadie sepa que era mentira.
— Lo sé.
— ¿Y aun así?
— Y aun así. — Le cojo las manos verdes, se las bajo de mi cara, se las sostengo—.
Tassia, mientras yo valga como moneda, Theron es de ellas.
Las dos lo tienen agarrado por mí. Si dejo de valer, lo sueltan.
No del todo, pero lo sueltan lo justo para que pueda elegir.
Y necesito que pueda elegir, porque la Noche del Deshielo voy a derribar a Velora y no puedo hacerlo con él de correa de la reina o de la vieja.
Lo necesito libre. Aunque sea a medias. Aunque para soltarlo tenga que morirme un rato.
Tassia me mira largo rato, los dedos verdes quietos por una vez. Y luego hace lo que hace siempre que no puede ganarme una discusión: jura.
— Por la ruda y por la madre que la parió y por todas las hierbas que me he inventado en mi vida — dice, con la voz rota—, como te mueras de verdad por culpa de mi mano, Nieve Aldecoa, te juro que cruzo yo el deshielo entero para insultarte al otro lado.
Y entonces planeamos. Toda la noche, a la luz de un candil, con los dos frascos sobre la mesa como dos salidas distintas, una falsa y una de verdad.
Tassia me explica la dosis al detalle, la gota exacta, el momento exacto: la tomo la mañana del Deshielo, en mi cuarto, sola, después de que ella haya hecho correr por la corte de servicio que la doncella de las brasas lleva días sin probar bocado y se apaga.
Caigo. Me encuentran. Me dan por muerta.
Me bajan a la cámara de los muertos del ala vieja, la que Orin custodia esa noche porque Tassia ya ha hablado con Orin y Orin ha silbado bajo y ha dicho a nadie, mirando al frente, que la cámara de los muertos se queda sin vigilar por descuido cuando hay relevo de guardia, suele pasar.
Y allí, helada y mareada, despierto unas horas después, cuando toda la corte esté en el gran salón celebrando la noche más larga y ya nadie busque a una doncella muerta.
Y subo. Por la poterna. A la Antecámara de Brasas.
A devolverle a Velora la memoria que lleva robada delante de los dos reinos.
Tassia se va antes del alba, por la poterna de Orin, con la promesa de tener la dosis lista y de buscar a Theron cuando todo empiece, de decirle —solo cuando ya sea seguro, solo cuando el ardid esté en marcha y no se pueda deshacer— que la muerta no está muerta.
Porque si se lo dice antes, él no lo aguanta, y un cazador que no aguanta una mentira la rompe sin querer, y si rompe esta nos mata a los dos.
Antes de irse, Tassia se para en la puerta con la mano en el pestillo, y por una vez no jura. Me mira con los dedos verdes a la vista, esos dedos que escondía de los nobles y que ya no esconde de nadie desde la plaza, y me dice lo que le cuesta más que cualquier hierba inventada:
— Renko se murió por avisarte de una redada — dice—.
Y yo casi ardo por colgarte un veneno. Y ahora vuelvo a meterme en este palacio a darte otro para que te mueras un rato.
— Aprieta los labios—. La gente que te quiere, Nieve, acaba pagando por quererte.
Lo sabes, ¿verdad? Velora te lo dijo y tenía razón en eso, la muy bruja. Cuesta tenerte cerca.
— Lo sé. — No le miento. A Tassia no se le miente—. ¿Y aun así estás aquí?
— Y aun así estoy aquí. — Algo se le quiebra y lo tapa abriendo la puerta—.
Por la ruda y la madre que la parió. Mira si seré idiota.
— Y antes de colarse por la rendija, lo último, bajo—: No te mueras de verdad.
Ya he enterrado a un crío esta semana. No me hagas enterrarte a ti también, que ya no me quedan hierbas para tanto rezo.
Se va. Me quedo sola en el cuarto con los dos frascos y el retrato de mi madre.
Cojo el del veneno que imita, el turbio, el del filo de una gota, y lo guardo contra el pecho, encima del que mata de verdad, porque las dos salidas las llevo encima y la diferencia entre vivir y morir va a ser, dentro de dos noches, una gota y un pulso firme.
Y por primera vez no cuento las salidas del cuarto. Cuento las gotas.
Porque si la mano me tiembla al medir, o si Velora manda quemar el cuerpo antes de tiempo, o si a Orin lo cambian de puesto, o si Theron se entera un minuto antes de cuando debe, el plan que va a soltarlo a él se convierte en el plan que me mata a mí de verdad, sola, en una cámara de piedra, sin que nadie sepa que solo estaba fingiendo.