Capítulo 33
La cerradura del cuarto sin ventanas se abre desde fuera al amanecer, y no es Velora quien entra, es un niño de once años que pregunta "¿es verdad?
" a todo y que acaba de robarle a su madre la llave de mi celda.
Aldric se cuela por la rendija, descalzo para no hacer ruido, con un decreto a medio firmar bajo el brazo que ha cogido sin duda para tener una excusa si lo paran por los corredores, y cierra la puerta a su espalda con un cuidado que ningún crío de su edad debería conocer.
Tiene la cara de quien lleva tres noches sin dormir y los ojos enormes fijos en mis muñecas en carne viva.
— ¿Es verdad que te va a quedar para siempre? — susurra, señalando las marcas de la cuerda—. Lo de las muñecas.
— No. Esto se cura.
— ¿Es verdad que mi madre mató a la tuya? — Lo suelta de golpe, como suelta todo, los ojos en el suelo—. Lo oí. Detrás del armario de los guantes. Tiene un cuarto detrás del armario. Yo me escondo ahí cuando dibujo. — Traga—. ¿Es verdad?
Me arrodillo para quedar a su altura. Es mi medio hermano.
Compartimos un padre muerto y una madrastra que nos crió a los dos para distintos usos: a él para firmar lo que ella manda, a mí para arder cuando le conviniera.
Y aun así fue él quien escondió el sello en la bota, quien me coló la llave del gabinete, quien ha cruzado el palacio descalzo de madrugada con la llave de mi celda.
La corte le ha enseñado a un niño de once años a moverse pegado a los zócalos como un ratón, y el ratón ha decidido, por su cuenta, soltarme.
— Es verdad, Aldric — digo. A este crío no se le miente; ya le han mentido bastante—. Tu madre mató a la mía. Y a mí me hizo creer que había sido yo.
Asiente, despacio, como quien encaja una pieza que llevaba tiempo sin caber. No llora. Esta corte tampoco le ha dejado eso.
— Entonces es mala — dice, y no lo pregunta: lo decide, con lo más parecido a una decisión que puede tomar un niño—. Mamá es mala.
— Tu madre hace cosas malas. — Le aparto un mechón de la frente, como me apartaba el pelo Theron, como le aparté yo el pelo a Renko—. Eso no te hace malo a ti.
Me mira con los ojos enormes, y luego, porque para eso ha venido, mete la mano en el zurrón que lleva cruzado bajo el decreto y saca algo envuelto en un trapo.
Lo desenvuelve con dedos que tiemblan. Es un puñado de ceniza gris, prensada, guardada con cuidado de relojero, y encima de la ceniza, sin reducir, un trocito de marco de plata retorcido por el fuego.
— Esto es de tu madre — dice—. Lo encontré en el cuarto de detrás del armario.
Hay una caja con cosas de la gente que mi madre...
— Se le traba la voz—. Cosas. Y había un retrato.
Pequeño, de los de llevar al cuello. Tu madre y tú, de pequeña, las dos.
Lo sé porque ponía detrás "Nieve y su madre".
Mi madre lo quemó. Pero no del todo. Quedó esto.
— Me pone la ceniza y el marco en las manos frías—.
Pensé que tú lo arreglas. Arreglas casas. ¿Es verdad que puedes arreglar esto?
— ¿Cómo sabes que lo arreglo? — pregunto, porque a un crío que pregunta si es verdad a todo hay que devolverle las preguntas.
— Te vi en el incendio del barrio bajo. Desde la ventana de la torre.
— Lo dice como quien confiesa una travesura—.
Mi madre me mandó cerrar la cortina para no verlo.
La cerré y dejé una rendija. Te vi rehacer las casas.
Todo el mundo decía que la bruja de ceniza quemaba la ciudad, y yo te estaba viendo apagarla.
— Frunce el ceño, esa lógica limpia de los once años que no entiende por qué los adultos se mienten—.
Así supe que mi madre miente. Porque te llamaba bruja mientras tú salvabas casas. Y desde entonces te guardo cosas.
Me quedo mirando al niño que me ha estado guardando cosas en secreto desde un incendio, sin que yo lo supiera, mientras su madre me preparaba la hoguera.
Esta corte cría monstruos y, en un descuido, entre las cortinas mal cerradas, también cría a un crío que mira por la rendija y decide por su cuenta de qué lado está.
La ceniza de un retrato de mi madre y mía, en mis manos.
Sé lo que es. Sé lo que cuesta. Devolver forma desde la ceniza cuesta el doble y deja fiebre, y este no es un cerrojo de hierro ni una viga: es un retrato pintado, materia querida, lo más caro que puede cobrar el don, porque cuanto más amas lo que rehaces más profundo el recuerdo que se lleva.
Y hay algo más, algo que me para el corazón un latido: en ese retrato está la cara de mi madre.
La cara que el don me robó a los nueve años.
La que llevo trece años buscando y trece años encontrando el hueco.
Si devuelvo forma a esta ceniza, recupero su rostro.
Y para recuperarlo voy a pagar otro recuerdo. Otro trozo de mí.
— Aldric — digo, y la voz me sale temblando—, si arreglo esto, voy a perder algo. Mi don cobra. Siempre cobra.
— ¿Qué vas a perder?
— No lo sé hasta que lo pierdo. Esa es la trampa.
El niño me mira, y luego dice la cosa más sabia que ha dicho nadie en este palacio, con la lógica limpia de los once años:
— Pero la cara de tu madre ya la perdiste. — Frunce el ceño—. ¿No es mejor perder algo que aún no sabes para recuperar algo que ya echas de menos?
Me quedo callada. Cuando algo me importa de verdad me quedo callada, y este crío acaba de decir en una frase lo que Hadiel me explicó en media tarde.
No es mejor perder a ciegas. Pero es mejor elegir lo que ganas.
Y por primera vez puedo elegir, porque por primera vez no temo el don: lo que tengo en las manos no me da miedo, me da ganas.
Quiero ver la cara de mi madre. La amo. Y el viejo me lo dijo: el día que ames lo que rehaces, podrás decir este recuerdo no, este sí.
Cierro las manos sobre la ceniza del retrato.
Cierro los ojos. Y por primera vez en mi vida, en lugar de dejar que el don me robe lo que quiera, le hablo.
Le digo, por dentro, lo que voy a soltar y lo que no.
La voz de mi madre, no. La cantinela de cuna, no, esa la elegí anoche y la sostengo.
El nombre de Theron, no. Su cara, no. La bodega, el beso con filo, las dos noches, no.
Eso se queda. Eso lo guardo con las dos manos.
Suéltame otra cosa, le digo al don. Tú decides entre el resto. Pero el resto no, esto no.
Y el don, por primera vez, me escucha. No porque sea más blando. Porque lo amo en lugar de temerlo, y el miedo era lo que le daba permiso para robar a su antojo.
Es lo más raro que he hecho con esta cosa que llevo dentro: hablarle en vez de aguantarla.
Toda la vida la he apretado, contenido, escondido, como se sujeta a un perro que muerde.
Y resulta que el perro mordía porque lo tenía atado corto y muerto de miedo.
Suéltale la correa y le hables, y deja de morder al azar.
No deja de morder —eso no, no hay don manso—, pero muerde donde tú le señalas.
Le señalo el retrato. Le señalo lo que quiero ganar.
Y le aparto, con las dos manos, todo lo que no quiero que toque: el nombre de Theron, su cara, la voz de mi madre, la mano del incendio.
Devuelvo forma a la ceniza.
El coste me entra como un cuchillo, igual de hondo que siempre, porque no hay magia gratis y Hadiel no me mintió: amar lo que toco no quita el precio, solo me deja escogerlo.
La fiebre me sube de los pies a la cabeza, me tiemblan las rodillas, el gris me gana otro dedo de melena.
Y siento irse el recuerdo, lo siento esta vez, porque esta vez tengo los ojos abiertos: es el taller de mi padre.
El olor a barniz, la mesa baja donde me sentaba a verlo trabajar, la luz de la tarde por la ventana sucia.
Lo veo alejarse mientras lo pago, despacio, como quien ve zarpar un barco, y duele, duele de verdad, pero es mío el dolor, lo he elegido yo, y eso lo cambia todo.
No me lo han robado. Lo he dado. Por esto.
Y al darlo entiendo otra cosa que Hadiel no me dijo porque a lo mejor ni él la sabía: que elegir lo que sueltas no solo deja escoger, también deja despedirse.
La cría de nueve años a la que el don le robó la cara de su madre no pudo despedirse de nada; el don le arrancó cosas mientras dormía, a traición, y ella despertaba con huecos sin saber qué había habido dentro.
Yo, ahora, sí me despido. Le digo adiós al taller de mi padre mientras se va.
Gracias por el olor a barniz, le digo, gracias por las tardes, te suelto a ti para recuperarla a ella, y tú lo entenderías porque tú la quisiste hasta el final aunque fueras un cobarde.
Despedirse de lo que pagas no quita el precio.
Pero convierte el robo en entrega, y la entrega, aunque duela igual, se lleva mejor, porque la carga uno mismo en vez de que se la quiten.
Abro las manos.
Y ahí está.
El retrato, entero, la plata bruñida, la pintura intacta.
Y en la pintura, una mujer joven con una cría de cinco años en el regazo, las dos con el mismo gesto en la boca, las dos con las manos un poco grises en las puntas.
La cara de mi madre. La que llevo trece años sin ver.
Los ojos. La forma de la nariz. La sonrisa pequeña que yo pongo cuando finjo que nada me importa, y que resulta que era de ella, que la heredé sin saberlo, que la llevo en la cara desde siempre sin recordar de dónde venía.
Me echo a llorar, y esta vez no me trago las lágrimas, porque la cría que se enterraba el llanto con el resto se quedó en la silla anoche.
Aldric me mira llorar sin saber qué hacer, y al final hace lo único que sabe: me pone una mano pequeña en el hombro, igual que yo se la puse a él, y se está quieto.
— ¿Es ella? — pregunta, bajito.
— Es ella. — Le acaricio la cara del retrato con el pulgar agrietado—. Gracias, Aldric. Me has devuelto a mi madre.
— ¿Es verdad que ahora te vas a ir?
Me limpio la cara con el dorso de la mano negra.
Guardo el retrato contra el pecho, encima del libro de Hadiel, encima del frasco de Tassia.
Tres cosas que llevo encima, tres regalos de tres personas que me eligieron sin que yo se lo pidiera.
Y miro al niño, a mi medio hermano, al heredero títere que dibuja mapas de huida en los márgenes de las sentencias que le obligan a firmar, y por primera vez desde que crucé la plaza hacia el cadalso sé exactamente qué voy a hacer.
No voy a servir a Velora. No voy a esconderme. No voy a contar las salidas de este palacio para huir por la más fácil.
Voy a quedarme. Voy a esperar a la noche más larga, la Noche del Deshielo, cuando toda la corte se reúna y la reina presida con sus guantes de muertos puestos a la vista de los dos reinos, y voy a hacer lo que la página de Hadiel me enseñó: voy a devolverle forma a la memoria que lleva robada, a reclamarle lo prestado, a tirarle encima cuarenta años de coste de un solo golpe.
Empezando por mi madre. Que mi madre sea la primera ceniza que vuelva.
— No me voy, Aldric — digo, y la voz me sale por fin entera, sin mueble, sin culpa, sin huida—.
Me quedo. Hasta la Noche del Deshielo. Y entonces tu madre va a pagar todo lo que no ha pagado nunca.
— Le aprieto la mano pequeña—. Tú esa noche te escondes en tu cuarto de detrás del armario y no sales hasta que yo vaya a buscarte. ¿Me lo prometes?
— ¿Es verdad que después podré dibujar lo que quiera?
— pregunta, y es la pregunta más triste que me han hecho nunca, porque un crío que pide permiso para dibujar es un crío al que le han contado las rayas del papel—.
En los decretos. Mi madre me los hace firmar y yo dibujo mapas para escaparme en los márgenes, pero ella los rompe.
— Después vas a poder dibujar mapas que no sean de huida — digo—. Mapas de sitios a los que ir porque te apetezca, no de los que escapar. Te lo prometo yo.
El niño me mira con los ojos enormes, y por una vez no pregunta si es verdad. Me cree. Se mete el trapo vacío en el zurrón, recoge su decreto a medio firmar, y antes de colarse por la rendija de la puerta se vuelve y me dice, bajito, lo que llevaba toda la conversación queriendo decir:
— Me alegro de que mi padre fuera también el tuyo. — Traga—. Aunque sea lo único que tenemos.
Y se va, descalzo, pegado al zócalo, un ratón de once años que acaba de soltar a su media hermana de una celda y que vuelve a un trono prestado a esperar la noche más larga.
Me quedo con el retrato de mi madre contra el pecho y la cara de la mujer que entró en el fuego por mí grabada por fin donde el don no la alcanza, y sé, con la certeza fría de las decisiones sin vuelta, que acabo de elegir el único camino del que no se huye contando puertas.