La corte de las cenizas Capítulo 32
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Capítulo 32

El candil se ha consumido hasta el cabo y no cuento las salidas del cuarto sin ventanas porque ya sé que solo hay una y porque, por primera vez en trece años, no quiero salir a ninguna parte.

¿A dónde iría? La que cruzaría esa puerta no existe.

La maté yo en la silla esta noche, al mismo tiempo que Velora me devolvía a mi madre y me quitaba la culpa, que resulta que eran la misma cosa: lo único que me sostenía en pie era la cuenta de algo que no hice.

Quítale a una persona la mentira sobre la que se construyó entera y se queda hueca.

Lo dijo ella. Tenía razón en eso, como tiene razón en casi todo lo que hace daño.

Estoy hueca. Lo noto en el cuerpo como noto el frío de las manos: una falta.

Pruebo a buscar quién soy y donde antes había una respuesta —la culpable, la que se esconde, la que paga— ahora hay un hueco con la forma exacta de mi madre.

Y Theron. Theron también está en el hueco.

No sé si me queda entero. Abrí media celda a fuego antes de que me sacaran de allí, pagué a manos llenas, y no sé qué solté para abrirla porque cuando una paga a ciegas no se entera de lo que pierde hasta que va a buscarlo y encuentra el sitio vacío.

Busco su cara. Está. Busco su voz. Está.

Busco la primera noche, la bodega, el beso con filo.

Hay un borrón. Algo de él lo pagué por esos barrotes y no sé el qué, y eso es lo peor de este don, que ni siquiera me deja saber cuánto de él me queda.

Voy haciendo inventario en la oscuridad, que es lo que hace una cuando ha pagado a ciegas: cuenta lo que le queda para saber lo que falta.

La primera vez que vi a Theron, en el patio, mirándome demasiado: está.

La Festividad de las Brasas, su mano sobre la mía ardiente sin quemarse: está.

Pero entre una cosa y otra hay sitios lisos, como una pared a la que le han quitado un cuadro y queda más claro el sitio donde estuvo.

Sé que pasó algo en la bodega antes del beso porque tengo el después y no el durante.

Sé que Renko murió porque tengo el luto y no el cuerpo.

El don me ha ido vaciando los cuartos de en medio y me ha dejado las puertas, y ahora voy de puerta en puerta encontrando habitaciones a medio amueblar, y no sé si en alguna de esas que ya no tengo estaba la primera vez que entendí que lo quería.

Eso es lo que de verdad me tira al suelo.

No la verdad de Velora. La idea de que pueda haber pagado, sin saberlo, el momento exacto en que dejé de tenerle miedo a Theron, y que ahora lo quiera sin acordarme de por qué, como se quiere por costumbre, como un perro quiere la mano que le da de comer aunque no recuerde la primera vez que se la tendió.

Me suelto las cuerdas. No con el don —no pienso pagar un recuerdo por un nudo, y además la cuerda es de ceniza muerta, no la muerde—, sino con las muñecas en carne viva y los dientes, despacio, durante una hora, hasta que la soga cede y me caigo de la silla al suelo de piedra.

Me quedo ahí tumbada en la oscuridad, hecha un ovillo, con las manos frías metidas entre las rodillas, y por una vez no me digo que tengo que levantarme y buscar la salida.

No hay nada que buscar. La reina ha ganado.

Me ha vaciado y mañana vendrá a llenarme con lo que ella quiera, y ahora mismo, en el suelo, casi le tengo envidia a la cría que se creía asesina, porque al menos aquella sabía quién era.

Hago lo que hago siempre que el mundo se cae: cuento.

Las salidas del cuarto sin ventanas, aunque solo haya una y no me sirva, porque contar es lo que hace mi cuerpo cuando la cabeza no aguanta.

Una. La puerta por la que salió Velora. La cuento, la vuelvo a contar, y a la tercera me doy cuenta de que ni siquiera estoy contando para huir, estoy contando para tener algo que hacer con la cabeza que no sea repetirme la verticalidad de la frase: mi madre no murió por mi mano.

Trece años de cuerda que me ataba al suelo, cortada de un tijeretazo, y lo que queda no es alivio.

Es vértigo. Porque una cuerda que te ata también te sostiene, y a mí la culpa me sostenía. Sin ella no sé ni cómo se está de pie.

El libro de Hadiel me clava una esquina en la cadera.

Lo llevo bajo la camisa desde el Archivo, encima del frasco de Tassia, las dos cosas que el viejo y la boticaria me colgaron sin que se lo pidiera.

Lo saco en la oscuridad y lo sostengo contra el pecho, las tapas chamuscadas, las hojas onduladas de fuego viejo, y aunque no veo nada lo abro, porque las manos se acuerdan de dónde cae la encuadernación aunque los ojos no sirvan.

Hadiel me lo dijo. Vas a necesitar acordarte de esto cuando llegue la noche larga.

La noche larga es esta. La más larga que he tenido nunca.

No puedo leerlo a oscuras. Pero no hace falta, porque me sé de memoria lo que el viejo me recitó entre los anaqueles, lo que él guarda en esa cabeza que no suelta fechas ni páginas, las dos cosas que dice la hoja que Velora arrancó hace cuarenta años.

La primera la conozco desde el cajón de los guantes.

La memoria robada es prestada y lo prestado se puede reclamar.

Quien devuelve forma a la ceniza ajena le quita al ladrón todo lo que tomó, de un solo golpe.

Velora lleva cuarenta años de memoria robada cosida contra la piel; el día que alguien devuelva forma a esos mechones, la cuenta de cuarenta años le cae encima entera, en un latido, y paga de golpe todo lo que no pagó nunca.

Mi madre incluida. Mi madre, que lleva en su guante, sería la primera en volver.

Eso lo sabía. Eso es un arma y guardo las armas, aunque ahora mismo no tenga manos para empuñar ninguna.

La segunda cosa es la que Hadiel me dio despacio, la que no sabía, la que me cambió algo dentro en el suelo del Archivo.

El coste no se paga igual si amas lo que transformas que si lo temes.

No se anula. No hay magia sin precio, eso es mentira de feria.

Pero amar lo que tocas, en vez de temerlo, te deja elegir qué recuerdo sueltas, en lugar de perderlo al azar.

Toda la vida he temido mi don. Por eso me roba lo que quiere.

Abrí la celda con miedo y rabia y por eso pagué a ciegas, y por eso no sé qué de Theron solté en los barrotes.

He sido la mano que paga sin mirar, igual que Velora es la mano que cobra sin mirar, y entre las dos —ella que no paga nada y yo que lo pago todo a ciegas— Hadiel me señaló un tercer sitio.

Pagar con los ojos abiertos. Elegir. Este recuerdo no, este sí.

Lo repito en la oscuridad como se repite una oración que no se cree del todo.

El miedo dice: esto que tengo dentro es un monstruo y yo soy su rehén.

El amor dice: esto que tengo dentro es mío y yo elijo qué hace.

La diferencia no está en el don, dijo el viejo, está en quién manda.

Y mando yo. Hace falta decirlo en alto para creérselo, así que lo digo en alto, sola, atada en un cuarto sin ventanas, con la voz rota: mando yo.

Suena ridículo. Una mujer amarrada a una silla declarando que manda.

Pero las cosas que una declara cuando lo ha perdido todo son las únicas que valen, porque ya no las dice para presumir, las dice para no morirse.

Pero para elegir hay que amar lo que se toca, y yo en el suelo de este cuarto no amo nada. Estoy hueca. No me queda suelo. La cría que pedía perdón por existir ha muerto y la mujer que tenía que nacer en su sitio todavía no sabe ni cómo se llama.

Y entonces, en la oscuridad, sin pedírselo, me llega la voz.

No el rostro. El rostro me lo robó el don a los nueve años; donde estaba la cara de mi madre hay un borrón gris desde entonces, y lo he buscado mil veces y mil veces he encontrado el hueco.

Pero la voz no. La voz es lo único que me dejó.

Y aquí, tirada en el suelo de la reina que la mató, hueca y sin nombre, la voz de mi madre me sube de algún sitio de dentro donde llevaba trece años guardada, y me canta.

Una cantinela tonta, de cuna, de las que se cantan para que un crío con las manos raras se duerma sin miedo.

No me sé la letra. Me sé la voz. Y la voz me dice, sin palabras, lo que ninguna verdad de Velora ha podido quitarme: que hubo alguien que entró en un incendio a buscarme.

Que no morí sola en aquel rincón. Que antes de la culpa, antes de la mentira, antes de las salidas contadas, hubo una mujer que me quería tanto que cruzó el fuego, y que esa mujer no fue una víctima de mi don.

Fue una víctima de Velora. Y yo no soy lo que la mató. Soy lo que ella entró a salvar.

La cantinela no tiene letra que yo recuerde.

Tiene tres notas que suben y una que baja, y un sitio en mitad donde la voz se ablanda, y al llegar a ese sitio me acuerdo, sin querer, de la mano en el incendio.

La mano fuerte de mujer. El nombre dicho como se dice lo que se entra a salvar.

No es la cara —la cara me la robó el don y no vuelve sola—, es el gesto entero de alguien que cruzó el fuego por mí, y ese gesto Velora no me lo ha podido quitar contándome de quién es la culpa, porque la culpa estaba en la cabeza y el gesto está en el cuerpo, y el cuerpo se acuerda de lo que la cabeza ya no.

Me incorporo en la oscuridad. Despacio. Las manos frías se me cierran sobre el libro de Hadiel.

Esto es lo que el viejo me dio sin que yo lo entendiera: no un arma, una razón.

Para reclamarle a Velora lo robado, para devolver forma a esos mechones y tirarle encima cuarenta años de coste, voy a necesitar usar el don a pleno, más que nunca, y voy a pagar por ello, y si lo pago a ciegas con miedo me vaciaré como me vacié en la celda.

La única forma de pagar eligiendo es amar lo que toco.

Y resulta que sí amo algo. Amo la voz que me acaba de cantar en el suelo.

Amo a la mujer que entró en el fuego. Amo —y me cuesta decirlo hasta a oscuras, me cuesta como cuesta dejarse ver entera— al hombre que cruzó una poterna sin trancar con el corazón ardiéndole para no dejarme dentro de una jaula.

No estoy hueca. Eso era el miedo hablando con la voz de Velora. Estoy vaciada de una mentira, que no es lo mismo que estar vacía. Donde la reina creía dejarme un hueco, hay un sitio limpio por primera vez en trece años. Y en un sitio limpio se puede elegir qué se guarda.

Y hay algo más, lo que la reina me enseñó sin querer al ponerme la cara entre las manos enguantadas: mi madre está en su guante.

Cosida. Su ceniza, su voz, su memoria robada, prestada, reclamable.

Velora la lleva contra la piel para beber de ella el recuerdo de haber sido querida, porque la suya se le secó hace cuarenta años.

Pero lo prestado se puede reclamar, y el día que yo devuelva forma a esa ceniza, mi madre vuelve a mí, y la cuenta de cuarenta años le cae a Velora encima.

La reina me ató con una cuerda de ceniza muerta creyendo que me dejaba sin armas, y me ha tenido toda la noche a un palmo de la única que necesito, cosida en su propia mano.

Me cuesta. No es esperanza regalada; es esperanza que tengo que coger del suelo de un calabozo con las muñecas en carne viva.

Me cuesta perdonarme a la cría de nueve años que cargó una culpa que no era suya, porque perdonarla es admitir que sufrí trece años para nada, y nadie quiere mirar de frente trece años perdidos.

Pero la voz de mi madre no me deja seguir en el suelo.

Me empuja a sentarme. A apretar el libro contra el pecho.

A buscar, en el sitio limpio, lo primero que voy a elegir guardar pase lo que pase: su voz.

Esta. La cantinela tonta. Eso no lo suelto.

Eso es lo primero que decido, con los ojos abiertos, en la primera elección de verdad de mi vida.

Pase lo que pase mañana, gaste lo que gaste, la voz de mi madre se queda.

La puerta del cuarto sin ventanas sigue cerrada. Sigo cautiva. La reina sigue creyéndome rota, y mañana volverá a llenarme de lo que ella quiera, y no sé cómo voy a salir de aquí, ni si me queda Theron entero, ni cuánto más me va a costar el don antes de que esto acabe.

Pero ya no estoy en el suelo. Y aún puedo elegir.