Capítulo 31
La celda de la reina no tiene salidas que cuente, porque la celda de la reina es ella, su voz, el guante que me aparta el pelo de la sien, y de eso no se huye contando puertas.
Me tiene atada a una silla en un cuarto sin ventanas del que no sé el nombre, alumbrado por un solo candil, y se ha sentado enfrente con la calma de quien va a tardar todo lo que haga falta.
Trece años llevo creyendo que maté a mi madre.
Trece años contando salidas para huir de una culpa que ahora esta mujer va a coger entre las manos enguantadas y a girar hacia otro sitio, y lo sé porque sonríe como sonríe ella justo antes de quitarle a alguien el suelo de debajo.
— Estás temblando — dice—. No es por el frío.
Lo sé porque yo temblé igual a tu edad, y por la misma razón: porque alguien estaba a punto de contarme quién era de verdad.
— Cruza las manos sobre el regazo, la seda sobre el forro de muertos—.
Da miedo, mi niña. Más que la hoguera. La hoguera solo te quema la carne.
No respondo. Responder a Velora es darle de comer; lo aprendí de Theron sin que me lo dijera, viéndolo callar en el gabinete. Aprieto la mandíbula y miro el candil, la única luz, y cuento las salidas que no hay porque mi cuerpo no sabe estarse quieto cuando tiene miedo.
Pruebo el don. Lo hago sin mover un músculo de la cara, lo busco por dentro, ese hilo que me sube a las palmas cuando lo llamo, y le pido que reduzca la cuerda de las muñecas a la ceniza que merece.
No sube. Es lo primero que me dice esta mujer sin decírmelo: ha atado la cuerda con algo que el don no toca.
Lo huelo ahora, tarde, mezclado con el azahar: ceniza vieja en la fibra, ceniza ya muerta, de la suya, prensada en el cáñamo.
Una cuerda hecha de lo que mi don no puede deshacer porque ya está deshecho.
Cuarenta años de práctica. Me ha atado con su propia ventaja.
— No te molestes — dice, sin levantar la vista de sus manos, como si me leyera el pulso a través de la cuerda—.
La cuerda es vieja. Tan vieja como mi primer guante.
No hay don que la muerda. — Sonríe—. Lo intenté yo también, atada a una silla a tu edad.
Es lo primero que prueba una de las nuestras.
Y es lo primero que aprende: que a otra portadora no se la encierra con hierro, se la encierra con ceniza.
— Cuéntame qué recuerdas de aquella noche — dice ella, suave—. La del incendio. La de tu madre. Cuéntamelo tú primero. Quiero oír la versión que mi marido te metió en la cabeza con tanto cariño.
La versión la tengo grabada como se graba lo que una se repite para no volverse loca.
Tenía nueve años. Hubo fuego en el ala vieja del palacio, el fuego saltó del brasero a las cortinas, mi madre entró a buscarme, yo estaba en el rincón con las manos negras sin saber por qué, y cuando el humo se aclaró ella era ceniza y yo seguía viva, con las palmas grises y un hueco donde antes estaba su cara.
Mi padre me sacó en brazos antes de que nadie viera las manos.
Me enseñó a esconderlas. Me enseñó a esconderme.
Y me dijo, una sola vez, con la voz rota, lo que no me ha dejado dormir desde entonces: que el fuego lo había hecho yo, que el don se me despertó esa noche y se llevó a mi madre, y que si alguien lo sabía me quemarían a mí también, así que callara, y contara las puertas, y no usara nunca lo que tenía dentro.
De aquella noche me quedan trozos, no la noche entera, porque el don me cobró el resto en algún momento que no recuerdo recordar.
Me queda el calor en la cara, ese calor que entra y no sale, el mismo que Theron describe del juramento.
Me queda el humo raspando la garganta. Me queda una mano que me agarra en la oscuridad, fuerte, una mano de mujer, y una voz que me dice un nombre, el mío, dicho como se dice lo que se entra a salvar en un incendio.
Y luego un hueco. El hueco grande. Donde estaba el resto de ella ahora hay gris, y por mucho que meta la cabeza en ese gris a buscar la cara, encuentro la voz y nada más.
Trece años buscando una cara en una pared de ceniza.
Se lo cuento a Velora con la voz de mueble, la plana, la que pongo para que algo no me rompa por dentro mientras lo digo.
Ella escucha con la cabeza ladeada, los ojos entornados, y cuando termino no dice nada un rato largo, dejando que el silencio crezca, porque esta corte sabe esperar y ella es la corte.
— Qué bien te lo enseñó — dice al fin—. Tu padre fue un hombre débil para casi todo, pero para esto tuvo mano de artista.
Te dio una culpa que cargar para que no hicieras preguntas.
Un crío que se cree un monstruo no busca al monstruo de verdad.
Mira para dentro toda la vida y nunca mira para fuera.
— Se inclina hacia mí, y el azahar me llega antes que la voz—.
Y mirar para fuera es lo único que me habría arruinado, mi niña.
Por eso necesitaba que miraras para dentro.
Algo me sube por las palmas, y por una vez no es el don.
— ¿Qué estás diciendo?
— Estoy diciendo la verdad, que es la única arma que me queda contigo, porque la hoguera no te dobla y el hambre no te dobla y el amor de tu cazador no te dobla.
— Se quita el guante de exhibición, despacio, dedo a dedo, como hace cuando va a tocar lo de debajo, y deja a la vista el otro, el del forro de pelo, los muertos cosidos contra su palma—.
Pero la verdad sí. Porque toda tu vida la has construido sobre una mentira, y cuando te quite la mentira no vas a saber sobre qué pisas.
Mírame las manos, Nieve. Mira de qué están hechos mis guantes.
Las miro. Las he visto ya, en el cajón, vueltas del revés, secándose: cabello humano cosido en seda, mechón sobre mechón, la cosecha de los desaparecidos. Pero verlas puestas, vivas sobre sus manos mientras me habla, es otra cosa. Es ver la mano que las lleva moverse, señalar, acariciar.
— Memoria robada — digo, porque llamar a las cosas por su nombre es lo único que me sostiene—. Lo sé. Pagas el coste con la de otros. No pierdes nada.
— No pierdo nada desde hace cuarenta años — corrige, y la corrección le da gusto, lo veo—.
Pero no siempre fue así. Aprendí tarde. Aprendí, de hecho, la noche del incendio.
Tu madre me lo enseñó sin querer. — Acaricia un mechón fino del guante, los ojos entornados, y por un instante pierde diez años como la vi perderlos tras la cortina—.
¿Quieres saber de quién es este pelo, mi niña?
Es de ella. Lo guardo aparte. El primero. El que me enseñó que se podía no pagar.
El candil tiembla. O tiemblo yo. No sé cuál de los dos.
— Mientes.
— No miento. — Lo dice sin levantar la voz, y es peor que si la levantara—.
Tu madre tenía el don, Nieve. Como tú. Como yo.
Era de la sangre vieja de las brasas, igual que las tres.
Tu padre se casó con ella por amor, el muy idiota, sin saber lo que se metía en casa, y luego me casó a mí por política cuando ella ya le estorbaba.
Dos esposas con el mismo fuego en las manos, viviendo bajo el mismo techo.
— Sonríe—. ¿Sabes lo difícil que es eso?
Dos portadoras de ceniza no caben en una corte.
Una de las dos siempre acaba siendo la bruja y la otra la reina.
Yo decidí pronto cuál iba a ser cada una.
Tiro de la cuerda. Las muñecas agrietadas me arden. No me suelto, claro que no me suelto, pero el cuerpo tira solo porque el cuerpo entiende antes que la cabeza adónde va esto.
— El fuego no se despertó solo aquella noche — digo, y la voz ya no me sale de mueble, me sale de algo que se está quebrando—. Tú lo dijiste. Mi padre dijo que fui yo.
— Tu padre dijo lo que yo le dejé decir, porque para entonces ya le había enseñado lo que le pasaría a su hijita pequeña si abría la boca.
— Velora se levanta. Da un paseo por el cuarto sin ventanas, las manos enguantadas cruzadas a la espalda, y su voz cae sobre mí como cae el azahar, dulce y espesa—.
Te lo voy a contar entero, porque te lo mereces, y porque quiero que lo lleves dentro cuando decidas servirme, para que sepas que conmigo al menos no hay mentiras.
— Se detiene—. Yo prendí aquel fuego, mi niña.
Yo. En las cortinas del ala vieja, con mi propia mano, sabiendo que tu madre entraría a buscarte porque tu madre habría entrado en el infierno a buscarte.
Y cuando entró, la reduje a ceniza con la mano que ves, y guardé su cabello antes de que se enfriara, y aprendí esa misma noche que su memoria me servía para no pagar la mía.
Mi primer guante. El que me lo enseñó todo.
Dejo de tirar de la cuerda. Me quedo muy quieta. Cuando algo me importa de verdad, me quedo callada, y no hay nada que me haya importado nunca como esto, así que el cuarto entero se llena de mi silencio.
— ¿Por qué? — consigo decir, al fin, y la palabra me sale fina, de cría—. Si querías el trono, lo tenías. Mi padre te casó con él. ¿Por qué a ella? ¿Por qué a una cría?
— Porque tu madre no se escondía. — Velora se vuelve, y por una vez la dulzura se le cae del todo y debajo solo hay cálculo, el mismo que le vi cuando me ofreció no pagar—.
Usaba el don a la vista, mi niña. Curaba con él, rehacía cosas rotas, encendía los braseros del ala de los niños sin pedernal porque le daba pereza buscarlo.
La corte la adoraba. Y una portadora que la corte adora es una portadora que un día se sienta donde estoy yo.
— Da un paso—. No la maté por estorbo. La maté porque era yo a la luz, la versión que no se avergüenza, y mientras ella anduviera por estos pasillos demostrando que el don podía ser bueno, yo no era la reina, era la otra.
La que se pone guantes. — Sonríe sin calor—.
Solo cabe una de las nuestras en una corte, ya te lo he dicho.
Ella eligió ser la que se ve. Yo elegí ser la que queda.
— Y luego — sigue, y se acerca, y se inclina, y me aparta la franja gris de la sien con el dedo enguantado, despacio, con el cabello de mi madre rozándome la piel sin que yo lo sepa— te puse la culpa encima.
A una cría de nueve años con las manos negras de su primer susto.
Te dije por boca de tu padre que la habías matado tú.
Porque una niña que se cree asesina de su madre es una niña dócil, asustada, fácil de criar, que esconde su don en vez de aprenderlo, que cuenta las puertas en vez de abrirlas, que crece pidiendo perdón por existir.
— Sonríe, y la sonrisa es de manteca—. Te crié así a propósito, mi niña.
No para quererte. Para tenerte lista. Un arma que se odia a sí misma no se rebela: se esconde.
Y yo necesitaba que el otro fuego de esta corte se escondiera hasta que me hiciera falta encenderlo.
No grito. Esperaba gritar y no grito. Lo que me pasa es más callado y más hondo: es el suelo.
El suelo entero sobre el que he construido cada decisión de mi vida —cada salida contada, cada noche sin dormir, cada vez que aparté la mano de alguien para no hacerle daño, cada minúscula crueldad que me dediqué a mí misma por castigo— ese suelo se abre y no hay nada debajo, porque la culpa que lo sostenía todo era una mentira sembrada en la cabeza de una cría por la mujer que ahora me acaricia el pelo.
No maté a mi madre.
Trece años. Trece años pidiendo perdón por algo que no hice. Trece años creyéndome el monstruo cuando el monstruo estaba sentado enfrente, poniéndome la culpa como quien le pone un collar a un perro para que no muerda.
— Ahí está — dice Velora, muy bajo, y me coge la barbilla con la mano del guante de muertos, con mi madre rozándome la mandíbula—.
Ahí está la cara que esperaba. La de cuando se cae todo.
La conozco bien. Es la mía de hace cuarenta años.
— Me sostiene la cara para que la mire—.
Ahora ya no sabes quién eres, ¿verdad, mi niña?
Si no eres la asesina de tu madre, ¿qué eres?
Toda tu vida ha sido para no ser eso, y resulta que nunca lo fuiste.
Quítale a una persona la culpa sobre la que se construyó entera y se queda hueca.
Hueca y mía. Porque ahora solo yo sé quién eres de verdad, y eso, mi niña, es el principio del amor que vamos a tenernos.
Y ese es el momento en que tendría que romperme, porque está calculado para eso, hilo a hilo, como el resto de lo que hace Velora.
Pero ocurre otra cosa, una pequeña, en el centro del derrumbe.
Me sostiene la cara con la mano del guante de muertos, con el cabello de mi madre cosido contra la palma, y al rozarme la mandíbula, durante un latido, el don me sube a las palmas sin que yo lo llame.
No para reducir la cuerda. Para reconocer.
Lo que llevo dentro reconoce lo que ella lleva en el guante, la ceniza de mi madre, y por un instante la sala entera se llena del olor de la cantinela de cuna, de la voz, de la mano que me agarró en el incendio.
Está aquí. Mi madre está aquí, a un palmo de mi cara, cosida en seda contra la mano que la mató.
Y Velora no lo nota, porque Velora lleva cuarenta años sin pagar y ha olvidado lo que es que una ceniza te reconozca.
Eso lo guardo. No lo digo. Me pongo la máscara de doncella aburrida, la de la primera noche, la que dice que nada me importa, justo encima de lo que más me ha importado en la vida: mi madre no está perdida del todo. Está en el guante de esta mujer. Y lo que está cosido se puede descoser.
Me suelta la barbilla. Se yergue. Vuelve a ponerse el guante de exhibición sobre el de los muertos, tapando a mi madre con seda, y se dirige a la única puerta del cuarto sin ventanas con la calma de quien ha hecho su trabajo.
— Te dejo a solas con la verdad — dice, sin volverse—.
Es lo justo. Yo también pasé mi primera noche a solas con la mía.
Mañana hablaremos de lo que vas a hacer ahora que ya no tienes una mentira que te diga quién ser.
— Abre la puerta. La luz del corredor entra un instante, y la silueta de Velora se recorta negra contra ella, una reina hecha de la memoria de sus muertos—.
Descansa, Nieve. Has cargado trece años con un crimen ajeno. Debes de estar agotada.
La puerta se cierra. Me quedo sola en el cuarto del único candil, atada a la silla, con las muñecas en carne viva y las manos frías como siempre.
Y por primera vez en trece años, lo que me cae por las mejillas no es ceniza.
No maté a mi madre. La mató ella. Y me hizo creer que fui yo para criar un arma que se odiara lo bastante como para no levantar nunca la cabeza.