La corte de las cenizas Capítulo 30
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Capítulo 30

La rama me ha llegado al pecho y por eso sé cuánto me queda: menos de una noche.

El juramento de sangre no perdona la duda y yo llevo semanas dudando, y cada vez que elijo a Nieve en lugar de la orden la cosa gana terreno, y ahora me late sobre el corazón con un calor que no es metáfora, un calor de hierro que entra y no sale.

Lo sé porque vi morir así a uno en la frontera, con la mano en el hombro de un crío al que protegía de nada.

Tengo menos de una noche. Y la voy a gastar entera en sacar a una mujer de la jaula de una reina, aunque eso adelante la cuenta.

La poterna de servicio está sin trancar.

Orin la ha dejado así, por descuido, como deja sin trancar todo lo que le interesa que cruce alguien; lo he visto hacerlo dos veces y la tercera la hace por mí.

Entro al ala de los calabozos de Vael Antir cuando la corte cena y el patio de la Antecámara todavía huele a la hoguera que no llegó a arder.

Cuento las salidas al entrar. Se me ha pegado de ella. Tres. Las tres custodiadas.

No importan. No vengo a huir. Vengo a entrar.

Llevo el cuchillo de monte y nada más. No he venido con plan.

Un cazador siempre tiene plan, Sibel me lo metió en el cuerpo a golpes, mide antes de entrar, cuenta a tus enemigos, ten dos salidas para cada puerta.

Esta noche he tirado todo eso a la basura por primera vez en veinte años y he cruzado una poterna sin trancar con un cuchillo y el corazón ardiéndome, a sacar a una mujer de una jaula con la única estrategia de no dejarla dentro.

Es la decisión más estúpida de mi vida y la primera que tomo entera yo solo.

La oigo antes de verla, porque a Nieve la huelo entre mil rastros, a ceniza fresca, a ella, y el rastro me lleva por el corredor de piedra hasta la última celda, la del fondo, la que tiene una sola salida porque está pensada para que de ahí no salga nadie.

Y al acercarme huelo algo más, algo que no debería estar pasando, y que pasa: el don.

Suelto. A pleno. Más don del que le he olido nunca, más del que le olí en el incendio entero del barrio bajo, una marea de ceniza viva llenando el corredor.

El aire del pasillo está caliente y sabe a piedra molida, y los dos guardias del primer recodo no me cortan el paso porque ya no hay guardias en pie en este corredor.

Echo a correr.

La celda del fondo no tiene puerta cuando llego.

La tenía. Era de roble con refuerzos de hierro, la he visto cerrarse esta tarde.

Ahora donde estaba la puerta hay un boquete de bordes grises, ceniza tibia cayendo todavía, y a través del boquete la veo, y lo que veo me clava al suelo igual que clavó al barrio bajo, igual que clava a todo el que la ve entera por primera vez.

Nieve está de pie en el centro de la celda con las manos desatadas y negras hasta el codo, y a su alrededor el mundo se deshace y se rehace.

No es un hilo fino lo que suelta, no es el don medido y asustado de la doncella que cuenta salidas.

Es el don a pleno, el de la criatura que el reino teme, el monstruo del cuento.

Los barrotes de hierro se le vuelven ceniza al rozarlos.

El muro de piedra se abre en gris donde mira.

Dos guardias yacen en el suelo, no muertos —los huelo respirar—, reducidos a sueño, tocados lo justo.

Y ella en medio, con la franja gris ya media melena, el pelo de ceniza al aire, las manos abiertas, terrible y entera, soltando años de miedo en un cuarto de piedra.

Y cada cosa que deshace le cuesta. Lo veo.

Lo huelo. Con cada barrote que reduce, con cada muro que abre, le entra el coste por el centro del pecho y se le lleva algo, y el gris le gana otro dedo, y la cara se le pone más pálida, esa palidez de quien acaba de perder algo dentro.

Está pagando a manos llenas para salir de aquí.

Está vaciándose de quién fue, recuerdo a recuerdo, para abrirse paso a fuego frío hacia la noche.

Aquí está el momento. El que llevo temiendo desde la primera semana, el que me prometí no fallar.

La veo usar el don a pleno, monstruo y todo, lo peor de ella, lo que media corte señala con dos dedos cruzados contra el mal de ojo.

La veo como nadie quiere ver a Nieve Aldecoa: entera.

Cenizas y todo. Y la promesa que ella me hizo en la Festividad de las Brasas, la que se sabe de memoria, si me ven entera huyen o me matan, me la pone delante para que la cumpla o la rompa.

He cazado dones toda la vida. He visto a un hombre llamar el rayo, a una cría parar la lluvia, a un viejo hacer hablar a los muertos un rato.

Los he rastreado, los he medido, los he entregado, y a casi todos les tuve miedo, porque el miedo era la herramienta del oficio: un cazador que no teme el don que persigue, lo subestima y muere.

Sibel me lo enseñó así. Teme lo que cazas.

Y aquí, en este corredor de piedra abierto a fuego frío, mirando a Nieve deshacer un muro de hierro y roca con las manos negras y el pelo de ceniza al aire, debería tener más miedo que en toda mi vida de oficio, porque esto es más don del que he visto junto, más poder del que cabe en una persona.

Y no lo tengo.

Esa es la cosa que entiendo de pie en el boquete, y la entiendo por su nombre exacto porque es lo único que me queda de honrado: no le tengo miedo.

Tengo miedo por ella, que es lo contrario.

Miedo de que se gaste viva, de que pague de más, de que cuando la sostenga ya no quede dentro la mujer que cuenta salidas.

Pero a ella, a lo que es, al monstruo del cuento que abre la piedra como agua, no le temo.

La quiero entera, con esto incluido, con esto sobre todo, porque esto es lo que el reino llama bruja y yo llamo Nieve, y son la misma palabra dicha por bocas distintas.

No huyo. No la mato.

Cruzo el boquete de ceniza tibia y entro en la celda con ella, en medio de la marea de don, donde nadie cuerdo entraría, y la ceniza viva me roza la piel y no me reduce porque ella no me reduce, porque entre todo lo que su don deshace esta noche yo soy lo único que no toca.

Llego hasta ella. Le agarro las muñecas negras, las dos, con las manos desnudas, sin guante, ardiendo donde la toco con el ardor que no cobra nada.

— Para — digo—. Ya está. Ya has salido. Para antes de pagar lo que no hace falta.

No para. No me oye, o me oye y no le importa, porque esta noche no la mueve huir sino destruir, y entre las dos cosas hay un mundo.

La he visto contar salidas mil veces, medir por dónde escapar, encogerse para caber por las rendijas; esta Nieve no cuenta nada, esta Nieve abre la piedra como quien abre agua, y eso no lo hace quien quiere salir.

Lo hace quien ya no le importa quedar dentro con tal de llevarse el muro por delante.

Algo le ha pasado en esta celda. Algo le ha dicho la reina que le ha quitado el suelo, y sin suelo el don se le ha soltado entero, y se está gastando viva para no tener que sentir lo que sea que le hayan metido en el pecho.

Me mira y por un instante no me reconoce.

Tiene los ojos llenos de don, de rabia, de la verdad que sea que la reina le haya soltado al oído antes de dejarla sola, y por un instante terrible no sabe quién soy, y la cuenta de lo que ha pagado para abrir esta celda incluye, quizá, esto.

Quizá ha pagado algo mío. Quizá no le quedo entero.

Así que hago lo único que me queda. Lo que ella me pidió que hiciera cuando volviera a verla.

— Nieve — digo.

En alto. Entero. Despacio, como se dice lo que se elige no soltar, y el juramento me muerde el corazón a cambio, gana el último palmo, el que no se recupera, y yo lo dejo morder porque su nombre vale el palmo, su nombre vale la noche que me queda, su nombre es lo único que voy a llevarme entero al sitio al que va esto.

Y ella me reconoce.

El don se le apaga en las manos como una marea que se retira.

La franja gris deja de ganar terreno. Me mira, me mira de verdad, y la criatura que abría muros de piedra vuelve a ser la mujer que cuenta salidas, y me dice mi nombre del revés, lo que prometió decir, en alto, con la voz rota de haber pagado media celda:

— Theron.

La sostengo. Está temblando de fiebre, vaciada, pero entera de lo que importa: sabe quién soy, sabe quién es, no se ha perdido del todo en el precio.

La aprieto contra el pecho donde la rama me late, y por un latido, uno solo, en el corredor de piedra abierto a fuego frío, con dos guardias dormidos y media corte que vendrá corriendo en cuanto huela lo que ha pasado aquí, somos dos cosas que alguien quemó de pequeñas, ardiendo juntas, vistas enteras, las dos a salvo en el único sitio del mundo donde nadie aparta los ojos.

Dura lo que dura.

— Qué escena tan tierna.

La voz entra por el boquete del muro antes que la persona, baja, vieja, con monedas tintineando entre los dedos, ese sonido que reconocería dormido porque lo oigo desde los nueve años. Me vuelvo con Nieve todavía en los brazos.

Sibel.

La maestra Sibel Onar está de pie en la ceniza tibia del corredor, menuda, gris, con su capa de viaje de Hieln y las monedas viejas pasándole entre los dedos mientras mira la celda abierta, los muros reducidos, a la criatura en mis brazos.

No ha venido sola; detrás, en la sombra, hay sombras de cazadores.

Pero entra ella sola, con esa calma de quien tiene un trato cerrado antes de empezar a hablar.

— Te he buscado por media corte, cazador — dice, y termina la frase con su muletilla, esa que en su boca suena a amenaza—.

Si los dioses quieren, llego a tiempo. — Mira la rama que me asoma por el cuello de la camisa, la que me late en el corazón—.

Te queda una noche. Menos. Lo huelo. Has dudado tanto que el juramento te está cobrando entero.

— Una sonrisa sin calor—. Qué pena. El mejor olfato de Hieln, muerto antes del deshielo por una doncella de las brasas.

— Has venido a entregarla — digo.

— He venido a salvarte. — Y lo dice como si fuera verdad, que es lo que la hace peligrosa—.

Puedo apagarte la rama, cazador. Lo sabes.

Una maestra impone juramentos y una maestra los muda.

Te quito el viejo, el que te está matando, y te pongo uno nuevo, limpio, y vives.

— Las monedas tintinean—. Solo tienes que jurarme una cosa.

Aprieto a Nieve contra mí. Está medio inconsciente de fiebre, la cabeza caída sobre mi hombro, sin fuerza ya para sostener el don ni para sostenerse.

La maestra mira el bulto que hago con ella como se mira una mercancía a la que se le ha estropeado el embalaje pero no el género.

La conozco. Llevo dieciséis años aprendiendo a leer esa cara, y lo que dice ahora es lo que dijo el día que me felicitó por entregar a mi hermana: tienes lo que vine a buscar, y de paso te tengo a ti.

— Mira lo sabe — digo, por ganar tiempo, por entender cuánto sabe ella—. Lo de la doncella y yo. ¿Te lo ha contado?

— Mira no me cuenta nada, cazador. Mira me obedece, que es distinto, y por eso a Mira no le pongo nunca un juramento de los que matan: no le hace falta correa quien no tira.

— Sonríe—. A ti sí. Tú siempre fuiste el que tira.

El más fino olfato y la peor obediencia.

Te crié sabiendo que algún día llegaría esta noche.

Solo no sabía que el don que te haría romper la correa iba a venir con cara de mujer.

— Las monedas paran—. Aunque, mirándola, debí suponerlo.

Es lo que sois los rotos: os enamoráis de otro roto y os creéis enteros por un rato.

El suelo se me abre por dentro, despacio, igual que la celda. Porque ya sé qué cosa. La conozco como conozco mi propio pulso.

— Que te la entregue — digo.

— Que me la asegures. Viva. Intacta. Para la Orden, como pide la carta.

— Sibel da un paso hacia nosotros, las monedas quietas de pronto—.

Júrame eso y la rama se te apaga esta noche y vives para verlo todo.

Niégate, y mueres en horas, y entonces ella se queda sola con la reina y con mi gente, y la asegura yo de todas formas, solo que sin ti respirando.

— Inclina la cabeza—. Tú decides, cazador.

Como siempre te enseñé. Solo que esta vez de verdad.

Y aprieto a Nieve contra el pecho donde me late la muerte, y entiendo, con la calma fría de las cosas sin vuelta, que la mujer que me hizo cuchillo a los nueve años acaba de tenderme el último juramento envuelto en el único favor que de verdad quiero —seguir vivo para protegerla—, y que cualquiera de las dos manos que abra, la que jura y la que se niega, la suelta a ella.