La corte de las cenizas Capítulo 29
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Capítulo 29

La plaza de la Antecámara tiene siete salidas a mediodía y ninguna me sirve, y aun así las cuento, porque contarlas es lo que hace mi cuerpo cuando la cabeza no quiere mirar el cadalso.

Las dos bocacalles del norte, el arco de poniente, el callejón de los aguadores, la escalinata de honor, la poterna de servicio, el portillo del jardín de ceniza que sigue atrancado desde el reinado del rey muerto.

Siete. Tassia está atada al poste por el centro de todas ellas, en el único punto al que no se huye, y el sol sube hacia lo alto con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo porque no es él quien arde.

El brasero al pie del poste ya escupe chispas que el viento de mediodía lleva hacia los haces de leña seca.

Falta poco. Lo veo en cómo el verdugo coloca la tea sin prenderla todavía, en cómo la guardia despeja el primer cerco para que la gente vea bien, en cómo Velora, desde el balcón, deja que el silencio crezca.

Esta corte sabe esperar. Es lo único que sabe hacer mejor que quemar.

Theron me alcanza en la sombra de los soportales, donde me he metido para que la corte no me vea temblar. Llega sin hacer crujir nada, como siempre, y se planta a mi lado de cara a la plaza, los dos mirando el cadalso, no nos miramos entre nosotros porque mirarse aquí sería confesarse.

— No lo hagas — dice, antes de que yo abra la boca, porque me lee la decisión en la cara igual que me lee todo—. Sé lo que estás pensando. No lo hagas.

— Va a quemar a Tassia.

— Si te entregas, te quema a ti y a Tassia igual cuando le convenga. Velora no canjea. Cobra dos veces. — Me agarra del brazo, la mano desnuda, ardiendo donde toca—. Hay otra forma. Déjame hablar con la Orden, déjame...

— Tu Orden no te ha creído, Theron. — Lo digo con la voz de mueble, la plana, porque si la digo con la otra se me rompe—. Lo dijiste tú. Una reina caída es una guerra y una doncella entregada es una tregua, y ellos quieren la tregua. Nadie va a mover un dedo por Tassia. Solo yo.

Aprieta los dientes. La cuerda de la mandíbula. Sabe que tengo razón y odiarlo no lo cambia.

— Entonces voy contigo — dice.

— No.

— Nieve...

— Escúchame. — Le pongo la mano fría sobre la rama del juramento, que ya le pasa el hombro, que ya casi le toca el pecho donde la cosa se mide en latidos—.

Si entras conmigo en el patíbulo de esa mujer, te entregas tú también.

Y a ti el juramento te mata en cuanto la desobedezcas a la vista de tu Orden.

Yo me puedo entregar. Tú no te puedes entregar conmigo, porque entregarte es morirte, y si te mueres tú esto no ha servido de nada.

— Le sostengo la mirada—. Tú tienes que quedarte fuera.

Vivo. Libre el brazo el tiempo que puedas.

Porque la única forma de que esto salga bien es que uno de los dos esté fuera de la jaula cuando yo esté dentro.

Lo entiende. Lo veo entenderlo y odiarlo a partes iguales, que es como entiende todo lo que no puede impedir.

— Vas a entregarte sabiendo que te miente — dice.

— Voy a entregarme para sacar a Tassia del poste.

Lo que pase después lo pensaré después. — Y entonces, porque puede que no haya otro momento y las cosas que no digo en alto se me pudren dentro, le suelto lo que llevo callando—.

No me he entregado nunca a nadie, Theron.

Ni a ti. Lo que pasó anoche no fue entregarme, fue dejarme ver, que es distinto.

Pero esto sí es entregarme. Por primera vez.

Y elijo entregarme a ella para no tener que entregarte a ti.

— Trago—. Recuérdalo cuando creas que la reina ha ganado.

Que yo elegí. Que no me ha cogido. Que me he dado.

— Eso es lo que ella quiere que sientas — dice, y la voz se le rompe en un sitio donde nunca se le rompe—. Que la elección sea tuya. Para que no puedas odiarla por habértela quitado. Es lo que me hizo Sibel a mí toda la vida: dejarme creer que obedecer lo elegía yo.

— Puede. — Le sostengo la mirada—. Pero hay una diferencia entre lo que te hizo Sibel y lo que hago yo, y es que tú obedecías para no perderte y yo me entrego para no perder a otra persona.

— Le aprieto la rama del brazo—. No es lo mismo dar la vida por una orden que darla por alguien.

La primera te vacía. La segunda no. Lo he aprendido esta semana.

Con Renko. Con las casas. — Bajo la voz—.

Pagar por quien quieres no te vuelve la reina. Te vuelve lo contrario.

Theron cierra los ojos un instante. Es lo más cerca que le he visto de rendirse, y no se rinde, solo deja que duela un segundo antes de volver a aguantarlo.

— Entonces escúchame tú a mí — dice, rápido, bajo, porque el sol ya casi toca lo alto—.

Si te metes ahí dentro, no intentes salir a fuego.

La reina te quiere usar el don; cuanto más lo gastes, más le sirves y más te vacías.

— Me coge la mano, me la cierra sobre el bulto del frasco que llevo bajo la camisa—.

Esto que te dio Tassia. Guárdalo. Llegará un momento en que valga más una salida que parezca muerte que cien que parezcan vida. ¿Me entiendes?

— Fingir.

— Fingir. Lo aprendiste antes que yo. — Algo se le mueve en la comisura, no llega a sonrisa—.

Yo te buscaré. Por la poterna de Orin, cuando pueda.

No sé cuándo podré. Pero la rama me arde por ti, Nieve, y mientras me arda, sé que sigo eligiéndote, así que mientras me duela el brazo es que estoy vivo y de tu lado.

Cuando deje de dolerme, échame de menos.

Es la cosa más cercana a "te quiero" que me ha dicho nunca, y la dice midiéndome como mide todo, y por eso le creo. Un hombre que llama a las cosas por su nombre exacto no necesita la palabra grande. Le basta con decirme que su dolor es la prueba de su elección.

Theron me toma la cara con las dos manos. No me dice que no me vaya. No me miente con que todo va a salir bien. Me da la única cosa que me sirve, su nombre del revés, mi nombre dicho entero, despacio, como se dice lo que se elige no soltar:

— Nieve.

— Dilo otra vez cuando vuelva a verte — digo—. Y diré yo el tuyo. En alto. Lo prometo.

Me suelto antes de no poder soltarme. Cruzo la plaza hacia el cadalso por el centro de las siete salidas que no me sirven, y la corte se abre a mi paso como se abre el agua a una piedra, en silencio, ese silencio de cuando la gente decide qué historia va a contar de lo que ve.

La bruja de ceniza camina hacia la hoguera por su propio pie. Que lo cuenten así. Es verdad.

Orin Velmar está al pie del patíbulo con la guardia, la oreja partida ladeada hacia mí, fingiendo no oír lo que toda la plaza calla. Cuando paso a su lado silba bajo, ese silbido de antes de mentir, y dice, a nadie, mirando al frente:

— La poterna de servicio se queda sin trancar al anochecer. Por descuido. — Una pausa—. Suele pasar cuando hay relevo de guardia. — Y más bajo, solo para mí—: Por el chico. Yo también lo conocía. Cantaba bien.

No le doy las gracias. A Orin las gracias le sobran como a Tassia. Le toco el codo al pasar, un instante, y sigo.

Subo los peldaños del cadalso. Tassia me ve llegar y los dedos verdes atados a la espalda se le crispan, y me grita lo que me gritaría siempre, por la ruda y la madre que la parió, vete, no seas idiota, no vale la pena, y yo le sonrío la sonrisa pequeña y muerta de la primera noche, la de la doncella a la que nada le importa, solo que esta vez es al revés: me importa tanto que tengo que ponerle la cara de que no.

El verdugo me mira subir con el desconcierto de quien tenía preparada una hoguera para una y ve venir a otra a meterse sola.

La plaza entera contiene el aliento. Esto no estaba en el cuento que iban a contar; estaba la encubridora ardiendo y de pronto la bruja de ceniza sube los peldaños por su propio pie y se ofrece, y las historias así, las que la gente no controla, son las que se cuentan durante años.

Que las cuenten. Es la única corona que voy a llevar nunca: la de haber subido yo.

Velora baja del balcón al patíbulo con la calma de quien controla todos los relojes.

Los guantes de seda puestos. El azahar tapando la ceniza vieja.

Cruza la plaza sin prisa, saludando con la cabeza a los nobles del primer cerco, una reina en su elemento, y solo cuando llega al pie del cadalso se quita la sonrisa de público y se pone la otra, la de manteca, la que reserva para quien va a traicionar.

Se planta entre Tassia y yo y abre los brazos enguantados.

— Mi niña — dice—. Sabía que vendrías. Las de nuestra sangre venimos siempre. Es lo único bueno que tenemos: que no abandonamos lo que es nuestro. — Ladea la cabeza—. ¿Tu vida por la suya?

— Suéltala — digo—. Delante de toda la plaza. Que la guardia la baje del poste y la deje salir por la poterna, viva, ahora, y me tienes.

— Qué desconfiada. — Sonríe—. Tan parecida a mí.

— No me parezco a ti.

— Todavía no. — Lo dice con una paciencia que me hiela más que cualquier amenaza, la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para él—.

Yo tampoco me parecía a mí a tu edad, mi niña.

También subí a un cadalso una vez, por alguien.

También creí que dar la vida por amor me hacía distinta de lo que me crió.

— Me acaricia la mejilla con el dorso del guante de seda, y debajo de la seda noto el bulto del forro de pelo, los muertos que lleva contra la piel—.

El amor es la primera mentira que nos cuenta el don. Ya lo verás.

Hace un gesto, y la guardia desata a Tassia, y la boticaria de dedos verdes baja del patíbulo tropezando, gritándome cosas que no oigo porque me he metido por dentro para no oírlas, y dos hombres la sacan hacia la poterna que Orin dejará sin trancar, y la última vez que la veo es de espaldas, revolviéndose, llevada a empujones hacia la única salida que esta vez sí sirve.

Aguanto la cara de doncella aburrida hasta que desaparece por el arco.

Solo entonces dejo de mirar, porque si la miro un segundo más se me romperá la máscara y la plaza verá que esto me cuesta todo.

— Ya está. Tu amiga vive. — Velora se vuelve hacia mí—. Ahora tú.

La guardia me ata las manos a la espalda donde Tassia tenía las suyas.

La cuerda me roza las muñecas agrietadas.

No me resisto. No cuento las salidas, porque por una vez la salida la he elegido yo y es esta, la que parece la peor: meterme en la jaula con la mano que más temo para sacar a alguien que quiero.

No me cogen. Me doy. Hay una diferencia y la sostengo a pulso contra el miedo, igual que sostuve la rabia contra el guardia que no maté.

Velora se inclina hacia mi oído, y la voz dulce le baja a un susurro que solo me llega a mí, el susurro que reserva para justo antes de la traición:

— Y ahora, mi niña, que ya estás dentro y nadie nos mira, te voy a contar una cosa que llevas trece años creyendo mal.

— Me aparta la franja gris de la sien con un dedo enguantado, despacio, como quien acaricia a lo que va a romper—.

Sobre tu madre. Sobre aquel incendio. Sobre de quién es la culpa que arrastras.

Me yergo. La cuerda me muerde las muñecas. Y por primera vez desde que crucé la plaza, lo que me sube por las palmas no es el don.

Es el suelo entero abriéndose bajo la mentira sobre la que he construido mi vida.