La corte de las cenizas Capítulo 28
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Capítulo 28

El guardia que mató a Renko duerme en el cuartelillo del patio de armas y tiene una sola salida y la cuento desde la sombra del arco con la rabia subiéndome por las palmas igual que el don.

Una puerta. Un hombre dentro, roncando, con el sueño tranquilo de quien clavó un cuchillo en un crío descalzo y se fue a cenar.

Sé cuál es porque Tassia me lo señaló con el dedo verde temblando, y me dijo el nombre, y el nombre se me ha quedado dentro como una brasa que no se apaga.

Solo tengo que entrar. Poner la mano en su pecho dormido. Soltar el hilo. Reducirlo a la ceniza que merece, devolverle al mundo en gris lo que él le quitó al chico que cantaba.

Lo veo entero antes de hacerlo, como veo todo lo que mi don podría hacer.

La carne deshaciéndose bajo la palma, primero la camisa, luego la piel, luego lo de dentro, en ese gris tibio que cae como nieve que ha olvidado pesar.

Sin grito. Sin sangre. Una manera limpia de matar, la mía, la única magia del reino que no deja cadáver, solo polvo.

El hombre que cantaba a la nada por las noches en su cuartelillo, callado para siempre con el chico que cantaba de verdad.

Sería fácil. Más fácil que rehacer una casa.

La carne viva pesa menos que un tejado y por eso cobra menos, me dijo Hadiel: cuanto más quieres lo que reduces, más caro; lo que se reduce con odio sale barato.

Este saldría barato. Apenas un recuerdo.

Un recuerdo pequeño por una vida que no vale nada.

Esa es la cuenta que hago en la sombra del arco. Y esa es exactamente la cuenta que haría ella.

Tengo el pie en el primer peldaño cuando me veo las manos.

Negras todavía de Renko. Y por encima del negro, subiendo, el gris que me gana la cabeza.

Y de pronto no es la mano de una doncella la que veo sobre el pestillo del cuartelillo: es una mano enguantada de seda, una mano que conoce a todos y no deja que nadie la conozca, una mano que quema lo que estorba y lo llama justicia para no llamarlo lo que es.

Si entro ahí y reduzco a ese hombre a ceniza con la rabia que llevo, no lo hago por Renko.

Lo hago por mí, para quitarme la brasa de dentro, y para quitármela voy a pagar un recuerdo, y el recuerdo que pague lo pago por odio.

Velora paga por odio desde hace cuarenta años. Solo que ella aprendió a no pagar con lo suyo.

Bajo el pie del peldaño. Me quedo en la sombra del arco temblando, no de frío, de lo cerca que he estado.

Una cosa es rehacer una casa que arde y perder un trozo de mí por la gente que vive dentro.

Otra es reducir a un hombre dormido y perder un trozo de mí por el gusto de verlo gris.

La primera me cuesta y me deja vacía y limpia.

La segunda me costaría lo mismo y me dejaría llena de algo que no se va, llena de ella.

Vuelvo sobre mis pasos sin tocar al guardia.

Es la cosa más difícil que he hecho con este don: no usarlo.

No matar al hombre que se lo merece. Me tiembla todo el cuerpo de la rabia que no he soltado, y me la trago entera, y la rabia tragada sabe a metal, igual que las mentiras, pero esta vez no me trago una mentira sino su contrario: la verdad de que no quiero parecerme a ella, sostenida a pulso contra el hombre que más ganas tengo de quemar.

Dentro, el guardia da una vuelta en su jergón y murmura algo, un nombre de mujer, quizá, o de hija.

Tiene a alguien. Casi todos tienen a alguien.

Renko tenía a un montón de gente que lo mandaba descalzo a hacer recados por la noche y a ninguno se nos ocurrió decirle que se quedara en casa.

Aprieto los puños hasta que las uñas me marcan las palmas agrietadas.

La cuestión no es si lo merece. La cuestión es en qué me convierte cobrarme lo que merece.

Y eso lo sé desde que vi por dentro el armario de los guantes: una se vuelve Velora de una en una, de muerte en muerte, llamando justicia a cada una para no tener que contarlas.

Me alejo del cuartelillo antes de que la mano decida por mí, como decide siempre que cuento salidas.

Cruzo el patio de las cuadras de camino al Archivo y no puedo no mirar el rincón de la paja donde lo velamos al alba.

Ya no está; lo llevaron a Sarn a enterrarlo bajo un árbol gris, como quería Tassia, y la paja la han rastrillado y han echado encima un saco de avena para que nadie sepa que ahí murió un crío hace medio día.

Así borra esta corte a su gente: con un rastrillo y un saco de avena.

Me quedo un momento en el rincón limpio.

Renko me repetía la última palabra de todo lo que yo decía, era su forma de decir "te escucho" sin tener que pelearse con el tartamudeo, y ahora que no está me descubro hablándole bajito a la avena, diciéndole cosas solo para oír el silencio donde antes iba el eco.

"Voy a por la reina, Renko." El silencio no repite nada.

Eso es la muerte: el sitio donde dejan de devolverte la última palabra.

Aprieto los dientes y sigo. La rabia no me ha bajado por no matar al guardia. Solo le he quitado la salida fácil. Me queda toda dentro, y tengo que ponerla en algún sitio que no me convierta en ella, y para eso he venido a ver al único que sabe de esto más que la reina.

Hadiel me espera en el Archivo Calcinado, donde siempre, porque el viejo ciego huele cuándo voy a venir antes de que yo lo decida.

Está sentado entre los anaqueles chamuscados con el libro quemado a medias sobre las rodillas, el suyo, el que le falta una página, y me huele entrar y acierta como acierta siempre.

— Vienes oliendo a un hombre que no has matado — dice—.

El veintidós del mes de las brasas. — Corrige enseguida, obsesivo—.

No, hoy es veintitrés. Bien. El que no se mata hoy se mata otro día con más calma o no se mata nunca, que casi siempre es mejor.

— Pasa el dedo por una hoja chamuscada—.

¿Has venido a llorar al chico o a aprender algo?

— A las dos cosas — digo, y me sorprende decirlo, porque a Hadiel no se le miente, no merece la pena, huele la mentira como huele la ceniza.

— Entonces siéntate.

Me siento en el suelo, entre los libros que el fuego no terminó de comer. Hadiel acaricia las tapas chamuscadas de su libro.

— Te falta una página — dice—. La arrancaron hace mucho.

La que dice cómo se burla el coste. Velora la tiene; la robó de joven, antes de aprender a robar cosas peores.

— Una sonrisa sin dientes—. Pero yo me la sé de memoria, niña, porque las fechas y las páginas son lo único que esta cabeza no suelta. ¿Quieres que te la diga?

— Quiero.

— Dos cosas dice esa página. — Levanta un dedo—.

La primera, lo que ya sabes: que la memoria robada es prestada y lo prestado se puede reclamar.

Quien devuelve forma a la ceniza ajena le quita al ladrón todo lo que tomó de un solo golpe.

— Levanta otro—. La segunda, lo que no sabes y por eso te pierdes pedazo a pedazo cada vez que usas el don.

— Inclina la cabeza ciega hacia mí—. El coste no se paga igual si amas lo que transformas que si lo temes.

No se anula, ojo, no hay magia sin precio, eso es mentira de feria.

Pero amar lo que tocas, en vez de temerlo, te deja elegir qué recuerdo sueltas, en lugar de perderlo al azar.

— Cierra el libro—. Tú llevas toda la vida temiendo tu don.

Por eso te roba lo que quiere. El día que ames lo que rehaces, podrás decir: este recuerdo no, este sí.

Y ese día dejarás de ser la mano que paga a ciegas.

Me quedo callada en el suelo del Archivo.

Cuando algo me importa de verdad me quedo callada, y esto me importa más que nada me ha importado, porque es la primera vez que alguien me dice que el don no tiene por qué ser solo una cuenta que sube.

Que se puede elegir. Que entre la reina que no paga nada y la doncella que lo paga todo a ciegas hay un tercer sitio: pagar con los ojos abiertos, eligiendo.

Soltar lo que decida soltar para guardar lo que decida guardar.

— ¿Y cómo se ama lo que da miedo? — pregunto, porque es la pega, la trampa de la página—. Mi don me ha quitado el rostro de mi madre, Hadiel. Me ha quitado calles enteras donde viví, una canción, un perro, el taller de mi padre. ¿Cómo voy a querer la mano que me roba?

— No te pide querer la mano — dice el viejo, y la sonrisa sin dientes se le pone seria—.

Te pide querer lo que tocas con ella. La casa que rehaces.

El cerrojo que abres. El hombre que no matas.

— Pasa el dedo por la hoja chamuscada—. El miedo dice: esto que tengo dentro es un monstruo y yo soy su rehén.

El amor dice: esto que tengo dentro es mío y yo elijo qué hace.

— Inclina la cabeza ciega—. La diferencia no está en el don, niña.

Está en quién manda. Velora dejó que el suyo le quitara el alma a cambio de no quitarle la memoria.

Tú dejas que el tuyo te quite la memoria a cambio de no quitarte el alma.

Las dos sois sus rehenes. — Una pausa—. La página dice que se puede ser su dueña.

Que duele igual. Pero que duele con sentido.

Me quedo con eso en el suelo de los libros muertos, y por una vez no cuento las salidas del Archivo, porque lo que el viejo acaba de poner en mis manos es más grande que cualquier puerta.

Como el nombre de Theron. Como la voz de mi madre.

Hadiel me pone el libro quemado en las manos.

— Llévatelo — dice—. Yo ya no veo para leerlo y tú vas a necesitar acordarte de esto cuando llegue la noche larga. — Y luego, más bajo, lo que me hiela—: Y va a llegar pronto, niña. La reina ha movido ficha. Lo huelo en el aire de la corte. Huele a hoguera nueva.

Salgo del Archivo con el libro contra el pecho, encima del frasco de Tassia, encima del nombre de Theron que llevo dentro sin decirlo en alto, y cruzo el patio de las cuadras donde Renko ya no canta camino del ala vieja.

No llego.

En la plaza de la Antecámara, donde el suelo de ceniza prensada cruje bajo los pies como si supiera lo que se viene, han montado un cadalso.

De madrugada. Rápido, como se monta lo que se quiere tener listo antes de que la gente decida si lo permite.

La leña está apilada en haces secos alrededor del poste, leña de la buena, la que prende a la primera, y un brasero arde ya al pie del estrado con la calma de quien no tiene prisa porque sabe que la víctima va a venir sola.

Hay gente. Mucha. La plaza entera convocada a campana, la misma que se reúne para las Brasas y para los ahorcamientos sin saber muy bien la diferencia, porque en esta corte el fuego es fiesta y castigo a la vez.

Y atada al poste del cadalso, los dedos verdes de boticaria atados a la espalda donde ya no puede esconderlos de nadie, está Tassia.

La conozco de lejos por la cabeza alta. No llora.

Tiene diecinueve años y la han atado a un poste para quemarla y mantiene la barbilla donde la mantengo yo cuando me sostienen la mirada los nobles: alta, aburrida, como si todo esto fuera un engorro.

Es lo más valiente que he visto hacer a nadie y nadie en la plaza sabe lo que cuesta, porque el valor de Tassia siempre fue así, callado, escondido en los bolsillos con los dedos verdes.

Velora preside desde el balcón con los guantes de seda puestos, y su voz dulce baja sobre la plaza con esa manteca que me eriza la nuca, esa dulzura que reserva para quien va a traicionar:

— Esta muchacha robó veneno de mi armario para una bruja de ceniza.

— Inclina la cabeza—. Arderá al mediodía, por encubridora, salvo que la bruja a la que sirve venga a ocupar su sitio.

— Y entonces busca con los ojos entre la gente, directa, como si supiera exactamente dónde estoy, y sonríe—.

Tienes hasta que el sol toque lo alto, mi niña.

La salida es una sola esta vez. Y la conoces.