La corte de las cenizas Capítulo 27
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Capítulo 27

Renko canta cuando está nervioso y por eso sé que algo va mal antes de verlo, porque el chico que cruza el patio de las cuadras de madrugada no canta, no repite la última palabra de nadie, no tartamudea ni se traba: viene en silencio, y Renko en silencio es un Renko que ya ha visto lo que viene.

Tassia lo trae en brazos. Eso es lo segundo que veo.

Y lo tercero, lo que ya no se desvanece, es que la camisa del chico está negra y mojada de un negro que no es ceniza.

— Lo cogió la redada — dice Tassia, y la voz se le rompe en mitad, y los dedos verdes de boticaria que esconde de los nobles los tiene ahora apretados sobre la herida del muchacho sin esconderlos de nadie—.

En el barrio de los tintes. Buscaban portadores.

Él cruzó descalzo para avisarte, Nieve, como siempre, como hace, y un guardia de la reina...

— Traga—. Por la ruda y la madre que la parió, ayúdame, hazlo tú, tú puedes rehacerlo, tú rehiciste las casas...

Me arrodillo en la paja. Renko abre los ojos. Tiene dieciséis años y la cara de un crío que ha corrido toda su vida los recados de los demás, y me mira y mueve los labios y no le sale el tartamudeo de los adultos, le sale el canto, bajito, una sola nota limpia.

— Nieve — dice. Solo eso. No repite mi última palabra porque no he dicho ninguna. Repite la única que le queda.

Pongo las manos sobre la herida. El don me sube a las palmas, hambriento, queriendo, y por un instante terrible lo dejo subir entero, porque he rehecho vigas, he rehecho aleros, he devuelto la forma a media calle, y un cuerpo no es más que materia y la materia se rehace.

Y entonces recuerdo lo que Hadiel me dijo con la voz baja del que sabe lo que pesa cada palabra.

La ceniza viva devuelve forma a lo que fue ceniza.

Una viga reducida vuelve a ser viga. Pero un hombre vivo no es ceniza que rehacer; es vida, y la vida no vuelve de la nada, no hay don que la traiga, solo hay dones que la gastan.

Si reduzco a Renko para rehacerlo, rehago el cuerpo y no rehago al chico. Vuelve la carne. No vuelve quien canta.

Lo sé y aun así lo intento, porque no saberlo sería más fácil que saberlo y quedarse quieta.

Suelto el hilo más fino que tengo sobre la herida, no para reducir, para cerrar, para empujar la carne rota a juntarse, y el coste me entra como un cuchillo y se lleva algo grande, no sé qué, un trozo de mi infancia entera, y el pelo me arde y gana terreno, y la herida de Renko se cierra por fuera un dedo y por dentro sigue abierta, porque lo que se le va no es sangre, es vida, y la vida no la cierra mi don.

Renko deja de cantar.

No de golpe. La nota se le adelgaza, se le hace hilo, se le acaba como se acaba el agua de un cántaro inclinado, y al final no hay nota, hay aire, y el aire tampoco.

Me quedo con las manos sobre su pecho parado, negras hasta el codo, y el gris me cae sobre la cara, y por primera vez desde que tengo el don entiendo lo que de verdad significa la palabra coste: no es lo que pago yo. Es lo que no puedo comprar a ningún precio.

Tassia llora sin ruido, los dedos verdes todavía sobre la herida cerrada que no sirvió.

Yo no lloro. Lo de llorar lo tengo enterrado con el resto.

Le cierro a Renko los ojos con dos dedos, le aparto el pelo de la frente como hizo Theron con el mío en la calle del incendio, y le digo lo único que se me ocurre que el chico habría repetido:

— Gracias.

Para que la última palabra que rondara su sitio fuera esa.

Tassia y yo lo lavamos en la paja, a la luz de un farol, porque no hay otro sitio donde un mozo de cuadra muerto por la guardia de la reina pueda ser velado sin que alguien pregunte.

Le quito el barro de los pies descalzos, esos pies que cruzaron media ciudad por mí más de una vez, y Tassia le pone entre las manos un manojo de las hierbas que esconde de los nobles, romero y ruda y algo verde que no sé nombrar, y jura por ellas, bajito, todas sus hierbas inventadas, una detrás de otra, como un rezo que no se sabe pero se inventa sobre la marcha.

Es lo más parecido a una oración que tiene una boticaria.

Cuando termina, le cubre la cara con su propio pañuelo de tinte verde, el que usa para esconder los dedos, y se queda sin él por primera vez desde que la conozco, las manos verdes al aire, temblando.

— Lo enterramos al alba, en Sarn — dice—. Bajo un árbol gris. Renacen, los árboles de allí. — Traga—. Por la ruda y la madre que la parió, que renazca él también en algo, donde sea.

No le digo que los árboles renacen y los niños no. Eso ya lo sabemos los dos.

Theron me encuentra en el cuarto del ala vieja cuando ya no queda madrugada.

No pregunta. Lee el negro de mis brazos, la franja gris ganada, la cara seca de quien no sabe llorar, y lo lee entero, como lee todo, y no dice una palabra de consuelo porque sabe que el consuelo en voz alta me rebota.

Cierra la puerta. Echa el pestillo. Y se queda de pie delante de mí, esperando a que yo decida qué hago con él esta noche, porque eso sí lo ha aprendido: que conmigo el primer paso lo doy yo o no lo da nadie.

— No pude — digo. La voz me sale de mueble, plana, la de la primera noche, la que pongo cuando algo me rompe—. Rehago casas. Casas. Y a él no.

— No — dice. No me miente. No me dice que hice lo que pude. Me da la cosa por su nombre exacto, que es lo único que me sirve—. A él no.

— Velora me ofrece dejar de pagar. — Lo digo de golpe, porque si no lo digo me lo trago y me envenena—.

Hadiel me lo confirmó, el cómo. Robar la ceniza ajena.

No perder nada nunca. — Levanto la cara—.

Esta noche, con Renko muerto en la paja, la oferta no me ha parecido un horror, Theron.

Me ha parecido un alivio. Y eso es lo que me asusta. No el don. Lo cerca que estoy de ella.

Theron cruza el cuarto. Me toma la cara con las dos manos, la del guante y la desnuda, y la palma desnuda me arde donde me toca, pero es el otro ardor, el que no cobra recuerdos, el que me devuelve uno que no sabía que guardaba.

— No estás cerca de ella — dice, muy bajo, contra mi frente—. Velora dejó de pagar para no perderse. Tú pagas para no perderlos. Esta noche has pagado un trozo de ti por un chico que ya no podías salvar. Eso no lo hace ella. Eso es lo contrario de ella.

Y me besa.

No es el beso de la bodega, hambriento, con filo, dos personas que han dejado de aguantar la cuenta.

Es lento. Es lo que se hace cuando el día ha sido de los que rompen y lo único que queda en pie son dos cuerpos que se conocen el material averiado.

Le agarro la pelliza con las dos manos, como siempre, pero esta vez tiro para que se quede, no para que choque, y él se queda, me empuja despacio contra la pared, y yo dejo que me empuje porque por una noche no quiero contar salidas, quiero que solo haya esta, su cuerpo y el mío y la pared a la espalda.

Le desabrocho la pelliza con las manos negras y no le importan las manos negras.

Eso es lo que me deshace, que no le importen.

Me besa el cuello, la línea de la mandíbula, la sien, justo donde el gris me sube, y no la esquiva, la besa como se besa la parte que duele, y yo le hundo los dedos en el pelo corto y le digo que sí sin decir nada, con el cuerpo, arqueándome hacia él, y Theron entiende el sí porque conmigo aprendió a leer lo que no se dice.

Me lleva al jergón. Me desviste despacio, capa por capa, como se quita el guante, dedo a dedo, como si desnudarme fuera una frase entera, y a cada capa que cae me mira la piel nueva que aparece y no aparta los ojos de las cicatrices ni de las manos agrietadas ni del gris.

La franja se me derrama sobre la almohada.

Él la recoge entre los dedos, la besa, la deja caer.

— Mírame — dice, cuando ya no hay tela entre los dos, cuando lo tengo encima y el peso de su cuerpo me ancla al colchón mejor que el frío del roble—. No cierres los ojos. Quiero que veas que me quedo.

No cierro los ojos. Es lo más difícil que me ha pedido nadie, más que enseñarle el pelo, más que entregarme: dejarlo entrar mirándome, sin la oscuridad detrás de los párpados donde una se esconde hasta de sí misma.

Le pongo las manos en la cara y le sostengo la mirada, y él me besa la palma agrietada, el nudillo partido, cada sitio donde el don me ha gastado, y baja la boca por el cuello, por el pecho, despacio, nombrando con los labios lo que no nombra con la voz.

Cuando me toca entre las piernas lo hace mirándome la cara, no las manos, leyéndome el sí en los ojos antes de que el cuerpo se lo diga, y yo me abro a él como no me abro a nada, sin contar salidas, sin guardar una mano libre para huir.

Me arquea contra él un dedo cuidadoso y luego dos, y digo su nombre con los dientes apretados, y él me lo devuelve, despacio, hasta que dejo de apretar los dientes y dejo de aguantar y me dejo, por una vez, sostener.

Cuando entra en mí lo hace sin prisa, y me llena, y me quedo mirándolo mientras se mueve dentro de mí, despacio, y el calor que me sube esta vez no es el del don, no cobra nada, no me quita ningún recuerdo, me los devuelve, me devuelve la sensación de que un cuerpo puede ser un sitio donde quedarse en vez de una salida que contar.

Le clavo los dedos en la espalda. Él me dice mi nombre contra la boca, Nieve, una vez, dos, cada vez más roto, y el juramento le arde en el brazo que tengo agarrado y yo lo siento quemar bajo mi palma y no lo suelto, sostengo la rama del juramento mientras él me sostiene a mí, dos cosas que alguien quemó de pequeñas, ardiendo juntas por una vez sin coste.

Llego con su nombre en la boca y él lo recoge, y se deshace conmigo un latido después, la frente apoyada en mi sien gris, el aliento roto en mi pelo de ceniza, diciendo lo mío y nada más, lo mío y nada más, como si fuera lo único que le queda por no soltar.

Después nos quedamos quietos, enredados, su mano desnuda sobre mi corazón, la mía sobre la rama de su brazo.

La vela se ha consumido. Por la rendija de la ventana entra el primer gris del amanecer, y por una vez no cuento las salidas del cuarto, me quedo en la única habitación de la que no quiero saber por dónde se huye.

— Renko cruzaba la ciudad descalzo por mí — digo, al rato, contra su pecho.

— Lo sé.

— Velora lo mató para enseñarme lo que cuesta tenerme cerca. — Aprieto los dientes—. Y tiene razón. Cuesta. A Renko le ha costado todo.

Theron no me dice que no es culpa mía. No me dice nada falso. Me aprieta más fuerte, su mano sobre mi corazón, y nos quedamos los dos despiertos viendo subir la luz, ganados el uno por el otro, vistos enteros por una noche.

Y en el rincón del cuarto, en el sitio donde la luz aún no llega, sigue ahí lo que no se va con el amanecer: la oferta de la reina, las dos bocas de la tenaza, la verdad que ninguno de los dos ha dicho en voz alta porque decirla la haría real.

Que de un modo o de otro, antes del deshielo, Velora quiere que uno de los dos suelte al otro.

Y que esta noche, enredados al fin, ya estamos eligiendo cuál de los dos pagará el precio.