La corte de las cenizas Capítulo 26
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Capítulo 26

Le he dicho a mi Orden, con la boca abierta y el guante quitado, que el rastro de ceniza de Vael Antir lleva a la reina, y el emisario de barba blanca me ha mirado como se mira a un perro que de pronto habla, y no me ha creído.

Esa es la cuestión que llevo masticando desde que salí de la sala.

No me ha creído porque no le conviene creerme.

Una reina caída es una guerra; una doncella entregada es una tregua.

La Orden quiere la tregua. Acabo de gastar parte de lo que me queda de juramento para decir una verdad y la verdad no ha movido nada, porque en una corte la verdad pesa lo que pesa quien la dice, y un cazador comprado a los nueve años no pesa.

El juramento me arde hasta el hombro al volver por el corredor de los tapices. Cada palabra que digo a favor de ella y en contra de la orden me sube la rama otro palmo, y ya casi me toca el pecho, donde la cosa deja de medirse en palmos y empieza a medirse en latidos.

Un criado me espera al final del corredor.

No es criado. Lleva librea de criado y se mueve como soldado, los hombros cuadrados, y me dice que la reina regente me recibe en su gabinete, ahora, a solas.

Las invitaciones de Velora no se rechazan.

Lo sé sin que nadie me lo haya dicho, igual que sé separar la ceniza vieja de la reciente: hay cosas que un cazador huele.

El gabinete tiene una sola salida. Lo cuento al entrar, y odio que sea lo primero que cuente, porque contar salidas es de Nieve, no mío, y se me ha pegado como se pega el frío.

Velora está sentada junto a un armario de madera gris, los guantes de seda puestos, las manos cruzadas sobre el regazo con esa calma de quien tiene todo el tiempo del mundo porque controla todos los relojes.

No hay nadie más. La cortina del armario está descorrida y huele a ceniza vieja, mucha, de años, recubierta de azahar; el mismo olor que cató mi nariz la primera semana y que llevo callándome desde entonces.

Y por debajo, fresca, hay otro rastro que conozco mejor que el mío.

Nieve ha estado aquí. Hace poco. Tan poco que el aire aún la guarda.

Aprieto los dientes. La cuerda de la mandíbula.

— Cazador — dice Velora, y me señala una silla que no pienso usar—. Me dicen que esta mañana le habéis contado a vuestra Orden una historia muy curiosa sobre mis guantes.

No respondo. Responder a Velora es como responder a Mira: darle de comer.

— No os molestéis en negarlo. — Sonríe, y la sonrisa me eriza algo viejo—.

Os admiro. De verdad. Un juramentado que miente a su propia Orden por una doncella de las brasas.

— Inclina la cabeza—. ¿Sabéis cuánto tarda un juramento de sangre en cobrar la duda?

Lo sé porque he visto morir a más de uno de los vuestros.

Y vos, querido, lleváis la rama por el hombro. Lo huelo. Os queda poco.

Lo sabe. Claro que lo sabe; porta el mismo don que Nieve, sabe lo que arde y lo que paga, y a mí me arde y pago a la vista. Estoy en el gabinete de la única persona de esta corte que entiende exactamente cuánto me cuesta seguir vivo, y la entiende porque ella encontró la manera de no pagar nunca.

— También sé otra cosa, cazador — continúa, paseando entre los muebles con las manos enguantadas cruzadas a la espalda—.

Sé que un juramentado que duda es un juramentado roto, y los rotos no le sirven a nadie.

Ni a Hieln ni a mí. — Se detiene—. Pero un juramentado que duda por amor es otra cosa.

Ese todavía sirve, porque el amor es la correa más fina y más fuerte que existe.

— Sonríe—. Vuestra maestra Sibel lo sabe.

Por eso os ha mandado a Mira. No a ayudaros: a recogeros cuando caigáis.

— ¿Y vos qué sois? — digo—. ¿La que me recoge antes que ella?

— Yo soy la que os ofrece no caer.

No respondo a eso. Responder a Velora es como responder a Mira: darle de comer. Me quedo de pie junto a la única salida, midiéndola, y ella deja que la mida porque le gusta que la teman con método.

— Decid lo que tengáis que decir — digo al fin—. Tengo poco tiempo, ya lo habéis notado.

— Me caéis bien por eso. — Se levanta. Se acerca al armario, abre el cajón de abajo y saca un libro quemado a medias, las tapas chamuscadas, las hojas onduladas de fuego viejo.

Lo conozco. Es el del Archivo Calcinado, el de Hadiel, el que le falta una página—.

El viejo ciego es muy descuidado. Deja que la gente saque sus libros.

— Lo abre por donde la encuadernación cede sola—.

Aquí dice cómo funciona lo nuestro, cazador.

El don de ceniza. El coste. Un recuerdo por uso, el pelo que encanece, la cuenta que sube y sube hasta que el portador se vacía de quién fue.

— Pasa una hoja con el dedo enguantado—. A mí no me sube. ¿Sabéis por qué?

— Pagáis con la memoria de otros. — Lo digo por su nombre exacto, porque es lo único que me queda de honrado—. Cabello de muertos. Lo lleváis en los forros.

Algo le brilla en los ojos. No es vergüenza. Es el placer de quien por fin tiene delante a alguien capaz de entenderla.

— Exacto. — Cierra el libro—. La memoria que tomo es prestada.

Cada recuerdo que el don me reclama, lo pago con uno de ellos.

Yo no pierdo nada. Llevo cuarenta años quemando lo que estorba a este reino y conservo el rostro de mi madre, el de mi primer amor, el día en que nació mi hijo.

Todo. Intacto. — Da un paso hacia mí—. Vuestra doncella, en cambio, paga con lo suyo.

Cada casa que salvó la otra noche le costó un trozo de sí.

Le habéis visto la cabeza, cazador. Ese gris no es cana.

Es lo que pierde. A este paso, antes del deshielo no recordará vuestro nombre.

Ahí está el golpe. Lo veo venir y aun así da donde tiene que dar. Antes del deshielo no recordará mi nombre. Yo, que no dije el nombre de nadie en dieciséis años por miedo a perderlo, voy a perder el mío en la boca de la única persona a la que se lo he dado.

Pero el libro me ha dicho algo que Velora no ha querido subrayar, porque hablaba de lo otro.

Lo prestado se puede reclamar. Si la memoria que ella roba es de otros, guardada en ceniza ajena, entonces no es suya.

Y lo que no es tuyo se puede devolver. Quien devuelva forma a esas cenizas le reclamará de golpe lo robado, y la cuenta de cuarenta años caerá sobre ella entera, en un latido.

Lo ha dicho ella misma sin oírse: la memoria es prestada.

Acaba de enseñarme su garganta creyendo que me enseñaba su trono.

No muevo un músculo de la cara. Para eso me criaron.

— Tenéis una oferta — digo—. Hacedla.

Velora sonríe, satisfecha de mi prisa.

— Dos, en realidad. Una para vos y otra para ella, porque sois dos problemas y los resuelvo de dos en dos.

— Se sienta otra vez, cruza las manos enguantadas—.

A vos os entrego a la doncella intacta. Viva.

Para vuestra Orden, exactamente como pide vuestra carta, sin un rasguño, y vos cumplís el juramento, la rama se os apaga y volvéis a Hieln limpio, héroe, con el portador asegurado.

Solo tenéis que convencerla de una cosa: de servirme.

De ponerse de mi lado antes del fin del Cónclave.

— Una pausa—. Y a ella, en paralelo, le ofrezco lo único que de verdad quiere sin saberlo.

Le enseño a no pagar nunca más. A dejar de perderse.

A conservar cada recuerdo, cada rostro, cada nombre, como los conservo yo.

— Sube los ojos a los míos—. A cambio de vos, claro.

De que renuncie a vos y me sirva. Dos ofertas, cazador.

Y solo cabe aceptar una de las dos. O ella me sirve y conserva su memoria perdiéndoos, o vos la convencéis y volvéis a casa perdiéndola a ella.

De un modo u otro, os separáis. Yo gano siempre.

El gabinete de la única salida se me cierra encima como una mano.

Lo ha pensado entero. Le ofrece a Nieve justo lo que más teme y más desea —dejar de pagar, dejar de perderse— a cambio de lo que más la asusta perder, que soy yo; y me ofrece a mí justo lo que me mantendría limpio —cumplir, sobrevivir, volver— a cambio de venderla con palabras dulces en vez de con cadenas.

Una tenaza con dos bocas. Si ella acepta, la pierdo y conserva su cabeza.

Si yo acepto, la conservo y se pierde a sí misma.

Y si ninguno acepta, la reina nos entrega a los dos a su modo y la rama me llega al corazón antes del deshielo.

Lo peor de la oferta de Velora no es la trampa.

Las trampas se rompen, o se intentan romper, y morir intentándolo es una muerte limpia, de las que la Orden enseña a respetar.

Lo peor es que tiene razón en una cosa: a Nieve le he visto la cara cada vez que paga.

Le he visto el blanco de los ojos cuando un recuerdo se va, el segundo en que busca algo dentro y encuentra el hueco, y la he visto fingir que no le importa con la misma mueca con la que finge que no le importa todo.

Le importa. Claro que le importa. Está perdiéndose a plazos para salvar casas y críos y a una amiga boticaria, y la reina le ofrece dejar de perderse, y eso es la tentación exacta hecha a su medida, cortada por quien la conoce mejor que nadie porque comparten la misma herida.

Y a mí me ofrece lo mío con la misma puntería.

Volver limpio. Cumplir el juramento. La palabra que Sibel me metió en el cuerpo a los nueve años, limpio, como si obedecer lavara la sangre de mi hermana, y todavía, después de dieciséis años y de saber que es mentira, esa palabra me tira de algo dentro.

Velora lo ha olido. Me ofrece volver a ser el cuchillo bueno, el que no duda, el que no arde, y una parte vieja de mí, la parte vendida, la quiere.

Ese es el horror de un buen tentador: no te ofrece lo que no quieres.

Te ofrece lo que más te avergüenza querer.

Pero hay un fallo en su cuenta perfecta, y lo veo porque ella, al hacérmela, me ha enseñado la garganta sin saberlo.

Velora cree que el amor es una palanca, una correa, una mentira que el don nos cuenta.

Lo cree de verdad; vive en un cajón lleno de la ternura que les robó a otros porque la suya se le secó.

Y porque lo cree, no entiende la única jugada que le arruina las dos ofertas a la vez: que no haya separación.

Que ni ella me sirva ni yo la convenza ni yo la entregue.

Que los dos elijamos el tercer camino, el que la reina no contempla porque no cabe en su cabeza, derribarla a ella.

Su tenaza solo aprieta si aceptamos que vamos a separarnos.

El día que dejemos de aceptarlo, la tenaza se cierra sobre el aire.

— ¿Por qué me lo contáis a mí? — pregunto—. Podríais ofrecérselo a ella directamente.

— Porque vos sois más convincente. — Velora se quita un guante de exhibición y debajo lleva el del forro de pelo, y acaricia un mechón fino con la yema, los ojos entornados, recordando con un muerto—.

Y porque quiero que seáis vos quien lo lleve.

Quiero que entréis en su cuarto esta noche, cazador, y que mientras la tenéis entre los brazos penséis en que podéis salvarla del coste con solo soltarla.

— Abre los ojos—. El amor es la palanca más larga que existe.

Vosotros me la habéis fabricado. Yo solo aprieto.

— ¿Y si no acepto ninguna de las dos?

— Entonces la rama os llega al corazón antes del deshielo y morís, y ella se queda sola conmigo, y la convenzo yo con más tiempo y menos delicadeza.

— Sonríe, y por primera vez la dulzura se le cae del todo y debajo solo hay cálculo—.

Veréis, cazador, no necesito que aceptéis.

Os ofrezco escoger la forma de perderla porque escoger duele menos, y un súbdito que sufre menos rinde más.

Pero el resultado es el mismo con vuestro permiso o sin él.

Vais a separaros de ella. La única pregunta es si lo hacéis vivo o muerto, y si ella conserva la cabeza o la pierde.

— Vuelve a ponerse el guante de exhibición sobre el de los muertos—.

Pensadlo esta noche. Junto a ella. Es donde mejor se piensan estas cosas.

Y entiendo, con la calma fría de las cosas sin vuelta, por qué no la entregué a ella la primera semana cuando ya olía lo que era.

No fue piedad. Fue que sabía que cazar a Velora me obligaría a esto: a estar de pie en su gabinete de una sola puerta, con el juramento en el pecho y a Nieve recién pasada por el aire, oyendo a la reina ofrecerme la única cosa que me ataría más que cualquier juramento de sangre.

La oportunidad de salvarla traicionándola. La oportunidad de quererla soltándola.

Salgo del gabinete sin ponerme el guante, con la mano desnuda al frío del corredor, y cuento la única salida al cerrarse la puerta a mi espalda, porque se me ha pegado el tic de Nieve y porque por primera vez en mi vida sé que la salida más fácil de una habitación es la que va a costarme todo lo que no quiero soltar.