La corte de las cenizas Capítulo 25
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Capítulo 25

El gabinete de la reina tiene una sola salida y eso es lo primero que me dice que estoy donde no debo.

Una puerta, la que acabo de cruzar con la llave que Aldric me ha colado en la mano temblando como un pájaro.

Quien hace un cuarto con una sola salida lo hace para que nadie salga sin permiso, y yo he entrado aquí sabiendo que la cuenta no me sale, sabiendo que si Velora vuelve antes de tiempo no hay ventanuco ni grieta de toneles, hay un cazador del norte esperando un nombre y una reina que ya tiene el mío medio prometido.

Tengo hasta que termine la sesión del Cónclave.

No sé cuánto es eso. Aldric dijo que la reina hablaría la última, que tenía tiempo, y luego me preguntó "¿es verdad que vas a sacarnos de aquí?

" con esos ojos de niño que dibuja mapas de huida en los márgenes de los decretos que le hacen firmar, y yo le mentí que sí porque la verdad no cabe en un crío de once años. Le revolví el pelo. Me dio la llave.

El niño me encontró esta mañana en el corredor de los tapices con un decreto a medio firmar bajo el brazo y la cara de quien lleva tres noches sin dormir.

Once años y la corte ya le ha enseñado a moverse como un ratón pegado a los zócalos.

Me tiró del delantal sin mirarme, como quien pide limosna, para que pareciera limosna a ojos de la guardia, y me deslizó la llave en la mano cerrada.

Es mi medio hermano. Compartimos un padre muerto y nada más, y aun así fue él quien escondió el sello real en la bota la semana pasada para que su madrastra no pudiera firmar una sentencia, un crío parando una corte con un trozo de metal metido en el calcetín.

"¿Es verdad?", me pregunta a todo, "¿es verdad que esto es un decreto bueno?

, ¿es verdad que mi madre quiere a su pueblo?

, ¿es verdad que vas a sacarnos?". Y yo le miento que sí a la última porque las otras dos ya las sabe.

Me dijo, bajito, pegado al zócalo, lo que de verdad me ha traído a este cuarto:

— El sello. El de verdad. Lo escondí en la bota para que mi madre no firmara una cosa.

Lo busca. Anda buscándolo por todo el palacio.

— Y luego, más bajo, los ojos en el suelo—: Hay un cajón que no me deja abrir nunca.

El de abajo del armario de los guantes. Cuando entra a abrirlo me manda fuera.

Siempre. — Tragó—. ¿Es verdad que las madres guardan cosas malas en los cajones?

El armario de los guantes.

Lo he hecho por desesperación y por reloj.

El Cónclave acaba mañana y mañana Velora me entrega al norte como prueba de buena fe; lo prometió en la Antecámara delante de los emisarios y las promesas que una reina hace delante de testigos no las deshace ni ella.

Theron mintió a su Orden por mí y su Orden no lo creyó.

Hadiel me dijo que un papel no cuelga a una reina sin un ejército detrás.

Me quedan horas y una sola jugada: encontrar algo tan grande que ni el norte ni la corte puedan mirar a otro lado, algo que convierta a la doncella entregable en la menor de las preocupaciones de esta sala.

Y para eso he entrado en el cuarto de una sola salida, que es lo más parecido a una trampa que tiene este palacio, con la llave de un niño de once años sudándome en la palma.

Lo tengo delante. Es de madera de Sarn, gris, renacida, con las vetas que parecen de hueso, y huele a la reina entera, a ese perfume de azahar con el que tapa lo de debajo.

Lo de debajo lo huelo yo, que para eso soy lo que soy: ceniza vieja.

Mucha. Más de la que puede dejar una mujer que se pone guantes de seda.

El armario apesta a ceniza guardada de años, y a mí se me eriza la nuca igual que a Theron se le eriza cuando huele lo que busca.

Abro las puertas de arriba. Guantes. Docenas de pares de seda, colocados por colores, como mariposas clavadas.

La reina nunca se quita los guantes ni para comer, y aquí tiene una vida entera de ellos, y todos huelen a lo mismo por dentro, a ceniza, a cabello, a algo que no debería estar dentro de un guante de seda.

No toco ninguno todavía. Voy primero al cajón de abajo, el que Aldric no puede abrir.

Está cerrado con llave y la llave de Aldric no le sirve.

Cuento la única salida otra vez, por costumbre, por miedo, y luego hago lo que llevo toda la vida sin atreverme a hacer dentro de estos muros: poso la mano sobre la cerradura y suelto un hilo de don, el más fino que sé, el justo para reducir a ceniza el pestillo de hierro y nada más.

El metal se deshace bajo mi palma en un puñado de gris tibio.

El coste me entra de inmediato, puntual, y se lleva algo pequeño esta vez, una receta que me enseñó Tassia, las cantidades de una tisana; no me doy cuenta de que se ha ido hasta que intento recordarla y donde estaba hay un hueco.

El pelo me pica en la sien. El gris gana un milímetro más.

Una receta por un cajón. Hoy todo cuesta y todo lo pago.

El cajón se abre.

Dentro no hay sello real. Hay guantes también, pero estos no son de exhibición. Estos están vueltos del revés, con el forro hacia fuera, secándose, como se pone a secar la ropa lavada. Y el forro no es de seda.

El forro es de pelo.

Cabello humano cosido por dentro de la seda, mechón sobre mechón, de colores distintos, rubios, canos, negros, castaños, uno fino de niño, todos peinados en la misma dirección y cosidos con puntada de boticaria, apretados, para que cubran cada pulgada de la mano que los lleva.

Cojo uno. Pesa más de lo que debería pesar un guante.

Y al rozarlo con la yema, lo que soy lo reconoce antes que yo: no es cabello sin más.

Es ceniza. Cada mechón ha pasado por el don de Velora y ha vuelto, ha sido reducido y rehecho, y guarda dentro lo que guarda la ceniza viva cuando todavía no se ha soltado del todo.

Hay docenas. El cajón está lleno de guantes vueltos del revés, una cosecha, y cada par lleva el pelo de gente distinta.

Cuento sin querer, porque cuento todo: ocho pares, nueve, diez.

Veinte manos forradas de muertos. Y reconozco uno.

Castaño, ondulado, con una cinta de criada todavía atada al mechón porque a quien se lo cortaron no le dio tiempo a quitársela.

Bedda. La lavandera que desapareció el invierno pasado y de la que la corte dijo que se había vuelto a su pueblo.

No se volvió a su pueblo. Está aquí, cosida en seda, prestándole a la reina la memoria de fregar sábanas para que la reina no tenga que pagar con la suya el placer de quemar.

Memoria.

Lo entiendo de golpe, de pie en el gabinete de una sola salida, con un guante de muertos en la mano.

Velora porta el mismo don que yo. El mismo coste: un recuerdo por uso, el pelo que se decolora, la cuenta que sube.

Pero la reina no tiene una sola cana fuera de las que dibujan los años.

Tiene cuarenta y cuatro y el pelo entero de su color.

No ha pagado. Lleva décadas usando el don —para quemar, para purificar, para limpiar el reino de lo que le estorba— y no ha perdido un solo recuerdo, no le ha subido el gris ni un dedo.

Porque paga con los míos.

No los míos. Los de ellos. Los de los desaparecidos.

La gente que la corte da por huida, por muerta de fiebre, por escapada al norte; la gente cuyo cabello tengo ahora cosido en la palma.

Velora les robó la ceniza antes de que se enfriara, la guardó en estos forros, y cada vez que el don le pide un recuerdo a cambio de su poder, no entrega el suyo: entrega el de un muerto.

Paga con memoria prestada para que la suya quede intacta.

Conoce a todos y no deja que nadie la conozca; quema y no arde; usa y no paga.

Es lo que yo sería si me creyera mi propia mentira hasta el final.

Me tiemblan las manos y no es el frío. Aprieto el guante de muertos contra el pecho, encima del frasco de Tassia, dos salidas que llevo encima, y por un instante la cabeza se me va al sitio peor: yo podría hacer esto.

Yo tengo la franja gris ganándome la cabeza, yo pierdo el rostro de las casas que salvo, yo podría dejar de pagar si guardara la ceniza ajena en vez de la mía, si robara un recuerdo prestado en vez de soltar el propio, si dejara de ser la que paga y empezara a ser la que cobra.

Está aquí, la receta, en mi mano. Solo tendría que querer no pagar nunca más.

Y por un latido lo quiero. Ese es el horror, que lo quiero.

No tener que perder el rostro de mi madre, que es lo único que ya no tengo.

No quedarme un día sin saber el nombre de Theron por haber salvado una casa de más.

Conservarlo todo, como ella, y pagar con un mechón de muerto que ni siquiera tendría que matar yo, porque la corte mata sola y solo habría que recoger lo que cae.

La cabeza me lo dibuja entero, fácil, limpio, y la mano se me cierra sobre el guante de Bedda con ganas de quedárselo.

Entonces noto la cinta de criada bajo el pulgar. La que no le dio tiempo a quitarse.

Suelto el guante como si quemara. Quema. Todo lo de la reina quema.

Y entonces oigo el azahar.

No pasos. Velora no hace pasos, igual que Theron no hace crujir la madera; los amos de esta corte se mueven sin avisar.

Es el perfume el que entra por la única puerta antes que ella, el azahar con el que tapa lo de debajo, y debajo, esta vez, huelo lo de debajo entero, la ceniza vieja de cuarenta años de muertos guardados en los forros, y se me corta la respiración.

No hay segunda salida. La conté. Una.

Cierro el cajón con la mano fría, dejo el guante donde estaba, vuelto del revés, secándose, y me meto detrás de la cortina del armario de Sarn justo cuando la puerta se abre.

El corazón me golpea las costillas tan fuerte que estoy segura de que se oye, y aguanto la respiración, y cuento la única salida una última vez, inútil, porque entre la puerta y yo está ella.

Por la rendija veo entrar a Velora, sola, los guantes de seda puestos.

No va al sello. No registra papeles. Va directa al cajón de abajo como quien vuelve a casa, lo abre con una llave que saca del corpiño y se quita un guante de exhibición.

Debajo lleva otro, el del forro de pelo, y de él saca un mechón fino, de niño, lo acaricia con la yema, y por un instante cierra los ojos como quien bebe agua después de cruzar un secarral.

Recordando con la memoria de otro. Bebiendo de un muerto pequeño una deuda vieja.

La cara se le suaviza mientras lo hace. Pierde diez años.

Y entiendo, viéndola desde la sombra de la cortina, que esto no es solo cómo burla el coste: es cómo vive.

La reina que quema el reino para purificarlo viene aquí, a solas, a robarle a un niño muerto el recuerdo de haber sido querido, porque ella ya gastó los suyos hace mucho en cosas que no quiere mirar.

El monstruo del reino tiene el cajón lleno de la ternura que les quitó a otros porque la suya se le acabó.

Luego abre los ojos, y aunque no puede verme, gira la cabeza despacio hacia la cortina tras la que respiro, como si oliera lo que soy igual que lo huelo yo, y dice con esa dulzura de manteca que me eriza la nuca:

— ¿Lo encuentras todo a tu gusto, mi niña?