Capítulo 24
Tassia me cose la franja gris dentro de una cofia nueva a la luz de una vela, y por primera vez le digo que no la cosa tan apretada.
Tiene los dedos manchados de tinte verde, que esconde en los bolsillos cuando hay nobles cerca y saca sin pudor cuando estamos solas, y ahora mismo esos dedos verdes tiran de la aguja con un cuidado que no le he pedido, como si la cofia pudiera romperme.
— No la aprietes tanto — digo—. Quiero poder sacarla si hace falta.
— ¿Sacarla? — La aguja se le para en el aire—. Por la ruda y la madre que la parió, Nieve, lo que hay que hacer es enterrarla más hondo, no sacarla. Media ciudad anda diciendo bruja de ceniza y tú quieres pasearla al aire.
— No la voy a pasear. Quiero poder elegir.
Tassia me mira como se mira a alguien que dice algo en un idioma que casi se entiende. Luego baja la vista, ata el último punto, corta el hilo con los dientes y me cuelga del cuello, sin avisar, el frasquito de cristal que lleva escondido bajo el corpiño desde hace semanas.
— Toma — dice.
— ¿Qué es?
— Lo cogí del armario de la reina. — Lo dice sin mirarme, ocupada en cerrar el cordón—.
No preguntes cómo. Es de los suyos. Mata despacio si lo bebes entero, duerme como un muerto si bebes la mitad.
— Me lo mete bajo la camisa, contra la piel—.
No es para que mates a nadie. Es para que tengas una salida que no dependa de tus manos.
— Por fin me mira—. Tú cuentas puertas. Esta es una que cabe en el puño.
No le digo gracias, porque a Tassia las gracias le dan vergüenza y las espanta con un juramento por una hierba inventada.
Le aprieto la mano verde un instante. Ella aparta la mía, recoge la aguja, y antes de irse a dormir se asoma a la ventana del ala vieja, que da al patio de las cuadras, y silba bajo.
Abajo, en la paja, una sombra pequeña levanta la cabeza y devuelve el silbido afinado, sin un solo gallo, porque Renko no tartamudea cuando canta ni desafina cuando silba; solo se traba con las palabras de los adultos, nunca con la música.
Le hemos puesto de centinela esta noche, descalzo como siempre va para no hacer ruido, los ojos abiertos en la corte por nosotras.
— Ese crío va a coger una pulmonía — murmura Tassia, y le tira una manta vieja por la ventana—. Cúbrete los pies, Renko, por la ruda y la madre que la parió.
— Los pies — repite él desde abajo, contento de que alguien le hable, y se enrosca la manta sin ponérsela en los pies, porque a esa edad uno no cree que vaya a pasarle nada.
Lo veré toda la vida así, si vivo lo bastante: enroscado en una manta que no usa, repitiendo la última palabra de quien le quiere, descalzo sobre la paja fría, vigilando una corte que no lo merece.
Tassia cierra la ventana. Se va a dormir murmurando algo sobre brujas que no saben esconderse.
El frasco me queda frío contra el pecho. Una salida en el puño. Cuento las del cuarto por costumbre y por primera vez una de las salidas que cuento la llevo encima.
Theron viene de madrugada al ala vieja, por el corredor de los tapices, sin guardia.
Le abro antes de que llame porque lo he oído no crujir la madera, que es como se oye llegar a Theron.
Trae la cara de quien no ha dormido y el brazo derecho recogido contra el cuerpo, y cuando entra y la vela le da en la manga, la mancha oscura de debajo de la tela ha subido.
El juramento ya le pasa del codo. Le sube por el brazo como me sube a mí el gris por el pelo: el precio de no obedecer, hecho carne, ganando terreno.
— Mira no ha hablado — digo—. Habría guardia en mi puerta si hubiera hablado.
— Todavía no ha hablado. — Se sienta en el borde del jergón, agotado de un modo que no es del cuerpo—.
Pero el emisario me ha citado al amanecer.
Quieren un nombre. Velora ha prometido entregar al portador antes de que acabe el Cónclave, y la Orden quiere asegurarse de que el portador que entregue Marenthel es el mío, no uno cualquiera que la reina invente para salir del paso.
— O sea que te toca confirmar que soy yo. — La voz me sale plana, de mueble, la de la primera noche—. Delante de tu Orden. Tu trabajo.
— Mi trabajo — repite, y la palabra le sale amarga.
Nos quedamos callados. Hay una cosa que llevo días sin atreverme a poner sobre la mesa porque ponerla la hace real, y es esta: lo que sé del incendio, el tres del mes de las brasas, la firma de Velora en la orden de despejar los soportales el día antes de quemarlos.
Tengo con qué colgar a la reina y no tengo a quién dárselo sin que me cuelgue a mí primero.
Confiarle eso a Theron es ponerle en la mano la única cuerda que sirve para las dos gargantas, la de Velora y la mía.
Si miente a su Orden por mí, lo matan o lo enfundan. Si me entrega, sobrevive.
Confiar es lo que más miedo me da del mundo. Más que arder. Bajar la guardia delante de un cazador es meter la cabeza en la boca del perro y rezar para que no muerda, y yo no rezo, yo cuento puertas.
— Hay algo que no te he dicho — empiezo.
— Lo sé.
— ¿Cómo que lo sabes?
— Llevas tres días contando las salidas como si tuvieras una de más.
— Me mira—. Te has colgado algo del cuello.
Lo tocas cuando crees que no miro. Y desde el incendio dejas la franja al aire conmigo y la escondes con todos.
— Una pausa exacta—. Estás decidiendo si confías en mí, Nieve.
Llevas tres días decidiéndolo. Solo no sabes que ya lo has decidido.
Me cabrea que me lea así. Y me cabrea más que tenga razón.
— El incendio del barrio bajo no fue mío — digo de golpe, antes de poder tragármelo—.
Lo apagué yo, pero no lo prendí yo. Lo prendió ella.
Hadiel me lo confirmó: el tres del mes de las brasas firmó la orden de despejar los soportales del barrio.
Vació las casas de testigos y al día siguiente las quemó, con su sello en el papel, para tener un monstruo que ofrecer al norte.
— Trago—. Te lo cuento porque es lo único que la cuelga.
Y porque si te lo cuento y lo llevas a tu Orden, tienes con qué entregarme a mí o con qué tumbarla a ella.
Te estoy poniendo las dos gargantas en la mano. La suya y la mía.
Theron no dice nada un instante largo. Luego hace algo que no le he visto hacer nunca delante de mí a propósito.
Se quita el guante derecho.
Dedo a dedo, despacio, como desnudar una frase entera, igual que en la bodega, pero esta vez no es para tocarme.
Deja el guante sobre el jergón, entre los dos, y me enseña la mano desnuda con los nudillos de cicatrices blancas y, encima, subiendo del codo, la rama oscura del juramento que ya le pasa el antebrazo.
— ¿Sabes cuándo me quito el guante? — pregunta.
— Para tocarme.
— Para mentirle a mi Orden. — Lo dice sin dramatismo, como dice las cosas por su nombre—.
Desde niño. Cuando voy a decirle a Sibel algo que no es verdad, me quito el guante derecho.
Era un tic que no controlaba; luego lo convertí en aviso para mí mismo, para saber cuándo estaba a punto de cruzar una línea.
— Me mira la mano desnuda—. Mañana, delante del emisario, me lo voy a quitar.
Y voy a decir, con palabras, no con silencio, que el rastro de ceniza de Vael Antir lleva a la reina.
Que el portador que la Orden busca lo lleva guardado Velora en los guantes.
— Una pausa—. No es mentira del todo. Ella también lo porta.
Pero es la primera vez que voy a elegir a quién entrego y a quién no con la boca abierta, no callándome.
Se me corta la respiración. No por miedo. Por lo que acaba de poner él sobre la mesa, que es más que lo mío.
— Eso te puede costar el cuello — digo—. Si la Orden descubre que has cambiado un nombre por otro para salvarme...
— Me costará algo, sí. — Mira la rama del brazo—. Ya me está costando. — Sube los ojos—. Pregúntame por qué.
— No.
— ¿No?
— No te lo voy a preguntar — digo, y la voz me tiembla y la dejo temblar—, porque sé la respuesta y prefiero dártela yo.
Me llevo las manos a la cofia. Tassia la cosió flojo porque se lo pedí.
Tiro de los puntos hasta que el hilo cede, me suelto el pelo entero delante de él, a la luz de la vela, sin trenzas, sin esconder nada, y la franja gris me cae sobre la cara, ya no una franja, casi media melena ganada por la ceniza desde el incendio.
La levanto con la mano para que la vea entera.
El contador visible de todo lo que he pagado.
El mechón que me decolora un recuerdo más con cada uso.
— Esto soy — digo—. Esto es lo que pierdo cada vez.
No te enseño la parte bonita, cazador, te enseño la cuenta.
Y te la enseño porque me has puesto tu cuello sobre el jergón y yo no sé corresponder con menos.
— Le tomo la mano desnuda, la del guante quitado, la que se quita para mentir, y me la apoyo en la sien gris—.
Confío en ti. Lo digo en voz alta para que cuente, porque las cosas que digo en voz alta no las puedo borrar.
Mañana di lo que tengas que decir. Si caes, caigo contigo. Lo elijo.
Lo más difícil no es enseñarle el pelo. Es no apartar la cara mientras lo mira.
Toda mi vida he medido el segundo exacto en que la gente decide huir, lo he visto en la mujer del incendio, en el viejo que escupió, en mi propio padre cuando me enseñó a esconderme; ese parpadeo en que dejas de ser una persona y pasas a ser una cosa que asusta.
Lo espero ahora. Le sostengo la mano contra la sien y espero el parpadeo, con el estómago hecho un nudo, porque si llega me romperá de un modo que no me ha roto ningún fuego.
No llega.
Theron tiene la mano abierta sobre mi pelo de ceniza y no la aparta. La franja gris se le derrama entre los dedos como agua sucia y él la sostiene como se sostiene algo que se ha ganado.
— No hay vuelta atrás — dice, muy bajo—. Esto que has dicho. Lo sabes.
— Lo sé.
— Yo tampoco la tengo. — Cierra la mano despacio sobre el mechón—. Desde la bodega.
Afuera, el primer gris del amanecer entra por la rendija de la ventana, y en algún sitio del palacio una campana llama al Cónclave a su última sesión.
Theron se levanta, recoge el guante del jergón y, por primera vez en la vida, sale al corredor sin ponérselo, con la mano desnuda al frío, camino de una sala donde va a decir en voz alta lo que ningún juramentado dice y vivir o no para contarlo.
Lo espero toda la mañana. Es lo más difícil que sé hacer, esperar; mi cuerpo está hecho para moverse, para contar salidas y usarlas, no para quedarme quieta en un cuarto mientras otro arriesga el cuello en mi nombre.
Cuento las grietas del techo. Cuento los pasos de la guardia que cambia abajo.
Cuento, una y otra vez, las tres salidas de este cuarto que prometí no contar y vuelvo a contar igual, porque una promesa no deshace veintidós años de huida en una noche.
Vuelve en el primer descanso de la sesión, robando un rato antes de que lo echen en falta. Le abro y lo leo antes de que hable, le leo el hombro vencido un dedo, la mano derecha todavía sin guante, la rama que asoma por la muñeca un palmo más arriba que esta madrugada.
— No me han creído — dice. Me da la cosa por su nombre exacto, sin adornarla—.
Dije que el rastro llevaba a la reina. Lo dije entero, con la boca abierta.
Y el emisario me miró como se mira a un perro que de pronto habla.
Una reina caída es una guerra. Una doncella entregada es una tregua.
Quieren la tregua. — Cierra la mano desnuda—.
Lo único que he conseguido es gastar otro palmo de juramento en una verdad que no le importa a nadie con poder.
— Entonces no ha servido de nada — digo, y el frío me sube por dentro.
— Ha servido para una cosa. — Me mira—. Ahora sabes que cuando elijo, elijo en alto, aunque no sirva.
Que no me callo para protegerme. — Una pausa exacta—.
Lo demás lo conseguiremos de otra forma.
Hadiel tiene una copia del decreto del tres del mes de las brasas, con el sello de ella.
Pero un papel no basta; hace falta algo que ni el norte ni la corte puedan mirar a otro lado.
Entre los dos juntamos un ejército distinto, uno que no se ve.
Pero hoy, no. Hoy ya he perdido bastante brazo.
— ¿Y dónde se busca eso? — pregunto—. Algo que ni el norte pueda mirar a otro lado.
— Donde una reina guarda lo que no enseña — dice—. Cerca de ella. En lo que lleva encima y no se quita. — Me mira la franja gris sin apartar los ojos—. Pero ahí no se entra sin pagar un precio, y no quiero verte pagarlo. Lo pensamos mañana, con la cabeza fría. Hoy ya hemos perdido bastante los dos.
Lo escucho y me guardo la idea donde guardo lo que importa, porque sé, sin decírselo todavía, que ese sitio que él nombra sin nombrarlo —lo que la reina lleva encima y no se quita— lo conozco.
Lo huelo cada vez que Velora pasa cerca.
Y sé que voy a ir a mirarlo aunque me cueste un trozo de mí, porque a estas alturas ya no me queda otra moneda con la que pagar la verdad.
Yo me quedo con el pelo suelto y el frasco de Tassia frío contra el pecho, y cuento las salidas del cuarto una última vez antes de no contarlas más esa noche, porque acabo de elegir quedarme en la única habitación de mi vida de la que nunca quise saber por dónde se huía.