La corte de las cenizas Capítulo 23
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Capítulo 23

Mira afila el cuchillo que nunca usa y el sonido me llega por debajo de la puerta de la celda de huésped antes de que yo abra.

Lo conozco como conozco mi propio pulso.

La piedra contra el acero, despacio, tres pasadas largas, una corta.

Lleva afilando ese cuchillo desde que entramos juntos en la Orden, de niños, y no le he visto clavarlo en carne ni una vez.

Lo afila para tener las manos ocupadas mientras los ojos trabajan.

Y esta noche los ojos trabajan sobre mí.

Abro. Está sentada en el banco del corredor, la espalda contra el muro calcinado, el cuchillo y la piedra en el regazo. No levanta la vista.

— Cazador — dice. Nunca mi nombre. A nadie por su nombre, solo por el rango; así no se encariña con lo que mañana puede que tenga que entregar.

— Cazadora.

— Tres semanas — dice, y da una pasada larga a la hoja—. Tres semanas en una corte del tamaño de un pañuelo y el rastro frío. — Pasada corta—. El mejor olfato de Hieln, y frío.

Me apoyo en el quicio. No entro. Entrar sería darle la espalda a la única salida, y aunque Mira no es Nieve, hoy yo también cuento las puertas.

— La ceniza está por todas partes en esta ciudad — digo—. Vieja y reciente. Cuesta separarla.

— A ti no.

Es verdad y los dos lo sabemos, y por eso es peligroso.

A mí no me cuesta separar la ceniza vieja de la reciente igual que a un sabueso no le cuesta separar dos rastros.

La reina apesta a ceniza vieja, de años, recubierta y guardada; Nieve huele a ceniza fresca, a cada uso, a la del incendio sobre todo, que aún la llevaba en el pelo cuando la sostuve en mitad de la calle.

Si Mira pasea esta ciudad dos días con la nariz abierta, lo sabrá.

Y lo que yo decida decir ahora no cambiará lo que ella huela mañana.

Así que digo lo justo. Lo justo no es mentir; es no abrir la boca de más.

— He confirmado portadores potenciales. No los he entregado porque no estoy seguro del alcance. Entregar al equivocado es peor que no entregar.

Mira deja de afilar. Levanta la vista. Tiene los ojos de un gris parejo, sin verde, sin nada flotando dentro; ojos que no han prestado nunca calor a nadie y por eso lo ven todo.

— Esa frase es de Sibel — dice—. Te la sé.

Me la sé. Nos la enseñó el mismo invierno.

— Vuelve a la piedra—. La usabas para que no te mandaran a entregar a un crío de cuatro años en Hieln.

Funcionó. El crío sigue vivo, dicen. — Pasada larga—.

Lo que me pregunto, cazador, es a quién estás dejando vivo esta vez.

No respondo. Responder con palabras a Mira es darle de comer.

Entramos juntos a la Orden el mismo invierno, dos críos comprados a familias que no podían alimentarlos, y desde entonces Mira es lo más parecido a un hogar que he tenido y lo más parecido a un juez.

Nos hicieron competir por todo: por la comida, por la aprobación de Sibel, por el primer rastro de cada temporada.

Nunca nos quisimos. Tampoco nos traicionamos nunca, y en la Orden eso vale más que el cariño.

Hemos vivido veinte años bajo el mismo techo sin llamarnos por el nombre, los dos, porque a ella se lo enseñaron igual que a mí: que nombrar es arriesgarse a perder.

La diferencia es que Mira nunca rompió la regla. Yo la rompí en una bodega hace un mes.

Ella guarda el cuchillo en la vaina sin haberlo usado, como siempre, y se levanta. Es media cabeza más baja que yo y nunca ha hecho falta que sea más alta. Me pone una mano en el pecho, plana, no para empujar, para sentir.

— Tienes el pulso alto — dice—. Tú no tienes el pulso alto ni cuando matas.

— Lo retira—. Y hueles a ceniza fresca que no es de la reina.

— Una pausa. Los ojos grises sin nada dentro—.

Llevas un mes en esta corte y el portador sigue sin nombre en tus informes.

Yo llevo aquí un día y ya tengo dos sospechosos.

— Recoge la piedra de afilar—. O has perdido el olfato, cazador, o lo has guardado a propósito.

Las dos cosas se castigan igual en Hieln. — Inclina la cabeza—. Buenas noches.

Se va corredor abajo con el paso silencioso de los dos, y yo me quedo en el quicio con la certeza fría de que tengo, como mucho, dos días antes de que ate los cabos que ya tiene en la mano.

La sigo con la vista hasta que dobla el recodo, y luego la sigo de verdad, a distancia, porque saber qué huele un cazador es saber cuánto te queda.

Mira no va a dormir. Va a las cocinas, donde la ceniza de los fogones tapa otros rastros, y husmea sin disimulo, las fosas nasales abiertas, midiendo.

Va al ala de las doncellas, donde olí yo a Nieve el segundo día.

Va al jardín de los árboles grises y se queda un rato largo en el sitio exacto donde Nieve y yo hablamos cada noche, y se agacha, y toca la raíz, y se huele los dedos.

Lo sabe. No con prueba, como yo al principio, pero lo sabe con el cuerpo, que es como se sabe lo que de verdad importa.

Cuando se levanta y se va, no escribe nada.

Mira nunca escribe hasta estar segura, igual que yo, y todavía no lo está, y ese "todavía" es la única holgura que me queda.

Bajo a los jardines de ceniza cuando la corte duerme, porque es el único sitio donde Nieve y yo podemos hablar sin que las paredes nos oigan, y porque después de Mira necesito el frío.

Está allí. La encuentro sentada en una raíz gris con la franja de pelo de ceniza suelta sobre el hombro, sin esconderla, que es lo nuevo de ella desde el incendio, lo que más me cuesta no mirar.

— Ha llegado otra — dice, sin volverse. Cuenta una salida del jardín con la barbilla antes de seguir—. La cazadora. Te conoce.

— Demasiado.

— ¿Te va a delatar?

— Todavía no.

— Eso no es un no.

— No — digo—. No lo es.

Me siento en la raíz, a un palmo de ella.

El juramento me arde bajo la manga, lento, como cada noche desde que decidí no escribir su nombre; ya gana el codo, ya sube hacia donde la cosa se pone seria, y yo lo dejo arder porque apagarlo sería entregarla.

Nieve me mira la manga como si lo oyera quemar.

— ¿Cuánto te queda? — pregunta.

— No lo sé. — Es verdad—. Vi morir a uno en una noche. Vi a otro durar una luna. Depende de cuánto dude el cuerpo. Y el mío — digo, y me cuesta decirlo, porque es la cosa por su nombre exacto—, el mío ya no duda. Eso es lo que me está matando. No la duda. La certeza.

— Entonces deja de elegirme. — Lo dice rápido, sin mirarme, contando otra salida del jardín—. Escribe mi nombre en tu informe. Entrégame. La rama se te apaga y vives. Yo me las apaño; me las he apañado siempre. — Aprieta la mandíbula—. No te voy a tener muerto por orgullo, Theron. No vale la pena.

— No es orgullo.

— ¿Qué es, entonces?

No le contesto con la cabeza. Le contesto con la mano: le cojo la suya y no la suelto.

Es la respuesta más honrada que tengo y la única que ella no puede discutir, porque sabe tan bien como yo que apagar la rama entregándola sería apagar también la única razón que tengo para querer que no se apague.

Se queda callada. Cuando algo le importa de verdad se queda callada, ya lo he aprendido, y aprenderlo es de las pocas cosas que he ganado en esta corte.

Le tomo la mano agrietada entre las mías.

Está fría, como siempre, fría de portar el don sin soltarlo, y me la quedo entre las palmas para prestarle el poco calor que tengo.

— Quiero contarte algo — digo— y solo lo voy a contar una vez, así que no me lo hagas repetir.

No dice nada. Bien. Sigue.

— Tenía una hermana. — La palabra me sale rara, oxidada, de un sitio cerrado—.

Pequeña. Seis años menos. Don de agua: paraba la lluvia, la llamaba, la pequeña tonta jugaba con ella delante de todos sin entender que eso te mata en Hieln.

La Orden me había hecho cazador a los nueve.

El primer rastro que me mandaron seguir, el primero, fue el suyo.

Lo seguí sin saber a dónde llevaba. Cuando llegué y vi de quién era...

— Aprieto los dientes. La cuerda de la mandíbula—.

Sibel estaba detrás de mí. Me felicitó. El primer don que rastreas y es de tu sangre, qué prueba tan limpia.

Y la entregué. Tenía once años y obedecí porque obedecer me mantenía limpio, eso me dije, y la metieron en una caja y la mandaron a la frontera y volvió en otra caja que no abrí.

Nieve no me suelta la mano. No retrocede. Eso es lo que la separa de un barrio entero y de media corte: que oye lo peor de mí y se queda donde está, con mi mano fría entre las suyas frías, dos cosas que alguien quemó de pequeñas.

— Su nombre — dice, muy bajo—. No lo has dicho.

— No. — La garganta se me cierra—. No he dicho su nombre en dieciséis años. Nombrar es arriesgarse a perder, y yo no pierdo lo que no nombro. — La miro—. Y luego apareciste tú y dije el tuyo en una bodega sin pensarlo, y supe que estaba perdido, porque solo digo lo que estoy dispuesto a no soltar.

Lo peor no fue entregarla. Eso lo cuento siempre que me obligo a contarlo, la caja, la frontera, la felicitación de Sibel.

Lo peor, lo que no he contado nunca, ni a ti, Nieve, hasta esta noche en el jardín gris, es que después de la segunda caja decidí que no volvería a quererla.

Que si dejaba de decir su nombre dejaría de dolerme, y casi funcionó, y esa fue mi verdadera traición: no haberla entregado, sino haberla dejado morir dos veces, una en la frontera y otra en mi cabeza, donde la borré para no pagar el precio de echarla de menos.

Llevo dieciséis años pagando ese precio igual, solo que a ciegas, a plazos, sin saber que lo pagaba.

Como tú con tu don. Como todos los que aprendimos a no querer para no perder, y perdimos igual, y encima nos quedamos sin haber querido.

Nieve baja la vista a nuestras manos. La franja gris le cae sobre la cara y por una vez no la aparta.

— Dilo otra vez — pide.

— Nieve.

Y lo digo despacio, completo, como se dice lo que se elige guardar, y el juramento me muerde el codo a cambio, gana otro palmo, porque cada vez que la nombro en vez de entregarla el precio sube, y por una vez no me importa el precio, porque el precio es la prueba de que estoy eligiendo.

La beso. No es la primera vez ya, pero es la primera sin filo, sin hambre que enseñe los dientes, una boca puesta sobre otra que dice lo que las palabras no terminan.

Ella me agarra la pelliza con las dos manos, como en la bodega, pero esta vez no tira para chocar. Tira para acercarse.

Un raspar de piedra contra acero corta el jardín en dos.

Tres pasadas largas, una corta.

Mira está al borde de los árboles grises, en la sombra, con el cuchillo y la piedra en las manos.

No sé cuánto lleva ahí. El cuánto da igual; con que haya visto un latido, basta.

Nos ha visto. Ha visto a su mejor cazador con la boca de la criatura que el norte quiere asegurar viva e intacta, ha visto el juramento ardiéndome en el brazo a la vista, ha atado todos los cabos que tenía en la mano, y ahora los tiene atados.

No grita. No desenvaina, aunque ya tiene el filo fuera. Se queda mirándonos con esos ojos grises que no han prestado calor a nadie, y por un instante larguísimo afila el cuchillo una vez más, despacio, una pasada larga, mientras decide.

Luego guarda la hoja en la vaina.

— Cazador — dice, y su voz no lleva amenaza ni perdón, solo el peso de lo que ahora sabe—. Tu pulso. — Una pausa—. Ya entiendo por qué.

Se da la vuelta y se va por la salida que Nieve contó al entrar, sin denunciarme, sin absolverme, dejándome lo único peor que las dos cosas: el tiempo justo para preguntarme cuándo abrirá la boca.