Capítulo 20 #2
Bajo corriendo las escaleras de servicio, descalza, con el chal sobre el camisón, los pies golpeando la piedra fría sin sentirla.
En el patio ya hay gente, criados a medio vestir, guardias que no saben adónde correr, una doncella llorando contra una columna sin que nadie la consuele, porque nadie tiene consuelo que dar a esta hora, con medio cielo naranja.
Theron está allí, vestido de arriba abajo como si hubiera sabido que esta noche no era para dormir, las cicatrices de los nudillos blancas a la luz del incendio lejano.
Y arriba, en la galería abierta de la Antecámara de Brasas, hay una silueta que reconocería entre mil aunque esté de espaldas: los guantes de seda gris cruzados sobre el vientre, la quietud absoluta de quien contempla su obra terminada.
Velora.
Mira arder el barrio bajo desde el balcón de su salón del trono como quien mira caer la lluvia desde un porche seco, sin prisa, sin horror, sin un solo músculo de la espalda tenso.
Y cuando los primeros gritos suben por la cuesta empedrada hasta el palacio —gritos de verdad, de gente, no de miedo abstracto sino de madres contando hijos— Velora levanta una mano enguantada, despacio, y la corte que se ha ido reuniendo a su espalda en camisón y manto se calla de golpe para oírla.
— Que nadie diga que no avisé — dice, con su voz dulce y baja, la que reserva para lo terrible, la que sube por el patio clara como si me la dijera al oído—.
Os lo dije hace tres días, en la galería, delante de todos.
Que había portadores entre nosotros. Royendo el reino por dentro como la carcoma.
— Señala el incendio con la mano de seda gris, abierta, como quien presenta una prueba ante un tribunal—.
Ahí lo tenéis, hijos míos. Mirad. Esto no es un fuego cualquiera.
Esto es la ceniza viva suelta en mi ciudad.
Esto es lo que hacen los que esconden el don prohibido cuando se ven acorralados por un censo justo: queman lo que no pueden tener, queman a los pobres que los acogieron, queman por rabia y por miedo.
— Baja la mano—. El censo voluntario ha terminado.
A partir de mañana arrancaremos a la bruja de ceniza de donde se esconda.
Casa por casa. Palma por palma. Hasta que Marenthel vuelva a respirar limpio.
La bruja de ceniza.
Me quedo helada en mitad del patio, descalza sobre la piedra fría, mientras a mi alrededor la gente corre a por cubos, a por agua del río que no llegará a tiempo, a por mantas para sofocar lo que ya no se sofoca.
Y entiendo lo que Velora acaba de hacer, y no es solo quemar un barrio para tener muertos que enseñar.
Ha quemado un barrio entero y le ha puesto mi nombre encima antes de que yo tenga uno.
Ha cogido lo que soy —la ceniza viva, el don que devora, la mano que convierte el algo en nada— y lo ha colgado del cuello de la ciudad como una soga ya anudada, de modo que cuando la gente busque mañana al monstruo que ha incendiado sus casas y matado a los suyos, busque exactamente a la criatura que soy yo.
Que me odie ya, de antemano, antes de verme la cara, con un odio que ella misma ha encendido con seis antorchas.
Y lo más cruel: tiene razón en una cosa, y esa es la que más quema.
Sí existe una ceniza viva suelta en esta ciudad capaz de quemar un barrio sin pestañear.
Solo que no es la doncella descalza del patio.
Es la mano enguantada del balcón, la que acaba de inventarse a la culpable señalando hacia el humo con tanta calma.
Theron me encuentra entre la gente que corre y me agarra del brazo, firme, y me arrastra a un soportal, fuera de la luz, fuera de los ojos.
— No salgas al fuego — me dice al oído, bajo, urgente, la primera vez que le oigo la urgencia—.
Sé lo que estás pensando. Estás pensando que puedes pararlo.
Que puedes devolverle la forma a las casas, apagar lo que arde, salvar a la gente de ahí abajo.
Y puedes. Pero si bajas a ese barrio y haces lo que solo tú sabes hacer, delante de todos, con la ciudad mirando, le habrás dado a Velora exactamente lo que ha encendido seis fuegos para conseguir: la bruja de ceniza, en carne, apagando con las manos un incendio que solo una ceniza viva podría apagar.
Confirmarás su cuento con tu milagro. Te cazarán por salvarlos.
Tiene razón, y la razón me quema más que el barrio.
Porque ahí abajo hay gente. Hay críos como Renko, mujeres como Tassia, viejos como Hadiel.
Y yo, que puedo devolverles las casas, que puedo sofocar el fuego cerrando la mano, tengo que quedarme en un soportal a oscuras viéndolos arder para no entregarme.
La cosa que me haría salvadora es la misma que me haría monstruo.
No hay diferencia. Esa es la trampa entera de Velora, y es perfecta: ha hecho que mi don y el crimen tengan la misma cara.
Me agarro al brazo de Theron para no bajar. Es lo más difícil que he hecho en mi vida, más que pagar una casa, más que pagar la cara de mi madre. Pagar un recuerdo duele, pero es rápido. Esto dura todo lo que dura el fuego.
El barrio bajo arde por orden de una reina que porta mi mismo don y no lo paga nunca, que quema cosechas y casas sin perder ni el nombre de una calle, mientras yo me vacío de mí por borrar cuatro rastros y ni siquiera puedo gastar lo que me queda en salvar a quien la reina condena.
Y mañana, cuando el sol salga sobre las cenizas todavía calientes y la gente cuente a sus muertos, todo un reino estará buscando a la bruja que lo prendió.
Y la única bruja de ceniza que de verdad existe en estas calles, aparte de la mano de seda gris que acaba de inventarla desde su balcón, soy yo.