La corte de las cenizas Capítulo 21
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Capítulo 21

El barrio bajo arde con dos salidas y las cuento desde el tejado del lavadero antes de bajar de un salto: la boca del callejón de los tintoreros, atascada de gente que empuja contra gente, y el arco del acueducto viejo, donde el humo entra como agua en un odre.

Dos. No bastan. Nunca bastan cuando el fuego viene de arriba, y este viene de arriba, lamiendo las vigas de los soportales como si alguien lo hubiera plantado en los aleros para que prendiera hacia abajo, sobre las cabezas.

Huele a brea. Nadie quema brea para calentarse.

Esto lo han puesto.

Una mujer cruza el callejón con un crío en brazos y el faldón ya humeando, y el arco del acueducto le escupe a la cara una bocanada negra y la mujer retrocede, y detrás de ella el techo de los tintoreros se comba con un quejido de madera vieja que conozco, ese quejido de lo que va a ceder.

Cuento los pasos que me separan. Doce. Tengo el don subiéndome por las palmas desde que olí la brea, queriendo salir, y por una vez no lo aprieto hacia abajo. Por una vez lo dejo asomar a los dedos.

Y entonces me acuerdo de lo que va a costarme y la mano se me cierra sola.

Devolver forma cuesta el doble. Eso me lo enseñó Hadiel con la voz baja del que sabe lo que pesa cada palabra: reducir a ceniza te quita un recuerdo, devolver forma desde la ceniza te quita dos y te deja la fiebre encima como una manta mojada.

Y aquí no hay ceniza que devolver todavía, hay fuego que apagar, y para apagar fuego con mi don tengo que reducir a ceniza lo que arde para luego rehacerlo, y eso es el coste entero, ida y vuelta, una casa por un trozo de mí.

La mujer del crío grita un nombre que no es el mío.

Bajo del muro.

No decido bajar. El cuerpo decide antes que yo, igual que cuenta las salidas antes que yo, y para cuando piso el adoquín caliente ya estoy corriendo hacia el techo que se comba, y la gente me ve venir y se aparta porque una doncella corriendo hacia el fuego es una loca y de las locas se aparta todo el mundo.

Mejor. Que se aparten. Llego bajo la viga maestra justo cuando empieza a llover ascua, levanto las dos manos hacia la madera que cae y suelto lo que llevo dentro.

La viga se deshace en gris antes de tocarnos.

No cae sobre la mujer ni sobre el crío ni sobre mí: cae convertida en una lluvia suave de ceniza tibia que se queda flotando un instante, suspendida, como nieve que ha olvidado pesar.

Y el coste me entra por el centro del pecho con la puntualidad de un cobrador.

Un recuerdo se va. No sé cuál hasta que lo busco y ya no está: el olor del taller de mi padre, la cera y la viruta, el sitio donde aprendí a no llorar.

Desaparece como se desaparece un nombre que tenías en la punta de la lengua, y deja un hueco con forma de algo que fue importante y ya no sé por qué.

La mujer me mira con la boca abierta. No me da las gracias. Retrocede.

Lo conozco, ese retroceso. Lo llevo esperando toda la vida.

Pero no hay tiempo para el retroceso, porque el techo de los tintoreros no era el único, y ahora que he soltado el don una vez ya no me sube tibio sino a hervir, pidiendo más, y hay más.

Hay una hilera entera de soportales prendiendo hacia abajo y bajo los soportales hay familias que no caben por las dos salidas que conté, y la única que cabe por las dos salidas es la muerte.

Así que dejo de contar salidas. Por primera vez en mi vida dejo de buscar por dónde huir y empiezo a buscar por dónde quedarme.

Voy soportal por soportal.

Reduzco a ceniza la viga que cae y la rehago en el aire convertida en lo que era, entera, sobre cabezas que no levantan la vista porque levantar la vista es ver el monstruo.

Reduzco el alero que gotea fuego y devuelvo la forma del alero, frío.

Apago una puerta que arde rehaciéndola desde su propio humo, y al otro lado una anciana me bendice y luego me ve la cara y la bendición se le hiela en la boca.

Cada casa me cuesta un trozo. Pierdo el nombre de la primera calle en que viví.

Pierdo la cara de un perro que tuve. Pierdo una canción entera, de golpe, y me quedo con la melodía hueca sin la letra, tarareando algo que ya no significa nada mientras devuelvo una columna a su sitio.

En el quinto soportal hay un hombre atrapado bajo una jamba caída, las piernas prendidas, gritando un nombre que no es el suyo, el de alguien que ya ha sacado a la calle y no lo sabe.

Me arrodillo en las ascuas. Le pongo las manos sobre la jamba que lo aplasta y la reduzco con el cuidado de quien deshace un nudo sin tirar del hilo, y el hombre cae al suelo libre, chamuscado, vivo, y me mira desde abajo con los ojos blancos de pánico y hace lo que hacen todos: aparta la cara.

Pero me agarra el tobillo un instante antes de soltarme, con la mano quemada, y aprieta.

No es gratitud. Es un cuerpo que se aferra a lo único firme en mitad del fuego, aunque ese algo firme sea la bruja.

Lo dejo apretar. Pierdo, a cambio de su jamba, el primer invierno que pasé en esta corte, el que me enseñó a robar pan.

No lo echaré de menos. No sé que existió.

Y el pelo me arde por dentro.

Lo siento subir, el gris, ganando terreno desde la sien como agua que sube por un terrón de azúcar.

Una trenza se me deshace con el calor y el mechón cae a la vista de todos, ya no un mechón, una franja entera de ceniza viva que me sale del cráneo, y bajo la luz del incendio brilla como metal mojado.

Quien me mire ahora me ve entera. Ve lo que soy. Ve a la criatura.

Que me vean. Tengo las manos llenas de su tejado.

Orin Velmar aparece por la boca del callejón con media guardia y la oreja partida ladeada hacia el fuego, fingiendo que no oye los gritos para no tener que elegir a quién salva primero.

Me ve. Se detiene en seco. Silba bajo, ese silbido suyo de antes de mentir, y a la guardia le grita una orden que es lo contrario de lo que tendría que gritar:

— ¡Cordón en el acueducto! ¡Que nadie entre a estorbar el trabajo de la doncella!

El trabajo de la doncella. Le he visto mentir mejor, pero nunca a mi favor.

Me cubre. Aparta los ojos que sobran para que pueda seguir, y yo sigo, casa por casa, recuerdo por recuerdo, hasta que el último soportal deja de escupir fuego y se queda en pie, negro, vivo, con la gente todavía dentro y la gente todavía respirando.

Me fallan las rodillas en mitad de la calle.

La fiebre me llega como una marea, de golpe, y me siento en el adoquín porque si no me siento me caigo, y el mundo se me pone líquido en los bordes.

Tengo la franja gris cayéndome sobre un ojo.

Tengo las manos negras hasta el codo. Tengo medio barrio mirándome desde los portales que les acabo de devolver, en silencio, ese silencio que no es gratitud, el silencio de cuando la gente decide qué historia va a contar de lo que ha visto.

Y la deciden delante de mí.

— La bruja de ceniza — dice alguien, no fuerte, lo justo para que cuaje.

Una mujer se santigua con dos dedos cruzados, el gesto contra el mal de ojo.

Un viejo escupe al suelo entre él y yo. Y el crío al que le quité la viga de encima, el único que no ha aprendido todavía a tener miedo, se suelta de su madre y se acerca trotando y me toca la mano negra con un dedo, solo para ver, y dice:

— Estás caliente.

Su madre lo arranca de mi lado como si yo quemara. Quizá quemo. Ya no sé lo que toco.

Y los demás deciden la historia, ya lo he dicho, la deciden delante de mí.

Pero no todos la deciden igual. Una mujer joven, con un cubo de agua todavía en la mano, da un paso hacia mí en vez de atrás, y abre la boca para decir algo, gracias quizá, y la mujer mayor que tiene al lado le agarra el brazo y tira, y la joven se deja tirar, y en ese tirón está todo el reino: el que querría agradecer y el que enseña a temer, y el miedo gana porque el miedo siempre llega primero.

Aun así lo guardo. El paso que dio la joven antes de que la tiraran.

Lo guardo como guardo las salidas, por si algún día hace falta.

Theron llega cuando el humo empieza a aclarar.

Lo veo cruzar el cordón de Orin sin que nadie lo pare, porque nadie para a un cazador de Hieln, y se abre paso entre los que me miran sin tocarme y los aparta con el cuerpo, no con la voz, hasta que se planta entre la gente y yo.

De espaldas a mí. Mirándolos a ellos. Como una pared.

— Se acabó el espectáculo — dice, y la voz le sale baja y entera, esa voz acostumbrada a que la obedezcan sin levantarla. — A vuestras casas. Las que aún tenéis.

Se vuelve hacia mí cuando la calle empieza a vaciarse. Se arrodilla en el adoquín, a mi altura, y no me mira las manos negras ni la franja gris ni la fiebre. Me mira a los ojos, que es donde nadie mira a un monstruo.

— ¿Cuántas? — pregunta.

— ¿Cuántas qué?

— Casas. Cuántas has rehecho.

— No las he contado. — Me río, y la risa me sale rota, con fiebre dentro. — He dejado de contar cosas hoy.

Algo le pasa por la cara, algo que en otro hombre sería miedo y en él es lo contrario, una especie de furia callada hacia todo lo que no es yo.

Me aparta la franja gris del ojo con dos dedos.

No la esconde bajo lo que queda de las trenzas, como hago yo, como hago siempre.

La deja a la vista. La toca como se toca una cicatriz de guerra, no como se tapa una mancha.

— Esto no es una mancha — dice, y lo dice como si me leyera el pensamiento, que es lo que hace, lo que lleva haciendo desde la primera noche—. Es lo que has pagado.

— Lo que soy.

— Lo que has pagado por ellos — repite, y señala los portales con la barbilla, las casas en pie, sin volverse a mirarlas—. No es lo mismo.

Quiero creerle. Ahí está el peligro, en lo mucho que quiero creerle, porque toda mi vida cabe en la frase que me sé de memoria, si me ven entera huyen o me matan, y acabo de verme entera delante de un barrio que ha hecho las dos cosas a la vez, huir y señalarme, y este hombre no ha hecho ninguna. Este hombre se ha puesto de pared.

Apoyo la frente en su hombro porque no me sostengo.

Huele a humo y a frío y a lo de siempre, eso que vive en mí.

La franja gris se me derrama sobre su abrigo gris y por un instante no se distingue dónde acaba mi ceniza y empieza la suya, la de las costuras que lleva en la piel, dos cosas que alguien quemó de pequeñas.

— Te ha visto la ciudad entera — dice contra mi pelo. No es reproche. Es un hecho.

— Lo sé.

— Mañana sabrán lo que eres.

— Lo sé.

Levanto la cabeza. La calle está vacía menos por nosotros y por Orin, que monta guardia de espaldas con la oreja partida hacia mí, oyéndolo todo, fingiendo no oír nada.

Detrás del humo, en lo alto, el palacio de muros calcinados sigue en pie, intacto, con sus jardines de ceniza fértil, y en alguna de sus ventanas hay una mujer de guantes de seda que ha mandado quemar a su propio pueblo para tener a quién culpar.

Y mañana, cuando la ciudad despierte con el barrio bajo en pie y una doncella de pelo de ceniza en mitad de la calle, Velora tendrá su culpable servido.

No me ha hecho falta que me cacen. Me he cazado yo sola, a la vista de todos, por no dejar arder a un crío.

Me pongo de pie con la mano de Theron sosteniéndome el codo.

La fiebre me dobla pero no me tira. Miro el barrio que he salvado y que me teme, y por primera vez no busco la salida del callejón ni el arco del acueducto, no cuento por dónde escapar de lo que acaba de pasar.

Me quedo en mitad de la calle, vista entera, monstruo y todo, con las manos negras abiertas a los costados.

Soy la bruja de ceniza. Lo he sido siempre.

La diferencia es que ahora lo sabe el reino.