La corte de las cenizas Capítulo 20
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Capítulo 20

Tres días después de la noche que no se deshace, descubro cuánto me queda dentro para perder, y la cuenta me sale corta.

El censo no encontró portador en el ala de las doncellas porque Orin movió mi nombre al turno del mediodía y Theron mintió a la reina por mí, pero Velora no es de las que cierran una caza sin pieza, no es de las que se dan por satisfechas con un censo limpio cuando huele que algo se le ha escapado entre los dedos.

Ahora hay sabuesos menores de Hieln olfateando cada esquina de Vael Antir, día y noche, y cada vez que uno se acerca demasiado a Tassia, a Renko, a Hadiel en su sótano, a cualquiera de los míos, soy yo la que tiene que borrar un rastro antes de que el animal lo cante.

Y borrar un rastro se paga. Siempre se paga.

He usado el don cuatro veces en tres días.

Lo cuento porque ahora cuento eso, además de las salidas de cada sala.

Cuatro recuerdos. No sé cuáles, esa es la trampa más cruel del precio: pagas y dejas de saber qué has pagado, solo te queda el hueco, la forma vacía de algo que estuvo.

Sé que uno era el nombre de una calle, porque ayer fui a decírselo a Tassia y no lo tenía, se me había caído de la boca antes de llegar.

Sé que otro tenía que ver con un invierno y con una mano que no era la mía dándome algo caliente, un cuenco, una taza, algo, y ahora solo me queda el frío de aquel invierno sin la mano que lo calentaba.

Los otros dos ni el hueco me dejan claro, son una niebla con forma de antes, un antes sin rasgos.

Cuatro trozos de mí, cambiados por cuatro rastros borrados.

Es el precio de mantener libres a los que quiero, y lo pago, y volvería a pagarlo, pero la cuenta se acorta, y eso lo sé porque me lo dice el pelo.

El mechón gris ya no se esconde bajo la trenza.

Me ha ganado la sien entera y trepa hacia la coronilla, y por las mañanas, cuando me peino con los dedos siempre fríos, me encuentro pelos grises sueltos entre los oscuros, cada vez más, como si la ceniza llevara la cuenta por dentro y la fuera sacando a la superficie hebra a hebra, para que yo no pueda mentirme sobre cuánto me queda.

Ayer una de las doncellas viejas me miró el pelo en el lavadero y se santiguó.

No dijo nada. Pero se apartó un paso, y luego otro, y al final se llevó su ropa a la otra pila, lejos de la mía, como quien se aleja de algo que pega.

No saben lo que ven, pero lo huelen igual que los perros: que en mí hay algo que no encaja, una vejez que no es vejez, una ceniza que no viene de afuera.

La gente sencilla nota antes que la corte cuándo alguien se está convirtiendo en otra cosa.

Lo llevan en el cuerpo, el saber apartarse. Y empiezan a apartarse de mí.

Esa es la otra cuenta, la que no le digo a Tassia: cada recuerdo que pago no solo me vacía por dentro. Me marca por fuera. Y un día, no muy lejano, no hará falta ningún hierro ni ningún censo para señalarme. Bastará con mirarme el pelo.

Tassia me agarra de la barbilla en la trastienda de la botica y me gira la cara hacia la luz del ventanuco, sin pedir permiso, como hace con las heridas que va a curar.

— Para — dice—. Tienes que parar. Mírate.

Te estás vaciando, Nieve. Cada perro que conviertes en polvo, cada rastro que borras, te arranca un trozo de ti, y un día de estos vas a abrir los ojos por la mañana y no vas a saber quién es la chica del espejo, ni cómo se llama, ni qué hace en esta botica.

— Me suelta la barbilla pero no me suelta los ojos—.

He visto a una mujer así. Vino una vez a pedirme algo para la cabeza, decía que se le iban las cosas.

No se acordaba del nombre de su propia hija.

La hija la trajo de la mano y la mujer la miraba como se mira a una desconocida amable.

— Traga—. No tenía don, esa mujer. Solo era vieja, le tocaba.

Tú no eres vieja. Tú tienes veintidós años y te estás poniendo el pelo de mi abuela y la cabeza de aquella pobre mujer.

Y a ti no te toca. Te lo estás haciendo.

Tassia me suelta y se gira hacia el armario, y le veo la espalda tensa, los hombros subidos hasta las orejas. Coge un tarro, lo deja. Coge otro. No busca nada; las manos le piden hacer otra vez, como el día del censo, como siempre que el miedo le sube por dentro y no tiene dónde ponerlo.

— Mi madre se vació así — dice, de espaldas, y nunca me lo había contado, en tres años de amistad nunca—.

No de don, ella no tenía. De pena. Se le fue muriendo gente y cada muerto se llevaba un trozo de ella, y al final no quedaba Tassia madre, quedaba una mujer que machacaba raíces en un mortero todo el día sin acordarse de para qué.

— Se gira—. Por eso te lo digo, Nieve. No porque sea lista.

Porque ya he visto cómo se apaga una persona sin morirse.

Y no pienso ver cómo se apaga otra. Antes te ato a esa cama.

— Si no borro los rastros, los encuentran. A ti. A Renko.

— Pues que me encuentren a mí. — Lo dice rápido, sin pensarlo, y por eso le creo—.

Yo no me olvido de quién soy cuando me asusto.

Yo grito, lloro, juro por la ruda y la madre que la parió, pero al día siguiente sigo sabiendo cómo me llamo.

— Mete la mano en el bolsillo del delantal y toca el frasquito de cristal oscuro que lleva desde el día del censo, el que nunca me ha explicado y yo nunca le he preguntado, y lo aprieta a través de la tela como quien aprieta una reliquia—.

Hay cosas peores que un hierro en la palma, Nieve.

Peores que la muerte rápida. Perderte entera mientras el cuerpo sigue respirando y andando y fregando brasas, vaciada de ti, esa es una de ellas.

No dejes que te pase por salvarnos. No nos sirve de nada una Nieve que no sepa por qué nos quería.

No le digo que tiene razón, porque decirlo en voz alta me obligaría a parar, y parar significa que un sabueso huela a Renko y lo saquen a rastras de las cuadras, y a Renko no lo sacan mientras a mí me quede un recuerdo que gastar.

Esa es mi cuenta, la única que sé hacer ya.

Mientras me quede memoria que pagar, los míos siguen libres.

El día que no me quede nada, ya veremos quién soy yo y si me importa.

Esa noche, antes del incendio, Theron me dice una cosa que no se me va.

Estamos en su cuarto, robándole horas a la corte, y le cuento lo de los cuatro recuerdos, lo del pelo, la cuenta corta. Él me escucha sin medir, como ha aprendido a escucharme, y cuando termino se queda callado más de lo normal.

— ¿Sabes en qué pienso cuando te oigo contar lo que pagas?

— dice al fin—. Pienso en la reina. En que ella porta lo mismo y no paga nada, y tú portas lo mismo y lo pagas todo, y a la corte le da por temerte a ti.

— Me toma la cara—. El reino tiene miedo de la portadora equivocada, Nieve.

Le tiene miedo a la que paga, no a la que no paga.

Como si pagar fuera el peligro. Como si lo de temer no fuera ella.

Es verdad, y la verdad me hiela, porque yo también me he temido siempre a mí y nunca a ella.

Toda mi vida he creído que el monstruo era yo, la que arde por dentro, la que se vacía.

Y Velora, mientras tanto, con sus guantes de seda que no se quita ni para comer, vacía a otros y conserva intacto su nombre, su cara, sus calles, su madre, todo lo que a mí se me cae.

¿Y si el monstruo no es el que paga? ¿Y si el monstruo es justo el que aprendió a no pagar nunca?

Aparto el pensamiento, porque es un pensamiento que se parece demasiado a una puerta, y todavía no quiero ver adónde da.

Y esa misma noche el reino arde, y por una vez no soy yo.

Empieza con un olor. Estoy en el ala de las doncellas, despierta porque ya casi no duermo, tumbada en el camastro contando vetas del techo, y por el ventanuco entreabierto entra un olor a quemado que no es el de las brasas honradas de las cocinas ni el del fuego ritual que encienden en las fiestas.

Es otro olor. Es madera vieja ardiendo con la humedad dentro, es paja, es techo de junco, es trapo.

Es el olor de las casas cuando se queman con gente todavía dentro, y lo reconozco aunque no sepa de dónde lo conozco, aunque a lo mejor lo reconozco de la casa que ya no recuerdo, del incendio que me borró la cara de mi madre cuando tenía nueve años.

El cuerpo guarda olores que la cabeza ha perdido.

Me asomo al ventanuco. El barrio bajo arde.

Desde el ala se ve la ciudad cuesta abajo hacia el río, los tejados apretados de los que no tienen apellido para vivir en lo alto, y la mitad de abajo, la de los tintoreros y los cesteros y los aguadores, está envuelta en un resplandor naranja que late como una cosa viva, que sube y baja, que respira.

No es un fuego accidental. Los fuegos accidentales empiezan en un punto y se extienden despacio, devorando hacia fuera desde su origen.

Este ha empezado en seis sitios a la vez, seis lenguas de luz separadas, repartidas por todo el barrio, que ahora van creciendo cada una por su cuenta hasta juntarse en una sola boca.

Y un barrio solo se prende en seis sitios a la vez cuando alguien lo prende a propósito, con seis antorchas, seis manos y un plan repartido de antemano.