La corte de las cenizas Capítulo 19
58%

Capítulo 19

Hay una hora de la noche en Vael Antir en que la corte deja de fingir que duerme y duerme de verdad, los guardias relajan la ronda y hasta las velas de los pasillos se rinden, y a esa hora vuelvo al cuarto de Theron sin haber decidido del todo que iba a volver, con los pies decidiéndolo por mí escalón a escalón mientras la cabeza todavía discutía.

Llevo el libro a medio quemar bajo el brazo porque es la excusa que me he dado: vengo a buscar la página, vengo a hablar del plan, vengo por cualquier cosa menos por la que vengo.

La vela tapada por el cuenco de barro pinta el techo de un color que no es ni luz ni sombra, un gris caliente.

Theron está despierto, sentado en el borde del jergón con los codos en las rodillas.

Theron siempre está despierto. Empiezo a pensar que dormir es otra cosa que le quitaron de niño.

— Tu maestra ha estado aquí — digo, porque es más fácil empezar por su miedo que por el mío—. La he visto cruzar el patio al amanecer. La pequeña, la de la capa gris, la que cuenta monedas mientras escucha.

— Sibel.

— ¿Qué quería?

Theron tarda en contestar, y cuando lo hace no me mira el libro que llevo en la mano, ni el plan que digo que vengo a hablar. Me mira a mí, entera, de un modo que me obliga a quedarme quieta en el centro del cuarto.

— Quiere que me ponga un juramento nuevo — dice—. Encima del viejo. Uno que me obligaría a entregarte sin que yo pudiera evitarlo, sin que mi voluntad entrara en la cuenta. Me ha dado hasta esta noche para decidir. Me lo ha vendido como un favor. Un descanso, ha dicho. Dejar de poder elegir mal.

El cuarto se queda muy quieto. Cuento las salidas por costumbre —la puerta, el ventanuco alto— y luego dejo de contarlas, porque ninguna me saca de esta frase.

No hay puerta que dé a un sitio donde esto no esté pasando.

Por una vez, las salidas no me ofrecen nada: no hay huida posible de una noche en que un hombre te dice que le han dado de plazo hasta el amanecer para decidir si te traiciona sin querer.

La única salida de eso es hacia delante, hacia él, y hacia delante es justo la dirección que mi cuerpo lleva veintidós años sin saber tomar.

— ¿Y qué vas a hacer? — pregunto, aunque me da terror la respuesta, cualquiera de las dos.

— No ponérmelo.

— Te arrastrará la lengua a decir mi nombre. Lo has dicho tú mismo. Si te lo pones, no tendrás que querer entregarme; lo harás solo, como respirar.

— Por eso no me lo pongo. — Se levanta del jergón y viene hasta mí, despacio, con ese cuidado suyo de quien se acerca a algo que podría deshacerse en ceniza si lo toca mal—.

Escúchame, Nieve, porque esto no lo voy a decir dos veces, y los dos sabemos que decir las cosas por su nombre exacto es lo único que hago bien en esta vida.

— Se quita el guante derecho. Dedo a dedo, con esa parsimonia que conozco, la que pone cuando va a mentirle a su corte.

Solo que esta vez no va a mentir—. No voy a entregarte.

Ni a Sibel, ni a la orden, ni a Velora, ni al hierro de su censo, ni a nadie.

Aunque me cueste el juramento de sangre.

Aunque me arda el brazo hasta el hombro y luego hasta el corazón.

He entregado a una persona en mi vida porque me lo ordenaron, y me la devolvieron en una caja de pino que no fui capaz de abrir, y llevo veinte años sin abrirla.

No voy a volver a abrir esa puerta por nadie. Por ti, menos que por nadie.

— No puedes prometer eso. El juramento te mata si lo rompes. Lo has dicho: en horas.

— Lo sé.

— Entonces no lo prometas. — La voz me sale más alta de lo que quiero—. No quiero una promesa que te mate. Prefiero que me entregues a que te mueras prometiéndome que no.

— Lo prometo igual — dice, y me toma la cara con la mano desnuda, igual que en la bodega, solo que esta vez no hay tonel a mi espalda, esta vez no hay nada detrás de mí salvo lo que yo decida que haya—.

Te elijo a ti. Con nombre. Nieve Aldecoa.

Por encima del deber, por encima de la orden que me crió, por encima de seguir respirando si llega el caso.

Y escucha bien esto, porque importa: no es destino.

No nos ata ninguna magia, ningún vínculo, ningún hilo del que tirar.

Si nos atara algo, no tendría mérito, sería como obedecer otra orden, otra correa.

Te elijo porque quiero, que es lo único en el mundo que de verdad cuesta, porque puedo no hacerlo, puedo darme la vuelta y salvar la vida, y aun así no lo hago.

— ¿Y si te creo? — digo, y la voz me sale fina—.

¿Y si bajo la guardia, te dejo entrar del todo, te enseño el mechón y el coste y la cara de monstruo que pongo cuando uso el don, y luego un día te asustas?

La gente se asusta tarde, Theron. Al principio se queda por valiente, y luego, una mañana cualquiera, se va.

Lo he visto. Mi propio padre se quedó nueve años y se asustó la décima.

Aprendí a esconderme porque hasta la sangre se va.

— Yo no me voy a la décima mañana. — No lo dice fuerte; lo dice como dice las verdades, sin adornarlas—.

Porque no me quedo por valiente. La valentía se gasta.

Me quedo porque te he visto entera ya. El perro en el jardín.

La fiebre. El hueco que te dejó la casa de tu madre.

Eso es lo que la gente teme ver, y yo ya lo he visto, y aquí sigo.

No me queda nada que descubrir que me haga huir, Nieve.

Lo peor de ti ya lo conozco, y resulta que lo peor de ti es solo el precio de lo mucho que has querido.

Se me cierra la garganta. Llevo veintidós años preparándome para el momento en que alguien vea el monstruo y se aparte, y este hombre me dice que ya lo ha visto y que el monstruo le pareció una cuenta de amor.

Le he oído mentir a media corte, y sé exactamente cómo suena Theron cuando miente: mide las palabras, calcula los huecos, deja el silencio exacto donde la verdad no encaja.

Esto no tiene huecos. Esto es un hombre poniendo su vida entera del lado de la balanza donde estoy yo, sabiendo el peso de lo que pone, eligiendo a conciencia perder.

Y yo, que llevo veintidós años creyendo a pies juntillas que si alguien me ve entera huye o me mata, que lo que soy no se puede querer sin temerlo, tengo delante a un hombre que me ha visto reducir un perro a polvo con la mano abierta, que conoce el coste del don mejor que yo misma, que sabe del mechón gris que me sube por el pelo contándome las pérdidas, y que en vez de huir acaba de jurar quedarse aunque le cueste la sangre.

La mentira sobre la que construí toda mi vida se queda sin suelo.

No del todo, todavía no. Pero se tambalea.

— Entonces ponme una condición — digo, porque toda mi vida he funcionado con tratos y no sé entrar en algo sin uno—. Dame una regla. Algo que pueda romperse si te fallo, para saber que esto también se puede deshacer si hace falta.

— No — dice Theron—. Nada de condiciones.

Las condiciones son para los tratos, y esto no es un trato.

Un trato lo hacen dos que no se fían. Esto lo hacen dos que sí.

— Me mira—. Si necesitas una regla, te doy una sola: no te escondas de mí esta noche.

Es la única. No te pido que no tengas miedo. Te pido que no lo escondas.

Es la condición más difícil que me han puesto nunca, porque esconderme es lo único que sé hacer bien, lo que llevo haciendo desde los nueve años, mi oficio verdadero por debajo del de fregar brasas. Y me pide justo eso. Que deje el oficio. Una noche.

Suelto el libro. Cae al suelo de tablas con un golpe seco y ninguno de los dos lo recoge.

Le beso yo esta vez. Sin dientes, sin filo, sin el hambre defensiva de la bodega.

Lo beso despacio porque por una vez no huyo de nada, porque no necesito morder para que no me muerdan, y Theron responde con esa contención suya que tiembla por dentro, la bestia atada corto que decide, por mí, soltarse de a poco, eslabón a eslabón.

Me desata la trenza con la mano desnuda.

Lo hace con un cuidado que me cierra la garganta, como si supiera lo que va a encontrar al final, y cuando el mechón gris cae suelto sobre mi sien, sobre la mejilla, no aparta la mano, no la esconde, no finge que no está.

La pasa por él, por la ceniza que me ha subido por el pelo, por el contador visible de todo lo que he perdido y de lo que soy, y lo nombra sin asco y sin pena.

— Esto — dice contra mi boca— no es una mancha que esconder. Es lo que has pagado. La cuenta de todo lo que has querido tanto que preferiste perderlo a que se lo llevara nadie más. Lo veo. Lo veo entero.

Me tiembla todo el cuerpo. No de frío, aunque las manos las llevo siempre frías, agrietadas de portar el don sin soltarlo nunca, y cuando le toco el pecho desnudo bajo la camisa que le he abierto sin recordar cuándo, mi frío contra su calor me arranca un sonido de la garganta que no sabía que tenía guardado, uno que no es de miedo.

Theron me levanta en peso, me lleva al jergón, y todo se vuelve más lento y más hondo, su boca bajando por mi cuello, por la clavícula, mordiendo despacio donde antes mordí yo con rabia, su mano desnuda abriéndome el vestido como quien deshace un juramento prenda a prenda, sin prisa, sin tirones, y yo dejándome desvestir por primera vez en mi vida sin contar por dónde se sale del cuarto, sin la mitad de mí vigilando la puerta.

Me toca como toca las cosas por su nombre exacto: sin eufemismos, sin rodeos, encontrando lo que me hace cerrar los ojos y arquear la espalda, volviendo a ello cuando se lo pido sin palabras y luego cuando se lo pido con ellas, porque por una vez en mi vida digo en voz alta lo que quiero y el mundo no se acaba, el techo no se cae, nadie me castiga por desear.

Le clavo las uñas en el hombro. Le digo más despacio y obedece, le digo así y se queda ahí, y descubrir que puedo guiar unas manos en vez de defenderme de ellas es una clase de poder que el don nunca me ha dado.

Cuando lo recibo entero el aire se me corta de golpe, y él se detiene, frente contra frente, la respiración rota, esperando, dándome el espacio para apartarme si quiero, hasta que soy yo la que mueve las caderas y le digo sí con el cuerpo y con la boca a la vez.

Y entonces nos movemos juntos, mi frío y su calor, mi filo y su quietud por fin rota del todo, y no hay coreografía en esto, no hay pasos contados, hay dos personas que llevan semanas midiéndose y han dejado de medir, que se buscan a tientas el placer como quien busca calor en una noche de helada.

Le hundo los dedos en la espalda. Él dice mi nombre contra mi pelo gris, una vez, dos, lo dice como si cada vez le costara un juramento entero y lo pagara con gusto, sin regatear.

Y cuando el placer me rompe entera, me rompe nombrándome, Nieve, Nieve, hasta que me deshago en sus manos sin reducirme a ceniza, entera, vista, sin haber pagado precio por ello, y él se deshace después, dentro de mí, con la frente hundida en mi cuello y mi nombre todavía en la boca como una oración a un dios que no es ninguno de los suyos.

Después nos quedamos quietos. La vela tiembla bajo el cuenco de barro y reparte su gris caliente por el techo.

Le oigo el corazón ir bajando, igualándose despacio al mío, los dos respirando el mismo aire de un cuarto pequeño en un palacio que nos mataría a los dos si supiera.

Por un instante imposible, nada nos cobra el precio de esto.

Por un instante, ser conocida no es ser cazada. Es solo ser conocida.

Le recorro con la yema fría las cicatrices blancas de los nudillos, una a una, esos juramentos viejos sellados en la piel.

Once portadores, me dijo una vez sin decírmelo, once misiones, once marcas.

Paso el dedo por la última, la más reciente, y me pregunto cuál es la mía, si ya estoy ahí, si soy una cicatriz que no le ha salido todavía o una que no le saldrá nunca porque conmigo el juramento no se cumple.

— No tengo marca tuya — dice él, leyéndome el dedo como me lee todo—.

Y no la voy a tener. Las marcas son de los que entrego.

A ti no te entrego. — Me coge la mano que le recorría los nudillos y se la lleva a la boca, besa la palma agrietada, justo donde el hierro de Velora habría buscado mi don—.

Si algún día llevo una marca tuya, será porque elegí ponérmela. No porque un juramento me la cobrara.

Me incorporo sobre un codo para mirarlo en la penumbra.

Tiene la quietud de siempre, pero rota por dentro, los ojos abiertos, sin medir nada por primera vez desde que lo conozco.

Y entiendo que esto le ha costado tanto como a mí, o más, porque yo solo he bajado una guardia y él ha jurado contra su propia sangre, contra la rama que lleva sellada en el brazo, contra veinte años de obedecer.

— ¿Te arde? — pregunto, tocándole el antebrazo derecho, donde sé que está el juramento—. Ahora. Después de lo que has jurado.

— Arde. — No lo esconde—. Lleva ardiendo doce días.

Esta noche más. — Me mira—. Pero por primera vez no me importa de dónde viene el fuego.

Llevo toda la vida temiéndole al fuego que me cobra, y resulta que hay otro, este, el de quedarme, que cobra igual de caro y que pago con gusto.

No sabía que se podían querer las dos cosas a la vez: que algo te arda y aun así no querer apagarlo.

— No se puede deshacer lo que has dicho — murmuro contra su pecho, donde el latido vuelve a ser suyo y solo suyo—. El juramento. Lo de no entregarme aunque te mate. Lo has jurado en voz alta. Ya está dicho.

— No — dice—. No se puede.

— Ni lo de esta noche.

— Tampoco.

Le subo la mano agrietada al pecho, sobre el corazón, donde lo siento latir contra la palma fría, y por una vez la palma no quiere convertir nada en ceniza, solo quiere quedarse donde está.

— Entonces ya no hay vuelta atrás — digo, y no es una pregunta, no la hago como pregunta—. Para ninguno de los dos. Hemos cruzado algo. Esta noche. Y al otro lado no está el sitio del que venimos.

Theron me cubre la mano fría con la suya desnuda, los nudillos de cicatrices blancas sobre mis dedos rotos, y no contesta con palabras, porque no hacen falta y porque él no las gasta cuando un gesto dice más.

Los dos lo sabemos: acabamos de cruzar un punto del que no se regresa, y no nos ha cruzado ninguna magia, ningún destino escrito, ningún lazo mágico que ate por nosotros y nos quite el mérito de haberlo elegido.

Lo hemos cruzado a pie. Con nombre y con palabra.

Eligiéndolo cada paso. Y eso —lo entiendo de golpe, ahí, con su mano sobre la mía y mi madre sin rostro guardada en su pecho como una voz a salvo— eso es lo único de toda mi vida que el don no podrá quemarme nunca, porque por primera vez hay algo que no quiero olvidar.