Capítulo 18 #2
Y lo terrible es que casi tiene razón. Casi.
Porque su cuenta da por hecho lo único que esta vez no es verdad: que voy a entregar a Nieve de todas formas.
La primera vez sí la entregué. Esta vez no pienso.
Y por eso la duda, esta vez, no es el dolor inútil de un crimen inevitable.
Es lo único que me separa del crimen. La duda, esta vez, es la salida.
Y Sibel me ofrece tapiarla y llamarlo descanso.
Miro el lino gris atado con hilo rojo. Sé lo que hay dentro sin abrirlo.
Un juramento nuevo se sella sobre el viejo, en la misma piel, y aprieta más fuerte, y los juramentos de Sibel no obligan a obedecer una orden cualquiera de la corona: obligan a obedecerla a ella, a su voz, a su mano.
Si me lo pongo, la próxima vez que mi mano se niegue a escribir el nombre de Nieve, no me arderá el brazo como simple aviso, dándome horas para decidir.
Me arrastrará la lengua a decirlo. No tendré que elegir entregarla.
Lo haré sin querer, contra mi voluntad, y la voluntad ni siquiera entrará en la cuenta.
Y eso, para un cazador roto, es lo más cerca que existe de la paz: dejar de poder elegir mal porque dejas de poder elegir.
Por eso es la cosa más peligrosa que me han tendido nunca, envuelta en lino, atada con hilo rojo, ofrecida con la palabra favor.
— Lo pensaré — digo.
Sibel vuelve a pasar una moneda. La más vieja de todas, la del fondo del puño, la que tiene la cara borrada de tanto pulgar a lo largo de los años, la que aprieta cuando ya ha decidido.
— Piénsalo, hijo. Tienes hasta esta noche, si los dioses quieren.
— Y en su boca, los dioses quieren suena igual que suena un hierro al rojo cuando quiere encontrar una palma: como una sentencia disfrazada de deseo—.
Pero piénsalo sabiendo una cosa, para que no te engañes a ti mismo con que tienes elección.
Yo no he venido a Vael Antir a vigilar tu caza.
He venido a recogerla. Con pieza o sin ella, salgo de esta corte con un portador de ceniza atado a la orden.
Si me lo traes tú, atado por tu mano, todavía decides cuál y cómo y le ahorras lo peor.
Si no me lo traes... — envuelve de nuevo el lino gris, sin prisa, y se lo guarda en la capa como quien guarda un préstamo que sabe que va a cobrar con intereses— lo traeré yo, con mis propios cuchillos, y entonces ya no decidirás tú a quién entregas y a quién perdonas.
Lo decidiré yo por los dos, como lo decidí la otra vez.
Sería tan triste, hijo, tan triste, que volvieras a quedarte fuera mientras otra mano abre la caja.
Se levanta. La capa gris no le hace ni un pliegue de más al ponerse en pie, como si el viaje, la corte, yo, todo el peso de esta conversación, nada de eso bastara para arrugarla.
Me quedo en el patio cuando se va, con el sol ya alto y la corte despierta a mi alrededor, criados que cruzan, un aguador que canta, la vida de un palacio que no sabe que en este banco de piedra acaba de jugarse algo.
Tengo hasta la noche. Una mañana y una tarde para encontrar una salida que no exista, porque las dos puertas que Sibel me ha dejado dan al mismo sitio: si me pongo el juramento, entrego a Nieve sin querer; si no me lo pongo y la maestra lo nota, viene ella con sus cuchillos y la entrega de todos modos, peor.
Dos puertas, una sola sala, y la sala se llama Nieve atada a la orden.
Hago lo que hago cuando no hay salida: busco la pared más débil.
Voy a las cuadras con cualquier excusa, a revisar mi montura, y mientras finjo comprobar una cincha, observo.
Cuento a los guardias de Velora, sus turnos, sus caras.
Localizo a Orin Velmar al fondo, dándole instrucciones a un mozo descalzo que repite cada palabra que le dicen.
Mi viejo Velmar. Un hombre de dentro que no quiere a la reina.
Una grieta, quizá. No me acerco —acercarme sería delatarlo a él y a mí ante cien ojos—, pero archivo la cara, el turno, la oreja partida, como archivo todo.
Y mientras archivo, entiendo otra cosa, y esta me revuelve más que la trampa de Sibel: llevo toda la mañana buscando salidas.
Cuento puertas, mido guardias, archivo grietas.
Hago exactamente lo que hace Nieve al entrar en cada sala.
Me he pasado veinte años despreciando a las presas que cuentan por dónde huir, llamándolas cobardes para mis adentros mientras las cazaba, y resulta que cuando por fin tengo algo que perder, hago lo mismo que ellas.
No éramos distintos. Yo solo era una presa a la que dejaron del lado del cuchillo, contando puertas sin saber que las contaba.
Y mientras pienso en las puertas que Nieve cuenta y en las que cuento yo ahora, sin volverme hacia donde se ha ido la capa gris, entiendo —con la claridad fría de quien por fin lee la trampa entera y no solo el cebo que la tapa— que el hombre que me crió no ha venido a ayudarme a cumplir el deber.
Ha venido a asegurarse de que el deber me cumpla a mí, de que no me quede ni el resquicio de una duda por donde elegir.
Y entiendo que no hay en toda Vael Antir un enemigo de Nieve más paciente que esta mujer pequeña de la capa gris, ni uno más seguro de tenerme cogido, porque es la única persona que en veinte años me había llamado hijo, y ha aprendido a usar esa palabra exactamente igual que Velora usa la suya.