La corte de las cenizas Capítulo 18
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Capítulo 18

El cuervo de Hieln llega antes del amanecer y se posa en el alféizar del ventanuco con un golpe seco de garras, y yo, que llevo doce noches sin dormir de verdad, lo oigo antes de que termine de plegar las alas.

Los cuervos de la orden no traen buenas noticias; las buenas viajan despacio, a caballo, con tiempo.

Las que vuelan son las que no pueden esperar.

Le quito el cilindro de la pata, le doy el grano que espera, y desenrollo el papel a la luz gris del ventanuco con la calma de quien ya sabe que lo que va a leer le va a doler.

Trae una sola línea de la maestra Sibel, escrita en el código de la orden que aprendí antes que las letras: la maestra viene a Vael Antir.

La maestra no viaja. La maestra cuenta monedas en su torre de Hieln y manda cuchillos a hacer el frío por ella, ese es su oficio desde hace treinta años, mover a los demás sin moverse ella, ser el centro quieto de una rueda que tritura a quien toca.

Que venga en persona significa que algo en mis informes no le cuadra, y sé exactamente qué es lo que no le cuadra de mis informes, porque lo que no le cuadra es lo que no hay en ellos.

No he escrito el nombre de Nieve en doce días.

No le he dicho a Nieve que la maestra venía.

Esa es la primera cosa que noto al despertar, antes incluso del frío del cuarto: que se lo he callado.

Llevo doce días contándoselo todo, hasta lo que no se debe, y esta noticia me la he guardado.

Me digo que es por no asustarla. Pero la verdad, dicha por su nombre exacto como me obligo a decir las cosas, es otra: se lo he callado porque mientras ella no lo sepa, todavía puedo creer que tengo la situación en la mano, y en cuanto se lo diga, en cuanto vea su cara cuando le explique lo que Sibel puede obligarme a hacer, sabré por su cara lo perdidos que estamos.

Y no quiero saberlo todavía. Esa es la cobardía exacta que me permito esta mañana.

Llego al patio de los huéspedes antes de que la corte despierte y Sibel ya está allí, sentada en un banco de piedra como si llevara horas, como si nunca hubiera hecho el viaje de tres días por la frontera quemada, como si el viaje fuera una de esas cosas pequeñas que les pasan a los demás y a ella no.

Pequeña, seca, con la capa gris de la orden cayéndole recta sin un solo pliegue de polvo, y las manos quietas en el regazo salvo por una cosa: entre los dedos le pasan unas monedas viejas, una a una, sin mirarlas, gastadas de tanto pulgar a lo largo de los años.

Las cuenta cuando escucha. Es lo que hace en vez de mirarte a los ojos.

Te oye y cuenta, y por el ritmo de las monedas, si te ha enseñado ella a leerla como me enseñó a mí, sabes si lo que dices le sirve o le sobra.

— Drevasil — dice, sin levantar la vista de sus manos—. Has adelgazado. La corte de Marenthel come mal, o tú duermes poco, o las dos cosas. — Una moneda pasa—. ¿Cuál de las tres?

— Duermo poco.

— ¿Por la caza?

— Por la caza.

Dos monedas pasan seguidas, deprisa, una tras otra. No le ha gustado el ritmo de mi mentira. Sibel me enseñó a mentir, y eso es lo peor de mentirle a ella: conoce mis costuras porque me las cosió ella misma, una a una, de niño. Sabe dónde miento porque sabe cómo me hizo.

— Tu última paloma decía que el rastro se enfriaba — dice—.

Que la ceniza reciente venía de las cocinas y resultó ser hollín honrado de una chimenea mal tirada.

Que la reina porta algo, sí, pero no es lo que buscamos, dijiste.

— Pasa otra moneda—. Llevo veinte años leyendo tus palomas, hijo.

Las que escribes cuando tienes la pieza en la mano y las que escribes cuando no la tienes huelen distinto en el papel, aunque uses las mismas palabras.

Estas últimas huelen a las primeras. Huelen a un cazador que tiene la presa y mira para otro lado.

No contesto. Con Sibel el silencio también cuenta, también lo pesa en sus monedas, así que escojo el silencio más vacío que sé poner, el de cuando de verdad no hay nada dentro, el que aprendí precisamente para ella.

— Vengo a recordarte la orden — dice—. Por si la corte te la ha emborronado.

Pasa, en sitios blandos. Un hombre se acostumbra a las camas calientes y a las doncellas que sirven el vino y se le ablanda el juramento como se le ablanda el cuerpo.

— Levanta la vista por primera vez, y sus ojos son dos monedas más, gastadas y atentas, sin un brillo de afecto que no sea calculado—.

La orden no es entregar al portador a un tribunal para que lo juzguen.

Nunca lo ha sido. La orden es asegurarlo.

Vivo. Intacto. Para la orden. ¿Recuerdas por qué, o también eso lo has dejado en alguna cama?

— Porque un don que se castiga se pierde — recito, con la voz de niño que me sale sola delante de ella—. Y un don que se asegura, sirve.

— Sirve — repite, satisfecha del eco, como quien comprueba que una herramienta vieja aún corta—.

El portador de ceniza viva es lo más valioso que ha cruzado una frontera en una generación entera, hijo.

Más que un ejército. Quien lo tenga, gana la próxima guerra sin librarla, porque no hay muro que aguante a quien convierte la piedra en polvo con la mano abierta.

Hieln lo quiere antes de que lo quiera Marenthel para usarlo contra nosotros, y Marenthel, fíjate qué descuido, ya tiene una reina que porta lo mismo y lo malgasta quemando cosechas, como una cría malgasta una vela en quemar hormigas porque le gusta verlas correr.

Imagina lo que haría la orden con un portador joven.

Bien guiado. Bien instruido. Bien... atado.

— Una moneda—. Para eso te crié, Theron.

No para cazar monstruos. Para traer las herramientas afiladas a la mano que sabe empuñarlas.

La palabra herramienta me cae justo en el sitio donde guardo a mi hermana, ese cuarto interior donde no he dejado entrar a nadie en veinte años, y me cuesta que no se me note en la cara el golpe, y casi lo consigo, porque para eso también me entrenó ella, para que no se me note nada.

Casi.

Sibel deja de pasar monedas. La quietud de sus manos es peor que cualquier ruido.

— Hay algo nuevo en ti — dice, despacio, saboreando mi quietud rota como yo saboreo los silencios de los demás—.

En la cara. No lo tenías en la frontera.

No lo tenías el invierno pasado en Hieln, cuando entregaste al chico del don de viento sin pestañear y cenaste conmigo esa misma noche.

— Ladea la cabeza un grado—. Cuando un cazador deja de escribir el nombre que ya tiene en la lengua, suele ser por una de dos razones, y solo dos.

La primera: que ha encontrado al portador pero aún no está del todo seguro y espera a confirmarlo para no errar.

Esa razón me la creí doce días. Es una razón de cazador prudente.

— Pausa. Una moneda—. La segunda: que ha encontrado al portador, está seguro del todo, y no quiere entregarlo.

Esa razón solo le pasa a un hombre una vez en la vida, hijo, porque la primera vez le cuesta tan caro que aprende a no repetirla.

— Me mira fijo—. A ti ya te pasó una vez. Yo estaba delante. Yo recogí la caja.

El nombre que no dice queda colgado entre los dos, igual que yo dejé colgado el de la reina ante Nieve, igual que Hadiel deja sus nombres sin decir.

Mi hermana. Sibel sabe que la entregué porque me lo ordenó ella, sabe que no me lo he perdonado en veinte años, sabe que esa herida sigue abierta debajo de toda mi obediencia, y ahora la usa como una llave, metiéndomela despacio en la cerradura para ver qué resorte salta.

— No sé de qué me hablas — digo.

— Claro que no. Tú nunca sabes. — Sonríe, y la sonrisa no le llega a las monedas de los ojos, no las calienta—.

Por eso he venido en persona, con estos huesos viejos, a través de la frontera quemada.

Para ayudarte, hijo. Un cazador que duda es un cazador que sufre, y yo no quiero verte sufrir, te crié desde los siete años, eres lo más parecido a un hijo que estos huesos secos van a tener.

— Mete la mano en la capa gris y saca algo envuelto en lino, atado con el hilo rojo de la orden, del largo exacto de un brazo de hombre—.

Un cazador que duda necesita que le recuerden a quién sirve.

No es un castigo, Theron, mírame, no es un castigo.

Es un favor. Un juramento nuevo limpia la cabeza.

Te quita las dudas, que pesan y duelen, y te deja solo el deber, que es ligero, que es casi un descanso.

Renuévalo conmigo. Aquí, esta noche, en este patio, con los dos solos.

Y la próxima vez que escribas una paloma, te saldrá el nombre que tengas en la lengua sin que tú tengas que querer escribirlo, porque ya no habrá nada dentro de ti que lo retenga. Ni una duda. Ni una doncella.

— ¿Y si no quiero que me limpien la cabeza? — digo, y es lo más cerca que he estado en veinte años de plantarle cara—. ¿Y si las dudas las quiero?

Sibel ladea la cabeza, despacio, como quien oye un sonido nuevo en una casa vieja y lo cataloga.

— Nadie quiere las dudas, hijo. Las dudas duelen.

Es la herida la que cree que la herida es buena, porque no conoce otra cosa.

— Pasa una moneda—. ¿Sabes qué te hizo la primera vez, con tu hermana?

Te dejó dudando. Y la duda no salvó a nadie: la entregaste igual, solo que sufriendo.

Si aquella vez hubieras llevado un juramento limpio, no habrías dudado, no habrías sufrido, y ella estaría igual de muerta.

La duda solo te cobró a ti. No le devolvió a ella ni un día de vida.

— Me mira—. Eso es lo que la duda hace, Theron.

Te cobra el dolor de un crimen que vas a cometer de todas formas.

Yo te ofrezco cometerlo sin pagar el dolor. ¿Tan terrible te parece?