La corte de las cenizas Capítulo 17
52%

Capítulo 17

La puerta de servicio cede al primer empujón porque Orin no ha mentido, y por un instante, mientras cruzo al jardín de ceniza con el corazón en la garganta y el alba todavía azul detrás de los árboles grises, creo que vamos a salir limpios.

Llevo el libro a medio quemar pegado al cuerpo y la lista del censo del ala la ha tocado Orin antes de que cantara el gallo: mi nombre tachado con una raya y reescrito tres puertas más abajo, en el turno del mediodía, donde el hierro no llega hasta que el sol esté alto y yo ya esté lejos.

Tres horas de margen. Lo único que tengo que hacer es estar fuera del ala cuando empiece la prueba.

Cruzar el jardín, salir por la poterna que Orin también ha desatrancado, esperar en la botica de Tassia a que pase lo peor.

No cuento con el perro.

Velora no solo ha adelantado el censo. Ha traído sabuesos de Hieln que no son Theron, rastreadores menores con la nariz entrenada para la ceniza desde cachorros, animales que no piensan, solo huelen y obedecen.

Y uno de ellos cruza el jardín gris justo cuando yo lo cruzo, al alba, entre los árboles de hueso, y se detiene en seco a diez pasos, y levanta el morro, y me huele.

No me ve. No le hago falta verme. Me huele lo que soy por debajo de la ropa de doncella, la ceniza que llevo en la sangre, y eso es peor que si me viera, porque a un ojo le puedes poner la cara gacha y la mentira correcta, pero a una nariz no le mientes. La nariz va directa a la verdad.

Ladra una vez. Dos. Tres, ya distinto, ya con esa nota aguda que llama a los amos.

Y entonces hago lo que me he jurado mil veces no volver a hacer a la vista de nadie: uso el don.

No tengo elección, y por eso no es valiente, que conste, lo valiente sería aguantar el precio por gusto y esto es solo no tener salida.

El sabueso se lanza contra mí, todo dientes y músculo, y yo le pongo la mano abierta en el pecho, con intención, con toda la intención del mundo concentrada en la palma, y la ceniza acude a mi mano como acude siempre, hambrienta, agradecida, como si llevara dentro esperando a que la dejara salir.

El animal se deshace bajo mi palma en un soplo de polvo gris que el aire del amanecer dispersa entre los troncos.

Sin ruido. Sin sangre. Sin aullido. Un perro, y luego nada, y nada es exactamente lo que mi don sabe hacer mejor en este mundo: convertir el algo en nada y cobrarme por ello.

El precio llega antes de que el polvo termine de caer.

Es como si me arrancaran algo de un sitio que no sabía que existía, de un cuarto interior cuya puerta no sabía abrir y que de pronto alguien arranca de cuajo, marco incluido.

Una casa. Había una casa. Lo sé un instante antes de no saberlo: un umbral bajo de piedra, una viga que olía a resina recién cortada, una ventana por la que entraba la luz de no sé qué mañana de no sé qué año, y una voz dentro de esa casa —la voz de mi madre, la única cosa suya que el don no me había quitado todavía— que llamaba un nombre desde el fondo, desde una habitación que daba al umbral.

Y la casa se va. Se va entera mientras estoy de pie en el jardín con la mano todavía caliente de ceniza.

El umbral. La viga. La ventana. La mañana.

La habitación del fondo. No me acuerdo ya de dónde estaba esa casa, ni de si tenía huerto, ni de si yo vivía en ella o solo la visitaba.

Sé que existió porque me duele el hueco, igual que duele un diente arrancado en el sitio exacto donde estuvo, la lengua buscándolo sola.

Pero la cosa en sí, la casa, mi primer hogar, ya no la tengo.

Me queda el dolor de su forma y nada dentro. La he pagado por un perro.

Me llevo la mano a la sien. La trenza se me ha aflojado en la pelea y el mechón gris asoma, y lo noto crecido, subido un dedo más arriba que ayer, la ceniza ganándome el pelo igual que me gana la memoria, contándome por fuera lo que pierdo por dentro.

Las piernas me fallan.

No caigo del todo, porque unas manos me sostienen antes de que el suelo helado me alcance.

Llegan de la nada, como si él hubiera estado esperando entre los árboles de hueso a que yo me viniera abajo, y a lo mejor lo estaba, a lo mejor llevaba toda la madrugada vigilando el jardín por si los perros me encontraban primero.

Conozco esas manos. Una lleva guante y la otra no, la otra es la palma desnuda que me tocó la cara en la bodega y la frente en la fiebre, y Theron me coge en peso, un brazo bajo las rodillas y otro en la espalda, y me saca del jardín por la poterna de Orin antes de que otro perro o algún guardia llegue al rastro del ladrido.

Yo me dejo llevar porque la fiebre ya me sube, la fiebre del precio, ese fuego que el don deja dentro cuando cobra fuerte, y la cabeza me da vueltas y el jardín gris se vuelve un borrón de árboles de hueso que se alejan.

La fiebre trae lo que la fiebre siempre trae: los recuerdos forcejean.

No los que he perdido, esos ya no están, sino los que me quedan, que se asustan y se mueven como ganado antes de una tormenta, como si supieran que cualquiera de ellos puede ser el siguiente.

Veo a Tassia de niña con las manos ya verdes.

Veo a mi padre tachando un nombre con la mano temblándole, aunque no sé de dónde sale esa imagen ni si es mía.

Veo una bota de niño con un sello dentro.

Y veo, al fondo de todo, una puerta que no cuento, una sola, la de un cuarto donde alguien me espera y no huye, y no sé si esa puerta es recuerdo o deseo, porque la fiebre no distingue, y a lo mejor por eso la fiebre es lo más honrado que tengo: porque en ella, recuerdo y deseo pesan igual.

Theron me habla todo el rato. No entiendo las palabras, pero entiendo el tono, grave y bajo, una cuerda de la que agarrarme para no caer al fondo.

Dice cosas y yo me sujeto a su voz como antes me sujetaba al frío del roble en la bodega.

Me ancla. Lo último que oigo antes de hundirme del todo es mi propio nombre en su boca, y mi nombre, dicho por él, es una mano tendida hacia arriba en un pozo.

Despierto sin saber cuánto ha pasado. Por la luz que entra rota bajo la puerta, ha pasado el día entero.

Estoy en un cuarto que no es el mío, en un jergón que huele a sal y a invierno y a él, y hay una vela tapada por el mismo cuenco de barro de las otras noches.

La fiebre me ha dejado el cuerpo como ceniza mojada, pesado, frío y ardiendo a la vez.

Theron está sentado en el suelo junto al jergón, la espalda contra la pared, y me sostiene un paño húmedo en la frente con la mano desnuda.

Lleva ahí horas. Se le nota en la postura, en que no se ha movido para no despertarme, en que tiene los ojos abiertos clavados en el techo como un hombre que monta guardia toda la noche contra un enemigo que no tiene forma y por eso no puede dormirse ni un instante.

— Has matado un perro — digo, y la voz me sale rota, raspada.

— He dicho que lo maté yo. — No me mira; sigue con los ojos en el techo—. Que se me escapó persiguiendo a una doncella que resultó ser una cocinera de las cocinas viejas. Que perdí el rastro y el perro con él. Velora me ha creído a medias. Las medias que me quedan no van a durarme muchos días más.

— ¿Qué he perdido?

Ahora sí me mira. Y no me pregunta a qué me refiero, no finge no entender la pregunta, porque él conoce el coste mejor que nadie vivo, lo ha rastreado toda su vida en cuerpos ajenos.

— No lo sé — dice—. Eso solo lo sabes tú. Y dejas de saberlo en el mismo instante en que lo pagas. Esa es la crueldad del precio: que ni siquiera te deja llorar lo concreto. Lloras un hueco.

— Una casa. — Cierro los ojos porque mirarlo y decir esto a la vez es demasiado—.

Creo que era una casa. Ya no estoy segura, se me deshace si la pienso.

Había una voz dentro. La de mi madre. Es lo único suyo que me quedaba, su voz, porque la cara me la borró el don hace años, cuando era niña, y desde entonces tengo una madre sin rostro que solo me habla.

Y hoy le he quitado la casa donde la oía.

Ahora tengo la voz sin sitio. Una voz colgando de ninguna habitación, llamando un nombre en el aire, sin paredes donde rebotar.

No digo nada más, porque si digo una palabra más, lloro, y no lloro delante de nadie. Esa es otra puerta que aprendí a cerrar de pequeña, de las primeras: llorar delante de Velora era darle algo, y a Velora no se le daba nada.

— ¿Cómo lo sabes? — pregunto—. Lo del coste. Lo sabes mejor que yo, y tú no lo pagas. ¿Cómo se sabe un dolor que no es tuyo?

Theron tarda en contestar. Cuando lo hace, mira el paño, no a mí.

— Porque he visto vaciarse a muchos — dice—.

Es mi oficio. Rastreas un don, lo encuentras, lo entregas, y por el camino aprendes a leer cuánto le ha costado a cada uno portarlo.

Hay portadores que llegan a la entrega sin saber ya su propio nombre, gastados de huir, de borrarse, de esconderse.

Yo los miraba y catalogaba el coste como cataloga Hadiel las fechas.

Para hacer bien el trabajo. — Una pausa—.

Nunca me había sentado a sostenerle la mano a ninguno.

Eso no estaba en el oficio. Eso lo estoy aprendiendo ahora, contigo, y resulta que es lo único que se me da peor: quedarme.

Quedarme cuesta más que rastrear. No me enseñaron.

— Pues lo haces bien — digo, y la voz me sale rota, pero verdadera.

— Lo hago por primera vez. Eso no es bien. Es solo primera.

Casi me río, y reírme con fiebre duele, así que paro.

Theron deja el paño en el borde del jergón.

Me toma la mano agrietada entre las suyas, la del guante y la desnuda, y no la suelta.

No me dice que lo siente. No me promete que la recuperaré.

No me suelta ninguna de las mentiras bondadosas que sueltan los que no saben, porque él sabe, y lo que sabe es que no se recupera, que el precio se paga y punto, que un recuerdo cobrado no vuelve.

Por eso lo único que hace es sostenerme la mano donde el don me la dejó fría y esperar a que pueda hablar otra vez.

— Cuéntame la voz — dice al fin—. Aunque ya no tenga casa donde vivir.

Cuéntamela y la guardo yo. Cómo llamaba, qué nombre, cómo sonaba.

Si vuelves a usar el don algún día y se te lleva también la voz, te la devuelvo contada, palabra por palabra, las veces que haga falta.

— Me aprieta la mano—. No es lo mismo. Lo sé.

Una voz contada por otro no es la voz. Pero es algo que el don ya no podrá cobrarte, porque no estará dentro de ti para que la arranque.

Estará fuera, en mí. Y a mí no me llega tu precio.

Me quedo mirándolo en la penumbra. El cazador que vino a entregarme se ofrece a ser el sitio donde guardar lo que mi propio cuerpo no puede sostener sin que se lo arranquen. Un cofre de carne para una voz sin cuarto. Una bóveda con cicatrices en los nudillos.

Y entonces, por primera vez desde que tengo nueve años y aprendí que ser conocida es ser cazada, abro la boca y le doy a alguien algo que no se puede deshacer.

Le cuento la voz de mi madre. Cómo me llamaba a comer, alargando la última sílaba.

Cómo subía el tono al final de cada frase, como si todo lo que decía fuera medio pregunta, como si nunca diera nada por seguro.

Cómo cantaba bajito al amasar, una canción sin palabras claras.

Theron escucha sin filtro, sin medir, sin devolverme preguntas por una vez, guardando cada cosa con la misma quietud con que guarda un juramento que sí quiere cumplir.

Y cuando termino me quedo callada, que es lo que hago cuando algo me importa de verdad, y él no llena el silencio, no lo mancha con consuelo, lo deja estar.

Ese silencio compartido es la primera cosa entera que comparto con un hombre en toda mi vida. No un beso, no un trato, no un plan. Un silencio donde cabe mi madre sin rostro y su voz sin casa, y donde él me deja ponerla sin pedirme nada a cambio.

— ¿Funcionó? — pregunto al fin, cuando me vuelven las fuerzas para algo que no sea sentir—. El plan. El censo. ¿Estoy fuera de la lista?

— Estás fuera de todo. — Theron me acerca un cuenco de agua y me sostiene la cabeza para que beba, porque a mí los brazos todavía no me responden—.

Para la corte, una doncella llamada Nieve pasó la prueba en el turno del mediodía y tiene la palma quemada como cualquier honrada.

Orin lo juró. Hasta le pidió a una vieja del lavadero que dijera que te había visto en la cola, y la vieja lo dijo, porque Orin le perdonó una multa el invierno pasado y las deudas de la gente humilde se pagan con verdades convenientes.

— ¿Y Renko? ¿Tassia?

— Pasaron limpios. Palma honrada, los dos. Renko repitió cada pregunta del guardia hasta que el guardia se cansó y lo mandó a las cuadras. — Algo que casi es una sonrisa—. Tu mozo de cuadra es más listo de lo que parece. Aburrió a un interrogador hasta la rendición.

— ¿Y la reina? — pregunto—. ¿Sospecha?

— Sospecha de todo. Es su oficio, como cazar es el mío.

— Theron deja el cuenco vacío—. Pero sospechar no es saber, y mientras solo sospeche, va a apretar más, no a golpear.

Velora no golpea hasta que está segura; es paciente como una helada, que no mata la cosecha de un día sino de muchas noches seguidas.

Eso nos da tiempo. Poco. — Me mira—. Y nos lo quita el censo, porque cada redada que ordene me obligará a estar en medio, oliendo, y cada vez que yo huela y no delate, una de las medias verdades que le he contado se cae.

Voy gastando coartadas como tú gastas recuerdos.

Los dos pagamos por esto, Nieve. Distinta moneda, misma ruina.

Cierro los ojos, y por debajo del agotamiento, por debajo del hueco con forma de casa, sube algo pequeño y caliente que hacía años que no subía: alivio.

No el alivio de haber sobrevivido yo, que ese lo conozco de sobra, sino el de que hayan sobrevivido ellos.

Los míos. Es un alivio que cuesta, porque para sentirlo he tenido que pagar una casa entera, y aun así lo siento, y aun así no me arrepiento, y eso me dice algo de quién soy que no sabía: que hay cosas por las que pago sin rechistar, y que esas cosas tienen nombre, y que los nombres no son el mío.

Algo ha cambiado. No sé ponerle nombre todavía, porque los nombres me cobran, el don me ha enseñado a temer hasta las palabras, y este no quiero soltarlo ni para nombrarlo.

Pero cuando vuelvo a cerrar los ojos para dejar que la fiebre me arrastre otra vez al fondo del sueño, con su mano fría y la mía igual de fría calentándose la una en la otra, me doy cuenta de algo.

No he contado las salidas del cuarto.

Por primera vez en mi vida, no me importa por dónde se sale de aquí. Por primera vez, el sitio donde estoy no es un sitio del que huir.