Capítulo 16 #2
Se me va el aire del pecho. El plan entero —el patio, la cola, el orden de cocinas a cuadras a ala, el motivo para detener la prueba justo a tiempo— todo descansaba en empezar por las cocinas y terminar por el ala con horas de margen.
Velora lo ha invertido. Empieza por donde yo duermo, al amanecer, con la ciudad cerrada.
O lo sabe, o lo sospecha, o es de las que cambian las cartas en cuanto notan que alguien empieza a contarlas, y notar eso es lo único que esa mujer hace mejor que matar.
Orin abre la puerta para irse. Antes de salir, se detiene con la mano en el picaporte, sin mirar a ninguno de los dos, mirando la madera.
— Esta cerradura es vieja — dice—. De las de antes de la guerra.
Mira, ¿ves? El pestillo no encaja del todo en el quicio; basta un golpe de cadera para abrirla por fuera aunque la cierres por dentro.
— La mueve para enseñarlo y la cerradura cede con un chasquido seco—.
Pues mañana al alba, la puerta de servicio que da del ala de las doncellas al jardín de ceniza tiene una cerradura igual de vieja que esta.
La misma hornada. A veces se queda sin trancar, cosas del oficio, los guardias somos descuidados con lo que no nos pagan por cuidar.
— Silba, esta vez la nota larga, sostenida, y esta vez no miente, esta vez avisa de lo contrario, esta vez la nota larga es la verdad—.
Buenas noches, Drevasil. Doncella. Que durmáis lo que podáis, que mañana madruga todo el mundo.
Cuando sus pasos se apagan en el corredor, ninguno de los dos habla durante un buen rato.
La vela vuelve a su sitio bajo el cuenco.
Theron se sienta otra vez en el borde del jergón y se mira las manos, la del guante y la desnuda, como si en ellas estuviera escrita la respuesta a lo que acaba de pasar.
— ¿Se puede confiar en él? — pregunto, aunque ya no importa: Orin lo sabe todo, lo confiemos o no.
— No lo sé. — Theron tarda—. El Velmar de la frontera, sí.
Este, el de la oreja partida y la coraza de la corte...
este ha aprendido a silbar antes de mentir, y eso no se aprende sirviendo a la gente honrada.
Se aprende sobreviviendo a la deshonrada.
— Levanta la vista—. Pero el que silba antes de mentir es el que todavía sabe que miente.
El día que dejes de oír el silbido, ese día tendrás que preocuparte.
Hoy ha silbado dos veces. Una para decir que no había oído nada.
Otra para decir lo de la puerta. Yo me fío del segundo silbido.
— Eso no es fiarse. Es apostar.
— En esta corte es lo mismo. — Casi sonríe—. Tú apostaste por mí en una bodega. No te ha ido tan mal.
No le contesto a eso, porque contestarle me llevaría a la bodega y la bodega es un sitio del que aún no sé salir entera.
Me acerco a la mesa, donde hay un mapa tosco del ala que él ha dibujado con carboncillo en el reverso de un pliego: los cuartos de las doncellas, el patio, la puerta de servicio, el jardín.
Lo estudio. Cuento las salidas por costumbre, las marco con el dedo sin querer.
— Si empieza por el ala al alba — digo—, no me da tiempo a estar en otra cola. No hay otro turno donde esconderme. La inversión rompe el plan entero.
— No del todo. — Theron pone el dedo en la puerta de servicio del mapa—.
Cambiamos esconderte por sacarte. Si no puedo hacer que no te toque el hierro, hago que no estés cuando el hierro llegue.
Sales por la puerta de Orin antes del primer gallo, cruzas el jardín de ceniza, y a la hora del censo eres una doncella más que se ha levantado temprano a por agua al pozo del jardín.
Fuera del ala. Fuera de la lista de esa sala.
— Me mira—. Es más peligroso. Cruzar el jardín al alba es cruzarlo con luz, y con luz hay perros, y con perros hay narices que no engañas con la cara gacha. Pero es lo que queda.
Los perros. La palabra se me queda dentro como una astilla, y no sé por qué, porque aún no ha pasado nada, pero el cuerpo a veces sabe antes que la cabeza por dónde le va a llegar el golpe.
He cruzado ese jardín cien veces de día sin pensarlo.
Ahora, dibujado en carboncillo sobre un pliego, con una hora marcada al lado, el mismo jardín parece otro: un sitio donde los árboles grises tapan la vista y la ceniza del suelo guarda cada rastro que pisas.
Un sitio hecho para que un perro de Hieln te encuentre.
— ¿Y si hay un perro? — pregunto.
Theron no me contesta enseguida. Se quita el guante derecho, dedo a dedo, y me mira la mano agrietada que tengo sobre el mapa, la que arde por dentro a todas horas.
— Entonces pagas — dice, sin suavizarlo, porque él no suaviza nada—. Y yo estaré allí para sostenerte cuando lo pagues. Es lo único que puedo prometer que está en mi mano. No que no pagues. Que no lo pagues sola.
Recoge el guante, recoge el mapa de carboncillo, y antes de salir me aprieta una vez el hombro, breve, la primera vez que me toca sin que sea para sostenerme de una caída o de un beso.
Luego se va, y me deja sola en el cuarto con la vela temblando bajo el cuenco, un censo adelantado a unas horas que no esperábamos, un plan rehecho a la carrera sobre el reverso de un pliego, y, en algún punto del ala de las doncellas, una puerta de servicio que un capitán enemigo acaba de prometer dejar abierta al alba para que por ella escape, sin que él lo haya dicho con todas las letras, exactamente la criatura que su reina le ha mandado encontrar.