Capítulo 16
El plan cabe en una frase y por eso me da miedo: el censo empieza por las cocinas, sigue por las cuadras y termina en el ala de las doncellas, y entre la cuadra y el ala hay un patio, y en ese patio Theron tiene que conseguir que la cola se desordene el tiempo justo para que mi palma y el hierro nunca se encuentren.
Lo demás son detalles. Y los detalles son lo que mata, lo aprendí de niña viendo a Velora deshacer a la gente por un detalle: una palabra de más, una reverencia de menos, un nombre dicho en el orden equivocado.
He vuelto al cuarto de Theron por tercera noche, y ya empiezo a moverme por el ala de los huéspedes como por mi propia ala, conociendo qué tabla cruje y qué guardia ronca y a qué hora.
Es peligroso, esta familiaridad. La costumbre afloja el miedo, y el miedo flojo es el que te pillan.
Me obligo a contar las salidas del cuarto aunque ya me las sé: la puerta, el ventanuco alto, nada más.
Dos. Un cuarto con dos salidas es un cuarto del que se sale mal.
Lo anoto en la parte de mí que nunca deja de hacer cuentas.
Lo repasamos a oscuras en el cuarto del huésped, con la vela tapada por un cuenco de barro para que la luz no cruce la rendija de la puerta y delate que dentro hay dos personas despiertas a una hora en que solo conspiran los muertos y los traidores.
Theron está sentado en el borde del jergón, los codos en las rodillas, la cabeza gacha, y escucha como escucha él: sin asentir, sin animarme, midiendo cada palabra mía contra la siguiente para ver dónde cojea el plan.
— Tú diriges la prueba — digo—. Velora te ha puesto al lado del hierro para que huelas lo que la palma no delate a ojo.
Eso te da el control del orden de la cola.
Adelantas a las cocineras, retrasas a los de las cuadras, y cuando me toque a mí, ya habrá un motivo para detener la prueba.
Un olor falso que tú señalas en otra dirección. Una alarma. Algo.
— Una alarma — repite, y por fin levanta la cara.
La penumbra le borra las cicatrices de los nudillos pero no la quietud—.
Que yo provoque una alarma delante de la reina, el mismo día que me ha encargado encontrar al portador, justo cuando le toca el turno a una doncella concreta, es la mejor manera de que la reina sospeche del cazador.
Después de eso me vigilan a mí. Ponen ojos en mi puerta, en mis palomas, en a quién miro.
Y si me vigilan a mí, ya no puedo protegerte de nada, porque cada cosa que haga para salvarte será una prueba contra los dos.
Tiene razón y me fastidia que la tenga, me fastidia que vea el agujero de mi plan antes de que yo termine de enseñárselo.
Me siento en el suelo, de espaldas a la pared fría, y dejo el libro a medio quemar sobre las rodillas porque no sé dónde poner las manos cuando él me mira así, como si me estuviera leyendo el plan y a mí debajo del plan.
— Entonces dime tú cómo — digo—. Tú has hecho esto. Has dirigido cazas, las has ganado. Yo solo las he sufrido del otro lado.
— No se sabotea una caza desde dentro de la cola.
Eso es lo que hace el que va a morir: esperar su turno y rezar para que falle el hierro.
— Se levanta. La quietud que lo incomoda a uno se le rompe cuando piensa con el cuerpo, y camina dos pasos hacia el ventanuco, vuelve, como un animal midiendo una jaula que conoce—.
Se sabotea desde el principio, eligiendo por dónde pasa la caza antes de que pase.
Tu nombre no puede estar en la cola del ala de las doncellas mañana.
No basta con que el hierro te falle, porque el hierro no falla, Nieve, lo he visto funcionar mil veces.
Tiene que faltarte el censo entero sin que faltes.
Que no haya una doncella llamada Nieve donde la lista del ala dice que tiene que haberla.
— Velora dijo que nadie faltara. Que faltar sería casi una confesión. Lo dijo mirándome.
— Velora dijo que nadie faltara sin ser buscado.
— Me mira desde arriba, y la sombra del cuenco le parte la cara—.
Hay diferencia. Si esa noche no estás en la cola del ala pero estás en otra lista, en otro sitio, contada por otra mano, con otro testigo que jure haberte tenido delante a la hora exacta, entonces no faltas.
Estás. Solo que estás donde el hierro no llega ese día.
Una doncella no puede estar en dos colas a la vez, y la reina no puede quemarle la mano a alguien que ya pasó la prueba en otro turno.
— ¿Y quién jura que pasé la prueba? ¿Tú?
— Yo no. A mí me vigilan desde el momento en que empiece la caza.
— Se queda quieto, y por la forma en que aprieta la mandíbula sé que lo que viene le cuesta—.
Necesitamos a alguien de dentro. De la guardia de la corte, no de la orden.
Alguien que pueda mover una lista, tachar un nombre y reescribirlo tres líneas más abajo sin que nadie pregunte, porque mover listas es su oficio y a nadie le extraña que un capitán cuadre los turnos.
— Los de dentro son de Velora. Comen de su mano. Le deben el puesto.
— No todos. — Y por la forma en que lo dice, despacio, como quien saca una carta que lleva mucho tiempo guardada sin querer jugarla, sé que ya tiene un nombre en la boca y que le pesa—.
Hay un capitán. Orin Velmar. Sirvió conmigo en la frontera, hace años, antes de que cada uno jurara a una corona distinta y los pusieran a uno enfrente del otro.
Si sigue siendo el que era entonces, no quiere a Velora más de lo que la quieres tú.
Si ha cambiado, si la corte lo ha comprado como compra a todos, nos vende mañana al amanecer y nos quema a los dos juntos.
— Y para saber cuál de las dos cosas es — digo—, hay que enseñarle el plan. Hay que confiar en alguien para averiguar si se puede confiar en él. Bonito.
— Sí.
Nos quedamos los dos en silencio con el peso de lo que eso significa.
Confiar el plan a un cuarto par de manos.
Hasta ahora éramos dos, y dos se mira a los ojos, dos se vigila solo.
Tres es ya una corte pequeña, y las cortes pequeñas filtran, lo sé desde niña, en una corte todo secreto que conocen tres personas lo conocen pronto cinco.
— ¿Cómo era? — pregunto—. Ese Velmar. En la frontera.
Theron tarda en contestar, y cuando lo hace baja la voz, como si el recuerdo no quisiera que lo dijera fuerte.
— Era de los que cargan al herido aunque retrasen a la columna entera — dice—.
Lo degradaron dos veces por eso. La última, por volver a por un crío de las cuadras que se había quedado atrás.
— Una pausa—. Si esa parte de él sigue viva, nos ayuda.
Si se la han comido los años de corte, estamos muertos.
No sé cuál de las dos cosas voy a encontrar cuando lo mire.
Hace seis años que no nos miramos sin una frontera en medio.
Y entonces la puerta se abre sin que nadie haya llamado.
No se abre del todo. Solo lo justo para que la vela, destapada de pronto por la corriente, le ilumine media cara a un hombre grande que llena el vano.
Lleva la coraza de la guardia de Vael Antir, abollada en el costado de quien la ha usado de verdad, y una oreja partida por la mitad que tiene ladeada hacia nosotros, inclinada como un plato que recoge agua, como si estuviera escuchando algo que finge no escuchar.
Lleva ahí no sé cuánto. Lo suficiente para que el plan le quepa entero en esa oreja torcida.
Theron no se ha movido, pero algo en él se ha puesto de pie por dentro, una tensión que le sube por la espalda.
— Drevasil — dice el hombre—. Sigues hablando en voz baja cuando crees que nadie te oye. Te lo dije en la frontera: ese susurro tuyo se oye desde más lejos que un grito, porque a un susurro la gente se acerca para entenderlo. Un día eso te va a matar.
— Velmar.
Orin Velmar empuja la puerta y entra, y la cierra a su espalda con el talón de la bota, sin volverse, y se queda mirándonos a los dos: a mí en el suelo con un libro quemado en las rodillas, a Theron de pie en mitad de un plan dicho a medias y oído entero.
Se rasca la oreja partida con un dedo grueso.
Silba bajito entre dientes, una nota corta, casi un suspiro, y se calla.
— No he oído nada — dice.
El silbido. Acaba de silbar antes de hablar, y lo que ha dicho es que no ha oído nada, y por tanto lo ha oído todo, y aun así escoge mentir a favor nuestro.
Lo miro y no sé todavía si ese silbido me salva o me condena, porque un hombre que avisa de que va a mentir es un hombre que quiere que sepas que miente por ti, o un hombre tan acostumbrado a mentir que ya no sabe hacerlo en silencio.
— Capitán — empiezo, incorporándome.
— No me cuentes nada, doncella. — Levanta una mano del tamaño de un pan—.
En serio. Cuanto menos sepa de tu cara y de tu nombre, mejor miento por la mañana cuando alguien me pregunte si te he visto.
— Vuelve la cara hacia Theron—. Solo he venido a decirle a este — lo señala con la barbilla— que la reina ha cambiado el orden del censo esta misma tarde.
Lo he sabido hace una hora, de la propia boca del chambelán, que tiene la lengua suelta cuando bebe.
Empieza por el ala de las doncellas, no por las cocinas.
Y empieza al alba, antes de que cante el primer gallo, con las puertas de la muralla todavía cerradas para que nadie escape de la ciudad esta noche.
— Ladea la oreja partida hacia mí, ese gesto suyo de recoger lo que cae—.
Por si a alguien le sirviera saberlo antes que el resto.